El invierno un año después
La nieve y el frío le calaban los huesos, el aire que respiraba cortaba sus orificios nasales y lastimaba sus pulmones. Podía adivinar fácilmente el azul de sus dedos bajo los guantes de lana. La cordillera sin lugar a dudas era cruel con los intrusos.
Cayó de rodillas sobre el hielo escarchado, se agarró el pecho y se cubrió la cara. El cansancio de seis semanas subiendo le drenó todas las fuerzas lentamente. Fue una total locura decidir esa travesía en el segundo mes de invierno.
Inició a toser con fuerza, sus rodillas también lo traicionaron, así que, sin sentir nada más que frustración se dejó caer de espaldas con la vista hacia el nublado cielo que apenas dejaba ver ciertos rayos de luz endebles.
—Perdóname An Chae. —Cerró los ojos con fuerza, le dolía incluso llorar—. Si vuelvo a... nacer, descubriré la verdad.
Sus párpados fueron cediendo con lentitud al cansancio y el frío, entonces, como un regalo del cielo, contempló bajo un único rayo de luz la flor llena de pétalos cristalinos saliendo de una gruta.
Con voluntad más que decisión, se paró e inició a gatear hasta el barranco. Ayudándose de piedras se puso en pie. Se liberó del peso de su poco equipaje e inició a escalar unas cuántas protuberancias de roca existente.
—Solo un poco más... —Se estiró lo más que pudo, hasta que con la punta de sus dedos fue capaz de cortar la más baja de las flores.
Con cuidado y temor descendió hasta tocar el suelo con su desgastada bota de cuero. Sonrió como nunca al sentir la nieve bajo sus pies, pero, como si su destino no fuese mayor a la muerte, al girarse, una espada le apuntaba el cuello.
Había tres hombres frente a él, llevaban capuchas rojo borgoña y cubrían todo su cuerpo de vestimentas oscuras, incluido su rostro. El hombre que alzaba la espada se aproximó hasta que el arma rozó el cuello flacucho del médico y cortó algunos hilos de la bufanda roída.
—¿Quién eres y qué buscas? —preguntó en un idioma que Suho no logró comprender en lo absoluto, el miedo y el frío le hacían temblar incluso las orejas—. Te he hecho una pregunta —repitió el hombre con voz amenazante.
Suho negó frenéticamente con la cabeza.
—No... no sé, no compren—
—Habla con claridad. —De un tajo cortó la bufanda haciendo al muchacho palidecer más que la nieve misma.
El joven médico inició a resoplar hasta caer de rodillas, con fuerza tomó la flor y cerró los ojos. Escuchó al hombre que permanecía más lejos acercarse a paso firme.
—Es oriental, evidentemente no iba a entenderte —dijo agachándose un poco. Lo observó con curiosidad un momento, luego frunció ligeramente el ceño—. Eres lunhayeno, ¿verdad?
Suho, todavía con los ojos cerrados asintió levemente.
El hombre se agachó a su altura, con su propia espada envainada levantó un poco el rostro del médico, le examinó la cara y se paró suspirando con gravedad.
—¿Eres el médico que asistía a la fallecida duquesa de Montefiore en el palacio de Selinia?
Suho abrió los ojos con sorpresa, giró su vista hacia el hombre, quiso reconocerlo bajo la capucha y el pañuelo. Con lentitud asintió nuevamente mientras encontraba una identidad a quien tenía frente a él.
—También eres —continuó el encapuchado— quien realizó la autopsia a la nieta del gunhyeon Sera Min Har —lo último fue dicho con una crudeza extrema.
—Así es —musitó.
El encapuchado hizo una seña a sus compañeros, estos inmediatamente tomaron a Suho y le cubrieron el rostro.
—¡La flor! ¡Por favor no dañen la flor, es muy importante para mi investigación!
—¿Investigación? —repitió el hombre.
—¡De la muerte del rey Haneulso!
Un silencio sobrevino sobre el sitio, lo único que se lamentaba era la cordillera y su naturaleza brava.
—No lo lastimen —ordenó el encapuchado a los otros dos—. Tampoco dañen sus pertenencias. Lo llevaremos al cuartel, la segunda general decidirá qué hacer con él.
Pequeños trozos de madera cayeron hasta el cielo desde el escritorio dnde el príncipe, próximo a cumplir siete años, se encontraba creando cascanueces pequeños.
—¿Cuántos grados se encuentran en un círculo? —preguntó su institutriz sentada en el escritorio frente a él.
—Trescientos sesenta grados.
—¿En un cuarto de media vuelta?
—Noventa grados.
—¿Y la media vuelta?
Sigvard observó el corte de los pies del soldado de madera, pensó unos segundos, y luego agregó.
—Ciento ochenta grados.
—Muy bien. —Sonrió María con suficiencia—. Has estudiado.
—No me gustan las matemáticas —refunfuñó el pelirrojo de ojos almendra—. María, tú sabes muchas cosas, ¿por qué?
—Porque estudié mucho. —Se paró del escritorio a observar las figuras más grandes que permanecían acostadas—. Esta de acá tiene cortes irregulares en la base, si la lijas con paciencia quedará uniforme.
—Esta lija no me deja hacerlo bien —refunfuñó viendo sus herramientas—. Si me dejaran usar las navajas con más filo, entonces yo—
—Sufrirías una cortadura, su majestad la reina se molestaría, le diría al rey, dirán que es mi responsabilidad y luego me despedirán del palacio.
—¡No, eso no! —Se levantó del escritorio y se abrazó a la cintura con fuerza—. Hemos estado casi un año juntos, por favor María, no me abandones, tú y Asmund son los únicos aquí que de verdad me quieren. Los demás me odian, mi madre y sus sirvientes me odian, mi padre apenas y me manda a llamar.
María hizo de sus labios una línea, ajustó sus enormes gafas y abrazó al niño dándole palmaditas en la espalda.
—No te odian, solo tienen un carácter demasiado pesado.
Un sirviente accedió con lentitud.
—Su alteza, es viernes. Por favor prepárese para la cena con sus padres.
Sigvard mordió su labio inferior, luego hizo un puchero y asintió. María le ayudó a tomar un baño y prepararse, una vez estuvo listo, lo acompañó a la antesala del comedor, reala familia real esperaba.
El sitio era amplio, enorme, decorado en celeste y dorado, poseía relieves en tonos dramáticos y muebles en tonos similares. En el centro, se encontraba el rey, un hombre que rondaba la mitad de los cincuenta, con el cabello blancuzco, apenas rojizo en las puntas, una barba cuidada y ojos celeste cielo cubiertos de arrugas serenas. A su lado estaba la reina, una mujer más joven de aspecto pedante, con el cabello tan platino que parecía blanco, y un par de ojos grises gélidos.
—Buenas noches majestades. —Sigvard se reverenció hacia sus padres, luego, sin alzar la vista fue hacia su madre y besó su mano con lentitud. La mujer no cambió su expresión, siguió escrutándolo desde arriba. Posterior a eso el niño repitió la acción con el rey, no obstante, este se mostró menos distante—. Es un placer verlos esta noche.
El rey asintió con cierta complacencia.
—Incluso el tono de tu voz ha incrementado en volumen. —El hombre dirigió su vista a María, que permanecía en la puerta cabizbaja—. Institutriz estás haciendo un trabajo excelente. Sin dudas tu padre ha hecho una excelente recomendación.
—Todo el mérito es de su alteza Sigvard —respondió la joven.
—Es mi hijo, tiene que ser perfecto. —Hizo un ademán típico con el brazo, y como cada viernes María salió de la sala y se dirigió a la entrada del palacio, donde el coche del marquesado la esperaba para llevarla a casa.
—¿Por qué tan callada María? ¿Mi madre te ha regañado?
María se giró hacia la voz, el príncipe heredero, Asmund, la observaba desde un extremo del pasillo con la cándida sonrisa que pintaba su rostro cada que aparecía.
—Su alteza. —Se reverenció—. Nada de eso, solo estoy preocupada por su hermano. ¿Usted no asistirá a la cena esta noche?
—No en esta ocasión. ¿Vas a casa? Permíteme acompañarte.
—No es necesario, el carruaje del marquesado vino a recogerme
—Entonces vamos juntos, tengo muchas ganas de visitar a mi padrino.
María arrugó la mejilla con incomodidad, pero a la insistencia no pudo negarse. Subieron juntos al carruaje, al iniciar el trote María sacó de su bolso un cuaderno grueso e inició a leer las primeras hojas.
—Te ves muy linda cuando te concentras. —Asmund la contemplaba apoyando su mano en la ventanilla del carruaje. La nieve se filtraba por la cortina semiabierta.
María detuvo su lectura, detalló las hojas en su mayoría limpias y releyó las primeras, pues el texto terminaba en el primer cuarto de la totalidad del cuaderno. Elevó su vista cubierta por las gruesas gafas y asintió un poco seria.
—Gracias su alteza. —Su labio inferior titubeó un poco.
—¿Por qué eres tan fría? —dijo con un tono ligeramente dramático.
—Es lo apropiado mi señor.
—Pero yo te permito que te comportes cómodamente, es un deseo mío... ¿Acaso no soy lo suficientemente apuesto para que quieras hablar conmigo? —Parpadeó con exageración.
María ajustó sus gafas enormes y redondas y lo detalló con paciencia, como muchas veces antes. El príncipe era pálido, de labios rosados, facciones delicadas y cabello rojo muy claro, alto y de cuerpo atlético. Era apuesto sin redundancia alguna.
—No es eso, mi señor.
—¿Entonces?
—No es lo apropiado.
Asmund se palmeó la frente con desesperación, como cada vez que trataba de acercarse a María. Se estuvo callado por el resto del viaje. Al llegar a la mansión el marqués los esperaba fumando un puro.
—¡Mi hermosa hija! —Se acercó a María y depositó un escandaloso beso en su frente—. Te hacen trabajar demasiado, deberías dejar ese empleo y gozar de mi fortuna como las niñas normales, pero, ¿quién se encargaría de la educación del pequeño Sigvard sino tú? La más competente del reino. —Nuevamente besó el cabello perfectamente peinado de María—. Vaya Asmund, no te esperaba hoy.
—Padrino. —Extendió su mano derecha como siempre—. Antes prácticamente vivía aquí, ¿ya no me esperas?
—Esta siempre será tu casa. —Devolvió el saludo—. ¿Nos acompañas a cenar? Mi sobrino está de visita.
—Tengo un compromiso en palacio, por favor entreguen mis saludos a don Liam. —Con delicadeza tomó la mano enguantada de María y depositó un beso—. Nos vemos. —Se despidió con una sonrisa.
El marqués y su hija ingresaron a la enorme mansión, María entregó su abrigo a un sirviente cuyos lentes lo hacían lucir muy parecido a ella, y avanzaron a uno de los salones en el segundo piso. En el camino María se detuvo frente a un espejo e hizo una mueca de disgusto.
—¿Pasa algo?
—Nada papá —musitó—, es solo que el blanco de esta blusa es horrendo.
En el salón Liam esperaba viendo a través de la ventana.
—María —saludó avanzando hacia ella—, ¿cómo has estado?
—Muy bien, ¿y usted? ¿Cómo está mi tía Regina?
Liam hizo un gesto amargo con sus labios.
—Estable, dentro de lo que cabe. Luego de la muerte de mi hermana su salud decayó como nunca.
El marqués exhaló una enorme cantidad de humo, apagó el cigarro y se delineó los labios rodeados por una barba naciente.
—Leonardo sigue sin aparecerse en Cartalia, ¿no es así?
—Bastien ha negado cualquier permiso de abandono de la frontera desde que Eldfálkar mató a Leone. Insiste en que pueden acceder desde la frontera.
El marqués se sentó en un sofá de piernas abiertas. Le ardía la sangre cada que escuchaba del estado de salud de su hermana.
—De cualquier modo, mi padre no es médico, tampoco sería de mucha ayuda.
—Regina está sola, sufrió la muerte de su hija sola, la hija de ambos y ahora está muriendo sola. —Apretó un puño—. Al menos la loca de Romina volverá del Nuevo Mundo en cuanto su divorcio con Pedro Villalobos sea oficial.
Liam calló, se acercó al escritorio e inició a sacar cartas de una carpeta.
—¿Qué sabes del canciller, tío Erik?
—No está en las principales ciudades del Nuevo Mundo. —Con el mentón señaló un mapa en el escritorio—. Mis hombres registraron todos esos sitios, también las embarcaciones, pero ningún noble ílios llegó a ese continente en el tiempo que el hombre se jubiló.
—Tampoco salió en ninguna embarcación, me encargué de investigar cada tripulante de los barcos que zarparon en esa fecha. —Presionó su dedo índice sobre el centro de su frente—. El artesano confirmó que el reloj que Leone encontró en el palacio de Selinia hace un año le pertenecía a ese hombre.
—Quiere decir que con esto confirmamos que el cadáver que Leone observó le pertenecía a él.
—Así es. Respecto al vizconde de Rinaldi, la mansión fue registrada pero no existía prueba alguna, el mayordomo desapareció también. Bastien acabó por atribuir la desaparición también a Eldfálkar.
El marqués rió irónico.
—Nosotros no matamos ratas.
—Harás un viaje muy largo. —Se impulsó del hombro del shokan y logró ponerse de pie—. Hyaker… ¿Qué es un rey?
Hyaker observó a Haneulso con dolor contenido, mantuvo la expresión pétrea e insistió:
—Shokan traiga al médico, me quedaré con él.
El shokan asintió y abandonó de inmediato los aposentos del rey. Hyaker avanzó hacia el rey y lo sostuvo con fuerza mientras le limpiaba la sangre del rostro.
—¿Qué es un rey? Necesito que me respondas.
—No es momento de tonterías, descansa.
—Leone sí respondió a mi pregunta. —Tosió—. Ella es inteligente como para entenderte también a ti.
Hyaker se quedó quieto con la respiración muda, sus ojos se cristalizaron y observó a su padre con visible frustración.
—Hijo, ¿tú la amas tanto cómo ella a ti?
El segundo príncipe mordió sus labios y asintió con lentitud.
—«Una criatura con la capacidad de ser humano. La generosidad no resulta si el pueblo tiene hambre. No sirve la tiranía, aunque logre un desarrollo perfecto. Un rey no tiene que ser justo, tiene que ser funcional» —recitó el rey de memoria, luego tocó el rostro de su hijo—. Si ella es capaz de pensar así del mundo, entonces es perfecta para salvarte de ese mismo mundo.
—No entiendo.
—Irás a buscar al archiduque de Cartalia, pedirás la mano de su hija en matrimonio y lo convencerás de firmar el tratado de ambos reinos. —Aclaró su garganta—. Mi testamento ya definió eso, lo firmará la familia entera del gunhyeon Sera Min Har para avalarlo, el resto dependerá de la suerte y de que tanto ames a esa jovencita.
Despertó de golpe, con el corazón latiendo fuertemente y el viento invernal internándose por las ventanas. Argen, convertido ya en un lobo gris adulto y enorme, dormía a su lado.
Hyaker se levantó e inició a caminar por la oscura habitación. El recuerdo de su padre permitiéndole casarse con Leone fue un sueño recurrente desde el aniversario de su muerte solo al inicio del invierno.
Abrió las puertas corredizas y caminó descalzo sobre la nieve fría del jardín. Dios había sido cruel con él, le arrancó a Leone el día de su boda, y a su padre solo unas cuantas semanas después. Observó sus pies ponerse azules por el frío, pero la sensación era tan lejana que no le importaba, toda sensación se sentía nula desde que el último gramo de tierra cubrió el ataúd de Leone.
Una vez sus manos palidecieron lo suficiente como para entumirse, entró de malagana y cerró la puerta de los aposentos. Avanzó hacia el cuadro de Leone que descansaba en la pared más amplia, y se iluminaba solamente por la débil luna. Ahí se arrodilló con la expresión totalmente quebrada, y como cada noche, lloró desconsoladamente.








