Capítulo 1
Prólogo
Una mujer doblando una camisa antes de guardarla en un baúl. Un hombre contando monedas sobre una mesa de madera. Una niña que se negaba a despedirse de sus amigas. Un caballo inquieto junto a un carro recién reparado. Una familia reunida alrededor de una lámpara, discutiendo si el dinero alcanzaría para comprar los animales necesarios para el viaje.
Nadie habría visto en aquellas escenas el comienzo de una tragedia.
Porque las grandes desgracias rara vez empiezan allí donde terminan. Antes existe una vida ordinaria, hecha de preocupaciones pequeñas, afectos imperfectos y esperanzas que parecen razonables. Existe un mundo que sus habitantes creen conocer y que, sin que ellos lo adviertan, está a punto de desaparecer.
Esta es la historia de algunos de aquellos viajeros.
Comienza mucho antes de que llegaran a Utah, cuando California era todavía una promesa y el Oeste se extendía ante ellos como una tierra donde todo parecía posible.
Comienza en Arkansas, durante una primavera en la que nadie de la familia Whitcomb podía imaginar lo que el futuro les reservaba.
Parte I — La partida
Capítulo I
La última primavera
Arkansas, abril de 1857.
La mañana en que Samuel Whitcomb decidió que abandonaría Arkansas, encontró una golondrina muerta en el umbral de la escuela.
La había dejado allí la lluvia de la noche anterior. El pequeño cuerpo yacía de costado, con las alas pegadas al barro y el pico entreabierto, como si el animal hubiera intentado decir algo antes de morir. Samuel se inclinó para recogerlo. Durante unos instantes lo sostuvo en la palma de la mano, sorprendido por su ligereza. Después lo depositó bajo el viejo roble que crecía junto a la cerca y cubrió el cuerpo con un poco de tierra.
Cuando se incorporó, vio que dos de sus alumnos lo observaban desde la puerta.
—¿Está muerto, señor Whitcomb? —preguntó el más pequeño.
—Sí —respondió Samuel—. La lluvia no perdona a los pequeños.
Los niños no dijeron nada. Samuel entró en el aula y se quedó largo rato frente a los pupitres vacíos, contando las primaveras que había pasado entre aquellas paredes. Después despidió a los alumnos con la excusa de una jornada libre, cerró la puerta con llave y echó a andar hacia casa con el sombrero en la mano.
Eleanor tendía sábanas en el patio trasero, de espaldas, con el viento tirando de la tela.
—Llegas temprano —dijo sin volverse.
—He cerrado la escuela.
Ella dejó de sujetar la sábana.
—¿Por hoy?
Samuel apoyó el sombrero sobre la baranda.
—No. Definitivamente.
Eleanor terminó de asegurar una esquina de la tela antes de mirarlo. No hubo sorpresa en su rostro, y aquella ausencia de sorpresa inquietó a Samuel más que cualquier protesta.
—¿Cuánto nos queda? —preguntó ella.
Él comprendió que no se refería al dinero de la semana.
Esa noche cenaron frijoles, pan de maíz y un poco de tocino que Eleanor había reservado para el domingo. Ruth habló de una compañera de clase que quería regalarle una cinta azul antes de que terminara el curso. Samuel escuchó sin intervenir, consciente de que cada detalle de aquella conversación pertenecía a una vida que quizá estaban a punto de abandonar.
Después de cenar, mientras Ruth lavaba los platos, él sacó del cajón una hoja doblada varias veces.
—Me han hablado de una caravana que se está organizando cerca de Harrison —dijo—. Hay familias que viajan hacia California. Se reunirán para preparar la marcha a finales de mes.
Eleanor secó sus manos en un paño.
—¿Quién te lo ha dicho?
Cuando Ruth se marchó a dormir, él abrió el cajón donde guardaba sus cuadernos. Escogió uno de tapas oscuras, apenas usado, y escribió en la primera página la fecha: 18 de abril de 1857.
Debajo anotó:
Debemos marcharnos. No sé si California nos dará lo que buscamos, pero sé que permanecer aquí significa aceptar que nada cambiará.
Se detuvo, releyó la frase y añadió:
Eleanor tiene razón en desconfiar de las promesas. Tal vez por eso necesito hacer este viaje con ella.
Cerró el cuaderno.
Entre quienes se uniesen a la caravana de Harrison habría personas que jamás conocería y otras cuyo recuerdo lo acompañaría hasta el final de su vida.
Por entonces, sin embargo, el Oeste seguía siendo una promesa.
Y las promesas, cuando uno necesita creer en ellas, pueden parecerse mucho a la verdad.








