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Entre Amigos ||Gobul-Oneshot||

Summary

Goku y Bulma se entregan a un encuentro ardiente y sin censura, dejando salir el deseo guardado durante años. Entre gemidos, sudor y pasión desbordada, ambos se dejan llevar sin límites ni vergüenza. Una historia intensa donde la amistad se quema y el placer lo consume todo.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Entre Amigos //Oneshot


La noche sobre la Capital del Oeste solía desplegar un manto de calma casi sepulcral, pero dentro del penthouse de la Corporación Cápsula, el ambiente vibraba con una tensión íntima, imperceptible para el resto del mundo. Bulma estaba reclinada sobre una montaña de cojines de seda, con la espalda apoyada contra el cabezal de cuero de su cama matrimonial. La única fuente de luz en la penumbra de la habitación era el resplandor azulado de la pantalla de su celular, un destello artificial que proyectaba sombríos contornos sobre el lujo minimalista de sus aposentos.

Tenía el cuerpo sumido en una indolencia pesada, esperando a que el cansancio finalmente la venciera, pero su mente estaba completamente despierta. Estaba sola. A su lado, la sábana de lino permanecía impoluta, fría y sin arrugas, delatando la ausencia de Vegeta. No le sorprendía en absoluto; hacía tiempo que había dejado de rastrear las salidas nocturnas de su marido. Lo más probable era que el príncipe de los saiyajin se encontrara en la cámara de gravedad multiplicada a cientos de veces, machacando su cuerpo hasta el límite, o tal vez volando en solitario por las cordilleras desiertas para meditar bajo las estrellas. Aparecería por la mañana, envuelto en su habitual aura de orgullo taciturno, con el sudor aún pegado a la piel y sin ofrecer una sola explicación de a dónde se había metido. Era su rutina no escrita, el código tácito de su matrimonio.

Sin embargo, esa distancia física esa noche había abierto un grieta de silencio que Bulma, impulsada por una rara mezcla de curiosidad e insatisfacción, decidió llenar a su manera.

Sus ojos celestes, de un azul tan profundo como el océano, estaban fijos en la pantalla del teléfono, encandilados y dilatados por la concentración. El aire de la habitación se sentía denso, casi sofocante. Un rubor cálido y encendido le subía por el cuello, tiñendo sus mejillas con una sombra carmesí que no podía ocultar. La respiración se le había vuelto acompasada, corta, acelerándose al ritmo de las imágenes que se reproducían frente a ella. Estaba viendo un video explícito, una producción ardiente que sobrepasaba cualquier frontera que se hubiera permitido explorar recientemente.

En la pantalla, la escena mostraba un trío perfectamente sincronizado: dos hombres de fisonomía imponente y una chica sumida en el centro de sus atenciones, entregada por completo al placer absoluto. Los cuerpos en el video se entrelazaban con una intensidad primaria, una danza de fuerza, piel y rendición que hizo que a Bulma se le erizara la piel del cuello. Involuntariamente, un escalofrío líquido le recorrió la espina dorsal, acumulando una humedad innegable y punzante en la entrepierna que la hizo jadear suavemente, cambiando de postura sobre la cama para presionar las muslos entre sí.

Un pensamiento cruzo su mente como un rayo de electricidad: “¿Sería capaz de vivir algo así?”

La idea, en abstracto, parecía una locura digna de una adolescente, pero cuanto más contemplaba la pantalla, más se transformaba en una fantasía tangible. El verdadero detonante del fuego que la quemaba por dentro no era el video en sí, sino las caras que su imaginación proyectaba sobre los actores. No eran desconocidos. En su mente, los dos hombres tenían rostros, voces y presencias muy definidas.

Uno era, por supuesto, Vegeta: la fuerza bruta, la posesividad oscura, el orgullo indomable y esa intensidad apasionada que rozaba la violencia en la intimidad. Pero el otro... el otro rostro pertenecía a su mejor amigo.

Goku.

Un suspiro entrecortado se le escapó de los labios al pronunciar ese nombre en la soledad de su mente. La atracción por Goku no era algo nuevo, aunque lo hubiera enterrado bajo toneladas de madurez, matrimonio y responsabilidades familiares. Todo había comenzado décadas atrás, en la atmósfera sofocante y extraterrestre del planeta Namek. Bulma recordó con una claridad desgarradora aquel viaje: la soledad, el miedo a morir en un mundo hostil y la desesperación de ver cómo todo se desmoronaba. Y entonces él había llegado. Goku había aterrizado como un milagro, emanando una serenidad y una fuerza descomunales, habiendo dejado atrás al niño ingenuo de la cuna para convertirse en un hombre cuya mera presencia era capaz de alterar el orden del universo.

Fue en ese planeta de cielos verdes donde Bulma, reconoció por primera vez que su amigo de la infancia le gustaba. No de la forma inocente del pasado, sino con un deseo visceral, maduro y femenino. Los años habían pasado. Ambos habían hecho sus vidas, habían tenido hijos y habían salvado el mundo en innumerables ocasiones. Pero el sentimiento nunca desapareció; simplemente aprendió a adaptarse, a esconderse en los pliegues de su conciencia. Todavía le gustaba. Le gustaba en secreto, en un silencio celosamente guardado tras sus sonrisas descaradas y sus regaños habituales. Le fascinaba la forma en que el cuerpo de Goku parecía esculpido por los mismos dioses, su frescura desenfadada que contrastaba de forma tan salvaje con la amargura sombría de Vegeta.

La peliazul apóyo la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, dejando que el celular descansara sobre su abdomen mientras la pantalla seguía parpadeando. Cerró los ojos. En la penumbra, la fantasía cobró una vida aterradora y fascinante: la combinación perfecta de los dos guerreros más poderosos del universo rindíendose ante ella, compartiéndola, reclamando cada centímetro de su piel en una tormenta de dominación y ternura que la dejó sin aliento, preguntándose en la oscuridad de la noche hasta cuándo podría mantener aquel deseo ahogado en el pecho.

Guiada por el calor insoportable que le recorría el vientre, deslizó la mano por debajo de la seda de su bata, buscando la entrada de su propio cuerpo para ahogar la punzada de necesidad que la consumía. Al contacto con su piel ardiente y completamente empapada, los primeros dedos se hundieron sin resistencia en esa cavidad estrecha y caliente, arrancándole un gemido ahogado que retumbó contra las paredes en penumbra de la habitación. Comenzó a mover los dedos con un ritmo torpe que rápidamente se volvió ágil, acelerando la cadencia mientras la fricción despertaba chispas de electricidad por toda su pelvis. En su mente, las imágenes cobraban una nitidez feroz: no eran simples sombras, sino la presión tangible de unas manos grandes, ásperas y curtidas por la batalla sujetándole las caderas con firmeza implacable, guiando cada uno de sus movimientos mientras la presencia de dos miradas intensas y masculinas devoraba cada rincón de su anatomía.

Arqueó la espalda sobre la cama, despegando el torso de las almohadas mientras la intensidad de la estimulación la hacía jadear sin control, hundiendo las uñas de su mano libre en las sábanas para sostener la oleada de placer que amenazaba con desbordarla. El vaivén de sus dedos se volvió frenético, buscando el ángulo exacto donde el roce se volvía casi doloroso de tan sensible, mientras se imaginaba acorralada entre esos dos torsos gigantescos, sintiendo el aliento pesado y el sudor de ambos mezclándose con el suyo, entregada por completo a una dominación compartida que la hacía gemir cada vez más alto, perdiendo el hilo de la realidad en medio de la absoluta penumbra.

—Vegeta….Goku…—

Los dos nombres brotaron de sus labios en un suspiro entrecortado y anhelante, diluyéndose en el aire pesado de la habitación en perfecta sincronía con su respiración cada vez más agitada, violenta y fuera de control. Una sensación indescriptible y sobrecogedora la embargaba por completo, devorando cualquier vestigio de cordura mientras sus propios dedos, aunque apenas capaces de complacerla a medias frente a la inmensidad de la fantasía que la devoraba por dentro, continuaban hundiéndose y saliendo de su carne húmeda con un ritmo implacable, ciego y desesperado.

Cada empuje interior desencadenaba una corriente eléctrica que le erizaba el vello de la nuca y le hacía temblar los muslos sin tregua, manteniendo su cuerpo en un estado de tensión límite donde la línea entre el placer y el tormento se volvía borrosa. Continuó con ese vaivén frenético durante unos largos, agónicos y febriles minutos, aprisionada por la imagen mental de esas dos presencias monumentales aplastándola contra el colchón, hasta que finalmente el centro de su vientre colapsó en un espasmo violento y expansivo que le cortó el aliento.

Un gemido agudo y rasgado se le escapó del pecho mientras se venía con fuerza sobre su propia mano, sintiendo cómo las paredes internas de su sexo se contraían en oleadas rítmicas sobre sus dedos, inundándolos de una calidez espesa y abundante que escurrió entre sus nudillos mientras su cuerpo entero se desplomaba inerte sobre las sábanas, temblando bajo el peso de un orgasmo crudo, solitario y sofocante.

Al Dia Siguiente…

—¡Mamá, ya me voy a jugar con Goten! — exclamó el pequeño Trunks con esa voz aguda y llena de energía inagotable antes de cruzar corriendo el vestíbulo y desaparecer hacia el exterior de la Corporación Cápsula en un borrón de movimiento.

Bulma, que permanecía sentada en el amplio sofá del salón principal con las piernas cruzadas de manera elegante, encendió un cerillo con un movimiento pausado de los dedos, acercó la pequeña llama al extremo de un cigarrillo y aspiró hondo, soltando una densa nube de humo grisáceo mientras intentaba desesperadamente no pensar en lo sucedido la noche anterior, en el recuerdo vívido y ardiente de sus dedos, la soledad de su cama y las imágenes explícitas que habían dominado su mente. A pesar de que la invadía un profundo sentimiento de vergüenza y culpa al considerar que tenía un marido (aunque casi siempre ausente, sumido en sus entrenamientos interminables y su orgullo inalcanzable), debía admitir para sus adentros que aquella descarga íntima y secreta le había servido enormemente para liberar todo el estrés acumulado que llevaba semanas cargando sobre los hombros.

Su madre, que venía caminando tranquilamente por el pasillo de la sala, luciendo un vistoso conjunto de ropa para salir y su habitual sonrisa despreocupada, se detuvo un segundo al verla para avisarle de sus planes:

—Ya vuelvo, Bulma, iré a relajarme un poco al spa; siento que mi piel y mis músculos realmente lo necesitan después de estos días tan ajetreados.

—Está bien, mamá, que te vaya bien — respondió la científica, dejando escapar otra calada suave mientras observaba la actitud radiante de su progenitora.

—Deberías considerar relajarte un poco tú también, hija mía; te la pasas encerrada todo el santo día trabajando en el laboratorio entre soldaduras, pantallas y planos, por lo que deberías tomarte al menos unos días dedicados exclusivamente a ti, a consentirte y despejar la mente de tantas responsabilidades — añadió la mujer madura con un tono lleno de calidez maternal antes de darle un guiño afectuoso.

—Gracias, mamá, de verdad lo tomaré en cuenta —contestó con una sonrisa sincera pero algo cansada, viendo a su madre marcharse a pasos ligeros hacia la salida con una expresión de absoluta satisfacción.

Al quedarse sola en la inmensidad del salón, reconoció que las palabras de su madre tenían toda la razón del mundo: le había dedicado tanto tiempo al trabajo de investigación, a los proyectos tecnológicos y al mantenimiento de los equipos de entrenamiento que se había descuidado a sí misma, olvidando lo que era disfrutar de un momento de paz sin presiones. De pronto, como un chispazo inevitable en medio de sus pensamientos, la imagen de su amigo de la infancia se le vino a la cabeza: Goku. Él era prácticamente el único en quien podía confiar ciegamente para cualquier cosa, una presencia fresca y transparente que no guardaba rencores ni complicaciones, alguien cuya simple compañía tenía el poder mágico de hacerla olvidar la rutina, sacarla de la monotonía y hacerla sentir relajada con solo escucharlo reír.

Tomando una decisión impulsiva guiada por el consejo maternal, agarró su cartera de cuero, seleccionó una cápsula metálica de su joyero personal y salió al patio exterior de la propiedad, donde presionó el pequeño botón superior del dispositivo y lo lanzó hacia un espacio despejado del terreno; el artefacto detonó en una nube de humo blanco y denso para hacer aparecer una nave voladora de última generación, resplandeciente y lista para despegar.

Sin pensarlo dos veces, subió a la cabina de mando, encendió los motores que emitieron un zumbido suave y perfecto, y se elevó decidida hacia la inmensidad de los cielos, dejando atrás la estructura de la ciudad para ir en busca de un respiro que tanto necesitaba.

.

..

—Listo, por hoy culminamos con el entrenamiento —anunció el legendario luchador con una sonrisa amplia y franca, cruzando los brazos sobre el pecho mientras la brisa de la tarde mecía levemente su túnica anaranjada.

Un cuerpo juvenil y atlético se desplomó exhausto sobre la hierba fresca, sentándose de golpe con la respiración agitada y entrecortada mientras intentaba recuperar el aire y calmar el latido sordo que retumbaba en las fibras de sus músculos fatigados. La chica se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse el sudor que le bajaba por las mejillas, sintiendo cómo el cansancio acumulado de horas de combate intenso le pesaba en cada extremidad.

—Te felicito; has mejorado muchísimo tus movimientos y tu velocidad en estos últimos meses, sin duda eres una excelente aprendiz —agregó el maestro, mirándola con sincera aprobación.

—Muchas gracias, de verdad no sabe cuánto me halaga escuchar esas palabras viniendo de parte suya —sonrió la joven guerrera, alzando el rostro con una mezcla de orgullo y alivio al ver reconfortada la brutal exigencia a la que se sometía día tras día.

—Como te has esforzado tanto y has llevado tu físico al límite, te has ganado un merecido descanso, así que volveremos a retomar las sesiones dentro de una semana entera — decretó él con tono despreocupado, acomodándose las cintas de sus muñequeras.

—¿Una semana? —inquirió ella abriendo los ojos de par en par, desconcertada por la longitud del receso.

—Sí, ¿por qué?, ¿te parece muy poco tiempo para recuperarte? —preguntó el saiyajin ladeando la cabeza con curiosidad inocente.

—¡No, al contrario! Más bien me parece demasiado tiempo sin practicar; le aseguro que con solo dos días de pausa quedo más que renovada para seguir —respondió la muchacha con firmeza, incorporándose un poco para sostenerle la mirada con aplomo.

El veterano combatiente se le quedó mirando fijamente en silencio durante unos instantes, procesando la actitud de la chica, hasta que una sonrisa cálida y satisfecha se le dibujó en el rostro al admirar el entusiasmo inquebrantable, la disciplina y la feroz determinación que caracterizaban a la mejor amiga de su hijo mayor.

—Está bien... nos veremos de nuevo aquí el martes temprano —cedió el guerrero, accediendo a la insistencia de su alumna mientras dejaba escapar una pequeña risa relajada.

—¡De acuerdo! —asintió ella con entusiasmo, esbozando una sonrisa radiante al conseguir acortar el tiempo de descanso.

A los pocos minutos, cuando la joven apenas comenzaba a sacudirse la hierba del uniforme, el silbido característico del motor de una nave voladora rompió la calma de la mañana, resonando desde la inmensidad del cielo. La vibración metálica fue identificada al instante por ambos. Al alzar la vista, distinguieron la silueta aerodinámica del vehículo descendiendo en un ángulo perfecto entre las copas de los árboles, mientras a través del cristal translúcido de la cabina se alcanzaba a ver a la científica saludando con una mano y una sonrisa ligera.

—¡Hola, chicos! —alcanzó a exclamar antes de accionar los propulsores de maniobra para tomar tierra en el amplio claro de hierba. El descenso provocó un fuerte remolino de aire que levantó las hojas secas del suelo y despeinó los cabellos del saiyajin y de la joven luchadora.

—¡Vaya, pero si es Bulma! —sonrió el luchador, dando un paso al frente para recibir a su antigua compañera de aventuras.

Una vez que los motores se apagaron por completo y el zumbido de la nave dio paso al silencio del campo, la peliazul desplegó la escotilla y bajó con paso firme, luciendo una expresión de genuina alegría al encontrarlos allí reunidos.

—¿Cómo están? Qué gusto verlos a los dos —preguntó mientras acomodaba el asa de su cartera sobre el hombro y miraba a su alrededor.

—Todo muy bien por aquí —respondió la joven aprendiz, recuperando el aliento tras la intensa jornada de combate.

—¿Qué te trae por este lado, Bulma? ¿Acaso ocurrió algo malo en la ciudad o hay alguna emergencia? —inquirió él con su habitual franqueza inocente, cruzándose de brazos mientras ladeaba la cabeza con curiosidad.

—Ay, Goku, de verdad que no tienes remedio. No siempre que vengo a buscarte significa que traiga malas noticias o que el planeta vaya a explotar —protestó la mujer, rodando los ojos con divertida incredulidad—. A veces simplemente es bueno salir del laboratorio, despejar un poco la mente de la rutina y pasar un rato agradable charlando con los amigos.

—Jajaja, sí, supongo que tienes razón... — admitió él, rascándose la nuca entre risas antes de girarse hacia la joven guerrera para despedirla—. En ese caso, Videl, ya puedes irte a casa a descansar. Hiciste un gran trabajo hoy.

La muchacha asintió con una inclinación de cabeza y una sonrisa agradecida.

—Entendido. Nos vemos el martes, señor Goku. Hasta luego, Bulma —se despidió respetuosamente antes de elevarse en el aire y salir volando en dirección a su hogar, perdiéndose rápidamente en el horizonte.

—¡Cuídate, Videl! —respondió la científica agitando la mano mientras la veía marchar.

Cuando el rastro de la chica desapareció por completo entre las nubes y el murmullo del viento volvió a adueñarse de las montañas, los dos viejos amigos quedaron completamente solos en medio del claro, rodeados por la serenidad del paisaje.

Goku se giró hacia ella, limpiándose el sudor del cuello con el dorso de la muñeca y dedicándole esa sonrisa transparente que no había cambiado en todos los años que llevaban de conocerse.

—Y bien... ¿a qué se debe este milagro? No recuerdo la última vez que viniste hasta aquí solo para dar un paseo —comentó él, dejando caer los brazos con ligereza a los lados de su cuerpo.

Bulma suspiró despacio, dejando que el aire fresco del campo le limpiara los pulmones. Caminó unos pasos hacia una roca lisa cerca del borde del claro y se sentó de manera pausada, acomodándose la bata con un ademán elegante.

—Necesitaba respirar, eso es todo. En la ciudad el ruido no se apaga nunca, y entre la empresa, el laboratorio y la casa, siento que mi cabeza va a explotar en cualquier momento —levantó la vista para encontrar la mirada curiosa de su amigo—. Además, mi mamá me dijo algo esta mañana que me dejó pensando. Me sugirió que me tomara un respiro antes de volverme loca.

—Tu mamá siempre tiene buenas ideas cuando se trata de descansar —admitió él acercándose a la roca para apoyarse de espaldas contra la piedra, a pocos centímetros de ella—. Aunque a mí me cuesta imaginarte sin hacer nada. Siempre estás inventando aparatos raros o gritándole a alguien.

—Oye, no soy tan cascarrabias —protestó ella, aunque una sonrisa leve se le escapó de los labios al escucharlo—. Pero tienes razón. Me cuesta trabajo desconectarme. Por eso pensé en ti. Eres la única persona que conozco que vive a su propio ritmo, sin preocuparse por los problemas del mundo a menos que haya que dar un par de golpes.

El Saiyajin ladeó la cabeza, observando la sombra de cansancio que se dibujaba bajo los ojos celestes de la científica. Aunque no solía fijarse en esos detalles, la familiaridad de toda una vida le permitía notar cuando algo no andaba del todo bien con ella.

—Bueno, si se trata de no hacer nada, soy un experto —respondió en un tono suave, casi cómplice—. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. El aire es limpio y no hay nada que te moleste.

—Gracias... De verdad me hacía falta ver una cara conocida que no tuviera el ceño fruncido todo el día —murmuró ella.

El viento soplaba con una mansedumbre apacible, acariciando la hierba del claro y agitando las hojas de los árboles corpulentos que bordeaban el lugar. La atmósfera, impregnada del aroma fresco a tierra mojada y vegetación silvestre, parecía haber congelado el tiempo alrededor de la roca donde se encontraban. Goku permanecía apoyado contra la superficie de piedra, con la mirada perdida hacia el horizonte, respirando con la cadencia pausada e imperturbable de quien se halla en absoluta armonía con su entorno. Tenía el torso erguido, dejando al descubierto la poderosa musculatura de los brazos, donde las venas se marcaban sutilmente tras el esfuerzo del entrenamiento previo.

A su lado, Bulma no estaba escuchando el murmullo de la brisa ni admirando el paisaje. Sus ojos azules, fijos y dilatados, estaban completamente cautivados por la figura del guerrero. Lo observaba en un silencio tenaz, recorriendo detenidamente cada trazo de su anatomía: la firmeza de su cuello, la línea marcada de su mandíbula, la cadera estrecha que se ceñía a la cinta azul de su dogi y la elasticidad felina que transmitía su cuerpo incluso en el reposo más absoluto. En su mente, desprovista por completo de los frenos de la culpa o la razón, la realidad comenzó a disolverse para dar paso a la marejada ardiente que la había arrastrado la noche anterior.

Los recuerdos febriles de la noche regresaron con una fuerza devastadora, fundiéndose con la presencia física del hombre que tenía a escasos centímetros. Imaginó esa misma mano áspera, que ahora descansaba despreocupada sobre su rodilla, deslizándose con brusquedad bajo la seda de su ropa, sujetándole el muslo con una presión dominante para abrirle las piernas sin contemplaciones. Se imaginó acorralada entre esa roca y el torso hirviente del saiyajin, sintiendo la dureza de sus pectorales aplastando sus pechos, el aliento pesado y viril rozándole el cuello mientras la boca de él devoraba la suya en un beso hambriento, salvaje y carente de toda inocencia. La fantasía se volvió tan vívida que sintió un vuelco violento en el estómago, una punzada eléctrica que descendió en picado hacia su entrepierna, haciéndola humedecerse de nuevo mientras el pulso le retumbaba con fuerza en los oídos. Un calor denso le subió por el escote hasta teñirle las mejillas de un carmesí encendido, y sus labios se entreabrieron levemente para dejar escapar una respiración entrecortada y traicionera.

Ese sutil cambio en el aire, esa alteración casi imperceptible en la respiración de su amiga, no pasó desapercibida para el luchador. Aunque ajeno a las imágenes explícitas que devoraban la mente de la científica, sus instintos sobrehumanos, afinados por décadas de percibir la energía, la presión corporal y los cambios fisiológicos en los organismos a su alrededor, detectaron de inmediato la repentina agitación de la mujer. giró despacio la cabeza, apartando la vista del cielo para clavar sus ojos oscuros directamente en el rostro acalorado de ella. Su expresión ya no era la del niño ingenuo de antaño; era la de un hombre adulto, un guerrero maduro de instintos agudos que percibía perfectamente la densidad y la tensión que se acababan de apoderar del ambiente.

—¿Estás bien, Bulma? Tu corazón empezó a latir muy rápido de repente y tu energía se siente... rara. Como si estuvieras tensa o con fiebre.

—¿Eh? Ah... no, para nada. Solo estaba pensando en lo mucho que ha cambiado todo desde que éramos niños. Es el calor de la tarde, supongo.

—El calor ya bajó bastante. Además, no le quitabas la mirada de encima a mis brazos. Te conozco desde hace muchos años, Bulma, y sé distinguir cuando me miras porque vas a regañarme y cuando me miras de otra forma.

—¡Qué cosas dices, Goku! No te estaba mirando nada en particular, solo estaba distraída... Te aseguro que no es nada de lo que tengas que preocuparte.

—No dije que me preocupara. Solo que te noto extraña desde que Llegaste. Tu mirada se siente pesada, como si estuvieras buscando algo o esperando que pase algo entre los dos.

—No hay nada que buscar, Goku... Dios mío, a veces se me olvida que aunque parezcas despistado, no se te escapa un solo detalle de lo que pasa a tu alrededor.

—Conozco cómo respiras cuando estás tranquila y cómo respiras cuando estás alterada. Y justo ahora, tu respiración está muy agitada... igual que cuando nos rodeaba el peligro en Namek. Solo que esta vez no hay ningún enemigo cerca.

—Mejor cállate... Si sigues hablando así y mirándome de esa manera, solo vas a hacer que las cosas se pongan más difíciles para mí.

—¿Difíciles en qué sentido? Si hay algo que te está molestando o algo que quieres decirme, puedes hacerlo. Estamos solos, no tienes por qué guardarte nada conmigo.

—Créeme, Goku... hay cosas que es muchísimo mejor mantener en silencio. Si supieras exactamente qué es lo que me pasa por la cabeza cuando te miro así, no te quedarías ahí parado tan tranquilo.

El silencio cayó de nuevo sobre el claro, pero esta vez no traía consigo la ligereza de la brisa, sino una densidad física, casi palpable, que parecía sofocar la vegetación circundante. Goku no apartó la vista. Permaneció inmóvil, apoyado contra la roca, sosteniendo la mirada de la mujer con una quietud analítica y pausada. Sus sentidos, desarrollados en el aislamiento de las montañas y templados en los combates más brutales del universo, captaron algo que iba mucho más allá de la aceleración de su pulso o la fluctuación de su energía.

En medio de la corriente de aire limpio que descendía de la montaña, un efluvio distinto, íntimo, cálido y penetrante alcanzó las fosas nasales del luchador. Era un aroma denso, almizclado y profundamente femenino que emanaba directamente de la entrepierna de su amiga, colándose entre las fibras de su ropa hasta revelarse sin filtro ante su olfato sobrehumano. No era el olor del sudor tras una jornada de ejercicio, ni el perfume sintético que ella solía usar en la ciudad; era la firma biológica de la excitación pura, la evidencia inconfundible de que la mujer estaba completamente empapada frente a él.

Goku procesó la información en absoluto silencio durante unos largos e interminables segundos. Jamás en todas las décadas que llevaban de conocerse había percibido ese detalle específico en ella. La deducción se formó en su mente con una nitidez abrumadora: aquel estado no era casualidad, ni obedecía al calor de la tarde. Ocurrió allí mismo, en cuestión de minutos, bajo el influjo directo de la forma en que ella lo había estado observando. La expresión en los ojos celestes de la científica, cargada de una devoción hambrienta y sin rastro de la camaradería habitual, encajó perfectamente con el rastro biológico que el viento le traía. Una parte de él sintió el impulso directo de confrontarla, de formular la pregunta con la franqueza brutal que lo caracterizaba, pero su instinto de convivencia le advirtió que lanzar una observación tan cruda provocaría de inmediato que ella se cerrara en banda, estallando en regaños para negar la evidencia por pura vergüenza.

Por su parte, Bulma sentía el peso de la mirada del saiyajin quemándole la piel. Notó cómo las fosas nasales de él se dilataban imperceptiblemente, cómo su postura se volvía más alerta, y comprendió en un chispazo de pánico y lucidez que no había nada que pudiera ocultarle a un hombre cuyos sentidos eran capaces de rastrear una vida a continentes de distancia. La humedad entre sus muslos se sentía ahora como un fuego líquido, punzante y delator. Sin embargo, al percatarse de que estaban completamente solos en la inmensidad de las montañas, sin testigos, sin la sombra de sus familias ni la presión de la rutina, un pensamiento temerario comenzó a ganarle terreno a la prudencia. ¿Para qué seguir fingiendo? ¿De qué servía sofocar un deseo que la había llevado a tocarse a solas en la madrugada y que ahora la consumía en presencia del hombre real? Sabía con certeza que si dejaba pasar esa oportunidad, si subía a su nave y regresaba a la Corporación Cápsula como si nada hubiera ocurrido, el arrepentimiento la perseguiría por el resto de sus días.

—Hueles diferente. No es el perfume que siempre usas ni el olor del campo... Es un aroma muy cálido, denso, que viene de entre tus piernas. Estás mojada, ¿verdad?

—¡Goku! ¿Pero qué demonios estás diciendo...? ¿Cómo te atreves a fijarte en eso?

—No me estoy fijando a propósito, el viento me trae tu olor directamente a la cara. Es muy fuerte. Y empezó justo cuando te me quedaste mirando en silencio, como si estuvieras imaginando algo conmigo.

—Dios mío... Eres insoportable con esos sentidos tuyos. ¿No podías simplemente ignorarlo y guardarte ese comentario?

—¿Para qué lo voy a ignorar si está pasando justo ahora? Nunca antes había sentido que me miraras de esta manera, ni tampoco habías olido así estando a mi lado. Sé perfectamente lo que le pasa a un cuerpo cuando reacciona de esa forma.

—Está bien... Tienes razón. ¿Eso es lo que querías escuchar? Ya no tiene ningún sentido que intente ocultarlo o que me invente una excusa estúpida para salir huyendo.

—¿Entonces no estás enojada porque lo haya notado?

—No... estoy cansada de pelear contra esto. Estoy harta de guardarme lo que siento y de sofocar este deseo como si fuera un delito. Si no te lo digo ahora que estamos solos, sé que me voy a arrepentir el resto de mi vida.

—¿Hablas de lo que sientes cuando me miras?

—Hablo de que me vuelves loca, Goku. De que no puedo sacarte de mi cabeza, de que anoche no pude dormir pensando en ti y en tu cuerpo, y de que justo ahora, teniéndote tan cerca, lo único que quiero es que dejes de hacer preguntas y te acerques a mí.

La confesión quedó suspendida, flotando con el peso denso de una sentencia irreparable. Goku no reaccionó de inmediato; permaneció con el cuerpo apoyado contra la roca, inmóvil como una estatua esculpida en bronce, sosteniendo la mirada de la científica con una fijeza penetrante que parecía atravesarle la piel. Sus pupilas oscuras, profundas y analíticas, procesaban cada palabra, cada matiz de la voz entrecortada de su amiga y el efluvio cálido que el viento no dejaba de arrastrar desde su entrepierna. Él no era ajeno al peso de la realidad. Aunque su matrimonio con Milk hubiese llegado a su fin tiempo atrás, dejándolo libre de ataduras conyugales, la situación que se desplegaba frente a sus ojos cruzaba una línea abismal.

En su mente, la figura de Vegeta emergió con la fuerza de un rayo. El príncipe de los saiyajin no era un desconocido, ni un rival cualquiera; era su compañero de mil batallas, el hombre que había derramado sangre a su lado, la otra mitad de la fuerza defensiva de la Tierra y, a su manera huraña y taciturna, un amigo al que respetaba profundamente. sabía perfectamente qué significaba dar ese paso: cruzar ese límite no era simplemente ceder a un impulso de la carne, sino detonar una traición directa hacia el orgullo de un guerrero que jamás perdonaría una afrenta de tal magnitud. Se preguntaba con desconcierto qué llevaba a Bulma a hablar con semejante determinación, a romper de un manotazo los códigos no escritos de su propia casa, exponiéndolo a él a una encrucijada donde la lealtad y el deseo chocaban de frente.

Ella por su parte, sentía el pulso retumbándole en los oídos mientras el silencio de él la devoraba. Era plenamente consciente de que estaba jugando con un fuego capaz de reducir a cenizas todo lo que había construido. La sombra de Vegeta pesaba sobre sus hombros como una losa de plomo, y el conocimiento amargo de que estaba a punto de traicionarlo le provocaba un nudo amargo en la garganta. Sin embargo, el resentimiento acumulado durante años de soledad y abandono pesaba mucho más en ese instante. ¿Hacía cuánto tiempo que su marido no la tocaba con verdadera pasión? ¿Hacía cuánto que el príncipe no la miraba como a una mujer, cegado únicamente por su obsesión enfermiza por superar sus propios límites y encerrado noche y día en la cámara de gravedad? La ausencia constante de su esposo, la frialdad de su cama y la indiferencia camuflada de orgullo la habían ido empujando, rincón a rincón, hasta llevarla exhausta y necesitada a los brazos del único hombre que siempre había representado luz, calidez y vida en su existencia: su mejor amigo.

—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo, Bulma? Sabes perfectamente quién es tu esposo. Vegeta es mi amigo, hemos luchado juntos durante años y no puedo simplemente hacerle esto como si no importara.

—Sé muy bien con quién estoy casada, Goku... Pero dime, ¿dónde está él ahora? ¿Dónde ha estado todas estas noches mientras yo me quedo sola en esa cama gigantesca?

—Él se entrena para hacerse más fuerte, tú mejor que nadie conoces cómo es la forma de ser de Vegeta. Su orgullo y su disciplina son así.

—¡Estoy harta de su orgullo! Estoy cansada de que su único pensamiento sea superarte a ti mientras a mí me trata como a un adorno en la casa. Hace meses que no me toca, meses en los que ni siquiera me mira antes de dormirse.

—Eso no quita que sea tu pareja y que le debas un respeto. Si yo hago lo que quieres, le estaría clavando una espada por la espalda a un hermano de batallas, y eso cambiaría todo entre nosotros para siempre.

—¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de lo que yo necesito como mujer? Aguanté hasta donde pude, pero no soy de piedra, Goku. La soledad me está devorando por dentro y mi cuerpo no puede más.

—Pudiste habérmelo dicho de otra forma, pero viniste hasta aquí sabiendo lo que pasaría. Me buscaste a mí porque sabías que no podría ignorar lo que sientes o el olor que sale de tu cuerpo.

—Te busqué a ti porque eres el único que me hace sentir viva con solo sonreír. Si termino cayendo en tus brazos, la culpa no es solo mía; la ausencia de Vegeta me empujó hasta aquí, y la verdad es que ya no me importa traicionarlo si eso significa tenerte aunque sea una vez.

—No digas las cosas tan a la ligera... Un acto como este no tiene vuelta atrás. Si tocara tu cuerpo justo ahora, si cediera a lo que estás pidiendo con tanta determinación, no habría manera de arreglar el desastre que vendría después.

—No me importa el desastre, no me importa lo que pase mañana... Solo me importas tú, teniéndome aquí, en medio de la nada, donde nadie puede vernos.

La mirada oscura del luchador se clavó en el horizonte por un instante interminable. En el interior de su pecho, una marejada de emociones contradictorias libraba un combate feroz. Conocía de sobra el peso de la lealtad y el código de honor que regía entre los guerreros; sabía que cruzar esa frontera invisible significaba romper algo sagrado con aquel hombre de sangre real que había compartido batallas, sudor y dolor a su lado. Un acto de esa magnitud no era un simple error pasajero, sino una afrenta directa al orgullo de quien consideraba un hermano de armas, una herida imposible de cicatrizar que alteraría para siempre el destino de todos los que los rodeaban.

Sin embargo, al bajar nuevamente la vista hacia la mujer sentada frente a él, la razón comenzó a ceder ante la fuerza bruta de la realidad inmediata. El efluvio cálido y penetrante que emanaba de su cuerpo seguía flotando en el aire, denso y constante, delatando una necesidad biológica y sincera que no admitía fingimientos. Observó el temblor sutil de sus hombros, el calor encendido en sus mejillas y esa determinación desesperada en sus ojos celestes, comprendiendo el dolor silencioso de una soledad acumulada tras años de abandono y frialdad. Ella no estaba actuando por capricho; estaba entregándole su vulnerabilidad en medio de la nada, dispuesta a asumir el desastre con tal de encontrar el consuelo y la pasión que le habían sido negados.

Sintió cómo su propio pulso se aceleraba, reaccionando de manera instintiva al llamado primario de la carne y a la devoción sin reservas que ella le ofrecía. La idea de rechazarla y enviarla de vuelta a esa casa vacía se sentía de pronto cruenta e injusta. Por primera vez en su vida, el sentido del deber se desdibujó ante el impulso de sostener ese cuerpo ansioso entre sus brazos, consciente de que, al dar el primer paso hacia ella, el punto de no retorno quedaría marcado a fuego en la montaña.

Él no pronunció una sola palabra. Apartó lentamente la espalda de la piedra y dio un paso al frente. El movimiento fue felino, pesado y cargado de una intención abrumadora que hizo que el corazón de la mujer se fuera de boca. Con esa envergadura monumental que tapaba la luz directa del sol, se inclinó sobre ella, acorralándola contra la roca tibia antes de que pudiera reaccionar. Una de sus manos grandes se posó con firmeza implacable en la nuca de ella, apretando la masa de cabello azul para inclinarle el rostro hacia arriba, mientras la otra descendía directamente a la cintura, sujetándola con un agarre de acero que anuló cualquier margen de distancia.

Su boca buscó la suya sin rodeos, en un choque hambriento, salvaje y carente de toda delicadeza. El primer contacto fue una embestida de calor puro: los labios de él se apoderaron de los de ella con una posesividad primaria, obligándola a entreabrir la boca para que su lengua irrumpiera con ímpetu, devorando la cavidad tibia en una danza urgente y dominante. La científica dejó escapar un gemido ahogado contra el rostro del luchador, clavando las uñas de ambas manos en la tela gruesa de su dogi anaranjado para sostenerse en pie, sintiendo cómo el mundo entero se desvanecía ante la fuerza bruta de quien la sujetaba.

El beso se volvió cada vez más profundo, implacable, extrayéndole el aliento mientras la mano que aprisionaba su cintura la arrastraba con violencia contra él. El roce directo reveló la dureza monumental que se erguía tras la tela de las ropas del hombre, una masa rígida y ardiente que presionó sin contemplaciones contra la pelvis húmeda de ella. Un escalofrío furioso le recorrió la columna vertebral de punta a punta. La humedad entre sus muslos se desbordó al sentir esa presión colosal, inundando las telas interiores mientras los dedos del luchador abandonaban la nuca para descender con avidez por el escote, rasgando levemente el broche para despejar la piel clara del pecho.

Los nudillos ásperos de él rozaron los pezones erguidos, haciéndola arquear la espalda sobre la piedra en un espasmo de placer puro. Él interrumpió el beso solo un segundo para descender el rostro hasta la curva de su cuello, clavando los labios en la carne sensible para succionar y morder con una pasión torrencial que le arrancó a la mujer un chillido agudo y sin aliento. El aliento hirviente del combatiente le quemaba la piel, impregnado de ese olor a leña y fuerza bruta que la volvió loca por completo, mientras los dedos masculinos se abrían paso sin paciencia por debajo de la falda, buscando el centro mismo de la tormenta.

Sin dar un solo segundo de tregua, la mano áspera se abrió paso por debajo de la tela ligera, buscando directamente la carne ardiente que temblaba sin control. Los dedos tropezaron con la prenda íntima completamente empapada, y con un tirón seco y dominante, la apartó hacia un lado para hundirse de lleno en la cavidad estrecha y sofocante que goteaba de necesidad. La entrada estaba tan hirviente y dilatada que dos dedos se deslizaron hasta el fondo sin la menor resistencia, arrancándole a la científica un gemido rasgado y agudo que resonó con fuerza en el claro bajo el sol abrasador.

El luchador no redujo la velocidad; comenzó un embate frenético desde el primer segundo, utilizando la articulación de sus dedos para presionar y rozar la pared superior de su sexo con un ritmo pesado y constante. El sonido líquido de la estimulación retumbaba entre los muslos de ella, mezclándose con el vaivén del viento en los árboles. Mientras la mano inferior no dejaba de masajear ese centro neurálgico con una destreza salvaje, él volvió a apoderarse de su rostro, devorándole los labios en una chupada de lengua húmeda y profunda que ahogó los jadeos desesperados de la mujer. Sus lenguas se enredaron con ímpetu, intercambiando saliva y aliento hirviente en un frenesí abrumador.

Ella sentía que las piernas se le desarmaban. Con la espalda completamente pegada a la roca tibia, levantó una de sus piernas para envolver la cadera firme de Éste exponiendo aún más su centro a la invasión de esa mano colosal. El roce de los nudillos contra el pequeño botón eréctil, sumado a la presión interna de los dedos que buscaban el límite de su cavidad, desató un espasmo violento en todo su cuerpo.

El Saiyajin descendió la boca por la barbilla de ella, bajando a lengüetazos por el cuello y la clavícula hasta aprisionar uno de los pechos descubiertos entre sus dientes. La lamedura fue ancha, cálida y rugosa, envolviendo la aureola antes de succionar el pezón erguido con una fuerza de tracción que le hizo perder el hilo de la cordura. Los gemidos de la mujer se volvieron continuos, un rosario de súplicas incoherentes impulsadas por las sacudidas de placer que le recorrían la espina dorsal.

Sintiendo cómo las paredes internas de la fémina se contraían en espasmos rítmicos alrededor de sus dedos, la estimulación se volvió aún más implacable, rápida y profunda, buscando arrastrarla de inmediato al borde del colapso. Sin detener el ritmo salvaje con el que la sometía a través de sus dedos, él decidió eliminar cualquier barrera de tela que se interpusiera entre ambos.

Con un movimiento brusco de su brazo libre, sujetó el vestido ligero de la científica por los hombros y la deslizó hacia abajo con una fuerza implacable, obligándola a liberar los brazos hasta que la prenda cayó inútil sobre la hierba del claro. La prenda íntima, reducida a un hilo húmedo y maltrecho, fue arrancada de un tirón seco por la mano que la estimulaba, dejándola completamente desnuda bajo el claro.

Su cuerpo quedó expuesto en su totalidad a la mirada del luchador: la piel blanca y sonrojada por la excitación, los pechos erguidos subiendo y bajando al ritmo de un tórax que luchaba por respirar, y la entrepierna brillante, empapada y completamente descubierta frente a él. La visión de su anatomía perfecta y vulnerable bajo el sol abrasador encendió un brillo más oscuro en las pupilas del saiyajin.

Con la rapidez y la fuerza de un depredador, la tomó por debajo de los muslos desnudos y la elevó del suelo sin el menor esfuerzo, haciendo que la espalda de ella se estampara de lleno contra la superficie plana y tibia de la roca. Las piernas de la mujer, delgadas y temblorosas, fueron separadas y cruzadas con firmeza alrededor de la cadera ancha del guerrero, exponiendo su centro de forma absoluta y desprotegida.

Él se acomodó entre los muslos aborregados de ella, sintiendo el calor líquido de su vagina rozando directamente la tela de su pantalón. La boca del combatiente volvió a atacar con furia el cuerpo descubierto de la peliazul, descendiendo a lameduras lentas, pesadas y absorbentes por el abdomen contraído, bajando por el ombligo hasta enterrar el rostro directamente entre sus piernas.

Un grito agudo y desarticulado se le escapó a la mujer cuando la lengua ancha del saiyajin dio una lamedura directa desde su ano hasta el clítoris erguido. El sabor salado, denso y caliente de la excitación de su amiga inundó la boca del luchador, quien comenzó a succionar el pequeño botón de placer con una fuerza de tracción desesperada, mientras los dedos de ambas manos se clavaban en la carne blanda de los glúteos de ella para mantenerla pegada a su rostro.

La estimulación oral fue tan brutal y continua que el vientre de la fémina se convulsionó en un temblor violento, hundiéndose en la boca del hombre mientras ahogaba los gemidos rascándose las uñas contra la piedra caliente.

Separó el rostro de entre sus piernas por un segundo, dejando un rastro brillante de saliva y fluidos que relucía bajo la luz incandescente de la tarde. Ella, entreabrió los ojos encandilados para encontrarse con la mirada de él. El guerrero no perdió el tiempo. Con movimientos ágiles, precisos y cargados de una fuerza contenida, comenzó a despojarse de la ropa que aún lo cubría.

Desató la cinta azul de la cintura con un tirón seco y la dejó caer sobre la hierba. Acto seguido, sujetó la parte superior de su dogi anaranjado y se la quitó por la cabeza de un solo impulso, exponiendo su torso monumental a la intemperie. La musculatura de su pecho, los pectorales anchos, los abdominales marcados como bloques de piedra y los hombros simétricos quedaron completamente al descubierto, reluciendo bajo una fina capa de sudor que despedía ese efluvio viril a leña y poder.

Sin detenerse, metió los pulgares por debajo del borde de su pantalón y la prenda interior, deslizándolos hacia abajo con una brusquedad implacable. La tela gruesa cayó hasta sus tobillos, dejando al descubierto sus piernas atléticas y, sobre todo, la masa colosal de su miembro erguido. Su virilidad se liberó con una pesadez imponente: una columna gruesa, pulida, de piel clara y venas marcadas que latían con fuerza propia, completamente rígida y apuntando directamente hacia el cuerpo desnudo de la mujer.

El tamaño de esa carne al descubierto, sumado a la imagen del Saiyajin completamente desnudo y dominante sobre ella, hizo que a la científica se le cortara el aliento por completo. Un nuevo escalofrío furioso le recorrió la columna, haciendo que la humedad en su entrepierna se desbordara de nuevo ante la anticipación del embate que estaba por venir.

.

..

Las horas continuaban su curso imperturbable bajo la luz incandescente de la tarde, mientras en aquel rincón apartado de las montañas dos cuerpos completamente desnudos se entrelazaban en una espiral de pasión desmedida y salvaje, ajenos por completo al resto del mundo. Aceptando la superficie fresca del césped como su único lecho, la mujer yacía de espaldas sobre la hierba con el torso arqueado y la piel resplandeciente por una fina capa de sudor. Las manos monumentales y ásperas de su amigo aprisionaban con firmeza implacable sus tobillos delgados, manteniéndolos elevados y separados a la altura de sus hombros para exponer por completo el centro mismo de su anatomía. Sin dar un solo segundo de tregua, él se impulsaba con la cadera en un vaivén frenético y rítmico, sepultando la totalidad de su miembro erguido en las profundidades más estrechas y ardientes de su sexo, arrancándole jadeos rasgados y gemidos continuos que resonaban por todo el claro con cada embestida directa, sorda y profunda.

Ella mantenía los ojos cerrados con fuerza, como si al privarse de la vista pudiera concentrar todos sus sentidos en aquello que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo. Cada embestida la hacía estremecerse, un vaivén profundo y vehemente que parecía partirla en dos, recorriéndola por dentro con una intensidad que apenas podía soportar. Podía sentir cómo aquel miembro enorme la llenaba por completo, cómo su interior se adaptaba a su forma, cediendo y a la vez aferrándose a él con cada movimiento. Era una sensación abrumadora, casi demasiado, y sin embargo no quería que parara.

Sentía también cómo aquel grosor la golpeaba en lo más hondo, justo bajo su vientre, con un ritmo firme que arrancaba de ella gemidos que ya no podía controlar. Delicioso, pensaba, mientras una ola de placer la recorría de arriba abajo. Cada choque la hacía delirar, la empujaba un poco más hacia ese estado en el que ya no existía nada más que aquella fricción, aquel calor, aquel peso que la clavaba contra la superficie. Gemía como loca, sin vergüenza, sin filtro, con la voz quebrada por el placer.

Gozaba muchísimo de tenerlo dentro, de sentir cómo la destrozaba con aquel movimiento incesante, cómo la hacía suya una y otra vez. El sudor le perlaba la piel, el aire le faltaba a ratos, y aun así ella arqueaba la espalda buscando más, pidiendo en silencio que no se detuviera, que la llevara hasta el final, hasta ese punto en el que todo se rompía y se volvía luz blanca detrás de los párpados cerrados. Y él seguía, implacable, hundiéndose en ella con esa furia que la hacía sentirse viva, deseada, completamente entregada.

Luego, salió de ella de golpe, dejándola vacía y palpitante, para después bajar su rostro lentamente hacia su entrepiernas, con la respiración caliente rozando la piel sensible, y consumir su flujo extrayendo suficiente con la lengua, saboreando cada gota con avidez mientras ella se arqueó ante aquello, gimiendo con delirio, con las manos aferradas a lo que encontrara, los muslos temblando y la espalda curvada en un arco imposible, perdida por completo en la oleada de placer que la recorría sin piedad.

Esto era exactamente lo que ella necesitaba, sentirse deseada, sentirse devorada sin respiro, sin pausa, sin clemencia, como si no existiera nada más en el mundo que aquel momento y aquel cuerpo sobre el suyo, y la manera en cómo su mejor amigo la poseía era una experiencia y una sensación única, irrepetible, algo que ninguna otra persona le había dado jamás, exquisito, y sentir esa lengua chupando sus labios menores y su culo era… placentero, profundamente placentero, un placer que le recorría la espina dorsal y le nublaba la mente, un placer húmedo y cálido que la hacía temblar, que la hacía apretar los muslos y a la vez abrirlos más, entregada por completo a aquella boca que la conocía tan bien, a aquel amigo que había dejado de ser solo eso hacía mucho, mucho tiempo, y que ahora la sostenía, la lamía, la saboreaba como si ella fuera lo único que le importara en el mundo.

—Más… más… lame más… —suplicaba ella entre jadeos entrecortados, con la voz temblorosa y la respiración agitada, y él la complacía sin dudar, aumentando más y más la intensidad de su lamida, pasando la lengua con mayor presión, con mayor velocidad, con mayor hambre, como si quisiera beberse cada gota de su placer.

Goku seguía mamando y mamando sin tomarse un segundo para descansar, sin importarle el cansancio, sin importarle nada más que aquel momento, con la boca y la lengua totalmente entregadas hacia aquella tarea de complacerla y hacerla sentir bien, de llevarla una y otra vez al límite, de escucharla gemir y suplicar más, porque quería que lo disfrutara, que lo gozara intensamente, tanto como él disfrutaba haciéndolo, tanto como él gozaba teniéndola así, temblando bajo él, perdida entre jadeos y susurros, completamente suya.

Después, a los pocos minutos, él despegó su boca de donde la tenía, con ese gesto lento y deliberado de quien sabe exactamente lo que quiere, y con las manos firmes la tomó por la cintura para voltearla, guiándola sin prisa pero sin titubeo hasta colocarla en cuatro, con las palmas apoyadas y la espalda arqueada, y ella entendió de inmediato lo que él buscaba, porque su cuerpo ya lo sabía antes que su mente, y sin necesidad de palabras inclinó su trasero hacia arriba, separándolo con ambas manos, abriéndose ella misma con los dedos para dejar su culo completamente expuesto ante los ojos de su amigo, que la miraba desde atrás con una hambre que se sentía en el aire, y se mordió el labio con excitación, con ese cosquilleo que le subía por la columna y le hacía temblar las piernas, mientras el pecho de Goku subía y bajaba agitado por la respiración rápida, por el deseo que lo recorría, y entonces él se inclinó, bajando la cabeza con parsimonia, y llevó su boca hasta su culo y empezó a devorarlo con la lengua, con labios y dientes justos, mientras ella mantenía sus glúteos bien abiertos con ambas manos, temblando, ofreciéndose, dándole mayor acceso a sus lamidas, cada una más profunda que la anterior, y ella gemía con la cara hundida en la superficie, sintiendo cómo la lengua de él la recorría entera, arriba y abajo, en círculos, hundiéndose un poco más cada vez, y el placer le nublaba la vista, le tensaba el vientre, le hacía apretar los dedos contra su propia piel mientras se mantenía abierta para él, completamente entregada, completamente expuesta.

El pene de Goku estaba demasiado erecto, tan duro y palpitante que parecía tener vida propia, como si pidiera a gritos nuevamente entrar en su coño, ansioso por hundirse otra vez en aquel calor que lo había vuelto loco minutos antes. Cada latido lo hacía temblar ligeramente, y una gota de líquido brillaba en la punta, delatando lo mucho que la deseaba todavía, lo mucho que necesitaba volver a sentirla apretada alrededor de él. Y mientras la saboreaba, con la lengua recorriéndola despacio, deteniéndose en cada rincón, bajó su mano para masturbarse rápidamente mientras la complacía, sin dejar de atendenderla, sin romper el ritmo de sus labios contra su piel..

—Go…Goku… —la voz de Bulma salió quebrada, apenas un susurro cargado de deseo, mientras sus dedos se aferraban a las sábanas con una fuerza que delataba lo mucho que estaba conteniéndose.

—Dime… Bulma… —respondió él, con esa calma suya que contrastaba con el fuego que ardía en su mirada. Su respiración era pesada, y sus manos se posaban firmes sobre la cadera de ella, esperando, atento, como si supiera que lo que venía después no admitía prisa.

La peliazul tragó saliva, sintiendo el corazón golpeándole el pecho. Estaba completamente excitada, la piel encendida, el cuerpo temblando de puro deseo. Ya no quedaba espacio para la vergüenza, para los titubeos, para las palabras a medias. Solo quedaba él, ella, y esa necesidad insoportable que le subía por la garganta y le nublaba la cabeza.

—Entra en mi culo —dijo de golpe, sin rodeos, con la voz ronca y decidida, mirándolo por encima del hombro con los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.

—…—Goku se quedó en silencio un instante, sorprendido, aunque no del todo, porque ya había notado en sus movimientos, en la forma en que se arqueaba contra él, que Bulma quería más, que estaba pidiendo algo que sobrepasaba lo que habían hecho hasta ese momento.

—Por favor… lo necesito —suplicó, totalmente excitada, la voz rompiéndose en la última sílaba. No era una petición casual; era una súplica nacida de lo más profundo de su deseo, un ruego que la dejaba expuesta, vulnerable, entregada. Sus caderas se movieron apenas, instintivamente, buscándolo, rogando en silencio que no la hiciera esperar más.

Goku la observó unos segundos largos, midiendo el peso de lo que le pedía, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía a la urgencia de ella. Y entonces, con una voz baja y grave, tan distinta a la suya de siempre, cedió.

—Está bien… —murmuró, mientras sus manos la sujetaban con más firmeza, acomodándola, dándole a entender sin palabras que la iba a complacer, que iba a darle exactamente lo que estaba pidiendo a gritos silenciosos.

Tomó su gran miembro y lo frotó primero en la entrada mojándolo con su propio líquido antes de empezar a introducirlo lentamente, deslizando la punta una y otra vez contra aquel borde palpitante, empapándolo, preparándolo, mientras un calor húmedo le subía por la muñeca y un temblor recorría las caderas de ella, que ya empezaban a ceder; las paredes empezaron a estirarse al tamaño del miembro, abriéndose paso a paso, removiendo su recto, llegando cada vez más adentro, moldeándose a su grosor con una lentitud casi cruel, y la peliazul se quejaba pero aun así se aguantaba, apretando sus ojos con tanta fuerza que las pestañas le temblaban, la respiración cortada en jadeos breves, los labios entreabiertos soltando un susurro roto que no llegaba a ser palabra; a medida que aquello iba llegando al fondo sus manos se aferraban al césped casi arrancándolo de raíz, los dedos clavándose en la tierra, los nudillos blancos, los tallos quebrándose entre sus puños hasta que…

—Ya… ya entró —musitó él con la voz ronca, espesa y apenas audible, como si pronunciar palabra alguna pudiera romper el hechizo que los mantenía cautivos en medio de la nada.

bajó su mirada a esa conexión sin censura donde su miembro estaba todo adentro, solo sus testículos afuera, apretados contra la piel enrojecida, el contorno del ano algo hinchado y tibio, brillante bajo la luz tenue, y ella quieta, temblando, llena hasta el límite, con las mejillas encendidas y el cuerpo entero suspendido en ese instante en que el dolor y el placer se confunden y ya no se sabe cuál manda.

Al principio él empezó a moverse lento, removiendo las paredes espesas de su recto con un vaivén pausado, casi cuidadoso, sintiendo cómo aquellas paredes se aferraban a él en cada retirada y cedían en cada empuje, húmedas y calientes, apretándolo como si quisieran retenerlo dentro, y ella respondía con un quejido largo, los dedos aún enterrados en el césped, la espalda arqueada, la respiración entrecortada marcando el compás de aquel ritmo lento que la hacía temblar entera, hasta que después fue subiendo de intensidad, primero un poco más rápido, luego más hondo, luego más fuerte, el vaivén tornándose en golpe, el golpe en choque, y el aire llenándose de un sonido húmedo y repetido que se mezclaba con los gemidos rotos de ella, donde sujetó su cintura firmemente y con fuerza, los dedos clavándose en la carne de sus caderas, marcándola, inmovilizándola para después darle con fuerza, reventándole ese culo con embestida dura y salvaje, cada empuje arrancándole un grito que ya no podía callar, el cuerpo de ella sacudiéndose entero, los pechos aplastados contra la tierra, el rostro girando de lado con los ojos apretados y la boca abierta, mientras él la embestía una y otra vez sin tregua, sin piedad, con un ritmo brutal que hacía chocar sus caderas contra las nalgas de ella con un eco seco y delicioso, perdiéndose ambos en aquel salvajismo, en aquel abandono sin censura donde ya no había nombres ni palabras, solo el golpe, el calor, el sudor y el placer desbordado que los arrastraba hasta el borde mismo del delirio.

—¡Ahhhhh… ahhhhhhhh… Gokuuuuuu….por kamiiiiii… ahhhhhhh… qué ricooo… hayyyyy… duele… más… dame… maa— pedía ella a gritos, la voz quebrada y ronca escapándosele entre los dientes apretados, cada sílaba arrastrada por un jadeo, el cuerpo entero sacudiéndose contra el suelo con cada embestida, las uñas arañando la tierra húmeda, el cabello azul pegado a la frente por el sudor, los ojos apretados con fuerza mientras las palabras se le deshacían en la boca sin orden ni vergüenza, porque ya no pensaba, ya no medía nada, solo sentía aquel grosor partiéndola por dentro y lo pedía más, lo exigía a gritos aunque doliera, aunque la quemara, aunque cada empuje la dejara sin aire y le arrancara un gemido nuevo que se sumaba al anterior sin pausa.

Y Goku, al escucharla, sintió que algo se le encendía en el pecho, esa mezcla de deseo y furia que solo ella le provocaba, y le daba más fuerte, mucho más fuerte, las manos aferradas a su cintura con una firmeza brutal, los dedos hundidos en la carne, los músculos tensos y brillantes bajo la luz, la mandíbula apretada y la mirada fija en aquel punto donde sus cuerpos se unían una y otra vez, viendo cómo ella se abría para él, cómo lo recibía entero, cómo temblaba y gritaba su nombre entre súplicas rotas, y no se detenía, no podía detenerse, porque aquel ritmo lo arrastraba también a él hacia un estado animal donde solo existía el golpe, el calor, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando y la voz de ella pidiendo más.

Salvaje, completamente salvaje, sin medida ni cuidado, con esa energía desbordante que lo caracterizaba llevada ahora al terreno del placer, embistiéndola sin tregua, cada empuje más hondo que el anterior, cada choque arrancándole un grito que rebotaba contra los árboles y se perdía en la atardecer, mientras el sudor caía de su frente sobre la espalda arqueada de ella y el césped se deshacía bajo sus cuerpos, y ninguno de los dos pensaba ya en nada más que en aquel vaivén brutal que los tenía al borde, ella pidiendo más con la voz rota y él dándoselo sin freno, salvaje, perdido, entregado por completo a aquella locura compartida que no admitía pausa ni censura, solo el instinto puro, el deseo sin nombre y el placer desbordado que los empujaba juntos hacia el abismo.

El tiempo seguía avanzando sin pausa, poco a poco el sol iba bajando y el cielo se teñía de naranjas y violetas que se filtraban entre las ramas, pero el tiempo en ellos se había congelado, detenido en aquel instante suspendido donde nada más importaba, donde el mundo entero podía seguir girando allá afuera mientras ellos permanecían ajenos, encerrados en su propio universo de piel y aliento. No había prisa para regresar a sus hogares, ninguna obligación los llamaba, ningún reloj los apuraba, y así se quedaron, entregados el uno al otro sobre el césped húmedo, con el sudor secándose lentamente en la piel y el corazón aún latiendo fuerte.

Aquel culo estirado seguía recibiendo embates frecuentes que la mantenían enrojecida, la piel tirante alrededor de él, brillante y tibia, cediendo una y otra vez con cada empuje, y los gemidos de ella se habían vuelto un murmullo continuo, casi un ronroneo, los ojos cerrados, el cuerpo blando y entregado, hasta que Goku después llegó a venirse por completo dentro de ella, con un gruñido profundo que le subió desde el pecho, las caderas pegadas a las de ella, temblando, vaciándose entero en aquel calor que lo apretaba sin soltarlo, llenando todo el contenedor, inundándola por dentro con una oleada espesa y caliente que ella recibió con un estremecimiento largo, los dedos aún enredados en el pasto, la respiración cortada, el vientre tenso, y aquel líquido se quedó todo adentro, sin brotar una sola gota cuando él finalmente lo sacó, solo el borde enrojecido palpitando, brillante, cerrado, guardándolo todo, y ambos quedaron quietos, uno junto al otro, escuchando el silencio del campo y el latido lento de sus corazones mientras el sol terminaba de esconderse detrás del horizonte.

Ambos se habían vestido, listos para marcharse, con la ropa arrugada y el cabello aún revuelto, los cuerpos relajados y esa calma profunda que solo deja la satisfacción completa.

Bulma miró a Goku y este también la miró, regalándole una sonrisa, la de ese amigo de siempre, cálida y sencilla, la misma que le dedicaba desde niños, y no la del hombre que momentos antes la había devorado con los ojos encendidos y las manos firmes, y esa diferencia la hizo sonreír para sus adentros, porque era justo eso lo que necesitaba: que todo volviera a su sitio, que la complicidad siguiera intacta, que entre ellos no quedara vergüenza ni distancia.

—Gracias, Goku… siempre te estaré bien agradecida por esto. La verdad es que necesitaba mucho desahogarme y sentirme nuevamente… deseada. —dijo ella, con la voz suave, sincera, mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja y bajaba la mirada un instante, como si confesar aquello la dejara desnuda de otra manera.

—No hay de qué. Me da mucho gusto saber que llegaste a disfrutar el momento. Aunque te confieso que también lo disfruté… —se estiró de brazos soltando un largo suspiro de satisfacción, las articulaciones crujiendo levemente, el pecho ensanchándose con el aire fresco—. Me relajó mucho el cuerpo después de haber entrenado antes.

Ella sonrió, dulcemente, con esa sonrisa que le iluminaba el rostro entero y le suavizaba las facciones.

—Estuviste estupendo.

—¿Eh? —Goku parpadeó, ladeando la cabeza con esa expresión suya de sorpresa genuina, como si no terminara de creerse el cumplido.

—Me gustó muchísimo. —insistió ella, sin apartar la mirada, dejando que las palabras cayeran claras y sin rodeos.

Él volvió a sonreír, más ampliamente esta vez, rascándose la nuca con un poco de timidez, y por un momento fue de nuevo el chico de siempre, el amigo de infancia, el compañero de mil batallas, aunque ambos sabían que aquella tarde quedaría guardada en un rincón silencioso de la memoria, como un secreto compartido que no necesitaba más palabras.

Luego cada quien buscó su camino a casa, y Bulma volvió a su nave que la esperaba quieta entre la hierba, con las luces tenues encendidas y la rampa ya bajada, y se detuvo un momento antes de entrar, con una mano apoyada en el borde metálico, y miró por última vez a Goku, quien se despidió con la mano, sencillo, sin solemnidad, con esa sonrisa franca que le había regalado toda la vida.

—Adiós, amigo. —dijo ella, en voz baja, casi para sí misma, y en ese adiós cabía mucho más de lo que las dos palabras dejaban ver.

Y el Saiyajin desapareció con la teletransportación, dejando tras de sí apenas un parpadeo de luz y el aire moviéndose un instante donde había estado, y el campo quedó en silencio, con las primeras estrellas asomando sobre el horizonte.

Bulma subió la rampa, se sentó en la cabina y apoyó las manos sobre los controles sin encender nada todavía, mirando el lugar vacío donde él había estado, y una sonrisa pequeña le curvó los labios. Luego, suspirando hondo, puso en marcha los motores y la nave se elevó suavemente sobre los árboles, rumbo a casa, llevándose consigo aquella tarde entera, intacta, guardada en algún lugar donde nadie más podría encontrarla.

FIN.

Y hasta aquí este oneshot. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. Si les gustó, déjenme su comentario, que siempre se agradece saber qué les pareció. Gracias por leer hasta el final. Nos leemos en la próxima historia.

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