Prólogo
XVII de octubre, año de mil cuatrocientos cincuenta y seis. — Noircime, Salzburgo.
Había pasado apenas una semana desde que sobrevivi a mi decimosexto invierno. Crecer dentro de una familia aristocrática tiene sus desafíos; en público, todo debe sostenerse bajo una imagen impecable, siguiendo las reglas protocolares al pie de la letra. Mi familia, los Valcroix, nunca fue la excepción.
Mis padres son los marqueses del linaje. Mi madre, Lenore Fortesque de Valcroix, pertenece a una estirpe de vampiros de sangre pura. Mi padre, Francis Valcroix, es humano… aunque no del todo; en nuestro mundo, lo llaman un crisálido. De mis tres hermanos, Madeleine heredó el vampirismo de nuestra madre (se casó años atrás con uno de los Morgenstone y ahora vive como duquesa en Irlanda), mientras que mi hermano Lorenz y yo seguimos la línea de nuestro padre.
Si había algo evidente en esta casa aristocrática, era que yo era la más testaruda. Quizás por eso mis padres solían ser aún más estrictos conmigo. Que nuestra sangre sea una mezcla todavía genera comentarios venenosos en los sectores más conservadores de la aristocracia; no todas las casas ven con buenos ojos la unión entre vampiros y humanos, aunque esas alianzas se hayan vuelto necesarias con el tiempo. Pero en mi familia lo que importaba no era la opinión ajena, sino la estabilidad.
O al menos, eso era lo que me habían obligado a creer hasta hoy.
Escribo estas líneas recordando aquella tarde, hace apenas unas horas, en que caminaba por los pasillos del palacio familiar sosteniendo las faldas de mi vestido amarillo, mi cabello, que estaba un poco suelto, se desordenaba a medida que el viento rozaba mi cuerpo. El sol caía con fuerza a través de los ventanales; uno de esos días en los que el calor parecía quedarse atrapado, denso y sofocante, entre las viejas piedras de Salzburgo. Iba entusiasmada, casi ansiosa, repasando mentalmente lo que iba a decirles a mis padres. Quería pedirles que me permitieran ser aprendiz en las rutas comerciales, convertirme en la administradora de los libros de contabilidad y ayudar a gestionar nuestros bienes. Qué ilusa fui.
Últimamente el ambiente en el palacio se había vuelto pesado. Las reuniones a puerta cerrada duraban horas, los silencios eran insoportables y el rumor de una "crisis en los negocios" empezaba a repetirse en los pasillos con demasiada frecuencia. Mi hermano Lorenz llevaba semanas intentando contener las deudas de la familia, pero nuestros aliados, los Vonclair, comenzaban a impacientarse. Exigían el cumplimiento de los contratos y los pagarés antes de lo previsto.
Ese mismo día fue cuando mi mundo se desmoronó.
Mis damas de compañía Danika e Isadora me recibieron en los oscuros pasillos del interior del palacio. Lucían vestidos oscuros, y sus largas melenas negras caían sobre sus espaldas, peinadas de forma sencilla y adornadas con broches de plata. Las expresiones de sus rostros no eran nada alentadoras. A pesar de que aparentaban haber vivido entre unos diecinueve y veinte inviernos físicamente, sus pupilas carmesí, la palidez grisácea y la frialdad de sus pieles delataban la antigüedad de su sangre.
—Mi lady — dijo Danika — Los señores marqueses Valcroix desean verla en su despacho.
—¿Sucedió algo? — le pregunté. Mi corazón me dio un vuelco.
—Tan solo nos informaron que era algo importante. Pero desean hablar con usted en privado — respondió Isadora en su lugar. Por lo tensa que se encontraba, supe que estaba nerviosa.
En ese instante pensaba que mis padres me habían llamado porque habían considerado lo que les había planteado sobre mis deseos. Creía ingenuamente que habían notado mi destreza con los números y las negociaciones, e incluso que habían considerado darme un lugar junto a Lorenz. Pero no fue así.
Los vi entrar al lugar caminando por los pasillos, mi madre lucía completamente de negro, usando unas gafas para protegerse del sol, que destacaban aún más su palidez y el brillo de sus joyas. Y mi padre llevaba un traje oscuro que hacía contraste con su peluca blanca y su bigote. Noté que al verme me miraron con seriedad, en ese momento un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Danika e Isadora se quedaron detrás cuando crucé el umbral. Adentro, mis padres ya me esperaban con una seriedad que me provocó un escalofrío inmediato. El despacho, habitualmente en penumbras para comodidad de mi madre, se sentía gélido. Les pregunté qué había sucedido, si había problemas con los acuerdos de las Un silencio espeso pareció adherirse a las paredes antes de que mi madre finalmente hablara, con esa parsimonia imperturbable de los de su clase.
—Mandelyn —dijo con frialdad—. Tu padre y yo hemos tomado una decisión sobre tu futuro.
—¿Qué quieren decir? —les pregunté.
Al mirarlos, un presentimiento amargo me revolvió el estómago. Supe que algo no andaba bien.
—Hemos considerado que lo mejor para la estabilidad de nuestra casa —continuó ella, sin desviar la vista—, y para lograr el cumplimiento de los acuerdos con los Vonclair…
Hubo otra pausa. Sentí que el corazón me iba a estallar de la ansiedad, el pulso me retumbaba en los oídos a tal punto que me quedé sin voz.
—Vas a contraer matrimonio con uno de sus herederos del condado. Su nombre es Maddox Vonclair —anunció mi madre—. El contrato ya está firmado. Mañana temprano un carruaje vendrá por ti.
—¡No puede ser! – exclamé, dando un paso atrás.
—Ya está decidido —sentenció mi padre, interviniendo con severidad—. Y más vale que te comportes.
—¡Yo no quiero casarme! —les reclamé, sintiendo las lágrimas de rabia quemarme los ojos.
—¡Silencio! — me gritó mi madre —¡Te guste o no, vas a casarte!. ¡Y espero verte lista para mañana temprano!
—¡No lo haré! — seguí protestando, pero fue inútil.
—¡Lo harás! — respondió mi padre. En ese momento ví cómo había levantado su mano. Por poco creí que iba a golpearme —¡Y más vale que aprendas a comportarte!. ¡Agradece que por lo menos un hombre esté dispuesto a tomarte cómo esposa!.
En ese momento vi que Lorenz estaba afuera del despacho, escuchando cada palabra de nuestra discusión por mi matrimonio impuesto con Maddox Vonclair, junto con mis damas Danika e Isadora. Lo miré con súplica y me acerqué hacia él. Le rogué que por favor detuviera toda esta locura. Ellas en cambio me miraban con pena y resignación.
No dijo nada, tan solo me miró con tristeza e impotencia. Sabía bien qué significaban esas expresiones.
Lloré desconsoladamente, jamás creí que mi propia familia me traicionaría de esta manera. Mis padres no me ofrecieron consuelo alguno, tan solo se limitaron a mirarme con frialdad. Una frialdad que jamás había visto antes en sus rostros.
—Vuelve a tu recamara — ordenó mi padre — Llamaré a Louisa para que prepare tus cosas. Espero no oír más objeciones.
Ellos se marcharon por la puerta principal, seguidos por su grupo de séquito que los esperaban afuera, dejándome sola con mi dolor e impotencia. A excepción de Lorenz y de las damas, que siguieron mirándome con pena hasta que finalmente él decidió acercarse. No quería hablarle ni verlo a los ojos, estaba muy molesta con mi hermano por no haber hecho nada al respecto.
—Mandy… — susurró.
—Ya vete — mi voz sonó como un latigazo.
Tocó mi hombro con delicadeza, intentando reconfortarme, pero lo aparté de un manotazo. Nada de lo que hiciera podía borrar el contrato que acababa de sepultar mi vida. Aun así, insistió. Me rodeó con sus brazos y, esta vez, descubrí que ya no me quedaban fuerzas para empujarlo.
—Tranquila — me murmuró.
Los ecos de mi llanto se extendieron por todo el despacho, estaba tan devastada que no podía siquiera hacer el esfuerzo por levantarme e irme de allí. Tan solo deje que mi hermano me consolara.
Isadora y Danika se acercaron lentamente hacia donde estábamos, no dijeron nada, simplemente se quedaron inmóviles. A una de ellas le habían salido unas lágrimas carmesí por sus ojos.
Luego me incorporé y me dirigí hacia mi recamara. Camine lentamente por los pasillos con la mirada baja, mi rostro lucía completamente húmedo y manchado por mis lágrimas, a tal punto que parte de la cerusa se había agrietado. Lorenz, Danika e Isadora me siguieron por detrás para no dejarme sola, aunque yo les había dicho que no quería la compañía de nadie.
Louisa nos recibió justo en la entrada de mis aposentos con una expresión de preocupación. Las arrugas y las canas que se encontraban fuera de su pañuelo blanco, marcaban su edad. Noté que acababa de limpiar la suciedad de mi recamara, porque su túnica y su delantal lucían manchados de polvo.
—Señorita ¿Ocurre algo? — me preguntó.
Decidí ignorarla y cerré la puerta de golpe detrás de ellos, dejándolos afuera. Fui directo a acostarme a mi cama y a abrazar mi almohada para seguir sollozando. Podía entender que no siempre era tolerada por mis padres debido a mi personalidad. Pero ese día sentí que me habían usado como moneda de cambio para saldar una deuda con nuestros aliados, en lugar de verme como a una hija.
Mil preguntas pasaban por mi mente, tenía mucho miedo de lo que pudiera pasar de ahora en adelante. Jamás había conocido a Maddox Vonclair en persona. Las únicas veces que ví a los miembros de esa familia fueron aquellas veces en las que se suponía se reunían con mis padres para hablar de negocios. Pero nunca intercambie palabras con ellos.
¿Y de pronto estoy destinada a casarme con uno de sus hijos? Siendo honesta pienso que es un disparate. ¿Cómo puede ser que mis padres hayan vendido a su propia hija a otra familia? Siento que todos mis sueños se rompieron en añicos en pocos segundos. Jamás quise una vida matrimonial, mucho menos de esta manera. Pero ahora me temo que no tengo otra opción más que cumplir mi deber como heredera de los Valcroix y afrontar mi destino.








