El nacimiento
Un apellido puede darte respaldo, poder, influencia, riqueza o, simplemente, orgullo.
Sin embargo, dependiendo de quién lo porte, también puede convertirse en una maldición de por vida.
El Imperio Valpedra, un territorio poderoso con más de nueve generaciones de reyes, es el hogar de los fuertes y el nido de los ambiciosos.
Aquí, la más mínima muestra de debilidad te conduce a la ruina o al fin de tus días.
Almir Valpedra, segundo hijo del enfermo emperador , almir es un hombre de aproximadamente veintidós años. Esperaba en el trono de su padre con total tranquilidad ya que su padre estaba enfermo el ocupaba su lugar , mientras su esposa daba a luz a su segundo hijo.
Después de lo que parecieron horas de agónicos gritos de su esposa, un sirviente entró al salón, hizo una profunda reverencia y anunció el nacimiento.
El principe no estaba feliz ni triste; en realidad, no le importaba.
Ya tenía a su heredero y los hijos que nacieran después no serían más que simples peones para fortalecer su poder.
No obstante, en cuanto Almir vio al recién nacido, el repudio lo consumió de inmediato.
Miró a su esposa exigiendo una explicación, pero la mujer se encontraba igual de sorprendida y horrorizada.-¿Qué es esto, Caelia? Dime la verdad, ¿es mi hijo? -interrogó Almir con voz gélida y un marcado matiz de asco.
Observaba con desprecio a ese pequeño y frágil bebé, poseedor de unos escasos mechones rojizos que apenas se distinguían en su cabeza y unos ojitos azules grisáceos que brillaban llenos de vida y ternura.
Qué lástima que esa criatura no supiera el tormento que le esperaba en su difícil vida, si es que lograba sobrevivir.
Resultaba casi cómico ver a ese niño en brazos del emperador, un hombre alto, fornido y de porte imponente, de cabello largo y negro, con ojos rojos como los de un depredador.
Lo único que el bebé compartía con él era la palidez de su piel, pero una tez pálida la tenía cualquier noble de la corte. Almir desvió la mirada del bebé hacia su esposa.
Caelia, una mujer de veinte años, alta, de cabello castaño y ojos azules grisáceos, contemplaba la escena.
Esos ojos eran lo único que compartía con el recién nacido, aunque los de ella eran fríos y calculadores, mientras que los del niño eran suaves y brillantes.-Esposo, este niño es de ambos. Jamás mancharía tu honor con otro hombre -declaró Caelia de inmediato, buscando desesperadamente una justificación para aquella apariencia que no encajaba con su supuesto padre-.
Tal vez algún antepasado tuyo o mío le heredó este cabello a nuestro hijo.Almir ni siquiera prestó atención a sus palabras. Con brusquedad, entregó el bebé a una sirvienta y abandonó la habitación sin decir más.
Caelia, enfurecida por haber quedado en evidencia y bajo sospecha ante el emperador, gritó con desprecio:-¡Llévense a esa cosa lejos de mi vista!
El bebé pasó más de un año sin un nombre propio.
En los pasillos del palacio solo lo conocían como «el príncipe rojo» e, incluso, algunos sirvientes murmuraban con malicia llamándolo «el príncipe bastardo». Después de todo, seguía llevando el apellido del emperador, Valpedra, aunque careciera por completo de la apariencia de uno .








