Las historias que nunca escuché
El día que simplemente no la enamoré
La historia comenzaba con un hombre llamado Gustavo. Gustavo era un hombre grande, alto y tenía el cabello revuelto. Usaba anteojos y se dedicaba a la cobranza. Él había conocido a una mujer con la que ahora estaba casado. Se llamaba Susana.
Susana era una chica tranquila y Gustavo, en su interior, no tenía toda la calma. Él mismo contaba que había conocido a Susana en un trabajo. La había conocido mientras él trabajaba para pagar sus estudios, mientras que ella no tenía bien claro en qué se había metido. Eso era lo que pensaba Gustavo.
Una vez que la vio pasar, pensó para sí mismo:
—¿Qué hace una chica así aquí?
Tenía el cabello suelto, era rizado y ella era muy bonita.
—¿Qué hace ella trabajando aquí, si tiene todo?
Eso era lo que pensaba Gustavo.
Pasado el tiempo, Susana y Gustavo fueron a una reunión. Para ese entonces, ya estaban casados y vivían juntos. Se habían ido a una reunión de amigos, los amigos de Gustavo.
Normalmente, Susana no hablaba. No le gustaban mucho los amigos de Gustavo, ya que no tenía mucho en común con ellos. Normalmente, se quedaba callada y siempre estaba viendo su celular.
Al llegar a la reunión, Gustavo ya sabía qué haría, lo típico de Susana: sentarse, observar, sonreír y ver su teléfono o jugar algún juego que tuviera en alguna aplicación.
Después de un rato, un chico llegó y se acercó a Susana.
—¿Quieres un poco de refresco?
Casi todos estaban tomando una cerveza, menos ella.
Ella aceptó y dijo:
—Sí.
De un momento a otro, Gustavo notó que estaban platicando. Estaban contando historias muy divertidas, tanto que ella casi se orinaba de la risa.
Gustavo sintió un poco de incomodidad al ver que su mujer estaba riendo con otro hombre. Se acercó por los celos.
—¿De qué tanto se ríen? —preguntó él, con una sonrisa un poco incómoda.
—De nada —respondió Susana.
—Resulta que tu amigo Jerry también rentó la cabaña que yo renté con mi familia.
Jerry reía a carcajadas. Gustavo no entendía.
—¿Una cabaña?
—Ah, de esas cabañas que tú decías que rentabas con dos amigos.
Susana rió y dijo:
—Sí, pero las cabañas no se fueron por mi familia.
Jerry seguía riendo como loco.
—¿Y qué tiene de divertido?
De inmediato, todos voltearon a ver a Susana y a Jerry.
—Estábamos hablando de que esa cabaña siempre, siempre había tenido las mismas sábanas y nunca las cambiaban. Habían pasado alrededor de cinco años y él mencionaba que había sido hacía dos meses.
Jerry no dejaba de reír porque incluso mencionaba que tenía un olor fétido.
—O sea que jamás cambiaban la muda de ropa de la cama.
—No, nunca —decía Susana.
Después de un rato, empezaron a hablar de otras cosas, mientras Gustavo seguía contando las anécdotas más divertidas que tenía.
Si eso no involucraba las otras anécdotas, no le interesaba.
De eso mismo estaba hablando Gustavo con sus amigos: de las típicas borracheras que habían tenido en la universidad y en la preparatoria, de lo divertido que había sido perderse en un monte, de las veces que se habían robado varias plantas y de cómo habían desaparecido por días por estar en borracheras que continuaban de día y de noche durante semanas.
Después de eso, Susana empezó a hablar con Jerry sobre la pesca, sobre lo divertido que había sido para ella tener la oportunidad de estudiar y conocer la playa.
Gustavo empezó a interesarse un poco por lo que contaba Susana.
En ese momento de la plática, cuando Jerry y Susana empezaban a entablar un poco más de conversación, una chica se unió a la charla: Carla.
Carla empezó a hablar de la anécdota de cuando había ido a un museo en Ciudad de México. Inmediatamente, Susana contó que ella también había ido a muchos museos de niña.
De inmediato, Jerry y Carla empezaron a intercambiar historias sobre cómo habían conocido las mariposas monarcas disecadas en una sección y cómo, de repente, habían terminado viajando al zoológico.
En ese momento, Gustavo se dio cuenta de que no conocía ninguna de esas historias de Susana.
De un momento a otro, empezaron a hablar de las prácticas profesionales y de cómo Susana había conocido parte de su carrera en un hospital, de cómo había tenido la oportunidad de conocer gente que ahora aparecía en televisión y de cómo todo eso la había ayudado a conocerse a sí misma.
En ese momento, Gustavo no podía creer que ella no hubiera compartido esa historia con él.
Sí recordaba haberla escuchado hablar de la playa, de Islas Lobos, pero en un momento él se había distraído con el celular. Él mismo había dado por hecho que Susana había dejado de contar la historia por aburrimiento, porque su historia no era tan interesante.
Ahora se estaba dando cuenta de que sí lo era.
Gustavo no se había dado el tiempo de escuchar las historias de Susana.
Ahora, al darse cuenta, incluso había dado por hecho algo: Susana lo había enamorado a él y no él a ella.
Porque él mismo aceptaba que Susana lo había robado o que, inclusive, lo había conseguido. Nunca había podido aceptar que Susana lo había enamorado y que había decidido quedarse con él para siempre.
Para él había sido así: ella se había aferrado y ella no se había ido.
Pero, al escuchar un poco de sus historias, empezaba a pensar que quizá había sido diferente. Y creía que sí tenía un poco de razón: ella se había quedado.
Escucharla hablar sobre su universidad era como escuchar hablar a un reportero. Tenía tantas historias y él jamás había escuchado la vez que había pescado un pez enorme, cómo se tomaba sus fines de semana en cabañas o que, inclusive, se había vuelto tan fan de los videojuegos que le habían regalado varios.
En todo eso no había puesto ni un poco de atención.
Tampoco había escuchado las historias sobre sus papás en cada viaje a las cabañas, las veces que había conocido otros mundos o cómo había probado varias comidas que, con el tiempo, habían provocado que ahora fuera alérgica a ellas.
Nunca se había tomado el tiempo de conocerla, de escucharla, porque aquellas historias no contenían lo que para él eran historias interesantes.
Si no había un desenlace con una borrachera, iba a ser aburrido.
Por un momento, Gustavo dejó de oír la historia de sus amigos, que repetían cada vez que se veían. La historia de aquella borrachera ya la habían repetido por quinta vez al verse. Todas esas historias ya se las sabía. Cada drama, cada gramo, cada situación que habían hecho era una historia que siempre se contaban.
Escuchar a Susana hablar por primera vez con alguien era interesante.
—¿Cómo tengo a alguien tan interesante y no me había dado cuenta? —pensaba Gustavo.
En todo ese tiempo, ni siquiera se lo había contado. Porque ella misma había considerado que era aburrida. Lo había repetido en varias ocasiones durante la plática:
—Soy un poco aburrida y por eso no lo cuento, porque no son historias interesantes.
A lo que Jerry dijo:
—Tampoco fue interesante en la universidad. Me dediqué a estudiar y a divertirme tomando muchos refrescos.
En ese momento, Susana solo reía. Reía con Carla y con otras dos chicas que se habían añadido a la plática para hablar de las mejores Barbies de la época.
Gustavo no había notado cuánto sabía ella. Había escuchado las anécdotas sobre el mar y sobre cómo el espacio tenía más de una galaxia. Nunca antes se lo había contado Susana.
También había hablado de sus libros favoritos y de cómo una vez casi había comprado un libro de más de mil pesos, pero lo había encontrado en trescientos.
Era interesante escuchar las historias sobre cómo todos sus trabajos le habían impedido tener amigos porque no podía congeniar con casi ninguno. Ella misma se había sentido sola y lo había mencionado en la plática.
—¿Por qué nunca me lo había contado Susana? —pensaba Gustavo.
Tal vez era porque Gustavo se enojaba si ella estaba triste. Tal vez era porque no era tan divertido escucharla hablar de amigos que no bebían. O, inclusive, si Susana se sentía enferma o tenía gripe, eso ya era causa de enojo.
Gustavo, por primera vez, se quedó encerrado en sus pensamientos. Susana sabía tanto y sentía tanto que, por primera vez, se sintió muy mal por no haberse dado cuenta y por no haberle preguntado nada.
Normalmente, al inicio de la relación, Susana lloraba. Lloraba cuando él se enojaba o lloraba cuando ella se sentía triste. A lo que él le decía:
—¿Ya vas a llorar? Ay, no te estoy haciendo nada.
En ese momento, Gustavo se sintió muy culpable.
Tenía a una niña prácticamente con él y la había apagado.
Ni siquiera sabía por qué ella seguía ahí.
Él mismo lo pensó. Incluso recordó todas las veces que había habido un reclamo o que había llegado a casa para desquitarse con ella por haber tenido un mal día en el trabajo.
No podía creerlo.
Al terminar la reunión, él mismo le dio una sonrisa a Susana y se quedaron callados mientras iban camino a casa.
Ella se alistó, se arregló, lo besó y se durmió.
Inmediatamente, cuando ella quedó profundamente dormida, Gustavo tomó su teléfono y lo revisó.
Revisó cada nota, cada pensamiento, todo aquello de lo que ella podía hablar, pero no tenía ni un solo amigo con quien compartirlo.
Su teléfono estaba vacío, hasta que encontró un bloc de notas donde expresaba que, a veces, pensaba que no servía para nada. Incluso se sentía aburrida y no sentía que hiciera lo suficiente.
Su trabajo la estaba agotando, pero no podía decir nada porque sabía cuál sería la respuesta de Gustavo:
—Así son los trabajos.








