CAPITULO 1 - ECOS DEL PASADO
La nieve cae sobre Potsdam con una lentitud hipnótica, sepultando las calles bajo un manto blanco que contrasta con el caos que impera en mi nueva casa. Llevamos casi tres semanas aquí, pero todo en derredor todavía parece una postal de guerra, repleta de cajas de mudanza a medio abrir. Debería estar durmiendo, pero las cinco de la mañana me encuentran desvelado, iluminado únicamente por el resplandor de la pantalla de mi teléfono.
Deslizo el dedo. Izquierda. Izquierda. Derecha.
Llevo despierto desde las tres, cuando una pesadilla me arrancó del sueño y me encontré, desorientado, palpando las sábanas a mi lado, buscando todavía a Sandra. El eco de una furia antigua todavía palpita en mis sienes. El mismo viejo sueño, repetitivo y odioso, que me revuelve el estómago.
Llevo meses inmerso en un letargo forzado, lidiando con una abstinencia que me está consumiendo por dentro. Deslizo otra foto y la imagen de una mujer de piel pálida y de ojos gélidos me detiene por un segundo. Es perfecta. Perfecta porque es exactamente lo opuesto a Sandra.
Trago saliva, sintiendo cómo el simple recuerdo de mi exesposa me tensa los músculos. Sandra tenía una piel aceitunada, una contextura curvilínea y una mirada oscura que me tuvo completamente subyugado durante seis años. Su voraz apetito sexual me atrapó en una espiral de dependencia, ciego ante las señales de alarma, hasta el día en que la realidad me estalló en la cara. El divorcio no solo me despojó de una parte importante de mi dinero sino también de mi dignidad. Pero lo peor fue que destruyó mi capacidad de confiar. Desde que abrí los ojos a lo que en verdad fueron mis años con Sandra, para mí el sexo, la pasión y el placer pasaron a sentirse indisolublemente asociados a la manipulación y la traición.
Entro al baño, abro el grifo al máximo y me meto bajo el agua casi hirviendo. Cierro los ojos, dejando que el chorro me golpee la espalda, y mi mano baja de inmediato hacia mi entrepierna buscando el único refugio rápido contra mis demonios. Mi cuerpo está tenso, dolorido por meses de abstinencia, y reclama un desahogo físico con una urgencia que roza la desesperación.
Lo envuelvo con firmeza y comienzo a frotarme, marcando un ritmo implacable, pero la imagen de Sandra se filtra de golpe en la penumbra de mi mente. Sus rasgos angulosos, sus rizos oscuros. Suelto un gruñido ahogado por el ruido del agua.
No. Ella no.
No merece ni siquiera mi placer solitario. Durante años me hizo sentir que no era dueño de nada, y no voy a permitir que usurpe también mis fantasías.
Llevo casi un año intentando arrancarla de raíz. Me concentro en la fricción dura de mi mano, en el calor denso que se acumula en mi bajo vientre, e invoco a una mujer completamente distinta. Alguien de piel muy blanca, rubia.
La respiración se me corta en la garganta y aprieto el agarre, rindiéndome al placer hasta que la tensión estalla y me acabo en el fondo de la ducha, apoyando la frente contra los azulejos húmedos, respirando con dificultad.
Ya más calmado, me visto y me dirijo hasta la habitación al final del corredor y abro apenas la puerta. Me asomo a través de la rendija. Hannah duerme tranquilamente. Bajo a la cocina y me preparo un café mientras veo caer la nieve apaciblemente. Se ha acumulado una buena cantidad durante la noche. Hannah va a estar feliz y solo pensar en ello me reconforta a mí también.
Me siento frente a mi portátil, prometiéndome que hoy finalmente avanzaré en la escritura de mi novela. Pero es una mentira. Llevo meses bloqueado, incapaz de avanzar ni una sola línea, prisionero de una perturbación que entumece mi sensibilidad.
No pasa mucho tiempo hasta que termino haciendo lo que sea convertido en un hábito desde hace algunas semanas. Abro mi teléfono y comienzo a deslizar fotos en una aplicación de citas, entregado por completo al consumo de cuerpos, llevando mis pensamientos lo más lejos posible de mis heridas como sea posible.
¿Será verdad que todos los usuarios de estas aplicaciones solo buscan sexo?
No me importan sus nombres. Solo quiero una vía de escape. Una cena ligera y una habitación de hotel donde el pasado no se acueste conmigo.
Izquierda. Izquierda. Izquierda. Derecha.
Es lo único que hago hasta que llega la hora de despertar a Hannah para llevarla a la Kita —el jardín de niños— luego de lo cual camino las cinco calles que me separan de la librería cuidándome de no resbalar en el hielo.
—¡Buenos días, señor Schreiber! —saluda Otto apenas cruzo la puerta.
—Buenos días, Otto —contesto, sacudiendo la nieve de mi abrigo antes de entrar a la oficina que tengo en la trastienda.
Irónicamente, mi tienda ya está mucho más ordenada que mi casa, principalmente gracias a Otto, un estudiante de literatura alemana de veintipocos años que contraté por recomendación. Es un muchacho estupendo, discreto y con los pies en la tierra que se encarga del mostrador con una eficiencia ejemplar, mientras yo me encierro en mi oficina pretendiendo escribir.
El día transcurre sin mayores eventos, cuando nieva, las ventas siempre son bajas. El silencio de la librería casi me adormece, hasta que un sonido metálico rompe la quietud.
«Pop-ding».
Mi teléfono vibra sobre el escritorio con un aviso de la aplicación de citas.
Siento un latigazo en el estómago. Es un match.
Siento una mezcla de anticipación y miedo golpeándome el pecho.
Abro el chat, y lo que leo termina de disparar mi pulso, exacerbando de golpe esa urgencia carnal que intenté sofocar esta mañana.
“Beatrix: ¿Cuándo puedo conocerte en persona?”.
Su forma tan directa me descoloca, pero al mismo tiempo enciende una chispa caliente, pesada, en mi bajo vientre. Es atrevida. No hay preámbulos, eso no me desagrada.
Tengo cuarenta y cinco años, un matrimonio fracasado a mis espaldas y un miedo paralizante a volver a entregar el control, pero mientras releo su mensaje, una sonrisa cínica asoma a mis labios. Al parecer, todavía soy deseable para alguien.
Vuelvo a experimentar una sensación olvidada, algo que se siente como una victoria y, a la vez, como una amenaza inminente. Mis dedos flotan sobre el teclado táctil. La primera cita desde el divorcio. La oportunidad perfecta para probar si soy capaz de separar el deseo del dolor.
“Hoy mismo”, escribo, sellando mi destino. “¿Quieres almorzar conmigo?”








