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MARIO, EL ESPAÑOLO DE LOS DE LUCA Libro 1: El despertar del gladiador

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Summary

Sinopsis argumental: Mario es un joven manchego de veinte años que deja atrás su pueblo natal, Alcubillas, para buscarse la vida en Valencia trabajando en el mantenimiento de carreteras. Bajo un físico imponente esculpido por el asfalto y el esfuerzo, Mario esconde una nobleza infinita y una timidez casi infantil. Su vida cambia de rumbo cuando empieza a compartir piso con Luca, un estudiante de Odontología procedente de Palestrina (Italia), torpe, impulsivo y profundamente religioso. Entre el choque cultural, la convivencia diaria y las idas y venidas entre España e Italia, la amistad entre ambos evoluciona hacia una atracción ineludible que obligará a Luca a enfrentarse a sus miedos e inseguridades, y a Mario a descubrir su verdadera identidad. Un viaje de transformación personal que llevará a Mario a convertirse en el «gladiador» de Luca, culminando en un viaje a Roma donde el amor, los prejuicios familiares, la lealtad y el deseo serán puestos a prueba en un convulso despertar a la madurez.

Genre
Lgbtq
Author
MBaptiste
Status
1d ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El asfalto y la soledad


© 2026, M. Baptiste

Código de registro Safe Creative: 2610017174489

Licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International (CC BY-NC-ND 4.0)

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de su titular o bajo los términos especificados en su licencia de registro, salvo excepción prevista por la ley.


Capítulo 1: El asfalto y la soledad

El autobús de línea que salió de Alcubillas aquella mañana de finales de agosto olía a despedida y a gasoil. Mario, sentado al fondo, miraba por la ventanilla cómo se alejaban los olivos alineados de Ciudad Real. En su bolsillo llevaba el resguardo de una Selectividad aprobada con honores, pero en su mochila solo cargaba unas pocas mudas, una voluntad de hierro y el peso del silencio de su padre. No quería que sus padres, que ya habían dado todo lo que tenían, se quitaran el pan de la boca para costearle una carrera que él no sentía como suya. Mario quería ser dueño de su destino, y ese destino olía a mar y a ciudad grande.

Su llegada a Valencia fue un bofetón de humedad y ruido. Los primeros días en una pensión de mala muerte, donde el colchón se hundía como sus esperanzas de encontrar algo barato, le enseñaron lo que era la soledad de la gran ciudad. Pero la suerte, o quizás su propia luz, le puso delante a Doña Elena. La secretaria de la subcontrata de Fomento donde Mario consiguió entrar a trabajar vio algo especial en aquel chaval de 1,80 de altura, pelo negro lacio y una educación que parecía de otra época. Elena tenía un pequeño apartamento cerca de la zona universitaria, un rincón que ella usaba casi de trastero, y decidió alquilárselo a un precio que, aunque seguía siendo más de la mitad de su sueldo, Mario podía asumir sin pedir un céntimo a casa.

En la carretera, Mario era una fuerza de la naturaleza. Sus compañeros, todos veteranos curtidos que ya pasaban de los cuarenta y cuyas espaldas contaban la historia de mil baches reparados, lo adoptaron como al hijo que todos querrían tener. Mario no esperaba a que le mandaran las tareas; él veía el cansancio en los ojos de “el abuelo” Paco o en los gestos de dolor de lumbago de Julián. Sin decir palabra, Mario se echaba al hombro los sacos más pesados de aglomerado, manejaba el rastrillo con una energía incansable bajo el sol de justicia y siempre se ofrecía para los turnos de noche, los más peligrosos y agotadores, para que sus compañeros pudieran ir a casa con sus hijos.

— “Deja eso, zagal, que te vas a romper” —le decía Paco a veces. — “No se preocupe, Paco, que yo vengo de Alcubillas y allí somos de piedra” —respondía Mario con una sonrisa cautivadora que desarmaba a cualquiera.

Su vida en el apartamento de las universidades era de una austeridad monacal. Mario sabía que sus padres, ella ama de casa y él jubilado con una pensión que apenas estiraba hasta el día treinta, no podían saber lo ajustado que iba. Al contrario, muchas veces, tras una semana de horas extra bajo la lluvia o el calor, Mario iba al cajero y enviaba un giro a su pueblo. “Me han dado un incentivo”, les mentía por teléfono, mientras en su nevera solo quedaba un cartón de leche y un paquete de pasta.

Físicamente era un chico que hacía girar cabezas: delgado pero con una fuerza fibrosa, ojos de un marrón miel profundo y esa estampa de galán de cine antiguo. Sin embargo, cuando cruzaba el portal y se encontraba con las estudiantes de su edad que reían y charlaban en el rellano, el “gigante” de la carretera desaparecía. Mario bajaba la vista, el carmín le subía a las mejillas de forma inevitable y apenas balbuceaba un “buenas tardes” antes de refugiarse en su pequeño estudio. Era un hombre con la fuerza de un roble, pero con una timidez que le hacía sentirse un extraño en aquel mundo de juventud y despreocupación.

Con el paso de los meses, Mario dejó de ser simplemente “el zagal que ayudaba con los sacos” para convertirse en el pulmón de la cuadrilla. Tenía una capacidad de observación asombrosa; le bastaba que Paco o Julián le explicaran una maniobra de señalización o el protocolo del informe una sola vez. A la segunda, Mario ya se movía por la calzada con la soltura de quien lleva veinte años esquivando el tráfico.

Pronto, los veteranos le confiaron el volante del furgón de señalización, una mole blanca cargada de reflectantes y luces ámbar que Mario manejaba con una precisión quirúrgica. Pero su verdadera valía relucía en el caos de los accidentes. Mientras las sirenas de las ambulancias y policía aún resonaban en la distancia, Mario ya estaba pie a tierra, desplegando los conos con una coreografía perfecta y tomando los datos de los daños en el guardarraíl. Con su cámara en mano, captaba cada detalle para los partes de Fomento con una minuciosidad que dejaba a sus compañeros con la boca abierta. Sus informes eran limpios, directos y profesionales, reflejando esa inteligencia que la selectividad ya había vaticinado.

Pero lo que realmente definía a Mario era lo que ocurría cuando las luces de emergencia se apagaban y quedaba solo el drama humano.

Cuando la central de comunicaciones lanzaba un aviso de vehículo averiado, Mario llegaba al lugar como un soplo de aire fresco. No se limitaba a señalizar el vehículo y esperar a la asistencia en la cabina. Si veía a un conductor desesperado frente a una rueda reventada, Mario bajaba, se ajustaba los guantes y, con esa fuerza fibrosa que escondía bajo el mono de trabajo, levantaba el coche en un santiamén. Para él, cambiar una rueda era un gesto natural de ayuda; para los conductores, atrapados en el estrés de la autovía, aquel chico de mirada miel y sonrisa cautivadora era poco menos que un ángel de la guardia.

Al terminar, a menudo llegaba el momento incómodo. — “Toma, chaval, por las molestias. No todo el mundo se para así” —le decían, extendiéndole un billete de diez o veinte euros.

Mario, siempre fiel a su humildad, negaba con la cabeza y sentía cómo el calor del rubor le subía por el cuello. — “No es nada, de verdad. Es mi trabajo” —balbuceaba, intentando esquivar el dinero.

Pero la gente insistía, conmovida por su juventud y su disposición, y al final Mario acababa aceptando la propina con un “gracias” casi inaudible. Al volver al furgón, su primer impulso era siempre el mismo: abrir la mano ante sus compañeros. — “Mirad, me han dado esto. Vamos a medias” —decía, extendiendo los billetes hacia Paco o Julián.

Los veteranos se miraban entre ellos, con una mezcla de orgullo y ternura. Sabían que Mario vivía a base de arroz y que cada céntimo que ahorraba iba directo a un sobre para Alcubillas o para pagar ese recibo de la luz que en Valencia parecía subir cada mes. — “Guárdatelo, Mario. Págate un capricho —le respondían, dándole una palmada en el hombro—. “Nosotros ya tenemos los recibos pagados y los riñones secos. Tú gástatelo en vivir”.

Gracias a esos “extras” inesperados, Mario empezó a respirar un poco mejor. Ya no sufría tanto cuando llegaba la factura del móvil o el agua. Seguía sin permitirse lujos, pero al menos, por las noches, después de una jornada de doce horas de asfalto y sudor, podía permitirse encender la calefacción un rato en su pequeño estudio cerca de las universidades, mientras soñaba despierto con un futuro que, poco a poco, empezaba a construir con sus propias manos.

El tiempo en Valencia voló entre informes de accidentes, cambios de neumáticos y el calor del asfalto. La empresa matriz de la subcontrata terminó su contrato, pero la nueva adjudicataria no era tonta: sabía que no podía perder a un activo como Mario. Subrogaron a toda la plantilla y a él, que ya había pasado con nota sus periodos de prueba, lo hicieron fijo. Aquello fue el espaldarazo definitivo. Por primera vez, Mario sintió que el suelo que pisaba era tan firme como el hormigón que reparaba.

En julio, con el sol cayendo a plomo sobre la Albufera, Mario cargó su maleta para disfrutar de quince días de vacaciones en Alcubillas. No volvía el mismo chico que se fue. A sus casi 20 años, el trabajo físico extremo lo había esculpido; seguía siendo aquel joven de rostro angelical y mirada limpia, pero bajo la camiseta se adivinaba un cuerpo convertido en roca, con una musculatura definida y fibrosa que delataba las jornadas cargando biondas y sacos.

Su llegada al pueblo fue un triunfo silencioso. Ver el orgullo en los ojos de su padre y el alivio en los de su madre al recibir su ayuda económica era su mejor medalla. Gracias a él, su hermana pequeña estrenaba ordenador y podía soñar con actividades extraescolares que antes eran un lujo inalcanzable.

La verbena del pueblo trajo el reencuentro con la pandilla de siempre. Entre risas, anécdotas de la ciudad y el efecto de los cubatas que relajaron su eterna timidez, Mario se encontró escoltando a Teresa de vuelta a casa. Teresa, unos años mayor y con una experiencia que a él le faltaba, no le quitaba ojo. El cambio físico de Mario era demasiado evidente para pasar desapercibido.

Lo que empezó como un tonteo entre las sombras de las calles empedradas terminó en el patio trasero de la casa de ella. Mario, fiel a su nobleza, se frenaba. — “Teresa, tienes novio... no podemos” —alcanzó a decir cuando la situación subió de temperatura.

El novio de Teresa estaba en Madrid trabajando, venía los fines de semana. Pero a ella no le importó; deseaba a Mario, siempre le había gustado, y el hombre que tenía delante ahora era un imán irresistible.

Sin que él pudiera reaccionar, Teresa rompió el último muro de su resistencia. Sus manos, decididas, se deslizaron por el abdomen de Mario, deleitándose con la dureza de unos músculos que parecían esculpidos a golpe de maza, hasta llegar a su calzoncillo. Mario sintió el aire fresco de la madrugada en su piel justo antes de que el calor de los dedos de ella lo envolvieran con una audacia que le hizo perder el aliento.

Ella lo sentó en el suelo frío del patio y, sin dejar de clavar sus ojos en los de él, se deshizo de su ropa y se acomodó sobre su regazo. Al sentir la entrada cálida y húmeda de Teresa acogiendo su hombría, Mario cerró los ojos y apretó los puños contra la tierra, desbordado por una sensación que nunca antes había experimentado. Ella empezó a botar con un ritmo frenético, su piel sudorosa resbalando contra la de él en una danza de sombras.

Fue entonces cuando el instinto del hombre despertó y devoró al niño tímido. La fuerza que Mario usaba cada día para mover kilos de asfalto emergió de golpe. Se incorporó de un salto, manteniendo a Teresa enganchada a su cintura como si no pesara nada, demostrando una fortaleza física asombrosa. La apoyó con firmeza contra la pared de ladrillo, sujetando sus muslos con esos brazos curtidos que eran auténticas columnas de roca, mientras la penetraba con un ritmo profundo y poderoso. Teresa estaba alucinada, no solo por el placer, sino por la potencia inesperada de aquel “zagal” que hasta hacía un momento no se atrevía ni a mirarla.

Mario, en un despliegue de control y entrega, devoraba sus pechos mientras llevaba el compás de aquel encuentro furtivo. Al llegar al clímax, con una mezcla de instinto y cuidado, se separó de ella y, masturbándose frente a su mirada encendida, eyaculó mientras la besaba con una pasión que sabía a despedida y a descubrimiento.

Al amanecer, el “miserable” sentimiento de culpa no tardó en aparecer. Mario se sentía sucio por haber traicionado un respeto que, aunque no conocía al novio de Madrid, consideraba sagrado. Caminaba por el pueblo con la cabeza gacha, sintiendo que todos podían leer en su frente lo que había pasado en aquel patio.

Su mejor amigo, Juan, no tardó en notar que algo no cuadraba. Tras mucha insistencia, Mario confesó a medias: — “Me liado con Teresa, Juan... Me siento fatal”.

La carcajada de Juan rompió la tensión del momento. — “Bienvenido al club, Mario” —le soltó con una palmada en la espalda, dejando caer con cinismo que no era el primero, ni probablemente el último, en probar los encantos de la chica.

Aquella revelación fue otro bofetón de madurez para Mario. Entendió que el mundo no era tan blanco o negro como en sus libros, y que incluso en su pequeño pueblo, las historias eran mucho más enrevesadas de lo que él imaginaba.

Las vacaciones en Alcubillas se cerraron con un sabor agridulce. Mario se despidió de sus padres con el abrazo de quien ya no es un niño, dejando atrás el eco de los besos furtivos en el patio de Teresa y la confesión cínica de Juan. Al subir al autobús de vuelta, sintió que su mochila pesaba más; no por la ropa, sino por la experiencia de aquel verano que lo había transformado por fuera y por dentro.

Al llegar a Valencia, la realidad llamó a su puerta de la mano de Doña Elena. La secretaria, siempre impecable, lo citó en la oficina con un gesto de cierta preocupación. — “Mira, Mario, hijo... mi hija se casa en unos meses y los gastos se nos han disparado. Sabes que te estoy cobrando un alquiler muy por debajo de lo que se pide hoy día por la zona universitaria” —le explicó con franqueza—. “Para poder mantenerte ese precio, necesito que compartas el apartamento. He aceptado a un chico de intercambio, un estudiante de la CEU Moncada. Sé que eres un trozo de pan y que te llevarás bien con él”.

Mario, que siempre había valorado el gesto de Elena de darle un techo cuando no tenía nada, asintió sin dudarlo. Entendía la situación perfectamente. Al fin y al cabo, un ingreso extra le permitiría seguir enviando dinero a Alcubillas sin tener que contar cada céntimo para el café.

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