CAPITULO 1 La Pelirroja
Villa Dutti, Long Island. 6:00 p. m.
Un día antes.
La villa de Massimo Dutti no aparecía en ningún mapa.
Blanca, imponente y distribuida en tres plantas, se alzaba sobre una extensión de terreno que descendía suavemente hasta el mar. Las columnas de mármol flanqueaban la entrada principal, mientras los ventanales reflejaban los últimos destellos de la tarde. A cierta distancia, la mansión podría haberse confundido con la residencia de una de esas familias cuya fortuna parecía tan antigua como su apellido.
Y, en cierto modo, lo era.
Sin embargo, el dinero no era lo que mantenía aquella propiedad aislada del resto del mundo.
Dos hombres armados vigilaban la entrada. Otros tres patrullaban los jardines y, en el interior, detrás de cada puerta que permanecía cerrada, había alguien dispuesto a obedecer una orden sin hacer preguntas.
En la villa de Massimo Dutti, la seguridad no era una precaución.
Era una forma de vida.
Emma Thompson bajó las escaleras descalza, con una mano apoyada ligeramente en la barandilla.
Tenía veintidós años y la belleza de esas mujeres que conseguían llamar la atención incluso cuando no hacían el menor esfuerzo por conseguirlo. Llevaba una bata de seda negra, ceñida apenas por un cinturón a la cintura, y el cabello rojo, todavía húmedo después de la ducha, le caía por la espalda en una cascada de mechones cobrizos.
La piel pálida contrastaba con sus labios naturalmente rojos. Un pequeño lunar junto a la boca suavizaba unos rasgos que, de otro modo, habrían resultado casi demasiado perfectos.
Pero eran sus ojos los que delataban que había algo más detrás de aquella belleza.
Verdes.
Serenos.
Demasiado fríos para alguien de su edad.
Atravesó el pasillo sin detenerse a saludar a los hombres que custodiaban las puertas. Todos la conocían. Algunos llevaban años trabajando para su padre; otros habían aprendido rápidamente que era preferible no interponerse en su camino.
Emma no necesitaba levantar la voz para hacerse obedecer.
Y tampoco necesitaba demostrar de lo que era capaz.
Aquella noche, su padre la esperaba en el despacho.
Massimo Dutti estaba de pie frente a la chimenea, con una copa de agua sobre la repisa y el teléfono en la mano. A sus cuarenta y ocho años, conservaba la elegancia de un hombre acostumbrado a moverse entre empresarios, políticos y personas que podían permitirse comprar casi cualquier cosa.
Traje gris impecable. Cabello oscuro con algunas hebras plateadas en las sienes. Un anillo de oro en la mano izquierda y una cicatriz que atravesaba la derecha.
Era el hombre al que media ciudad temía y al que la otra mitad prefería fingir que no conocía.
Sin embargo, cuando levantó la mirada y vio entrar a Emma, la dureza de su expresión se disipó.
—Figlia mia. Ven aquí.
Emma se acercó.
Massimo dejó el teléfono, tomó una taza de té que aguardaba sobre una bandeja y se la ofreció.
—¿Cómo estás?
—Estaba mejor antes de que me llamaras con tanta urgencia.
Él soltó una breve carcajada.
—Siempre tan encantadora.
—Lo heredé de ti.
—Por desgracia, sí.
Emma sonrió y aceptó la taza. Entre ellos existía una confianza que pocas personas habrían podido comprender. Para el resto del mundo, Massimo Dutti era un hombre peligroso. Para ella, seguía siendo el padre que le había enseñado a montar en bicicleta, el que se quedaba despierto cuando enfermaba y el que, pese a todo lo que había hecho en su vida, todavía se preocupaba por si había cenado.
Eso no significaba que ignorara quién era.
Simplemente, había aprendido a distinguir al hombre del monstruo.
Massimo señaló el escritorio de roble.
Sobre la superficie descansaban tres objetos: una fotografía, un pendrive y una invitación dorada.
Emma dejó la taza y tomó la fotografía.
El hombre retratado rondaba los cincuenta años. Tenía el cabello castaño, una sonrisa entrenada para las cámaras y esa clase de expresión afable que inspiraba confianza en quienes no tenían motivos para desconfiar.
Richard Hale.
Director ejecutivo de Hale Corp. Filántropo. Hombre respetable. Esposo ejemplar.
Al menos, de cara al público.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Emma.
Massimo recogió la fotografía y la contempló durante unos segundos. La sonrisa que había compartido con su hija desapareció por completo.
—Me traicionó.
Emma volvió a sentarse, esta vez con la espalda recta.
Conocía aquel tono. Lo había escuchado antes de que su padre enviara a alguien a resolver un problema del que después nadie volvía a hablar.
—¿Cómo?
—Le confié la ruta de Brooklyn. Tres millones en armas, con destino a uno de nuestros compradores. Hale conocía el itinerario, los horarios y los nombres de los intermediarios. —Dejó la fotografía sobre la mesa—. Llamó a los federales.
Emma guardó silencio.
—Intervinieron el cargamento —continuó Massimo—. Detuvieron a cuatro de mis hombres y confiscaron todo. Pero eso no fue lo peor.
Su padre hizo una pausa.
Emma sintió que algo se tensaba en su interior.
—¿Qué pasó?
Massimo bajó la mirada hacia la fotografía.
—Luca estaba allí.
El nombre cayó entre ambos con un peso insoportable.
Luca Mercanti tenía diecinueve años. Era el ahijado de Massimo, aunque en aquella casa nadie lo había considerado jamás un simple ahijado. Había crecido entre ellos y había sido el compañero de juegos de Emma durante la infancia. Para ella, era lo más parecido a un hermano.
—No… —murmuró.
Massimo apretó la mandíbula.
—Los federales abrieron fuego cuando nuestros hombres intentaron escapar. Luca recibió dos disparos.
Emma sintió que los dedos se le enfriaban.
Recordaba a Luca riéndose en el jardín. Recordaba cómo la llamaba piccola strega cada vez que conseguía engañarlo en alguna de sus pequeñas trampas. Recordaba sus diecinueve años, sus planes absurdos y la manera en que siempre prometía que algún día dejaría aquel mundo atrás.
No había tenido tiempo.
—Lo siento, papá.
Massimo negó lentamente.
—No quiero que lo sientas.
Empujó la fotografía hacia ella.
—Quiero que recuerdes lo que le hicieron.
Emma bajó los ojos hacia el rostro de Richard Hale. Algo se cerró dentro de su pecho. No era una emoción nueva, sino una que conocía demasiado bien: la ira fría que aparecía cuando alguien que le importaba era arrancado de su vida.
—¿Qué quieres que haga?
Massimo tomó la invitación dorada y la colocó frente a ella.
—Mañana por la noche, Hale celebrará la cena benéfica anual de su fundación en el Mandarin Oriental. Habrá empresarios, jueces, políticos… media élite de Manhattan.
Emma examinó la invitación.
—Una fiesta de gente rica.
—Una fiesta de gente rica que cree estar a salvo.
—¿Y yo debo arruinarles la noche?
—Tú debes encargarte de Hale.
Ella alzó la mirada.
Massimo tomó el pendrive y lo deslizó sobre el escritorio.
—Aquí tienes toda la información que necesitas. Sus horarios, sus costumbres, las personas que estarán con él y los accesos privados del hotel.
Emma no tocó el dispositivo.
—¿Hay algo más?
Massimo la observó durante unos instantes antes de responder.
—Nick Collins estará allí.
El nombre no le dijo absolutamente nada.
—¿Quién?
—Nick Collins. Director ejecutivo de Collins Tech durante el día; agente encubierto y miembro de un equipo SWAT por la noche.
Emma arqueó una ceja.
—¿Un empresario que juega a ser policía?
—No te confundas. Es uno de los mejores hombres de Nueva York. Inteligente, disciplinado y con un instinto que ha sacado de problemas a más de uno.
—¿Y se supone que debo tener miedo?
—No. —Massimo apoyó ambas manos sobre el escritorio—. Se supone que debes tener cuidado.
Emma sostuvo su mirada.
—¿Sabe algo de nosotros?
—No lo suficiente.
—Entonces no veo el problema.
—El problema es que Collins observa cosas que los demás pasan por alto. Y si algo no encaja, no lo deja estar.
Ella tomó la invitación y la hizo girar entre los dedos.
—No sabe quién soy.
—Todavía.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Massimo se apartó del escritorio y caminó hasta el ventanal. Durante unos segundos, contempló el jardín y la línea oscura del océano.
—Mañana entrarás como Emma Parker. Modelo franco-italiana. Una invitada más entre cientos de personas que no tienen la menor idea de quién eres realmente.
—Eso puedo hacerlo.
—Lo sé. Te dejarás ver, hablarás con los invitados y te asegurarás de que Hale te recuerde. No despertarás sospechas. Y, cuando llegue el momento, terminarás el trabajo.
Emma se levantó.
—¿Algo más?
—Mis hombres estarán esperándote en la salida trasera a las doce y treinta. No antes, no después.
—Entendido.
Massimo se volvió hacia ella.
—Emma.
Ella se detuvo.
—No conviertas esto en algo personal.
La joven lo miró en silencio.
—Luca era como mi hermano.
—Lo sé.
—Entonces no me pidas que actúe como si no hubiera pasado nada.
Massimo se acercó despacio. Durante un instante, el jefe de una organización criminal desapareció y solo quedó el padre que conocía cada una de las heridas de su hija.
—No te estoy pidiendo que olvides. Te estoy pidiendo que regreses a casa.
Emma suavizó la expresión.
—No voy a fallar, papá.
Massimo le apartó un mechón rojo del rostro y le acarició el cabello.
—Lo sé, figlia mia. Por eso te elegí.
Ella sonrió, aunque sus ojos seguían siendo fríos.
—Además, soy demasiado hermosa para que un hombre me diga que no.
Massimo soltó una carcajada.
—Dios mío. ¿De dónde has sacado esa arrogancia?
—De ti, por supuesto.
—Entonces tendré que asumir las consecuencias.
Emma recogió la invitación y el pendrive.
Antes de salir, miró una última vez la fotografía de Richard Hale.
Al día siguiente, aquel hombre descubriría que algunas traiciones tenían un precio mucho más alto que el dinero.
Y ella se encargaría de cobrárselo.
---
Emma
Me preparé para aquella noche sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.
Vengar a Luca.
No había espacio para las dudas ni para las preguntas que, en otras circunstancias, quizá me habría permitido formular. Richard Hale había tomado una decisión y alguien había pagado por ella con su vida.
Yo solo iba a asegurarme de que comprendiera las consecuencias.
Nunca había sido una mujer hecha para las fiestas. Sabía sonreír, mantener una conversación y fingir interés por las personas que me rodeaban, pero aquello no significaba que disfrutara de ese mundo.
Mi trabajo no consistía en bailar ni en beber champán.
Consistía en sobrevivir.
Me habían enseñado a reconocer una amenaza antes de que se convirtiera en un peligro, a distinguir una mentira de una verdad a medias y a mantener la calma cuando los demás perdían la cabeza. Había aprendido a moverme en silencio, a encontrar una salida en una habitación cerrada y a utilizar mi apariencia como una ventaja cuando era necesario.
Había matado a más personas de las que podía contar.
Hacía mucho tiempo que había dejado de preguntarme si debía sentir culpa por cada una de ellas. No porque me creyera incapaz de equivocarme, sino porque en mi mundo las decisiones solían llegar acompañadas de consecuencias que no daban tiempo a detenerse a pensar.
Para algunos, yo era La Sombra Nocturna.
Una figura que aparecía donde nadie la esperaba y desaparecía antes de que alguien pudiera detenerla. Había quienes aseguraban que podía escalar edificios imposibles, saltar desde alturas absurdas y moverse con la agilidad de un gato.
Otros juraban que La Sombra Nocturna ni siquiera era una persona real.
Una máquina. Un cyborg. Un fantasma.
Me divertían esas historias.
Nadie conocía mi verdadero nombre. Nadie sabía para quién trabajaba. Y casi nadie podía asegurar quién se escondía detrás de aquella leyenda.
Dentro de la organización de mi padre, sin embargo, me conocían por otro nombre.
La Diavola.
Aquella noche, el diablo llevaría un vestido negro.
Me coloqué frente al espejo y ajusté el último detalle de mi atuendo. La tela se ceñía a mi cuerpo con una elegancia engañosa, dejando la espalda al descubierto. El vestido parecía diseñado para llamar la atención, y eso era precisamente lo que necesitaba.
La belleza podía abrir puertas que permanecían cerradas para los demás.
También podía hacer que la gente olvidara mirar las manos.
Escondí una pequeña daga en la parte interior del muslo y comprobé que quedara bien sujeta. Después coloqué el dispositivo de comunicación en mi oído derecho.
—Prueba —murmuré.
La voz de uno de los hombres de mi padre llegó inmediatamente.
—Te escuchamos perfectamente.
—Bien.
Me observé por última vez en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada parecía preparada para una noche de lujo, música y conversaciones insustanciales.
Nadie habría imaginado lo que llevaba bajo el vestido.
Nadie habría sospechado que, detrás de aquella sonrisa, había una mujer que conocía demasiado bien el sonido de una bala al atravesar el silencio.
Todo estaba preparado.
Yo también.
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Mandarin Oriental, Nueva York. 9:00 p. m.
El Salón Imperial parecía pertenecer a un mundo en el que los problemas podían resolverse con una llamada telefónica y el dinero era suficiente para borrar cualquier error.
Las arañas de cristal derramaban una luz dorada sobre las mesas. Una pequeña orquesta tocaba junto a los ventanales y los camareros circulaban entre los invitados con bandejas de champán. Los hombres vestían trajes que costaban más de lo que muchas personas ganaban en un año; las mujeres lucían joyas que podían comprar una casa.
Doscientos invitados.
Todos importantes.
Todos ricos.
Todos convencidos de que nada malo podía sucederles en una habitación como aquella.
A las 9:22 p. m., las puertas del ascensor se abrieron.
Y Emma entró.
No hubo un silencio absoluto. La música siguió sonando y las conversaciones continuaron. Sin embargo, algo cambió en el salón. Unos cuantos hombres interrumpieron sus frases; varias mujeres volvieron la cabeza y un camarero estuvo a punto de tropezar con una silla mientras intentaba disimular que la estaba mirando.
Emma conocía aquella reacción.
No necesitaba buscarla.
Su vestido negro dejaba la espalda al descubierto y dibujaba una silueta elegante que parecía deslizarse entre la multitud. Los tacones alargaban sus piernas, mientras el cabello rojo caía sobre sus hombros y contrastaba con la sobriedad de su atuendo.
Su rostro no mostraba nerviosismo ni impaciencia.
Solo una serenidad cuidadosamente construida.
Y, en algún lugar junto a la barra, un hombre dejó de escuchar a su interlocutor.
Nick Collins sostenía un whisky entre los dedos.
Alto, de hombros anchos, con el esmoquin negro perfectamente ajustado y el cabello oscuro peinado hacia atrás, tenía la clase de presencia que no necesitaba imponerse para hacerse notar. Sus ojos azules recorrían el salón con la concentración de alguien que había aprendido a desconfiar de todo lo que parecía demasiado tranquilo.
No estaba allí para divertirse.
Estaba trabajando.
Había revisado la lista de invitados, hablado con el equipo de seguridad y comprobado las salidas de emergencia. Conocía los nombres de los principales asistentes y tenía una idea bastante clara de quiénes podían representar un problema.
Por eso, cuando Emma cruzó las puertas del ascensor, supo inmediatamente que algo no encajaba.
No la reconocía.
No recordaba haber visto su nombre en la lista que había revisado minutos antes.
Había llegado sola, sin acompañante, y caminaba por el salón con una tranquilidad que no correspondía a la de una invitada que acababa de entrar en una fiesta llena de desconocidos.
Nick dejó de prestar atención a su whisky.
La observó mientras ella avanzaba entre los invitados. No parecía buscar a nadie en particular, aunque tampoco miraba a su alrededor con la curiosidad de una persona que visitaba aquel lugar por primera vez.
Era como si supiera exactamente dónde estaba.
Eso le llamó la atención.
Emma llegó a la barra y tomó asiento.
—Un Martini sucio, por favor.
Su acento francés era impecable.
El camarero asintió y comenzó a preparar la bebida.
Nick volvió ligeramente la cabeza hacia el espejo que cubría la pared detrás de la barra. Desde allí podía observarla sin tener que mirarla directamente.
Emma apoyó un brazo sobre la superficie y esperó con aparente indiferencia.
No comprobó su teléfono.
No buscó a ningún conocido.
Tampoco miró hacia el ascensor.
Sin embargo, cuando el camarero dejó la copa delante de ella, sus ojos se elevaron hacia el espejo.
Y encontraron los de Nick.
Fue un instante breve, apenas un par de segundos.
Pero ninguno apartó la mirada de inmediato.
Nick esperaba alguna reacción: una sonrisa, una expresión de sorpresa, quizá la incomodidad de quien descubre que alguien la está observando.
Emma no le ofreció ninguna.
Tomó la copa, bebió un pequeño sorbo y se levantó.
Después se alejó entre la multitud como si aquel intercambio no hubiera significado absolutamente nada.
Nick siguió su figura con la mirada.
—¿La conoces? —preguntó el hombre que estaba a su lado.
—No.
—Entonces, ¿por qué la miras así?
Nick volvió la atención hacia él.
—Porque no la había visto antes.
Su compañero miró hacia donde había desaparecido la pelirroja.
—Con una mujer así, recordaría haberla visto.
Nick no respondió.
No era su belleza lo que le preocupaba.
Era la sensación, difícil de explicar, de que aquella mujer estaba representando un papel.
Y él quería descubrir cuál.
---
Durante la siguiente hora, Emma hizo exactamente lo que se esperaba de una invitada como Emma Parker.
Sonrió cuando alguien le dirigió la palabra. Mantuvo conversaciones sobre moda y viajes. Aceptó cumplidos con una naturalidad encantadora y rechazó una invitación a bailar sin que el hombre que se la había ofrecido pareciera ofendido.
Era perfecta.
Demasiado perfecta.
Nick la observaba desde distintos puntos del salón, procurando no hacerlo de manera evidente.
Un juez se acercó a ella y conversó durante varios minutos. Después fue el turno de un empresario que parecía convencido de que su fortuna constituía un argumento irresistible para cualquier mujer.
Emma supo manejar a ambos con una facilidad que rozaba lo insultante.
Pero había pequeños detalles que no encajaban.
Cada vez que alguien se aproximaba por detrás, ella modificaba ligeramente su postura. Cuando un camarero pasó demasiado cerca, sus ojos siguieron la bandeja antes de volver a la conversación. Y, aunque parecía distraída, nunca permitía que nadie se interpusiera entre ella y una salida.
Nick había visto aquel comportamiento antes.
En hombres que habían pasado años en el ejército.
En agentes entrenados para anticiparse a un ataque.
En personas que no podían permitirse bajar la guardia.
Pero no en una modelo que acababa de llegar a una cena benéfica.
Su compañero se acercó con una copa en la mano.
—¿Sigues vigilándola?
—Estoy vigilando el salón.
—Claro.
Nick le lanzó una mirada.
—¿Tienes algún problema?
—Ninguno. Solo me pregunto qué tiene esa mujer para que lleves una hora siguiéndola con los ojos.
Nick volvió a mirar hacia el otro extremo del salón.
Emma estaba hablando con una mujer de cabello rubio, sonriendo como si aquella conversación fuera lo más interesante de la noche.
—No me gusta algo de ella.
Su compañero arqueó una ceja.
—¿Su belleza?
—Su comportamiento.
—¿Qué tiene de malo?
Nick tardó un momento en responder.
—No lo sé todavía.
Y eso era precisamente lo que le molestaba.
---
11:10 p. m.
Richard Hale se encontraba cerca de la terraza, con un whisky en una mano y una sonrisa demasiado amplia en el rostro.
Había pasado buena parte de la noche recibiendo felicitaciones por su fundación, estrechando manos y pronunciando discursos sobre la importancia de ayudar a los más necesitados. A esas alturas, el alcohol había comenzado a hacer su trabajo.
Emma lo observó desde el otro extremo del salón.
Lo había estudiado durante horas. Conocía su rostro, sus gestos y la manera en que su expresión cambiaba cuando alguien mencionaba negocios. Había visto fotografías de su familia, leído entrevistas y memorizado los detalles que podían ayudarla a ganarse su confianza.
Ahora solo necesitaba acercarse.
Caminó hacia él con una copa vacía entre los dedos.
—Señor Hale.
Richard se volvió.
Su mirada recorrió el rostro de Emma y se iluminó al reconocerla.
—Emma Parker, ¿verdad?
Ella sonrió.
—Me alegra que recuerde mi nombre.
—¿ Cómo podría olvidarlo?.
La respuesta llegó acompañada de una mirada que Emma encontró desagradablemente previsible.
Richard extendió una mano hacia ella.
—Tu presencia ha mejorado considerablemente mi noche.
—Qué amable.
—Por favor, tutéame. Me haces sentir mucho mayor de lo que soy.
Emma fingió considerar la propuesta.
Entonces tendrás que dejar de llamarme señorita Parker.
Richard soltó una carcajada.
—Trato hecho.
Ella señaló discretamente su copa.
—¿Qué estás bebiendo?
—Whisky. ¿Te apetece?
—Un poco.
Richard hizo una seña al camarero y pidió dos vasos.
Emma aceptó el suyo, pero apenas humedeció los labios. Richard, en cambio, bebió con la confianza de un hombre que llevaba años acostumbrado a que nadie cuestionara sus decisiones.
Hablaron de la fundación, de sus viajes y de la vida en Nueva York. Emma se mostró interesada, hizo las preguntas adecuadas y dejó que él hablara más de lo necesario.
No necesitaba escuchar sus respuestas.
Necesitaba que se sintiera cómodo.
A las once y cuarenta y cinco, Richard ya había perdido buena parte de la prudencia que todavía le quedaba.
Emma apoyó una mano sobre su brazo.
—Hace demasiado calor aquí.
Él asintió, aflojándose ligeramente el cuello de la camisa.
—Es verdad.
Emma miró hacia los ascensores privados.
—Me han dicho que las vistas desde la azotea son espectaculares.
Richard siguió la dirección de sus ojos.
—Lo son.
Ella volvió a mirarlo y dejó que una sonrisa lenta apareciera en sus labios.
—¿Me las enseñas?
Richard no necesitó pensarlo demasiado.
—Por supuesto.
Emma dejó su copa sobre una bandeja que pasaba junto a ellos y permitió que él le ofreciera el brazo.
Comenzaron a caminar hacia los ascensores.
Ella no miró atrás.
No necesitaba hacerlo.
Sabía que Nick Collins seguía en el salón.
Y, por alguna razón, estaba casi segura de que no tardaría en darse cuenta de que algo iba mal.
---
Nick vio a Emma alejarse junto a Richard Hale.
Al principio no le dio importancia. La mujer llevaba toda la noche conversando con los invitados y Hale era, después de todo, el anfitrión.
Pero había algo en la manera en que caminaban.
Richard se inclinaba hacia ella para hablar, mientras Emma mantenía el rostro ligeramente vuelto hacia él. Parecía una escena completamente inocente.
Demasiado inocente.
Nick dejó la copa sobre la barra y comenzó a seguirlos a distancia.
Los vio entrar en el ascensor privado.
Las puertas se cerraron antes de que pudiera alcanzarlos.
Nick se detuvo frente al panel y observó los números que se iluminaban a medida que el ascensor ascendía.
Treinta y cinco.
Treinta y seis.
Treinta y siete.
Treinta y ocho.
Azotea.
Su expresión cambió.
Sacó el teléfono y trató de comunicarse con el equipo de seguridad, pero no esperó a recibir respuesta. Se dirigió a la escalera de servicio y empujó la puerta con tanta fuerza que golpeó contra la pared.
Subió los primeros escalones de dos en dos.
Diez pisos.
Veinte.
Treinta.
La respiración comenzó a pesarle en el pecho, pero siguió avanzando.
No tenía pruebas de que estuviera ocurriendo algo malo.
Solo una sospecha.
Y, a esas alturas de su carrera, Nick había aprendido que algunas sospechas merecían ser tomadas en serio.
Sobre todo cuando implicaban a una mujer desconocida que había pasado toda la noche comportándose como alguien que no quería ser descubierto.
---
Azotea del Mandarin Oriental. 12:07 a. m.
El viento golpeaba con fuerza, agitando el cabello rojo de Emma y haciendo ondear el borde de su vestido.
Manhattan se extendía bajo sus pies, iluminada por miles de ventanas y faros que parecían diminutos desde aquella altura. El ruido de la ciudad llegaba amortiguado, como si la azotea estuviera separada del resto del mundo por una distancia mucho mayor que la de treinta y ocho pisos.
Richard se acercó a la barandilla y contempló las luces.
—¿Ves? Te dije que valía la pena subir.
Emma se colocó a su lado.
—Es precioso.
Él se volvió hacia ella.
—Aunque, sinceramente, hay cosas que me parecen mucho más interesantes que la vista.
Su mirada se deslizó por el cuerpo de Emma.
Ella sostuvo su sonrisa durante un instante.
Richard interpretó su silencio como una invitación y se acercó un poco más.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mucho tiempo.
Intentó tocarle la cintura.
Emma le permitió acercarse, pero cuando sus dedos rozaron su vestido, apartó la mano con suavidad.
—Richard.
Había algo diferente en su voz.
Él parpadeó, desconcertado.
—¿Qué ocurre?
Emma se volvió hacia él.
La sonrisa había desaparecido.
—¿Sabes qué es lo más hermoso de este mundo?
Richard soltó una pequeña risa, creyendo que seguían jugando.
—Ilumíname.
—La lealtad.
El viento pareció intensificarse entre ambos.
Richard dejó de sonreír.
—¿Qué has dicho?
Emma inclinó ligeramente la cabeza.
—Massimo Dutti te confió un negocio. Te dio su confianza y tú decidiste venderlo.
El rostro de Richard perdió el color.
Durante unos segundos, no fue capaz de pronunciar una palabra.
Después retrocedió.
—¿Quién eres?
Emma dio un paso hacia él.
—Alguien que ha venido a recordarte a Luca Mercanti.
El nombre terminó de borrar cualquier rastro de color de su rostro.
—No…
—Tenía diecinueve años.
—Escúchame…
—Diecinueve años, Richard.
La voz de Emma no tembló. Tampoco se elevó. No necesitaba gritar para que cada palabra alcanzara su destino.
—Tenía una familia. Tenía amigos. Tenía una vida entera por delante.
Richard negó con la cabeza, mirando alternativamente a Emma y a la puerta que conducía al interior del hotel.
—Yo no quería que pasara eso.
—Pero pasó.
—Los federales iban a intervenir de todos modos. Yo no sabía que Luca estaría allí.
Emma sintió que algo se endurecía en su interior.
No porque le creyera.
Sino porque, incluso en aquel momento, Richard seguía intentando salvarse a sí mismo.
—¿Y eso cambia algo?
—Por favor. No sabes cómo fueron las cosas.
—Entonces explícamelas.
Richard abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
Emma lo observó en silencio.
—Eso pensaba.
Su mano se deslizó hacia el muslo.
Richard vio el movimiento demasiado tarde.
La pequeña daga apareció entre los dedos de Emma, reflejando la luz de la ciudad.
Él retrocedió de inmediato.
—Dios mío…
—Luca también pidió que lo dejaran vivir.
—Por favor, puedo darte dinero. Lo que quieras. Tengo contactos, propiedades…
—¿De verdad crees que he venido aquí por dinero?
Richard miró la daga.
Después, a ella.
Y por primera vez desde que Emma lo había conocido, comprendió que aquella mujer no estaba fingiendo.
—Massimo…
—No pronuncies su nombre.
Emma avanzó.
Richard tropezó al intentar alejarse y cayó de rodillas sobre el suelo de la azotea.
—Te lo suplico.
Emma lo miró.
No había placer en su expresión. Tampoco la rabia descontrolada que Richard parecía esperar. Solo una decisión que ya no admitía vuelta atrás.
—Luca también te lo suplicó.
El silencio duró apenas un segundo.
Después, Emma actuó.
El movimiento fue rápido y preciso. Richard se desplomó sobre el suelo, y ella se apartó mientras la daga desaparecía de nuevo entre sus manos.
Se quedó inmóvil durante un instante, observándolo.
No sintió alivio.
Tampoco satisfacción.
Solo aquel vacío familiar que siempre llegaba después de terminar un trabajo.
Entonces oyó los pasos.
Alguien estaba subiendo las escaleras.
Emma giró la cabeza hacia la puerta metálica.
No necesitó escuchar una voz para saber quién era.
Nick Collins.
Guardó la daga y miró hacia el acceso de la azotea. La puerta estaba demasiado cerca del lugar por donde él llegaría. Si intentaba escapar por allí, se encontraría directamente con él.
Volvió la mirada hacia el borde del edificio.
La caída era considerable.
Pero no tenía otra opción.
Corrió.
Y saltó.
—¡NO!
La puerta metálica se abrió violentamente.
Nick apareció con el arma en la mano, justo a tiempo para ver la silueta pelirroja desaparecer sobre el borde.
—¡ALTO!
Su grito se perdió en el viento.
Corrió hacia la barandilla y se asomó.
Durante una fracción de segundo, no vio nada.
Después distinguió una figura descendiendo junto a la fachada.
La mujer había alcanzado una plataforma de mantenimiento varios pisos más abajo.
Nick abrió los ojos, incrédulo.
La vio incorporarse, agarrarse a una estructura metálica y recuperar el equilibrio con una agilidad que parecía imposible. El vestido se había rasgado por un lado y uno de sus pies estaba descalzo.
Pero ella no se detuvo.
Levantó la cabeza.
Desde aquella distancia, sus miradas volvieron a encontrarse.
Verde contra azul.
Nick no podía oírla, pero vio cómo los labios de Emma se curvaban en una sonrisa.
Una sonrisa breve, insolente.
Como si acabara de demostrarle algo.
Luego desapareció entre las sombras de la estructura.
Nick permaneció inmóvil durante un segundo.
Después volvió a asomarse, buscando cualquier señal de movimiento.
Nada.
La mujer había desaparecido.
—¿Qué demonios…?
Bajó la mirada hacia la azotea.
Richard Hale yacía inmóvil a pocos metros de la puerta. La fiesta continuaba varios pisos más abajo, ajena a lo que acababa de ocurrir.
Nick guardó el arma y se acercó al cuerpo.
No necesitó demasiado
Un tacón negro.
Lo recogió y lo sostuvo entre los dedos.
Era elegante, caro y, en circunstancias normales, habría parecido un objeto completamente insignificante.
Pero aquella noche se había convertido en la única pista que tenía de la mujer que acababa de saltar desde un edificio de treinta y ocho pisos.
Nick apretó la mandíbula.
—Te encontraré.
Y, aunque todavía no podía explicarlo, supo que no iba a olvidar aquellos ojos verdes.
---
Búnker del S.W.A.T. — 2:15 a. m.
La sala de operaciones estaba iluminada por las pantallas que ocupaban una de las paredes. Los técnicos trabajaban en silencio, revisando las imágenes de seguridad del hotel, mientras dos agentes examinaban las primeras pruebas recogidas en la azotea.
Nick permanecía de pie frente a una mesa metálica.
El tacón negro descansaba sobre la superficie.
—El laboratorio no ha encontrado huellas útiles —informó uno de los técnicos—. Estamos revisando las grabaciones, pero hay varias cámaras que no cubren los accesos de servicio.
Nick se cruzó de brazos.
—¿Y las imágenes de la azotea?
—Poco claras. La iluminación no ayuda y la distancia es considerable.
Quiero todas las grabaciones desde las ocho de la noche. Entradas, ascensores, pasillos, accesos de servicio. Todo.
—Ya estamos trabajando en ello.
Un segundo técnico se acercó con una pequeña lámpara.
—Hemos encontrado algo en la suela del zapato.
Nick se volvió.
El hombre apagó la luz de la sala y encendió una lámpara ultravioleta. Bajo aquella iluminación, una inscripción dorada apareció en la suela.
DUTTI — MILANO — EDIZIONE PRIVATA.
Nick leyó las palabras en silencio.
Dutti.
El apellido no le era desconocido, aunque en aquel momento no podía asociarlo con nada concreto.
—Investíguenlo. Quiero saber dónde se fabricó, quién lo distribuye y quién pudo comprar un par como este.
El técnico asintió.
—¿Qué estamos buscando exactamente?
Nick levantó la fotografía borrosa que habían conseguido de la azotea.
La imagen apenas permitía distinguir una silueta, pero él recordaba cada detalle que había alcanzado a ver.
El cabello rojo.
La piel pálida.
La figura elegante.
Y aquellos ojos verdes que habían encontrado los suyos antes de que ella desapareciera.
—Una mujer.
Su compañero se acercó a la mesa.
—Eso ya lo sabemos. ¿Qué más?
Nick examinó la imagen una vez más.
—Entre veintidós y veintitrés años. Aproximadamente un metro setenta. Cabello rojo, largo. Ojos verdes y un pequeño lunar junto a la boca.
—¿Estás seguro de lo del lunar?
Nick levantó la mirada.
—La vi de cerca.
Su compañero observó la fotografía.
—¿Y estás seguro de que era una modelo?
Nick dejó la imagen sobre la mesa.
—No.
—¿Entonces?
—Entonces quiero saber quién es.
El otro agente soltó una risa breve.
—No parece una mujer fácil de encontrar.
Nick volvió a mirar el tacón.
—No he dicho que vaya a ser fácil.
Recordó la manera en que Emma había atravesado el salón, siempre consciente de su entorno. Recordó cómo había observado su reflejo en el espejo y cómo había conseguido que Richard Hale confiara en ella sin despertar sospechas.
Y recordó el salto.
Nadie normal habría hecho algo semejante.
Nadie sin entrenamiento habría sobrevivido a aquella caída.
Aquella mujer no era una simple modelo.
Y él estaba dispuesto a descubrirlo.
—Demasiado hermosa para ser una mujer corriente —murmuró.
Su compañero alzó una ceja.
—¿Perdón?
Nick lo miró con fastidio.
—He dicho que sabía perfectamente lo que hacía.
Tomó el tacón y lo guardó en una bolsa de evidencias.
—Quiero un informe completo antes de las seis.
—¿Y si no encontramos nada?
Nick se detuvo junto a la puerta.
—Encontraremos algo.
No sabía su nombre real.
No sabía para quién trabajaba.
Ni siquiera sabía cómo había conseguido escapar de una azotea vigilada.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, tenía delante un misterio que no podía resolver con un informe policial.
Y eso lo irritaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
---
En algún lugar de Nueva York. 3:00 a. m.
El vehículo avanzaba por una carretera casi desierta, alejándose de las luces de Manhattan.
Emma estaba sentada junto a Massimo en el asiento trasero. Se había quitado el tacón que todavía llevaba puesto y mantenía el pie descalzo apoyado sobre la alfombrilla. El vestido estaba rasgado en el borde y algunos mechones rojos se le habían pegado a las mejillas.
Massimo la observó de reojo.
—¿Problemas?
Emma siguió mirando por la ventana.
—Uno.
—¿Collins?
—Ese hombre es insoportable.
Massimo arqueó ligeramente las cejas.
—¿Insoportable?
—Me siguió hasta la azotea.
—¿Te vio?
Emma giró la cabeza.
—Me vio matar a Hale. Intentó detenerme y después tuvo la brillante idea de gritarme que me detuviera mientras yo saltaba desde un edificio.
Massimo permaneció callado unos segundos.
Después suspiró.
—Te advertí que no debías subestimarlo.
—Y yo te dije que no podría atraparme.
—Eso todavía está por verse.
Emma soltó una pequeña risa y volvió la mirada hacia la carretera.
—No podrá encontrarme.
Massimo no compartió su sonrisa.
Durante varios segundos, permaneció observando las luces que pasaban al otro lado de la ventana. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado.
—Desapareceremos de Manhattan durante unos meses.
Emma se volvió hacia él.
—¿Qué?
—Has oído lo que he dicho.
—¿Unos meses? ¿Por qué?
Massimo se acomodó en el asiento, como si llevara un buen rato intentando decidir cómo explicarle algo que había mantenido oculto durante demasiado tiempo.
—Porque hay cosas que necesitas saber.
Emma lo observó con atención.
—¿Qué cosas?
Él tardó unos segundos en responder.
—Jonathan Collins.
El nombre hizo que Emma frunciera el ceño.
—¿El padre de Nick?
Massimo asintió.
—Jonathan y yo hicimos negocios hace muchos años.
Emma se incorporó ligeramente.
—Nunca me lo habías contado.
—Porque no era necesario.
—Pues ahora parece que sí lo es.
Massimo aceptó el reproche sin discutir.
—Jonathan era un hombre inteligente. Ambicioso. Durante un tiempo, nuestros intereses coincidieron y trabajamos juntos.
—¿Y qué ocurrió?
Su padre miró hacia la carretera.
—Me traicionó.
Emma guardó silencio.
Había escuchado aquella palabra demasiadas veces durante las últimas horas. Primero, con Richard Hale. Ahora, con Jonathan Collins.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Massimo no respondió inmediatamente.
—Lo eliminé.
Emma se quedó inmóvil.
Aunque conocía la naturaleza del mundo en el que había crecido, escuchar aquella confesión le produjo una extraña sensación. No porque creyera que su padre fuera incapaz de matar a alguien, sino porque acababa de comprender que existía una parte de su pasado que nunca le había mostrado.
—¿Nick lo sabe?
—No toda la historia.
—¿Qué parte conoce?
—Lo suficiente para saber que su padre murió en circunstancias que nunca llegaron a aclararse por completo. No lo suficiente para conocer mi participación.
Emma volvió la mirada hacia la ventana.
—Entonces, ¿por qué tenemos que desaparecer?
Massimo se inclinó ligeramente hacia ella.
—Porque ahora Nick tiene una razón para buscarte. Y si empieza a seguir el rastro de Richard Hale, podría acabar encontrando cosas que preferiría mantener enterradas.
—Que busque.
—Emma…
—¿Qué? ¿Quieres que tenga miedo de él?
—Quiero que comprendas que esto ya no es solamente un trabajo.
Ella lo miró.
Massimo sostuvo su mirada con una seriedad que no admitía bromas.
—Jonathan Collins está muerto. Pero su hijo sigue aquí. Y si Nick llega a descubrir lo que ocurrió realmente, no se detendrá hasta encontrar respuestas.
Emma apretó los dedos sobre el vestido.
—No puede demostrar nada.
—Quizá no. Pero puede hacer preguntas. Y a veces una pregunta es mucho más peligrosa que una acusación.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Emma había crecido escuchando que el pasado nunca desaparecía del todo. Que los errores podían permanecer ocultos durante años, esperando el momento adecuado para regresar.
Hasta aquella noche, había creído que aquellas historias eran una forma de mantenerla alerta.
Ahora empezaba a comprender quesu padre no hablaba en sentido figurado.
—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó finalmente.
Massimo la observó con una expresión difícil de interpretar.
—Por ahora, no.
Emma soltó una risa sin humor.
—Siempre haces lo mismo.
—¿El qué?
—Me cuentas la mitad de una historia y esperas que me conforme.
—Porque todavía no conoces la otra mitad.
—Entonces quizá sea hora de que me la cuentes.
Massimo negó lentamente.
—Cuando llegue el momento.
Emma volvió la cabeza hacia la ventana, irritada.
—Perfecto.
Su padre suspiró.
—Emma.
Ella no respondió.
—Prométeme que tendrás cuidado con Collins.
Emma permaneció callada durante unos segundos.
Después sonrió.
—Te lo prometo.
Massimo la conocía demasiado bien para creerle por completo.
—No me gusta esa sonrisa.
—Es la única que tengo.
—No. Esa es la que pones cuando estás a punto de hacer exactamente lo contrario de lo que te he pedido.
Emma soltó una carcajada.
Por primera vez desde que había abandonado la azotea, la tensión de sus hombros disminuyó un poco.
—Quizá deberías dejar de conocerme tan bien.
—Quizá deberías dejar de darme motivos para preocuparme.
Ella apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.
Sin embargo, no tardó en recordar aquellos ojos azules.
Fríos.
Intensos.
Observadores.
Nick Collins.
Había conocido a muchos hombres que se creían capaces de descubrir sus secretos. Hombres que confundían la confianza con la arrogancia y la belleza con la debilidad.
Nick no parecía pertenecer a ninguna de esas categorías.
No había intentado impresionarla.
No había buscado su atención.
Simplemente la había observado, como si supiera que detrás de la mujer que todos admiraban se escondía algo que no debía estar allí.
Y eso la irritaba.
Mucho.
Porque, por primera vez en bastante tiempo, alguien había conseguido despertar su curiosidad sin siquiera pronunciar su nombre.
Emma abrió los ojos y contempló las luces de la carretera.
Nick Collins no iba a encontrarla.
De eso estaba segura.
Lo que todavía no sabía era que, a partir de aquella noche, ella también empezaría a buscarlo.
---
Manhattan. 3:17 a. m.
Nick Collins seguía en el búnker.
La mayor parte de su equipo se había marchado a descansar, pero él permanecía sentado frente a una pantalla, revisando por tercera vez las imágenes de la azotea.
La calidad era pésima.
No podía distinguir el rostro de la mujer y las cámaras no mostraban cómo había conseguido descender por la fachada del hotel. Había pedido las grabaciones de los edificios cercanos, pero todavía no había recibido respuesta.
Sobre el escritorio descansaba una copia de la fotografía y, junto a ella, el informe preliminar de la muerte de Richard Hale.
Nick lo apartó.
No era el informe lo que le interesaba.
Era la mujer que había dejado aquel tacón negro junto a la barandilla y que había desaparecido ante sus ojos como si hubiera previsto cada uno de sus movimientos.
Volvió a mirar la imagen.
Cabello rojo.
Una silueta oscura.
Un rostro que apenas se distinguía.
Nick recordó la sonrisa que había visto desde la azotea y apretó la mandíbula.
—¿Quién demonios eres?
Nadie respondió.
Se recostó en la silla y cerró los ojos durante unos segundos.
Podía aceptar que no tuviera un nombre. Podía aceptar que las cámaras no hubieran conseguido captar su rostro. Incluso podía aceptar que hubiera escapado.
Lo que no podía aceptar era que alguien hubiera entrado en una cena llena de políticos, empresarios y agentes de seguridad, hubiera asesinado al anfitrión y hubiera desaparecido sin dejar una sola pista que permitiera identificarla.
Eso no era suerte.
Era preparación.
Abrió los ojos y volvió a mirar el tacón.
Dutti.
El apellido le resultaba familiar, pero todavía no sabía por qué.
Tomó el teléfono y llamó al técnico que se encargaba de investigar la inscripción.
—¿Tienes algo?
—Todavía estamos trabajando en ello. La marca parece pertenecer a una línea de calzado de fabricación privada, pero necesitamos confirmar algunos detalles.
—No me interesan las conjeturas. Quiero nombres, registros y cualquier dato que pueda relacionar ese zapato con la mujer de la azotea.
—Entendido.
Nick colgó.
Después volvió a sentarse frente a la pantalla.
No sabía cómo se llamaba.
No sabía dónde vivía.
No sabía para quién trabajaba.
Pero recordaba perfectamente el instante en que sus miradas se habían encontrado.
Y estaba seguro de que volvería a verla.
La próxima vez, no pensaba dejarla escapar.
Todavía no sabía que aquella mujer terminaría convirtiéndose en su mayor obsesión.
Ni que, detrás de la persecución que acababa de comenzar, se escondía una verdad capaz de destruir todo lo que creía conocer.
Mucho menos podía imaginar que, algún día, la misma mujer a la que estaba decidido a atrapar sería también aquella por la que estaría dispuesto a arriesgarlo todo.
Porque, en el mundo de Nick Collins, la justicia siempre había sido una cuestión de principios.
Y en el de Emma Thompson, amar era una debilidad que nadie podía permitirse.
Al menos, eso era lo que ambos creían.
Por ahora.








