Capítulo 1
El rezo de los puros.
—No te preocupes, Holly, el gran Dios nos protegerá. Yo también te protegeré. Vamos, pidámosles juntas que mamá y nuestros padres nos encuentren pronto.
Las pequeñas niñas se acurrucaron más juntas, cerraron los ojos y comenzaron a rezar. Al agachar las cabezas, sus cabellos en ondas cubrieron sus jovenes rostros.
Desde las sombras, Vespera las miraba acurrucada. Esta celda era su jaula. Se mantenía tapada con pieles para que nadie la viera y la codiciara; aun así, cuando escuchó las voces infantiles, no pudo aguantar los deseos de verlas. Era lo único que podía hacer. No se atrevía a hablarles, pues al ser una mujer araña, las pequeñas niñas felinas le temerían. Así era con todos los que reconocían sus rasgos, Sin embargo, no podía evitar desear mirarlas; eran lo único puro que le habían permitido ver a lo largo de los años. Aunque una parte de ella lo agradecía, otra lamentaba con desesperación su situación.
Las escuchaba en silencio mientras pedían protección y volver a su hogar. Vespera no pudo evitar el dolor en su pecho al saber que sus rezos no serían escuchados. Las voces de los olvidados —aquellos que pronto serían vendidos y usados de las peores formas posibles— nunca llegaban a los oídos del gran Dios. Hacía años que ella misma había dejado de rezar, de esperar por un milagro que nunca llegó ni llegaría.
Las miró un rato más, preguntándose cuánto tiempo les quedaba para estar juntas. No creía que más de cuatro amaneceres. Las niñas solían venderse a quien más pagara por ellas, y eso pasaba muy rápido; a veces solo las podía ver un momento antes de que fueran llevadas con sus dueños. Cerró los ocho ojos un instante; su corazón se rompió por cada una de ellas. Y, aun así, a veces las envidiaba. Saber que ellas podian volver a sentir el sol en su rostro de nuevo… ¿Cómo no podría envidiarlas?
Ella era la única a la que nunca vendían. Desde que tenía nueve inviernos había vivido de mercado en mercado: codiciada, venerada, pero jamás reclamada, jamás salvada. Cuando tres inviernos anteriores llego a este lugar supo que ya nunca tendría salvación, cuando cumplió diecisiete, la vendieron a este burdel. Aquí la mantenían escondida a menos que el cliente pagara lo que su dueño, Gran, exigía solo para verla. Ser la última de su especie y el material primordial para hacer ese elixir que volvía locos de deseo a los hombres era lo único que la mantenía con vida. Suerte, pensó con ironía. Aun si los clientes no la tocaban, la obligaban a ver cómo torturaban, golpeaban, humillaban, violaban e incluso mataban a las mujeres que no eran vendidas en los mercados; aquellas con el peor destino. O con el mejor, ella aún no estaba segura. Había días en que creía que la muerte era la salida deseada, y otras veces se encontraba añorando salir Entonces miraba a su alrededor y recordaba que eso nunca sucedería.
Volvió a mirar a las niñas. Eran pequeñas, notó con algo parecido al alivio; la mayor no debía de tener más de ese ocho inviernos y la pequeña, aquella que escuchó que se llamaba Holly, no podía tener más de cuatro. Deseaba ayudarlas, pero era mejor esperar si no escapaban, aun existía la esperanza de que encontraran felicidad en sus vidas; la muerte les arrebataría todo. Ella solo estaba segura de algo: las niñas no eran vendidas en el burdel. Incluso esos hombres tenían algo de consideración; si eran vendidas antes de los once inviernos, tendrían esposos, no clientes. Y tal vez algo de paz. Esperaba que esos hombres las cuidaran y cuando ellas crecieran olvidaran este lugar.
Las niñas se quedaron dormidas, abrazadas, mientras las lágrimas aún salían por sus ojos. Vespera las miró mejor; se veían aún más pequeñas de lo que pensó al principio. Esperaba que así fuera, eso les daría más tiempo antes de...
—Vamos, luna, debes salir a jugar con nosotros.
Ella cerró sus seis ojos superiores los pequeños sobre su frente uno detrás del otro; eso los ponía nerviosos. Odiaba que la llamaran Luna. Ese era su pequeño acto de rebeldía por llamarla de esa manera, el nombre que Gran le había dado el día que la llevaron al burdel, el nombre que le daban ante los clientes que deseaban conocerla. Salió con cuidado, con la cabeza agachada para no permitir que las pequeñas niñas vieran su rostro si despertaban, cubriendo su cuerpo desnudo con su larga cabellera blanca. Caminó hacia las habitaciones mientras escuchaba gritos, risas, insultos, órdenes y gemidos… Trató de no prestarles atención; al fin y al cabo, no era nuevo.
La metieron en la habitación llena de pieles, flores, humo y elixires para volverlos locos de deseo. Esos elixires, hechos con su propia sangre y parte de su veneno, eran la razón por la que nadie podía ponerle un dedo encima. Nadie excepto Gran, o a quienes Gran se los ordenara. La dejaron en una jaula, la única precaución que Gran tomaba cuando la “usaban”. Parada en el medio, pronto entraría el hombre que había pagado, y que se mostrara esperaba que así fuera; la otra opción, en la que la pinchaban con palos largos sin hacerla sangrar hasta que el hombre estuviera satisfecho, era la peor de todas. Esa opción solo ocurría si el cliente era del agrado de Gran, un hombre dispuesto a darle lo que él pedía.
No tuvo que esperar mucho para saber la respuesta. Entró un hombre viejo y grande, de cabello largo y grasoso, con una panza redonda y pecho y piernas peludas. Su olor a rancio llegaba hasta ella. un olor nauseabundo que le provocaba arcadas. ella se pregunto si así olía la carne podrida. no podía creer que ese hedor viniera de algo mas. Estaba completamente desnudo, con una sonrisa triunfante y ojos crueles; entró mientras se agarraba su polla. Aunque deseaba vomitar, se resistió a hacerlo. Ver a la joven, sin expresión a su lado, se lo impidió. Vivir una vida en las manos de otros te enseña demasiadas lecciones, y cerrar los ojos o voltear la mirada significaría que Lulu pagaría el precio de su desprecio.
—Vamos, hermosa, tócate para mí, este buen hombre pagó demasiado para poder conocerte. —la voz extrañamente amable le decía que debía iniciar. —No puedo creer el tesoro que Gran tenia escondido, eres tan hermosa como los otros decía, tus labios grandes… como los disfrutaría en mi polla, adoraría ver tus pequeños ojos llenos de lagrimas cuando te agogara con mi miembro en tu garganta, —Vespero lo vio estremecerse con una sonrisa repugnante. Y luego se acerco un poco a la jaula. —Tal ves si le pido a gran un mechon de tu cabello Blanco… o mejor que solo retire las hebras plateadas pueda olerlas cuando me toque pensando en ti. —se hecho a reir a carcajadas después de haberle cerrado un ojo, a vespera le tomo toda sus fuerzas no reaccionar.
Él se acomodó parado con los brazos cruzados mientras la veía tocarse. Primero sus senos, con cuidado, primero roces, luego apretones. Después su vientre, lento, pero no tanto como para que el cliente perdiera el interés; y, por último, su lugar entre las piernas. Ella separó sus pétalos con cuidado, mostrándole su coño. Luego llevó sus dedos a su boca para ponerles un poco de saliva, y después los deslizó hacia su brote oculto, tocándolo en círculos mientras miraba al hombre, intentando ignorar a la joven Lulu que complacía los deseos de este. Vespera deseaba llorar, tomar algo y salvarla y tal vez a sí misma para que ya no sufrieran; pero ella era débil y solo lograría que Lulu se volviera mercancía arruinada. No deseaba que se la dieran a los clientes como muestra, como diversión para los rostros nuevos que llegaran antes de matarla.
Así que siguió sin mostrar ninguna expresión; ya debería estar acostumbrada a esta vida.
Cuando el viejo, un hombre jabalí de unos sesenta inviernos, se aburrió, la volvieron a llevar a la habitación.
Al entrar lo supo. Los gritos de la pequeña niña, Holly se lo advirtieron. Se paralizó mientras veía cómo lloraba con desesperación por su hermana. Vespera recordó ese dolor: el dolor de no entender qué estaba pasando, el miedo paralizante del encierro, la soledad, los días sin poder respirar con tranquilidad, solo recordando a los seres amados… tembló no pudo evitarlo. Su cuerpo reacciono por si solo, cerrando los ojos más pequeños que cubrían su frente y ocultándolos con su cabello para no asustarla. Miró al guardia, quien no mostraba ningún interés en ninguna de las dos. Podría darle algo de consuelo, se dijo. Mostrarle que no estaría sola…
La niña la miró sorprendida, pero no con el miedo que ella esperaba, la pequeña miro sus manos extendidas y luego se colgó de sus brazos buscando consuelo. Vespera sabía que era una mala decisión, que en este lugar no debía tener sentimientos; aun así, se aferró a la pequeña con la misma desesperación con la que la niña se aferró a ella.
—No te preocupes —le susurró entre los cálidos rizos—. No estás sola.
Y ahora, ella tampoco lo estaba.



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