Chapter 1
En su mansión en Roma, Abigail Medicci se encontraba dando su recorrido rutinario. Le gustaba cerciorarse que todo estuviera en orden en cada rincón de la enorme vivienda.
Mientras caminaba por los pasillos que llevaban a los dormitorios, pasó frente a la puerta de la habitación de quien fuera su abuelo: Alfonso Medicci. Su corazón dio un respingo al reconocer que guardaba una especie de aprensión por él. El legado que había dejado a ella y a sus padres le parecía absurdo. En su juventud, careciendo de la experiencia de vida y madurez suficientes, pensaba que el último deseo de Alfonso estaba arraigado a su endiosado linaje, a un deseo arrastrado por generaciones de que su apellido no se extinguiera. Muy a su pesar, Alfonso tuvo que reconocer que no había otro más que él mismo con tan ilustre apellido y sangre azul cuando el momento de mayor debilidad de su vida le llegó.
Abigail se había detenido frente a esa puerta y la observaba como si fuera una pantalla en la que veía las imágenes de lo que sus oídos habían escuchado, tiempo atrás, de boca de su padre. Su abuelo, gracias a los papeles que él mismo decidió redactar, había convertido a su criado en heredero; el único que disfrutaría de toda su fortuna como premio por haberlo cuidado desinteresadamente con esmero y cariño.
A Abigail recordaba cómo la voz de su padre se quebraba mientras evocaba aquel relato. Cerró los ojos y apretó sus dedos con fuerza, cerrándolos en un puño. Sin darse cuenta repitió en voz baja las mismas palabras que él le había relatado. Sería inmensamente rico, llevaría oficialmente el apellido de una de las familias más ilustres e importantes de Roma pero
también cargaría con un deber que no le deseaba a nadie, un secreto gracias al que estaban habilitados para hacer hasta aquello que no podrían. Para los Medicci todo tiene solución, menos la muerte.
Abigail abrió los ojos y sintió dolor en sus articulaciones al abrir también sus manos. Sonrió, pensando que su cuerpo ya no se permitía esos arranques de impotencia.
Trató de buscar consuelo en la noción de que su vida era plena en todos los aspectos, salvo por ese peso inamovible del legado de Alfonso. Una espada de Damocles constante, una piedra en su zapato que le impedía correr tanto como deseaba.
Su mente quedó en pausa por unos instantes al alejarse lentamente del pasado, y al reaccionar se dio cuenta que su inspección de rutina ya no era necesaria.
Sus pasos se dirigieron ansiosos hacia su despacho donde se sentó en una amplia silla. De niña se le asemejaba a un trono. En ese momento, se concebía realeza.
Apoyó sus codos sobre el amplio escritorio que tenía en frente y desde allí comenzó a observar los cuadros de sus ancestros. Todos matrimonios, hasta llegar a Alfonso.
-No llevo tu sangre pero heredé demasiado de tu personalidad... abuelo. Incluso tu obstinación. -apoyó su espalda en el amplio sillón, sin despegar la vista del cuadro- Quizás no estés orgulloso de mí cuando veas lo que haré, pero puedo asegurarte que la promesa de mi padre, tu última voluntad, seguirá cumpliéndose: nuestro apellido se mantendrá.
Sonrió con triunfo, como desafiando a la memoria de aquellos antepasados.
Estaba decidida a cambiar las reglas en su familia y dar un giro al destino. El secreto familiar sería traspasado a un cerebro que fuera más digno: al de una heredera.
Cuando ella supo sobre ese legado, comprendió por fin todo aquel engranaje de control, el motivo real por el que el testamento de Alfonso exigía un heredero varón y por qué las familias 'amigas' la rodeaban con tanta atención: un mecanismo global que ella estaba obligada a mantener.
Tenía en sus manos una llave universal, acceso a un poder silencioso, pero también una roca tallada por siglos de patriarcado. Ella siempre estuvo decidida a moldear esa piedra. El ímpetu de 'se hace como yo quiero o no se hace' se convirtió en su única brújula.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el timbre de entrada a la mansión. Los primeros invitados estaban llegando a la celebración de su cumpleaños número 70.
Sus abogados, los que siempre debían estar presentes en sus agasajos, llegaron hasta donde ella estaba con semblante serio, profesional. Sabían de los asuntos que debían discutir antes de compartir la cena.
-Les agradezco su presencia y regalos, pero vamos a lo que nos atañe.
-¿En qué podemos servirle señora Medicci?
-Quiero leer los papeles que pedí que confeccionara.
-Pero... aún no hemos encontrado a...
-No sea inepto. -interrumpió la señora con voz firme, sin elevar su tono- Si yo le digo que salte usted lo hace, sin chistar.
Su abogado más antiguo, el único de los cuatro que se animaba a conversar con Abigail sin inmutarse ante sus reacciones, mostró en sus facciones haber comprendido de repente a lo que ella se refería. Esto exasperó más a Abigail quien dando un hondo suspiro, cerró los ojos y pronunció las palabras que creía ya estaban claras.
-No vamos a esperar a encontrar a la joven. -dijo, acentuando cada palabra. El gesto en su rostro denotaba el hartazgo del que era presa en esos momentos.-Cuando llegue a mi vida, ya todo debe estar preparado. No debemos perder tiempo... Ocúpese de todo lo necesario para que sea una Medicci.
Dicho esto volvió a cerrar sus ojos, al tiempo que inspiró otra bocanada de aire. Negando con su cabeza, se puso de pie. Uno de los abogados se apresuró a ofrecerle su brazo.
Caminaron unos pasos y ella se detuvo.
-Quiero esos papeles para esta semana. Sin excusas.
Los abogados le aseguraron casi en coro que así lo harían y la acompañaron a recibir a sus invitados. Abigail caminó entre ellos como quien atraviesa un campo minado; cada reverencia, cada sonrisa impostada era una ofensa que ella archivaba en su memoria. Sabía que ninguno de los presentes sentía siquiera simpatía por ella, mucho menos lealtad. Eran, en el mejor de los casos, piezas necesarias en el engranaje, y en el peor, enemigos silenciosos que le convenía tener cerca.
Mientras sus invitados conversaban animadamente con la música de piano de fondo, Abigail los observaba con placer sádico: los obligaba a actuar, a sostener la farsa, a seguirle el juego a la anciana a la que todos subestimaban.
Finalmente, todos se dirigieron al comedor para degustar los platos gourmet a los que estaban acostumbrados año tras año. Ella tomó su cubierto y se dispuso a cenar, sin despegar sus ojos de la fina vajilla donde estaba depositada la comida. Era la táctica que aplicaba en cada reunión para evitar que la desagradable compañía hiciera que el banquete le resultara indigesto. Los años transcurridos habían sido suficientes para enseñarle que era mejor fingir. Debía hacerlo si quería lograr sus planes.
De pronto, vio por el rabillo del ojo a uno de los sirvientes entrando en la mansión llevando en brazos a una muchacha aparentemente desmayada.
Abigail percibió una especie de cosquilleo en sus manos, una ansiedad inexplicable que iba en crecimiento conforme otro de sus sirvientes se acercaba para susurrar en su oído.
-Encontramos a una joven en el portón de entrada a la mansión, madame. No sabemos quién es, ni porqué ha llegado hasta aquí. Espero sus instrucciones.
Sin disculparse, Abigail se levantó de la mesa y se acercó hasta el sofá donde habían colocado a la extraña.
Después de observar a la muchacha por unos segundos, los ojos le brillaron con esperanza. La corta edad que se reflejaba en ella le aseguraba que con unos meses de adiestramiento bastaría.
Respondiendo a su pedido, el sirviente llevó inmediatamente a la misteriosa joven, aún inconsciente, a la mejor habitación de huéspedes que tenía la mansión.
Abigail por su parte, volvió a la mesa luciendo su semblante rejuvenecido y un apetito renovado.
Sin preguntas ni explicaciones, la velada continuó tan aburrida como cada año.
Los invitados a su fiesta no hacían más que rodearla de conversaciones triviales y fingido entusiasmo. Abigail inspiraba hondo cuando no la veían, para luego mostrar su gesto más amable aunque los labios le temblaban al sonreír. Deseaba de inmediato entrevistar a aquella adolescente para cerciorarse que sus presentimientos estaban bien fundados.
Su cuerpo la obligó a moverse más de la cuenta, urgido por que el agasajo terminara.
Evaluaba todo su plan con cada paso que daba, incapaz de concentrarse en nada más.
Unas horas después, mientras observaba a sus invitados retirarse, una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro; como cuando un director ve su obra finalizada, estaba convencida de que su plan iba a ser exitoso.
La muchacha despertó en un sobresalto. Se enderezó rápidamente de la cama mirando hacia ambos lados. Se bajó de allí como si estuviera en peligro y, luego de hacerlo, miró extrañada el colchón. No estaba acostumbrada a deslizarse entre sábanas de seda.
De inmediato, sus ojos comenzaron a captar cada detalle de la habitación, mientras su gran curiosidad crecía.
Sus piernas temblaban un poco al andar, y ella no recordaba si era producto de algún esfuerzo o por la adrenalina que la recorría entera.
Un perfume a flores reinaba en el ambiente, veía adornos de fina porcelana, las puertas de las habitaciones estaban talladas con la letra M y los cerrojos de las mismas brillaban como monedas de oro. Aunque el estilo gótico producía algo de temor en ella, no podía dejar de aceptar que el lugar la había hipnotizado.
Un sirviente la sacó del ensueño golpeando suavemente la puerta. Ella quedó estática, respirando aceleradamente. El hombre se asomó por la puerta mirando hacia el suelo. Con voz apenas audible, pidió a la joven que lo acompañase.
Ella dudó unos segundos, su hombros en alto, su nuca tensa. Sin embargo, como hipnotizada, sólo asintió, dando unos pasos hacia el sirviente.
Al ver sus pies frente a él, le dio la espalda para guiarla hasta la habitación de Abigail quien con una amplia sonrisa de bienvenida, invitó a la joven a pasar y tomar asiento.
El semblante de la muchacha reflejaba incertidumbre y temor al mismo tiempo. Era casi imposible no notarlo ya que sus ojos color café, los que destacaban su belleza, hablaban por ella.
Abigail la observó esa vez con extrema atención; su porte era demasiado refinado, algo que la hacía temer por su plan y festejar en partes iguales.
Después de aceptar la invitación, con una sensación de temor que comenzaba a ser cada vez más fuerte, la joven preguntó:
-Disculpe la impertinencia, señora... -entrelazó los dedos sobre su regazo para ocultar el temblor-. ¿Sería tan amable de explicarme el motivo de mi presencia aquí? Es un lugar imponente, ¿pertenece a su familia?
Abigail respondió en automático, incapaz de salir de la inspección que le estaba realizando.
-Mi sirviente te encontró desmayada en el portón de entrada.
La joven se quedó pensativa por unos instantes. Miraba los matices de la costosa alfombra persa sobre la que descansaban sus pies, intentando encontrar en aquel pentagrama de colores la respuesta a la pregunta que ella misma había formulado.
De repente, suspiró entristecida y exclamó:
-Me alejé de aquel sitio... Ni siquiera como un tecnicismo se podría considerar hogar. No podía ya resistir a los desconsiderados que tenemos como cuidadores. Recuerdo que corría y corría, y llegué a esta parte de la ciudad que nunca antes había visto. Al tener ustedes jardines tan amplios, pensé en esconderme en uno de ellos. Estaba llegando a un portón cuando sentí un fuerte dolor de cabeza...
Cuando desperté me encontraba en la habitación mas hermosa que jamás hubiera soñado.
-¡Que terribles sucesos te han envuelto criatura! -Su voz era suave como el terciopelo, envolvente-. Me alegra que el destino te empujara precisamente a mi puerta; parece que los jardines sabían que necesitabas protección. Espero que ahora te encuentres mucho mejor.
-Sí, gracias a Dios. Y a usted por su hospitalidad, señora...
-Medicci. Abigail Medicci. ¿Y tú eres?...
-Dalila. Mi apellido no lo sé -dijo, encogiéndose de hombros-. La mayoría de los que estábamos ahí no tenemos uno. Nos dejan en el hogar y nos ponen el nombre que hay en el turno, ¿entiende? Es lo que toca cuando uno llega de esa forma.
Abigail asintió lentamente, ocultando el brillo de interés detrás de una expresión de compasión.
-Claro, puedo imaginar lo difícil que es construir una identidad sobre el vacío. Dime, Dalila... ¿qué edad tienes?
-Dieciocho. Bueno, según mis cuentas -respondió con una chispa de orgullo asomando en sus ojos-. Cuando me llevaron al hogar tenía cuatro, y desde entonces he ido marcando los años como he podido.
-¿Sabes qué fue lo que pasó? -preguntó Abigail con voz suave-. ¿Qué te llevó a un lugar así?
-Nunca lo supe. Me encontraron deambulando en las calles sin saber decir donde vivía o el nombre de mis padres. Como no pudieron encontrarlos me llevaron al hospicio hasta que alguien me reclamara... pero eso nunca pasó.
Abigail siguió interrogando a la joven para cerciorarse que fuera la correcta. Estaba maravillada ante su inocencia, ya que contestaba a todas sus preguntas con total confianza. Bastó solo con fingir compasión por ella, para que de inmediato dejara a un lado sus gestos de incertidumbre.
Después de la larga charla, Abigail le ofreció permanecer unos días en la mansión bajo el pretexto de recuperarse tras el esfuerzo de su larga carrera al huir.
Dalila la miró a los ojos, tratando de leer en ellos. Sonrió con dulzura segundos después.
-Si no le molesta, me encantaría devolverle las atenciones que ha tenido conmigo. ¿Quizás pueda incorporarme a su personal de servicio?
Abigail levantó las cejas en sorpresa.
«Así que también eres honesta... No logro deducir si eso jugará a mi favor o...» pensó mientras observaba cómo el semblante de la joven volvía a entristecer.
-Disculpe mi atrevimiento, sé que debe tener personal más capacitado que yo y que no necesita de alguien más pero... me siento en deuda con usted, y no podría aceptar su ofrecimiento sin sentir que estoy abusando de su generosidad.
Abigail hizo un gesto rápido con la mano y se apresuró a tomar asiento junto a ella.
-No digas tonterías, querida. Que te quedes es beneficioso para mí también. Esta casona puede hacer que sientas soledad, aunque no lo creas. ¿Me harías compañía? ¿Unos días al menos?
Dalila frunció el ceño.
-No lo entiendo. Es decir... no es que no esté agradecida por su amable ofrecimiento, pero no estoy acostumbrada a que me regalen cosas sin pedirme algo a cambio...
Fue entonces que la anciana inventó un discurso triste. En pocos minutos, había aprendido que los sentimientos eran las riendas de quien tenía en frente.
-Tienes razón. Pero te pido lo veas como un favor personal. Esta casa es demasiado grande para los pocos suspiros que me quedan. Mis sirvientes son eficientes, pero se divierten más con la cera de limpiar que conversando conmigo y, cuando lo hacen, sus voces son ecos. Necesito alguien que no me mire como a una cuenta bancaria o una figura de autoridad. Hazlo por mí... me siento sola...
Dalila no pudo reaccionar de inmediato; que una persona adinerada también tuviera pesares era algo surrealista.
Su sorpresa se convirtió en empatía al mirar la tristeza que Abigail había fingido en sus ojos. Sumado a su deseo de ayudar estaba también el propio beneficio que obtendría. La joven era inteligente y sabía que no tenía nada que perder; no tenía nada en la vida y no le vendría mal pasar una temporada en una mansión y mucho menos tener una abuela que la quisiera y a quien querer.
Tomando las manos de Abigail entre las suyas para besárselas levemente, Dalila aceptó con una sonrisa.
Abigail la atrajo hacia sí en un abrazo. Dalila percibió que de repente todo olía a lavanda, todo se sentía más cálido. El gesto les supo a festejo a ambas, pero por razones muy diferentes.
-Bienvenida a casa, pequeña -susurró Abigail, su mente ya comenzaba a redactar las cláusulas de un destino que Dalila no había elegido, pero que estaba condenada a cumplir.








