Capítulo 1 | Desvanecido
Park Sunghoon vivió una vida terrible.
Resultaba casi gracioso cómo, de niño, pensaba que la inmortalidad era buena y beneficiosa para todo aquél que la tuviera, ya que al haber nacido con sangre de licántropo, era bastante fácil suponer que estaba bendecido con una larga vida y la capacidad de hacer cosas increíbles en todo la extensión posible del reino —como la superfuerza, velocidad y transformación—. Pero a medida que crecía, rápidamente se dió cuenta que no era ningún don, mucho menos una bendición.
De hecho, en su centésimo vigésimo cuarto cumpleaños empezó a comprender que se trataba de una maldición.
Más de cien años terribles en los que pasó de ser un licántropo inmortal y entusiasta, alguien que se preguntaba por qué otros despreciaban a los de su especie, a un adulto con el cabello desordenado, casi cubriéndole los ojos para ocultar su eterno ceño fruncido, todo deprimido y amargado.
Los licántropos no eran precisamente conocidos por ser las criaturas más confiables, gracias a todos aquellos cuentos que los describían como estafadores o malhechores, y a los rumores de que atraían a los niños pequeños a los bosques para luego verlos intentar encontrar el camino de regreso, haciendo todo eso por mero entretenimiento.
Sunghoon pensaba que habían muchas más historias para contar sobre otro tipo de criaturas, como ninfas que atraían seductoramente a gente hacia los bosques solo para entregar sus cuerpos llenos de lujuria a la Madre Naturaleza, o dragones que tomaban a mujeres humanas indefensas y las obligaban a tener hijos, y ya ni hablar de los vampiros.
Por supuesto, todas eran meras historias, aunque a veces esas mismas historias contuvieran algo de verdad.
Su especie adoraba a la Diosa Luna en lugar de a otros dioses, como la Madre Naturaleza o el Dios del Mar, lo que solo reforzó la idea de que los licántropos no eran de fiar —un prejuicio estúpido—. Por eso se mantuvo apartado durante todos estos años, abriéndose sólo a aquellos que pertenecían a su círculo íntimo.
Los licántropos vivían todos juntos en una zona cubierta por un bosque de árboles altos y frondosos que impedían que la luz les llegara directamente, alimentando así los rumores de “sus oscuras intenciones cuando la luz escaseaba”, aunque solo su bosque estaba a oscuras, mas no su aldea.
Eran estúpidos rumores, teniendo en cuenta que los seres vampíricos vivían vidas sin ver la luz y, sin embargo, los licántropos eran los que se llevaban la peor parte de las burlas.
El imponente licántropo centenario nunca dejó que eso le afectara, la verdad era que ese asunto dejó de importarle hace varios años. Pero, aún así, seguía sin entender la razón de su depresión y amargura.
Hasta que finalmente lo comprendió al ver a su alrededor: seres unidos, emparejados, felices y, sobre todo, completos.
Fue cuando Sunghoon se dió cuenta de que aún no se había reunido con su pareja predestinada, ese algo, esa parte suya que se sentía vacía y agobiada.
Solo un año antes se había dado cuenta del motivo de su depresión, y desde entonces había estado adentrándose por el pueblo para escudriñar y buscar a su pareja.
Hasta que se dio cuenta de que había sido una búsqueda inútil.
Su querido amigo, un tritón, le había dicho que las parejas predestinadas solo aparecen cuando no las estás mirando, que llegan a ti cuando menos te lo esperas, porque simplemente el amor no era algo que se pueda obligar o adelantar, por lo que Sunghoon debería rendirse y esperar a que el tiempo haga su trabajo. Dicho tritón se llamaba Jake, era un hombre de muchas ideas, un tritón singular que creía que los licántropos no eran la causa de la destrucción y desorden en el mundo.
Así pues, Sunghoon respetó su punto de vista.
Eso pasó hace solo unos días, y desde entonces Sunghoon se había consumido en la derrota y la desesperanza. Creyendo firmemente que esa pareja predestinada nunca iba a llegar, que quizás simplemente se le había acabado el tiempo para encontrarla y que quizás debería aceptarlo y ya.
Era un pensamiento tonto y de actitud débil. Pero cuando uno lleva esperando más de cien años con el mismo sentimiento de amargura pesada en el corazón, la aceptación a la derrota era más sencilla que otra cosa.
Pero resultó que jamás olvidaría este día.
Recordaría cada detalle, incluso el chirrido de sus botas de cuero al entrar en la finca que compartía con otros amigos, situada en el rincón más alejado del Reino Licántropo.
La tela negra de su abrigo le golpeó las piernas cuando intentó cerrar la puerta de golpe. En un día cualquiera en su casa, solían haber conversaciones triviales o un cómodo silencio.
Pero nunca habían gritos.
—¡Te estoy diciendo que deberíamos moverlo! —Sunghoon escuchó gritar a Jay, el otro licántropo parecía fuera de sí por la ansiedad— ¡No puedo creer que se hayan permitido sentir pena por un hada.
Sunghoon sintió que se le arrugaba la nariz de disgusto ante el comentario insensible de su amigo, pues Jay —que se había emparejado con una ninfa, una especie diferente a la suya— afrontaba su propia lucha ante los prejuicios por los que pasaba su especie.
Sus zapatos resonaban con fuerza sobre el suelo; sus piernas le resultaban útiles al dar largos pasos hacia el comedor, donde continuaba la discusión.
—Es normal preocuparse por cualquier tipo de sufrimiento, ¡y no sabíamos que se estaba desvaneciendo! —gritó Jungwon a su novio, sonando a la vez frenético e irritado por su falta de empatía.
—Disculpen —Sunghoon se aclaró la garganta, golpeando la madera de la puerta y con el rostro cansado—, ¿qué está pasando?
Jungwon estaba parado junto a Jake; ya era bastante extraño que el tritón estuviera allí y aún no hubiera regresado a su reino, pero Sunghoon se sintió más alertado por las piernas desconocidas que yacían flácidas fuera de la mesa del comedor.
Sus dos amigos le impedían ver más allá de esas bellas piernas blancas y desnudas, por lo que abrió los ojos de par en par para observar a sus amigos.
—¿Le han hecho daño a alguien? ¿Qué están haciendo? ¡Muévanse!
Sunghoon puede ser un hombre de pensamientos cuestionables, pero no era alguien que se tomara la muerte a la ligera. Quizás porque era algo que estaba anhelando durante mucho tiempo, deseaba que le llegara a él más que a nadie.
—Sunghoon —murmuró Jungwon, con lágrimas de un tono azulado cayendo por el rostro de la ninfa mientras el licántropo se acercaba—, estábamos… en el pueblo, él… simplemente se desplomó, estaba enfermo y sentimos lástima por él y…
Todo lo demás de lo que hablaba la ninfa pasó desapercibido para Sunghoon.
Así de maldito era el destino.
Su pareja predestinada yacía tendida sobre la dura madera de roble de su mesa, con la cabeza ladeada sin vida y las extremidades extendidas inertes. Era una criatura de otro reino, con rasgos bellos y delicados como los que solían tener los seres más preciados y bendecidos de la Madre Naturaleza.
Un hada.
Vestía una ropa blanca y corta que le llegaba hasta los muslos con un lazo en la cintura, tenía pequeños estampados de flores, y una tenue presencia de polvo de hada regada por las mangas y en la parte inferior de su ropa. Pero esta hada no tenía mechones de colores ni alas brillantes como las hadas normales.
El chico tenía mechones blancos en el cabello que probablemente alguna vez estuvieron llenos de color, y así respectivamente, todo lo que debería tener color en su piel era de un tono gris.
Aún así, era hermoso a pesar de su aspecto enfermizo.
Sunghoon no podía articular palabra alguna, era imposible; su primer instinto fue apreciar la suave curva de los labios del hada y cómo su cabello se rizaba suavemente sobre su frente.
Ver que sus ojos seguían cerrados fue lo que lo sacó de su trance.
—¡No! —el licántropo se abalanzó sobre la mesa, sin dudarlo un instante, rodeando la cabeza del hada con las manos para acercarlo, buscando con ellas cualquier señal de calor o de vida.
—Oh Diosa Luna, ayúdanos… —Jay se quedó boquiabierto, llevándose las manos a la boca al darse cuenta de la situación.
¿Cómo es posible que a Sunghoon le hayan dado una pareja muerta?
—¡No, no, p-por favor! —Sunghoon suplicó, acercando al hada a su pecho como si presionar la oreja de su pareja contra su corazón pudiera provocar algún movimiento en él. Pero no hubo reacción alguna. Sunghoon comenzó a sentir lágrimas calientes caer por su rostro.
Había perdido al amor de su vida sin siquiera tener un momento para hablar con él. Había perdido la única razón que tenía para vivir, en un instante.
¿Qué era la inmortalidad si no se vivía con felicidad? Era imperfecta. Repugnante. La vida de los inmortales podía durar para siempre si no se interrumpía, y este era un caso perfecto de una inmortalidad arrebatada.
—Madre, por favor —sollozó el hombre a un dios que no era el suyo, implorando a la Madre Naturaleza que esta hada veneraba, con las manos temblando mientras acariciaba la cabeza del chico sin vida.
Debajo del suave cabello había un bulto; los dedos de Sunghoon se detuvieron sobre él como si temiera que doliera si presionaba demasiado fuerte.
Pero era imposible hacerle daño a un hombre muerto.
Sunghoon nunca antes había sostenido a un hada, y habría esperado que las alas le estorbaran, pero las alas de un color gris enfermizo cedieron cuando rodeó con sus brazos al pequeño hada, pudiendo sostenerlo mientras se dejaba caer en el frío suelo.
—¡¿Por qué?! —gritó Sunghoon, mientras mecía el cuerpo en sus brazos, frustrado por sentirse castigado de la peor forma, sintiéndose impotente por creer que él no merecía tal condena— ¡Por favor, madre! ¡Otra oportunidad! ¡Por favor!
Se oyó un suave sollozo al otro lado de la habitación, y Sunghoon apenas pudo ver a través de sus ojos para distinguir la absoluta tristeza escrita en el rostro de Jake.
—Yo… Bueno , nosotros sabemos su nombre, ¿te gustaría… saberlo? Aunque sea… —el tritón no terminó la frase, simplemente comenzó a llorar desconsoladamente, tapándose la boca con la mano.
—Dímelo —dijo Sunghoon con firmeza, juntando las delgadas piernas contra su pecho, acurrucando al hada de una manera que solo provocó un gemido en su boca al ver lo flácido, flexible y… hermoso que era la criatura.
—Lo habíamos oído presentarse a un vendedor —susurró Jungwon con voz tensa—, un hada del Bosque Perdido, Kim Sunoo.
—Sunoo…
Y a partir de entonces, Sunghoon solo observó al hada hasta bien entrada la noche, cuando su propia Diosa brillaba a través de los árboles.
Sunghoon se sintió ridiculizado por la Diosa Luna, se sentía tan enojado con todo el mundo, que lo único que lo mantenía a flote era seguir observando a su pareja. Mucho después de que los demás estuvieran agotados y cansados de tanto llorar, y mucho después de que Sunghoon sintiera que su corazón protestaba ante la sugerencia de llevar el cuerpo a los ghouls para que se deshicieran de él.
Pero este no era cualquier cuerpo. Era Sunoo. Su Sunoo.
Sunghoon no era ningún imbécil, reconocía sus propios defectos, pero no había cometido ningún crimen lo suficientemente grave como para que los dioses lo maldigan de esta manera.
Sabía que tenía que traer de vuelta a Sunoo. Sabía que la Madre Naturaleza le permitiría intentarlo.
Si fracasaba, se pudriría libremente como lo había hecho su pareja, solo que sería mucho más doloroso y duraría más tiempo, esa era la enfermedad del “lazo roto”, parecía ser algo similar al “desvanecimiento” que era una enfermedad que solo podían sufrir las hadas. Pero que, al fin y al cabo, eran lo mismo cuando una pareja predestinada no puede estar junta, o por lo menos eso había escuchado.
Aunque fue sorprendentemente deprimente saber que la enfermedad que padecía Sunoo fue causada por el propio Sunghoon.
Las hadas se regían por el afecto, al igual que por la luz del sol; eran criaturas que acogían a otros en sus corazones con ingenuidad, debido a que se criaban en tribus alegres y amorosas. Haciéndolas víctimas perfectas para un corazón roto.
Cuando el lazo de una pareja predestinada se rompe, sucede mayormente por la muerte de uno, dejando al otro en la soledad. Pero con las hadas era distinto; se dice en los cuentos que cuando su pareja se rinde y deja de creer en ellas, es donde la pequeña hada se apaga y sufre el “desvanecimiento”, pierden su entusiasmo, pierden su brillo, hasta finalmente convertirse en polvo de hada para irse junto con las estrellas.
Solo podía suponer que el desvanecimiento de Sunoo, una enfermedad de la que se sabía poco —aparte de los cuentos—, se debía a que él se había rendido en encontrar a su pareja, diciendo con convicción que esta nunca llegaría.
Había matado a su predestinado, y sería condenado a vivir en la miseria si no intentaba traer de vuelta a Sunoo.
—Te voy a recuperar —Sunghoon recostó al hada en su cama, apartó las sábanas de seda y cubrió a Sunoo con el edredón; le parecía mal dejar a su pareja tirada sobre una mesa dura.
No le importaba que Sunoo estuviera inmóvil; cuando este despierte, Sunghoon quería asegurarse de que el hada estuviera cálida.
—Hermoso —susurró mientras se subía al otro lado de la cama, extendiendo la mano para acomodar con cuidado la cabeza de Sunoo, rozando su piel con los dedos—. Me pregunto qué colores me traerás, rayito de sol.
Pasó horas esa noche suplicándole a una Diosa en la que nunca había creído hasta ese momento.
Pero Sunghoon estaba dispuesto a hacer muchas locuras por su pareja, una a la que ni siquiera había visto sonreír.








