Capítulo 1
El sonido del acero al chocar se extendió por la cubierta, limpio y afilado, mezclándose con el vaivén del mar y el crujido de la madera bajo sus pies. Sanji giró sobre su eje con la precisión de quien lo ha hecho mil veces, esquivando el filo de la katana antes de responder con una patada fugaz.
—Vas lento, marimo.
La media sonrisa ladeada salió sola, como siempre. El cigarro colgaba olvidado entre sus labios, aún encendido. Zoro bloqueó sin esfuerzo, el impacto vibró en la pierna de Sanji y se disipó rápido, como tantas otras veces.
Durante años, eso había sido suficiente: entrenar, insultarse, provocarse hasta que el aburrimiento o el hambre los detuviera. Una rutina tan natural como respirar.
Pero algo había empezado a torcerse. No era obvio. Se colaba en detalles pequeños.
Al retroceder un paso para recuperar el equilibrio, Sanji alzó la vista por costumbre… y se encontró con los ojos de Zoro fijos en él. Una mirada intensa, profunda, sostenida, que no encajaba con alguien que normalmente atacaba antes de pensar.
Sanji arqueó una ceja.
—¿Qué? ¿Se te perdió algo?
Zoro parpadeó, como si la pregunta le llegara tarde. Negó apenas con la cabeza.
—No.
La respuesta fue corta, pero sin el filo seco de siempre. Antes de que Sanji pudiera replicar, Zoro acortó la distancia de golpe.
El intercambio continuó, fluido, casi automático. Sin embargo, Zoro se acercaba más de lo necesario. Sus ataques parecían buscar una constante cercanía. Sanji lo sentía en cada choque: la insistencia, la forma en que reducía el espacio entre ellos.
—Estás distraído —dijo Sanji, esquivando por poco.
—Cállate.
—Te estoy ganando.
—En tus sueños, cocinero.
Sanji decidió terminarlo. Giró sobre el talón y se apartó con un movimiento limpio, el cigarro entre sus labios casi se había apagado.
—Ya me aburrí.
No llegó lejos. Sintió la mirada otra vez, pesada, clavada en su nuca. Se detuvo un instante, la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara algo detrás. Sabía que Zoro seguía mirándolo. No con sorpresa. desafío o hastío. Solo… mirando.
Sanji chasqueó la lengua, y siguió caminando como si nada. La sensación no desapareció. Se quedó pegada entre la nuca y el pecho, creciendo lo suficiente como para que ignorarla empezara a costar esfuerzo.
***
Zoro no entrenaba cuando estaba solo. No de verdad. Podía repetir movimientos, levantar peso, mantener el cuerpo ocupado hasta que el cansancio le entumeciera los músculos, pero eso no era lo mismo que enfrentarse a alguien que lo obligara a reaccionar, a ajustar, a medir cada centímetro de distancia con precisión. Por eso volvía siempre a lo mismo, a esa rutina que había construido casi sin darse cuenta, donde Sanji terminaba frente a él con la misma facilidad con la que otros respiraban.
Era práctico. Eso era lo que se decía.
Sanji era rápido, impredecible, lo suficientemente irritante como para mantenerlo alerta y lo bastante hábil como para que el intercambio nunca se volviera aburrido. No había razón para buscar a alguien más cuando ya tenía eso.
Era práctico. Lo había sido desde el principio.
Desde el momento en que lo vio por primera vez en el Baratie, moviéndose entre mesas y clientes como si todo a su alrededor orbitara en torno a él, con esas torneadas y deliciosamente largas piernas que parecían no tener fin y una facilidad irritante para sonreírle a cualquiera que le devolviera la mirada, como si no hubiera diferencia entre una y otra, como si todas merecieran lo mismo.
Zoro lo había notado entonces, aunque no lo hubiera pensado demasiado. Había algo en él que llamaba la atención de forma inmediata, algo que no tenía que ver solo con su apariencia, aunque sería mentira decir que no influyó. Era la manera en que ocupaba el espacio, la forma en que hablaba, cómo parecía completamente seguro de sí mismo incluso cuando todo a su alrededor se venía abajo. Y luego estaban sus ojos, claros, azules, demasiado fáciles de identificar incluso en medio del caos, demasiado presentes como para ignorarlos una vez que los había visto de cerca.
No le había dado importancia en ese momento. No como para detenerse a analizarlo. Había otras cosas en juego, otros objetivos, y Sanji no era más que una pieza más en el camino hacia algo mayor. O al menos eso había decidido entonces, cuando todavía era sencillo ordenar las cosas en su cabeza y asignarles un lugar claro.
Con el tiempo, dejó de serlo. No fue de golpe, ni de una forma que pudiera señalar con exactitud, sino a través de una acumulación constante de momentos que no tenían nada de especiales por sí solos, pero que empezaron acobrar peso en cuando comenzaron a acumulares. Discusiones que se alargaban más de lo necesario, miradas que se sostenían un poco más de lo habitual, una atención involuntaria que se le escapaba incluso cuando intentaba ignorarla.
Zoro no era ajeno a lo que eso significaba. Ya había pasado por una situación similar antes. Simplemente no veía ninguna razón para hacer algo al respecto. El problema era que la personalidad de Sanji no ayudaba. Nunca lo hacía.
Era imposible no darse cuenta de cómo reaccionaba ante cualquier mujer de buen cuerpo y grandes curvas que se cruzara en su camino, de la facilidad con la que cambiaba el tono de voz, la postura, la expresión completa, como si existiera una versión de él que Zoro nunca iba a conocer porque no estaba hecha para alguien como él. Lo había visto demasiadas veces como para ignorarlo, como para fingir que no tenía peso.
Y no lo tenía. No debía tenerlo. Era una conclusión sencilla, casi lógica: si Sanji quería eso, si era así con todas ellas sin excepción, entonces no había espacio para nada más, y mucho menos para algo que Zoro ni siquiera sabía cómo nombrar sin que sonara fuera de lugar.
Así que no lo hizo. Nunca lo hizo.
Guardarse las cosas siempre le había resultado más fácil que intentar explicarlas o ponerles nombre, sobre todo cuando no tenía claro ni siquiera cómo empezar. No era un problema mientras pudiera mantenerlo bajo control, mientras se limitara a dejarlo donde no estorbara, donde no interfiriera con lo que realmente importaba.
El problema era que Sanji no era alguien que se quedara en su sitio. Se metía debajo de la piel sin pedir permiso, en los gestos más pequeños, en la forma en que se movía durante una pelea, en cómo reaccionaba cuando algo no salía como esperaba, en su voz, en sus muecas y gestos. Zoro había aprendido a anticipar sus movimientos en combate con una precisión casi automática, su cuerpo reaccionaba antes de siquiera pensarlo, pero eso solo hacía más evidente todo lo demás, todo lo que no tenía que ver con pelear y que, aun así, terminaba notando.
Como ahora.
La imagen de Sanji alejándose seguía demasiado presente, más de lo que debería para algo tan simple como dar media vuelta después de un entrenamiento. Había algo en la forma en que se había detenido, apenas un instante, antes de seguir caminando, como si hubiera sentido la mirada sin necesidad de comprobarla.
Zoro no apartó la vista cuando lo notó. No lo hizo porque no veía el sentido. Si Sanji iba a darse cuenta de todos modos (que esperaba que no), no había razón para fingir lo contrario, aunque tampoco hubiera pensado qué hacer después. Ese era el problema, en realidad, el punto donde todo se detenía sin importar cuánto lo pensara: no sabía qué se suponía que venía después.
Podía pelear. Podía provocarlo, empujarlo lo suficiente como para mantenerlo cerca sin que pareciera que lo estaba buscando. Podía sostener esa dinámica indefinidamente, porque era lo único que conocía que no lo dejaba expuesto. Pero cualquier otra cosa requería un tipo de claridad que él no tenía, una forma de decir lo que quería que no encajaba con nada de lo que había hecho hasta ahora. Y cada vez que consideraba siquiera acercarse a ese límite, bastaba con recordar a Sanji rodeado de mujeres, sonriendo como si nada más existiera, para que la idea perdiera sentido antes de tomar forma.
No era complicado. Era, de hecho, lo más lógico. Mantenerlo donde estaba, en ese espacio que ya conocían los dos, donde nada cambiaba lo suficiente como para obligarlo a enfrentarse a algo que no tenía intención de perder.
Aun así, mientras la figura de Sanji desaparecía por la cubierta, Zoro se encontró siguiéndolo con la mirada un momento más de lo necesario, como si quedarse ahí le diera algo que no sabía cómo conseguir de otra forma.
No iba a hacer nada al respecto. No tenía por qué hacerlo. Mientras pudiera mantenerlo así, a esa distancia, era suficiente. O al menos eso era lo que seguía repitiéndose, incluso cuando empezaba a dejar de sonar tan convincente como antes, incluso cuando estaba muriéndose por algo más.








