LA TORMENTA PERFECTA
El viento helado de Aspen soplaba con una furia descontrolada, pero dentro de la cabaña ejecutiva, el aire era aún más denso.
Elena ajustó el agarre de su caja de repostería. Había recorrido kilómetros en medio de la nevada solo para cumplir con la entrega, pero al cruzar el umbral, se encontró con una silueta que le erizó la piel.
Alexander Sterling estaba de pie junto al ventanal. Alto, de facciones talladas en piedra y una mirada tan fría como el paisaje blanco tras los cristales. El magnate que toda la ciudad temía la observaba en silencio, acostumbrado a que todos se inclinaran ante su poder.
—La ruta principal colapsó hace diez minutos —dijo él, con voz grave y pausada—. Nadie entra ni sale de esta montaña en las próximas cuarenta y ocho horas.
Elena sostuvo la mirada del millonario sin pestañear. No había rastro de miedo en sus ojos verdes.
—Sé cuidar de mí misma, Sr. Sterling. No necesito su compasión ni su refugio.
Una ligera sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en los labios de Alexander. Por primera vez en años, una mujer no temblaba ante su autoridad.
En ese instante, las luces de la cabaña se apagaron por completo, dejando solo el resplandor de la ventisca afuera y la sombra de dos desconocidos a punto de chocar.








