El Génesis
LA GRAN BABILONIA
(LETRAS PROHIBIDAS)
USBALDO VOLCÁN-O
«¡Dios mío, hazme instrumento de tu paz!, pensé. Y, como la mayor de las rameras, bajé el cierre de mi blusa azul. Frente al altar mayor, mientras dos señoras rezaban el rosario, liberé a uno de los dos ladrones turgentes que custodiaban al cristo de plata en mi pecho. Supongo que era el ladrón bueno, al que Jesús le prometió el paraíso. Tomás abrió los ojos ante mi secreto expuesto y se perdió en mi carne, besando mi piel, lamiendo al ladrón bueno de mis pechos que ya estaba en el cielo». — Diario de la Hermana Ivimar.
PRIMERA PARTE
EL ANTIGUO TESTAMENTO
PRELUDIO DE UNA MUERTE
«¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?» Nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra, de leerlo. Y yo lloraba porque no había nadie digno. Pero uno de los Ancianos me dijo: «No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá... él podrá abrir el libro y sus sellos.» (Apocalipsis 5: 2-5)
DESDE MI MIRADA…
Ella se estaba muriendo en esa cama de hospital y yo sentía que mi propia vida se apagaba con la suya.
Afuera, la tormenta caía sobre la ciudad con la furia de un Dios que vuelve a castigar al mundo, ya no con diluvios, sino con el fuego de la culpa. El país se hundía bajo las aguas como una Atlántida interior y nosotros, buenos y malos, moríamos ahogados como hormigas en un hormiguero inundado.
Yo no soy quién para juzgar a Dios, pero él y yo tenemos nuestras diferencias. Sé que existo en su todo, en la tierra y en el fuego, pero también sé que me entregó una herencia maldita: las tablas sagradas de la Gran Babilonia. El legado de una mujer que vivió en el corazón de esta ciudad enferma.
Sé que muchos me darán la espalda por hacer públicos estos documentos. Me juzgarán por el “qué dirán”. Pero, ¿acaso no me faltaría el respeto a mí mismo si callara lo que me quema por dentro? Bienaventurados los que no abandonan sus verdades por complacer al mundo
Lo que referiré en este manuscrito, ha sido versionado, para omitir la carga explicita de las confesiones de ese ser maravilloso que la vida puso en mi camino… antes de su muerte.
Su historia, es mi historia… Tal vez, tú historia.
Ella está allí, en ese hospital, quizás con su espíritu ya casi abandonando el cuerpo. Estaba a punto de morir.
DESDE LA MIRADA DE ÉL.
“…La mañana del jueves 12 de junio de 2014, llegué temprano a mi oficina en la diócesis, a cumplir con la cita que postergué muchas veces y que me inspiraba gran curiosidad, ya que venía de alguien aparentemente insignificante, pero que ocultaba un gran secreto. Miraba por la ventana de la oficina y reflexionaba sobre la lluvia que en los últimos tiempos se ensañaba tanto con ricos como con pobres.
Me acerqué al escritorio y reparé que, sobre él, estaban dos portafolios de cuero negro que guardaban un grueso número de papeles. “Letras prohibidas”, leí la inscripción de la tapa de uno de los portafolios, escrita en letras doradas- “Letras Apócrifas”, leí en el otro.
Tomé un pequeño sobre amarrado a una de las carteras y sacando una hoja con un evidente perfume de mujer, leí:
“Examine con detenimiento cada palabra y no me juzgue hasta el final de mis líneas muertas. Pasaría meses confesando los pecados de mi vida anterior, por eso, lo he depositado en papel, para que pueda leerlo. Me he confesado ante un sacerdote, pero necesito que usted también me dé la absolución. El santo Papa moriría al leer los textos de mi propia Biblia, por eso, si al menos usted me absuelve, seré completamente feliz.
Recuerde la palabra: “…pero el Señor le dijo a Samuel: No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el señor mira el corazón (Samuel 16,7). Yo creo que el Señor ha visto mi corazón y no mis obras. El señor sabe que, aunque aparento ser una pecadora, soy realmente La Que Soy…
Hermana Ivimar.”
Eran las nueve de la mañana cuando me dispuse a abrir, por fin, el antiguo testamento de sus letras prohibidas.
DESDE LA MIRADA DE ELLA.
CAPÍTULO I
EL GÉNESIS
«Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión…»
Así debió comenzar mi historia: con un rezo y una mentira inconfesa.
No quiero que sepas quién soy. Mi país y mi ciudad no importan; prefiero el anonimato para proteger a los pocos que he amado. Puedo ser cualquiera. Puedo ser esa niña que se sienta a tu lado en el autobús, la que irradia una virginidad pulcra o la que despierta una morbosa curiosidad por descifrar sus secretos.
Llámame Ivimar Sánchez. Mayor de edad y en pleno uso de mis facultades. Nací bajo el signo de Géminis. Tengo el cabello lacio y de un negro tan profundo que parece hecho de la nada más absoluta, cayendo sobre mis hombros como cascadas de oro negro. Mis lentes gruesos me hacen ver como una tonta inofensiva, y casi nunca me desprendo de la cruz de plata que mi padrino me colgó en el pecho el día de mi bautismo. Fui criada bajo el yugo de una familia católica, sometida a dogmas que jamás logré digerir. Para mí, Cristo nunca fue solo un hombre clavado en un madero, ni Dios un anciano de barba blanca. Dios era algo más grande. Algo que estaba a punto de devorarme.
Desde niña fui distinta. Mientras los demás jugaban, yo devoraba crucigramas imposibles, dominaba idiomas con una facilidad aterradora y ganaba torneos nacionales de ajedrez calculando mis movimientos como un depredador. Soy ambidiestra; puedo dibujar mi propio rostro con la mano izquierda mientras escribo poemas de Safo con la derecha. Pero esa mente brillante era también mi prisión. Vivía oculta en mi habitación, refugiada en los misterios de Da Vinci y la rebeldía de Star Wars, fingiendo ser una princesa Leia que jamás se atrevería a salir al mundo real. Me encanta su peinado de carnero.
Esta historia se trata de quien soy ahora que soy adulta y atada a mis creencias. Pero para saber lo que soy, debo contar lo que fui y que, en esencia, es mucho de lo que hoy les pasa a los jóvenes.
Tenía diez años cuando mi mundo perfecto de lógica y silencio se rompió. Fue en 2005, durante la misa de Viernes Santo.
La iglesia de mi comunidad era un horno de calor sofocante. El sermón del padre Francisco sobre la carne crucificada de Jesucristo se me clavaba en los oídos como un zumbido fastidioso. Entre el gentío, pegado a mi espalda, estaba Tomás. Tenía quince años, era amigo de la familia y poseía una arrogancia que siempre me había parecido insoportable. Pero esa tarde, el tumulto nos obligó a fusionar los cuerpos. Yo llevaba una falda larga de seda fina de color rosado y una franela azul con el rostro de Jesucristo estampado en mi pecho. El sudor nos corría por la piel, pegándonos los unos a los otros en una masa de carne devota.
En medio de la lectura de la Pasión, sentí a Tomás demasiado cerca. Demasiado.
Al principio intenté ignorarlo. Pero mi timidez se transformó en un pánico paralizante cuando algo duro, rígido y caliente chocó contra la seda de mi falda, justo a la altura de mis muslos. Son las llaves o su celular, me mentí a mí misma, mientras un frío eléctrico me recorría la espina dorsal. El corazón me latía en las sienes con la fuerza de un tambor.
Cuando el sacerdote ordenó el abrazo de la paz, me giré. Tomás me rodeó con los brazos y el tiempo se congeló en una eternidad maldita. «La paz esté contigo», susurramos. Al estrecharme contra él, aquel bulto misterioso se refregó con fuerza contra mi vientre. No eran llaves. No era un celular. Era una presencia viva, algo que me hizo salir de la iglesia temblando, empapada en un sudor que el viento de la plaza no logró enfriar.
Al llegar a casa, corrí al baño con una urgencia que no entendía. Me subí la falda, me senté en el inodoro, pero no pude orinar. Sentía un ardor desconocido, una pulsación impetuosa. Con manos torpes, me despojé de la ropa interior, abrí las piernas frente al espejo y me examiné.
Por primera vez tuve conciencia real de mis tierras vírgenes. Mi entrepierna siempre había sido un desierto imberbe, pero ahora, la hierba comenzaba a brotar en los bordes de una piel extrañamente hinchada y enrojecida. Asustada, me toqué. El dolor inicial se transformó al instante en una descarga eléctrica que me sacudió los dedos. Cuanto más me dolía, más deseaba presionar. Asustada de mi propia osadía, me desnudé por completo y me metí bajo el agua fría de la ducha, intentando lavar el pecado de aquella tarde de Viernes Santo. El agua no sirvió de nada. El fuego ya se había encendido.
Me encerré en mi habitación. El aire acondicionado botaba un aire frío, pero mi cama era un nido de brasas. Me tumbé boca arriba, luego boca abajo, sintiendo que algo se me quemaba entre las piernas. Era el día del Señor, el día de su muerte y su sacrificio, y yo estaba allí, profanando el luto con el recuerdo de la dureza de Tomás.
Instintivamente, deslicé una mano bajo el short. Mi palma se posó sobre mi feminidad y apretó. Esperaba dolor, pero encontré un abismo de placer que me cortó la respiración. ¡Dios mío, ¿qué estoy haciendo?!, pensé, mientras mis dedos, poseídos por una curiosidad hambrienta, conquistaban mis tierras bajas por primera vez.
Sabía que estaba mal. Sabía que cada caricia mía abría más las heridas de Cristo en la cruz. Pero el deseo era un monstruo más fuerte que mis convicciones católicas. Mi respiración se volvió un gemido ahogado de niña pequeña. Los latidos del corazón me retumbaban en el pecho mientras mi cuerpo comenzaba a arquearse en espasmos violentos. De pronto, sentí una marea caliente que amenazaba con desbordarse; creí que iba a orinarme en la cama, que el castigo divino vendría en forma de humillación, pero no me detuve. Presioné una última vez.
El océano de mi cuerpo estalló en una calma asfixiante. Me quedé inmóvil, respirando el aire frío de la habitación, con los dedos húmedos y el alma rota.
Había descubierto el secreto mejor guardado de la carne. Y lo peor no era haber pecado en el día más sagrado del año. Lo peor era saber que, a partir de esa tarde, Tomás se convertiría en mi obsesión... y en mi boleto directo al infierno.
No supe qué barrera rompí aquella noche, pero el fuego fue incapaz de apagarse. Se repitió a la mañana siguiente, en la tregua de las noches y durante el resto de mis días clandestinos. En la soledad de mi habitación descubrí el nombre de mi pecado: masturbación. De todas sus definiciones, me obsesioné con la raíz latina manus turbare: alterar la paz con las manos. Eso era yo. El Génesis de mi vida oculta, el principio de mis secretos. Encontré textos que decían que mi vicio tenía más de diez mil años de antigüedad, que en el siglo XVIII se consideraba una enfermedad mental, y que hoy la ciencia lo llamaba autodescubrimiento. Para mí, no era ciencia. Era un pacto de sangre con mis propios dedos, cautiva de un silencio que me hacía tan devota de Dios como esclava de mi propia debilidad.








