Create New List
Share with your friends
Customize readability

CLAUSULAS DE SEDUCCION

All Rights Reserved ©

Summary

Amanda es una brillante y disciplinada abogada penalista que domina con mano de hierro los tribunales de la ciudad, pero que en el fondo anhela liberarse de la carga del control absoluto. Daniel es un influyente y enigmático multimillonario acostumbrado a mandar y ser obedecido en el implacable mundo de los grandes negocios. Sus caminos colisionan una noche en un exclusivo restaurante, donde una mirada sostenida y una propuesta directa bastan para pactar un encuentro que cambiará sus vidas. ​Lo que inicia como una atracción instintiva se transforma rápidamente en un noviazgo secreto, pervertido y sin tabúes. Entre bastidores, lejos de los trajes formales y las apariciones públicas impecables, Amanda y Daniel construyen un universo íntimo donde la perversión, el fetiche, los juegos de roles, la sumisión y la experimentación erótica más desenfrenada son la única regla. A través del látex, la restricción sensorial, el voyeurismo y escenarios tan arriesgados como románticos, ambos exploran los límites del placer y la confianza ciega. CLÁUSULAS DE SEDUCCIÓN es una novela erótica, intensa y apasionada que demuestra cómo el amor verdadero no busca reprimir las sombras, sino encontrar a la pareja perfecta con quien compartirlas sin prejuicios ni censura.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

1- EL CONTRATO DE LA CARNE

Capítulo I: La mesa del fondo.


El aire en L’Étoile olía a trufa negra, vino añejo y la fragancia sutil, casi imperceptible, que despedía el cuello de Amanda: una mezcla de jazmín nocturno y piel limpia. A sus veintiocho años, Amanda no era una mujer que pasara desapercibida, aunque su profesión le exigía una sobriedad implacable. Como abogada penalista en uno de los bufetes más prestigiosos de la capital, estaba acostumbrada a llevar trajes de sastre ajustados que marcaban sus caderas firmes, el cabello oscuro recogido en moños pulcro y una mirada analítica capaz de desarmar a cualquier testigo en un estrado.

Sin embargo, esa noche de viernes, sola en una mesa rincón del restaurante más exclusivo de la ciudad, Amanda buscaba desconectar del peso de los expedientes. Llevaba un vestido negro de seda con un escote discreto en la espalda y los labios pintados de un rojo carmín oscuro.

A tres mesas de distancia, Daniel la observaba desde hacía más de media hora.

A sus treinta y cuatro años, Daniel era el director ejecutivo de un conglomerado tecnológico e inmobiliario que operaba a escala internacional. Poseía la prestancia de los hombres que están acostumbrados a mandar y a ser obedecidos sin pestañear: hombros anchos que llenaban un traje italiano hecho a medida, cabello castaño cortado con precisión, una mandíbula marcada por una sombra de barba de dos días y unos ojos grises, fríos y penetrantes, que parecían calcular el valor de cada objeto y persona que cruzaba su campo de visión.

Cuando los ojos de Amanda se encontraron con los de Daniel por tercera vez a través del reflejo del cristal de su copa de vino, un escalofrío sutil le recorrió la espina dorsal. No era la mirada de un admirador cualquiera; era la atención fija de un cazador que ha identificado a su presa.

Daniel no envió una copa a su mesa ni utilizó un intermediario. Se levantó con una gracia felina, abotonó el saco de su traje y caminó directamente hacia ella.

—Buenas noches —dijo Daniel. Su voz era un barítono grave, rasposo en las frecuencias bajas, que vibró directamente en el bajo vientre de Amanda—. La mesa del fondo es demasiado grande para estar tan sola, y mi copa está vacía. ¿Me permite acompañarla?

Amanda enarcó una ceja, midiendo al hombre frente a ella con el rigor de un alegato inicial. La presencia de Daniel era abrumadora, desprendía una fragancia a sándalo, cuero y poder que invadió de inmediato su espacio vital.

—Depende —respondió ella, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos largos, terminados en uñas rojas—. Un abogado nunca acepta una propuesta sin conocer primero las cláusulas.

Daniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que apenas mostró sus dientes impecables. Se sentó enfrente sin esperar una invitación formal, inclinándose ligeramente hacia adelante para acortar la distancia.

—Mi primera cláusula es sencilla, abogada: cero mentiras esta noche. Ninguno de los dos está aquí para buscar una conversación superficial sobre el clima o los negocios.

—¿Y la segunda? —preguntó ella, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la seda del vestido solo por la intensidad de la mirada gris de Daniel.

—La segunda es que usted me va a dejar pagar la cuenta, y luego me va a permitir llevarla a mi apartamento para mostrarle exactamente qué tipo de contrato me gusta firmar a medianoche.

El descaro absoluto de la propuesta hizo que a Amanda se le secara la boca. Cualquier otra mujer se habría sentido ofendida, pero Amanda sentía una secreta y oscura fascinación por el dominio. Pasar el día entero controlándolo todo en los tribunales la dejaba con una sed hambrienta de entregarse a alguien que fuera lo suficientemente fuerte como para someterla.

—Es una propuesta arriesgada, señor...

—Daniel —interrumpió él, tomando la mano de Amanda sobre el mantel. Sus dedos eran largos, cálidos y fuertes. Con una lentitud deliberada, Daniel trazó un círculo sobre la palma de ella con su pulgar, haciendo que un hilo de humedad tibia naciera entre los muslos de Amanda—. Solo Daniel. Y usted es Amanda. Lo sé porque reconozco la compostura de una mujer que pasa demasiado tiempo conteniendo sus verdaderos instintos.




Capítulo II: La iniciación en el penthouse.


El ascensor privado del penthouse de Daniel subió los cuarenta pisos en un silencio cargado de tensión estática. En el cubículo de espejo y acero, Daniel no la tocó, pero su cercanía era sofocante. Estaba parado a escasos centímetros de su espalda, y Amanda podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el sonido pesado de su respiración.

Cuando las puertas se abrieron hacia un salón de doble altura con ventanales que dominaban la ciudad iluminada, Daniel no le ofreció un trago ni le enseñó la vista.

Tomó a Amanda del brazo con una firmeza que no admitía réplica, la giró hacia él y la acorraló contra la puerta de madera maciza.

—Aquí no hay abogados ni empresarios, Amanda —murmuró Daniel contra sus labios, su aliento caliente olía a whisky caro—. Aquí solo hay un hombre que quiere usar tu cuerpo y una mujer que se muere por ser usada.

Antes de que ella pudiera responder, la boca de Daniel devoró la suya. Fue un beso voraz, salvaje, dominador. Su lengua penetró la cavidad oral de Amanda con una fuerza bruta que le hizo soltar un gemido ahogado. Las manos de Daniel bajaron con rapidez hacia los glúteos de ella, apretando la carne firme a través de la seda del vestido, levantándola apenas unos centímetros del suelo para pegarla contra la dureza de su erección, ya rígida tras el pantalón del traje.

—Dios, estás caliente... —jadeó Daniel, rompiendo el beso para morder el lóbulo de la oreja de Amanda mientras su mano subía por el muslo de ella, levantando el vestido hasta la cadera.

Amanda sintió los dedos largos de Daniel deslizarse por debajo del fino encaje de su tanga negra. La prenda estaba empapada por su propio flujo, evidencia irrefutable de la excitación que la consumía desde el restaurante.

—Mírate... estás chorreando por mí sin que te haya tocado bien todavía —se burló Daniel con una voz baja y morbosa, metiendo dos dedos de golpe dentro de la vagina tibia y apretada de Amanda.

—¡Ahhh! ¡Daniel! —gritó Amanda, echando la cabeza hacia atrás contra la puerta. La sensación de ser penetrada de pie, vestida aún, con los dedos gruesos de un desconocido abriéndola en la entrada de su casa, le provocó un espasmo de placer que le hizo temblar las piernas.

Daniel empezó a mover los dedos dentro de ella con un ritmo rápido, áspero, utilizando el pulgar para frotar el clítoris hinchado de Amanda con una presión calculada. Con la otra mano, sujetó el cuello de Amanda con la palma abierta, no para ahogarla, sino para mantenerla inmovilizada mientras la devoraba con la mirada.

—Gime para mí, abogada. Quiero escuchar cómo te corres en la puerta antes de quitarme el traje —ordenó él con ferocidad.

El morbo de las palabras, la humillación deliciosa de ser sumisa y la fricción de sus dedos la llevaron al límite en menos de tres minutos. Amanda se contrajo rígidamente alrededor de los dedos de Daniel, soltando un alarido de placer que retumbó en el techo alto del penthouse, mientras su flujo caliente bañaba la mano del empresario.

Daniel no le dio tiempo a recuperarse. Sacó los dedos empapados de su interior, los llevó a la boca de Amanda y se los introdujo entre los labios.

—Lame tu propio sabor —ordenó.

Amanda, completamente ebria de placer y sumisión, chupó los dedos de Daniel, saboreando la mezcla de su propia humedad con el olor a cuero de la piel de él.

Daniel sonrió con malicia, le dio la vuelta bruscamente a Amanda para que quedara de cara a la puerta de madera y le bajó la bata del vestido hasta la cintura, dejando sus pechos firmes y erguidos al descubierto. Sin quitarle el vestido por completo, le desenganchó la tanga, se bajó la cremallera del pantalón y sacó su pene: una masa de carne erguida, gruesa, venosa y caliente que rozó la hendidura de los glúteos de Amanda.

—Esta es la primera lección, Amanda. Conmigo no hay rodeos —dijo Daniel antes de empujar su cadera hacia adelante, clavando la cabeza de su miembro de una sola estocada profunda en el interior estrecho y húmedo de ella.

—¡AAAAHHH! —gritó Amanda, afianzándose a la madera de la puerta. El tamaño de Daniel la estiraba al límite, llenándola de una forma casi dolorosa que rápidamente se convirtió en un éxtasis primario.

Daniel comenzó a embestirla desde atrás con una cadencia áspera y violenta. Cada golpe de su cadera resonaba contra los muslos de ella con un sonido húmedo y rítmico. Con una mano sujetaba el cabello oscuro de Amanda, tirando suavemente hacia atrás para exponer su cuello, mientras con la otra le pellizcaba los pezones erguidos con fuerza.

—¡Más fuerte! ¡Daniel, métemela más fuerte! —suplicaba Amanda, totalmente fuera de sí, moviendo el trasero hacia atrás para encontrar la penetración aún más profunda.

El sexo no fue suave ni romántico; fue una posesión física brutal. Daniel la penetró de pie contra la puerta hasta que las piernas de Amanda no pudieron sostenerla más, momento en que la tomó en brazos sin interrumpir la penetración y la llevó hacia el sofá de cuero negro del salón, donde la lanzó de espaldas para terminar de devorarla en una maratón de gemidos, carne y pasión desinhibida que duró hasta altas horas de la madrugada.




Capítulo III: El contrato del voyeurismo y el látex.


En las semanas siguientes, lo que comenzó como un encuentro de pasión desenfrenada se transformó en un noviazgo pervertido, secreto y obsesivo. Daniel y Amanda mantenían sus vidas profesionales impecables de cara al público, pero en la intimidad construyeron un universo donde la perversión, los fetichismos y el morbo eran la única regla.

Una noche de viernes, Daniel envió un chofer a buscar a Amanda a la salida de los tribunales. Dentro del coche de cristales tintados, sobre el asiento de cuero, había una caja de cartón negro con una cinta de raso y una nota manuscrita:

"Póntelo antes de subir al apartamento. No quiero ver nada de la abogada cuando cruces la puerta."

Dentro de la caja, Amanda encontró un mono completo de látex negro de una sola pieza, ultrafino, que incluía un arnés de cuero con argollas de metal, un antifaz rígido que le dejaba libre solo la boca y un par de tacones de aguja de quince centímetros con tiras de vinilo. Junto al disfraz había un dildo de cristal transparente y un bote de lubricante a base de silicona.

Con el corazón latiéndole en la garganta por la excitación del morbo, Amanda se cambió dentro del coche en movimiento. El látex se adhirió a su piel como una segunda capa helada que se calentaba al contacto con su cuerpo, remarcando cada curva de sus caderas, la estrechez de su cintura y la firmeza de sus pechos. Los pezones, presionados por el material sintético, se marcaban con una evidencia descarada.

Cuando subió al penthouse en el ascensor privado, la puerta del piso estaba abierta. El apartamento estaba completamente a oscuras, a excepción de una serie de pantallas de alta definición dispuestas en el salón que transmitían en tiempo real lo que captaban varias cámaras instaladas en el techo y los rincones.

Daniel la esperaba sentado en un sillón de cuero frente a las pantallas, vistiendo un pantalón de vestir desabotonado y sosteniendo un vaso de whisky en la mano.

—Acércate —ordenó Daniel sin mirarla directamente, observando su figura a través del monitor principal.

Amanda caminó con los tacones resonando sobre el suelo de mármol. El sonido del látex al rozarse entre sus muslos creaba un ruido erótico que aumentaba la temperatura de la estancia.

—Arrodíllate frente a las pantallas —instruyó Daniel, dándole un trago a su bebida—. Hoy no te voy a tocar hasta que yo lo decida. Vas a mirarte en esos monitores y vas a tocarte para mí mientras te observo.

El fetichismo de ser observada a través de las cámaras, sumado a la textura del látex y la frialdad de la orden, hizo que Amanda soltara un suspiro caliente. Se arrodilló sobre la alfombra, abrió las piernas cubiertas por el látex negro —que tenía una abertura estratégica en la zona del perineo— y deslizó sus dedos enguantados hacia su vulva empapada.

—Dime qué sientes al verte tan perra en la pantalla, Amanda —provocó Daniel con voz morbosa, reclinándose en el sillón y comenzando a acariciar su propia erección por encima del pantalón.

—Siento... siento que soy tu juguete, Daniel —gimió ella, introduciéndose dos dedos mientras miraba en la pantalla cómo el látex negro enmarcaba su sexo húmedo y rosado—. Me excita de una forma enfermiza que me mires así... que me uses como a una prostituta de lujo.

—Entonces usa el dildo de cristal —ordenó él con severidad—. Métetelo despacio mientras me dices qué abogada tan respetable eres de día y la pervertida en la que te conviertes cuando estás conmigo.

Amanda tomó el dildo de cristal, frío y rígido, lo embadurnó de lubricante y comenzó a introducirlo en su vagina frente a las cámaras. La visión de la barra de cristal transparente entrando y saliendo de su sexo en alta definición, transmitida en las pantallas gigantes del salón, fue una experiencia de morbo puro que la llevó al borde del delirio.

Gimió sin pudor, acelerando el ritmo de la penetración manual mientras Daniel la miraba fijamente desde el sillón, masturbándose con fuerza, disfrutando del espectáculo de sumisión y látex que ella le ofrecía.

—Mírate... ese cuerpo de abogada pidiendo verga a gritos —dijo Daniel con la voz alterada por la excitación inminente. Se levantó bruscamente del sillón, se despojó del pantalón y caminó hacia ella con su miembro erguido y palpitante.

Apartó el dildo de cristal de un manotazo, agarró a Amanda del arnés de cuero que llevaba sobre el látex y la levantó en vilo sobre la alfombra.

—Ahora vas a sentir la verdadera carne dentro de ese látex —sentenció Daniel.

La colocó en posición cuadrúpeda frente al monitor principal, de modo que ella pudiera ver perfectamente cómo su sexo entraba en su cuerpo. Daniel la penetró desde atrás con una furia renovada. La textura del látex crujía con cada estocada violenta de su cadera. Daniel le sujetaba la cintura con fuerza, enterrando sus dedos en el material sintético mientras la penetraba hasta el fondo, observando en la pantalla gigante la imagen morbosa de su pene entrando y saliendo de la abertura del traje negro.

—¡Míralo, Amanda! ¡Mira cómo te poseo en la pantalla! —le gritó él al oído, dándole una nalgada sonora sobre el látex que dejó una marca roja y caliente en su glúteo.

—¡Ahhh! ¡Sí, Daniel! ¡Enfócalo bien! ¡Lléname toda! —gritaba Amanda, totalmente fuera de sí, cautivada por el voyeurismo y la intensidad salvaje de la penetración.

El encuentro terminó en una explosión simultánea de placer frente a los monitores, con Daniel eyaculando profundamente dentro de ella mientras Amanda se contraía en un orgasmo múltiple que la dejó temblando sobre la alfombra, envuelta en el sudor y el látex.




Capítulo IV: La dominación médica y el juego de roles.


El nivel de experimentación y morbo entre la abogada y el multimillonario no tenía límites. Cada fin de semana era una oportunidad para explorar un nuevo fetiche, una nueva posición o una fantasía oscura que llevar al extremo.

Un mes después, Daniel alquiló una mansión privada en las afueras de la ciudad que contaba con una habitación insonorizada decorada como un consultorio médico privado de principios de siglo: paredes alicatadas en blanco, una camilla de exploración ginecológica de acero inoxidable con estribos, lámparas quirúrgicas de luz fría y una mesa con instrumentos de sujeción, correas de cuero y especulos.

Amanda llegó al lugar vestida para el papel: un disfraz de enfermera pervertida que consistía en un vestido blanco extremadamente corto, abierto en el escote hasta el ombligo, medias de red blancas con liguero y cofia. Daniel, por su parte, la esperaba vistiendo una bata médica blanca impecable, con un estetoscopio al cuello y guantes de látex quirúrgico en las manos.

—Buenas noches, señorita Amanda —dijo Daniel con una voz profesional, totalmente desprovista de emoción, metiéndose de lleno en el juego de rol—. El examen ginecológico de rutina se ha retrasado. Por favor, desnúdese de la cintura para abajo y suba a la camilla.

El morbo de la situación hizo que el pulso de Amanda se disparara. La frialdad médica simulada por Daniel actuaba como un afrodisíaco potente sobre su psique.

—Sí, doctor —respondió ella sumisamente, quitándose la braguita blanca y subiendo a la camilla de acero. Colocó sus pies en los estribos fríos, dejando su sexo completamente expuesto y abierto bajo la luz potente de la lámpara quirúrgica.

Daniel se acercó con paso pausado, colocándose entre las piernas de ella. Sus manos con guantes de látex tocaron los muslos de Amanda, provocándole un escalofrío inmediato por la frialdad del material.

—Veamos cómo está la paciente —dijo Daniel. Con dedos experimentados, abrió los labios mayores de ella, examinando la vulva que ya comenzaba a secretar lubricación natural—. Veo una inflamación severa por falta de penetración. Vamos a tener que utilizar un espéculo para la exploración profunda.

Daniel tomó un espéculo de metal de la bandeja de instrumentos. El choque del metal frío contra el sexo sensible de Amanda la hizo ahogar un grito.

—¡Ah! Doctor... está muy frío...

—Silencio, paciente. Un examen médico requiere inmovilidad —reprendió Daniel con severidad, ajustando el mecanismo del espéculo para abrir la cavidad vaginal de Amanda, dejándola expuesta de una forma total y humillante.

Daniel se inclinó para observar el interior dilatado de ella bajo la luz fría de la lámpara.

—Increíble... el cuello uterino está receptivo. Pero el tratamiento requiere la aplicación de un estimulante directo.

Daniel se quitó la bata blanca y el pantalón del traje, dejando al descubierto su miembro erecto, que latía con fuerza. Se quitó los guantes de látex, retiró el espéculo de metal con cuidado y, sin darle tiempo a que las paredes vaginales de Amanda se cerraran, introdujo la cabeza de su pene de un golpe seco.

—¡AAAAHHH! ¡DOCTOR! —gritó Amanda, agarrándose a los bordes de la camilla de acero. La sensación de la carne caliente llenando el espacio recién dilatado por el metal fue de una intensidad casi insoportable.

Daniel comenzó a penetrarla con un ritmo metódico, casi clínico, manteniendo una postura erguida sobre la camilla mientras observaba con fascinación morbosa cómo su miembro entraba y salía del sexo de la abogada.

—Dígame, paciente... ¿dónde le duele más? ¿Aquí? —preguntó Daniel, cambiando el ángulo de la estocada para golpear directamente el punto G de Amanda.

—¡Ahí! ¡Ahhh! ¡Ahi, doctor! ¡Me voy a correr! —chilló Amanda, perdiendo todo el control del juego de rol ante la efectividad de la posición ginecológica.

—Negativo. No tiene mi permiso para correrse todavía —ordenó Daniel.

Sujetó los muslos de Amanda contra los estribos, aceleró la frecuencia de las embestidas y la penetró con una fuerza bruta que hacía vibrar la camilla de acero contra el suelo. Amanda, completamente entregada al fetiche médico y a la sumisión, se retorcía bajo la luz fría de las lámparas, sintiendo cómo cada estocada de Daniel la llevaba más y más profundo en el pozo de la perversión.

Finalmente, Daniel no pudo contenerse más. Tomó a Amanda por la cintura, la pegó bruscamente contra el final de la camilla y la penetró con una serie de estocadas salvajes hasta eyacular profundamente en su interior, mientras ella se deshacía en un orgasmo devastador que la dejó jadeando sobre el acero frío.

Let Nicolás Castellano know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

How To Tame A Beast- An MC Romance

sanriosoul929: I really liked this story there were some grammatical errors like missing commas in a list but it didnt take away from the story and they are so cute together!

Read Now
Her Best Friend's Brother

Pavitra: Awesome, good, great, .......

Read Now
Claimed by the Knight

Francy: What can I say, reading this was amazing, I couldn't put the book down. I've struggled with reading for a while, cause I can't seem to find the right niche or style that I like. It's the first time in years I feel pulled to a story like this. I love the plot and the character development, they're re...

Read Now
The Boy Next Door Is All Grown Up

Agbe ifeoluwa: This is amazing fr I’m fucking enjoying this!!

Read Now
Galatea-Claimed by Chaos

Lynn Hamilton: I’m loving this book. It’s very well written. The author does a great job expressing the feelings of the characters and setting the scene. It makes it feel like a real life experience.

Read Now
The Mafia's Chef

Lora Grooms: First time reading anything like this. It’s hard to keep my attention with books but this one definitely has it!

Read Now
The Bitter Arrangement (The Bitter Arrangement)

bhumika Kanani: The intricately woven storyline had me on an emotional rollercoaster—I was disheartened by the ending right up until the last few lines. Thank you for a wonderfully satisfying payoff that completely redeemed it...!My only wish is that the Moretti brothers could have felt a bit more larger-than-life ...

Read Now
The way they love me : A reverse harem story

Alicia: There’s no fluff in the book, just jumps right into a relationship with three guys, definitely hot. Don’t read if you can’t handle sex scenes ;)

Read Now