Create New List
Share with your friends
Customize readability

LA LLAVE DEL VIERNES (COLECCIÓN SOLO SEXO)

All Rights Reserved ©

Summary

# LA LLAVE DEL VIERNES **COLECCIÓN SOLO SEXO · LIBRO 2** **¿Te pondría cachondo ver a tu mujer disfrutando con otro hombre? ¿Y si ella te confesara que sueña con verte en la cama con otra mujer… o incluso con otro hombre?** Marta y Javier llevan nueve años casados. Se quieren, pero su vida sexual se ha vuelto demasiado previsible. Ambos esconden fantasías que nunca se han atrevido a confesar. Hasta que conocen a Ana y Sergio, una pareja sin prejuicios, experta en convertir los deseos prohibidos en realidad. Una cena aparentemente inocente acaba en una noche de intercambio de parejas, cuerpos desnudos, celos excitantes y placeres compartidos. Pero lo que comienza con un simple intercambio pronto se queda corto. Marta quiere más. Mucho más. **Bisexualidad, sexo en grupo, juegos lésbicos, experiencias homosexuales, voyeurismo y fantasías que ninguno de los cuatro imaginaba llegar a compartir.** La curiosidad se convierte en una propuesta imposible de ignorar: compartir la cama, contemplar cómo sus parejas se entregan a otros y comprobar si son capaces de soportar los celos mutuos mientras reconocen, por fin, lo mucho que les pone la idea. **Dos matrimonios. Cuatro amantes. Una noche para descubrir que el mayor morbo puede estar en contemplar cómo tu pareja disfruta con otra persona.** **SOLO SEXO. Todo lo que has imaginado alguna vez.**

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

LA LLAVE DEL VIERNES

1. Nueve años y una rutina

Marta cumplió treinta y ocho años en marzo y lo celebró con una tarta de supermercado y dos críos gritando en el salón. Javier tenía cuarenta y uno, una hipoteca, un trabajo estable y una vida sexual que cabía entera en la franja de los sábados por la noche, entre las once y las doce, con la tele apagada y la puerta cerrada con pestillo por si alguno de los niños se levantaba a pedir agua.

Se querían. Eso nunca estuvo en duda. Pero llevaban nueve años casados y el deseo se les había convertido en una costumbre amable, casi administrativa: un beso al salir de casa, una mano en la cadera al pasar por la cocina, una penetración tranquila los sábados que terminaba siempre igual, él primero, ella después, y un “te quiero” susurrado antes de dormirse cada uno por su lado.

Marta lo pensaba a veces, en la ducha, con la mano entre las piernas y el agua cayéndole por la espalda. Se tocaba pensando en cosas que no le contaba a Javier. En hombres que no eran Javier. En situaciones que no habían vivido nunca. Y se corría con la frente apoyada en los azulejos y una culpa dulce en el pecho, como si lo estuviera traicionando un poquito cada vez.

Javier hacía lo mismo, aunque con menos ceremonia. Se masturbaba en el sofá cuando ella se acostaba antes, y en su cabeza aparecían tetas que no eran las de Marta, culos que no eran el de Marta, bocas anónimas y dispuestas. Nunca se lo dijo. Tampoco ella. Los dos creían, en el fondo, que el otro era más conservador de lo que era.

Conocieron a Ana y a Sergio en una barbacoa de unos amigos comunes, en junio, en un chalet de las afueras con piscina y mosquitos. Ana tenía treinta y seis, era fisioterapeuta, hablaba poco y miraba mucho. Sergio tenía cuarenta y cinco, era arquitecto, se reía fuerte y gesticulaba con las manos abiertas como si estuviera midiendo habitaciones. Se sentaron con ellos porque no había otro sitio, y a la tercera cerveza ya estaban contando chistes y hablando de colegios y de hipotecas como si se conocieran de toda la vida.

Marta tardó unos segundos en reconocer a Ana. Se habían conocido siete años atrás en la despedida de soltera de Clara, una amiga a la que las dos habían perdido de vista. Aquella noche acabaron hablando a solas en la cocina mientras las demás bailaban. Ana confesó que estaba cansada de las personas que se avergonzaban de sus propios deseos, y Marta admitió que llevaba tiempo queriendo decirle algo importante a Javier sin encontrar las palabras. No ocurrió nada entre ellas. Se despidieron al amanecer y no volvieron a verse. Al reconocerla, Ana sostuvo su mirada un instante, pero no mencionó aquella conversación delante de los hombres. Marta tampoco lo hizo.

Fue Sergio el que, en un momento en que los demás se habían ido a la piscina, soltó la frase que lo cambió todo.

—Nosotros, desde hace cinco años, hacemos intercambio de parejas.

Lo dijo así, sin preámbulos, mordiendo una costilla.

Javier se atragantó un poco. Marta se quedó con la copa a medio camino.

—¿En serio? —preguntó ella.

—En serio —dijo Ana, sonriendo por primera vez en toda la tarde, una sonrisa lenta que le arrugaba los ojos—. Con parejas, con algún amigo suelto, en clubes, en casa. Lo que apetezca.

—¿Y no os da celos? —insistió Javier.

—Al principio —admitió Sergio—. Luego se te pasa. O aprendes a vivir con ellos y a que te pongan cachondo. Porque eso también pasa, ¿eh? Los celos te ponen palote. Ver a tu mujer con otro y sentir ese nudo en el estómago... y a la vez tener la polla dura como una piedra. Es lo mejor de todo.

Marta notó que se le habían puesto los pezones duros debajo del vestido de verano. Miró a Javier y vio que él la estaba mirando a ella, y supo, con esa certeza repentina que a veces tienen las parejas, que los dos estaban pensando exactamente lo mismo.

De vuelta a casa, Javier no dejó de hablar de Sergio y de la sorprendente facilidad con la que la pareja había contado su experiencia. Marta escuchaba. Estuvo a punto de decir que conocía a Ana, pero le pareció demasiado difícil explicar por qué recordaba tan bien una conversación de hacía siete años. Decidió contárselo si volvían a verse. Lo que no imaginaba era que tardaría tan poco.

2. La cena

Tardaron tres semanas en volver a verse. Fue Ana la que escribió, un mensaje corto: Cena en casa el viernes. Traed hambre. Y una foto de la mesa puesta, cuatro platos, cuatro copas, una botella de vino ya abierta. En el borde de la imagen, casi fuera de plano, había dos llaves antiguas con sendos hilos rojos atados a las anillas. Marta amplió la fotografía, pero no preguntó por ellas.

Marta se arregló más de lo habitual. Se depiló entera, se puso ropa interior que hacía meses que no usaba —un conjunto de encaje negro que le apretaba las caderas— y un vestido que se le subía un poco al sentarse. Javier se dio cuenta del conjunto porque lo vio cuando ella se agachó a coger los zapatos, y se le puso dura de golpe, sin transición, como cuando tenía veinte años.

Llegaron a las nueve. El piso de Ana y Sergio era grande, cálido, con velas encendidas y música baja. Sergio abrió la puerta con delantal y una botella de rioja, y Ana apareció detrás con el pelo recogido y un vestido largo que se le pegaba a las caderas al andar.

Mientras Javier dejaba los abrigos en el recibidor, Marta distinguió las dos llaves de la fotografía sobre una bandeja de madera. Eran pequeñas, de latón gastado, y tenían un hilo rojo en la anilla. Ana reparó en su mirada, las recogió sin decir nada y las dejó en un cajón. Marta tuvo la impresión de que aquel movimiento estaba pensado para que ella lo viera.

Antes del segundo plato, Ana pidió a Marta que la ayudara a llevar unas fuentes a la cocina. Allí, lejos de los otros dos, no hubo necesidad de fingir que se veían por primera vez. Ana se acordaba perfectamente de Clara, de aquella despedida y de la conversación junto a la nevera. Marta le preguntó si la invitación tenía algo que ver con aquello. Ana negó con la cabeza: el encuentro en la barbacoa había sido casual. La cena era una invitación de los cuatro, no una deuda pendiente entre ellas. Y si cualquiera prefería marcharse después del café, nadie pediría explicaciones.

Cuando volvieron al comedor, Ana se colocó un instante detrás de la silla de Marta para dejar una fuente en la mesa. Marta reconoció el perfume y levantó la vista. Ana le sonrió sin decir nada. Aquella cercanía, casi inadvertida para los hombres, hizo que la conversación posterior le pareciera menos un juego entre desconocidos que una invitación a descubrir cuánto habían cambiado desde su primer encuentro.

Marta regresó a la mesa más tranquila. Había tenido miedo de que Ana se considerase con derecho a dirigir lo que sucediera. En cambio, la había tratado como a alguien capaz de elegir por sí misma. Esa diferencia iba a adquirir importancia durante la noche.

Estaban cenando bien, bebiendo mejor. Hablaban de todo menos de lo que estaban pensando, hasta que la tercera copa hizo su trabajo y Marta, con la lengua suelta y las mejillas calientes, preguntó:

—Y... ¿cómo empezasteis? La primera vez, digo. ¿Con quién?

Sergio dejó el tenedor.

—Con unos amigos, en una casa rural. Jugamos a un juego de preguntas. Tontísimo. Y acabamos los cuatro en la misma habitación.

—¿Y qué pasó? —preguntó Javier.

—Pasó que Ana me vio follándome a la otra y no le importó —dijo Sergio, sin adornos—. Y que yo la vi a ella con el otro y se me puso tan dura que casi me corro solo de mirarla.

Ana se rió, con la copa en la mano.

—Y luego lo hicimos todos juntos. En la misma cama. Fue un desastre, la verdad. Pero un desastre maravilloso.

—¿Y hoy? —Marta se inclinó un poco hacia delante y el escote se le abrió—. ¿Cómo lo hacéis ahora?

—Hoy somos más listos —dijo Ana—. Reglas claras, y luego... lo que surja.

—Preservativo siempre, salvo entre nosotros. Todo se habla, nada se enfada. Si alguien se siente raro, se dice y se para. Y si a alguien le apetece algo, se pide.

Marta agradeció la claridad. No quería una noche en la que tuviera que adivinar qué esperaba de ella cada uno. Javier, que había llegado temiendo pasar por el marido celoso o torpe, descubrió otra preocupación: le importaba menos tener que impresionar a Ana que averiguar qué cara pondría Marta cuando desaparecieran las preguntas.

Hubo un silencio. La música seguía sonando. Sergio sirvió más vino a todos, aunque nadie lo había pedido.

—¿Queréis que juguemos? —propuso Ana—. Al mismo juego. Sin compromiso. Si no pasa nada, no pasa nada.

—¿Qué juego? —dijo Marta, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía.

—Preguntas. Por turnos. El que no quiera contestar, bebe. Y el que conteste... también bebe, pero distinto.

Se rieron. Y empezaron.

Ana preguntó primero, a Javier.

—¿Con cuántas mujeres has estado?

—Siete. Contando a Marta.

—¿Y cuántas te gustaría añadir?

Javier miró a Marta. Luego a Ana.

—Ahora mismo, una.

Le tocó a Sergio.

—Marta. ¿Cuándo fue la última vez que te tocaste pensando en alguien que no era tu marido?

Marta sintió que se le subía el calor a la cara.

—El martes.

—¿Y en quién?

—En ti —dijo, y no bebió.

Marta no miró a Javier hasta que terminó de hablar. Había dejado de esperar a que otro interpretara lo que deseaba. Ana, desde el otro lado de la mesa, reconoció en aquel gesto algo de la mujer a la que había escuchado siete años antes. Sergio, acostumbrado a llevar la iniciativa, se quedó por primera vez sin una respuesta preparada.

El juego se aceleró. Las preguntas se volvieron más concretas. ¿Te gusta chuparla? ¿Te gusta que te coman el coño? ¿Cuántas veces seguidas puedes correrte? ¿Has follado en un coche? ¿Te gusta que te miren? Y las respuestas se volvieron más honestas, más sucias, más cercanas, hasta que dejaron de ser un juego y se convirtieron en una confesión colectiva con las copas a medio llenar y las manos cada vez más cerca.

Sergio se levantó a poner más música y, al pasar por detrás de Marta, le rozó los hombros con las manos. Ella no se apartó. Ana se sentó en el brazo del sofá, cerca de Javier, y le puso una mano en la rodilla mientras le preguntaba algo intrascendente, y Javier notó el calor de esos dedos a través del pantalón como si le quemaran.

Fue Ana la que rompió el hielo de verdad. Se inclinó y le besó. Un beso lento, húmedo, con lengua, delante de todos. Marta los miró con el corazón golpeándole las costillas, notó una humedad caliente entre las piernas, y luego sintió la mano de Sergio en su nuca, girándole la cara, y el beso de Sergio, distinto, más fuerte, con sabor a vino y a algo más profundo.

Cuando se separaron, los cuatro estaban de pie, respirando raro, con las pupilas dilatadas.

—¿Pasamos al salón? —dijo Sergio—. El sofá es más cómodo.

3. El primer intercambio

El salón tenía un sofá grande, una alfombra gruesa y una luz cálida de lámpara. Se sentaron. Y ya no hicieron falta más preguntas.

Ana volvió a besar a Javier y esta vez no se cortó. Le pasó la lengua por el labio, le mordió suavemente, le puso la mano en la nuca y luego en el pecho, y bajó hasta el cinturón con dedos expertos. Javier, que llevaba media hora con la polla dura y comprimida en los calzoncillos, soltó un gemido cuando ella le abrió el botón y le metió la mano dentro.

—Madre mía —susurró Ana, agarrándolo—. Qué gorda la tienes.

Al lado, Sergio ya tenía a Marta sentada en su regazo, con el vestido subido hasta la cadera, y le comía la boca mientras le acariciaba los muslos por encima de las bragas. Marta tenía la cabeza echada hacia atrás y respiraba por la boca. Cuando la mano de Sergio llegó al encaje y lo apartó, ella gimió en voz alta, sin vergüenza, con la primera caricia directa en el clítoris.

—Estás empapada —dijo Sergio, casi con admiración—. ¿Es por mí o por ver a tu marido con otra?

—Por todo —gimió ella—. Por todo, joder.

Javier oyó la frase y casi se corre en la mano de Ana. Giró la cabeza y vio a su mujer con la falda subida, las bragas a un lado y los dedos de otro hombre dentro de ella, y sintió una punzada de celos que le subió por el pecho y le puso la polla aún más dura, exactamente como Sergio había dicho. Era verdad. Los celos daban ganas de follar.

Ana se arrodilló delante de él en la alfombra, le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón, y se quedó mirando su polla como si fuera un plato que le apeteciera mucho. Luego se la metió en la boca sin más preámbulos, hasta el fondo, con una habilidad a la que Javier no estaba acostumbrado, y él tuvo que agarrarse al sofá para no caerse.

Marta, desde el regazo de Sergio, giró la cabeza y los vio. Vio a su marido con la polla en la boca de otra mujer, con los ojos cerrados y la boca abierta, y sintió una oleada de calor que le recorrió el cuerpo entero. Sergio aprovechó su distracción para meterle dos dedos, curvándolos hacia dentro, buscándole el punto exacto, y ella se retorció y separó más las piernas.

—Míralos —le dijo Sergio al oído—. Míralos bien. Y dime si te gusta.

—Me gusta —dijo ella, con la voz rota—. Me gusta mucho.

Marta se separó un poco de Sergio. Quería verle la cara a Javier, pero también necesitaba unos segundos para acostumbrarse a que los cuatro estuvieran compartiendo aquella decisión. Se deslizó hasta la alfombra y Sergio se sentó frente a ella. Ana dejó a Javier en el sofá y rodeó a la pareja sin anunciarse. Marta, que hasta entonces había seguido el movimiento de los demás, cerró los ojos para ordenar lo que sentía.

Entonces sintió algo distinto. Un movimiento detrás de su cabeza. Pasos suaves sobre la alfombra. Y de pronto, unos dedos en el pelo.

Marta abrió los ojos. No se movió. Los dedos le recorrieron el cuero cabelludo, lentos, firmes, separándole los mechones oscuros que se le habían pegado a la frente. Eran dedos de mujer. Delgados, cálidos, con las uñas rozándole apenas la piel. Ana.

Marta no la veía. La tenía detrás, arrodillada o en cuclillas, no sabía. Solo sentía esa mano en el pelo, acariciándola como se acaricia a un animal que acaba de entregarse. Y no la apartó. No pudo. No quiso.

Sergio levantó la cabeza y miró por encima de Marta. Miró a Ana. Marta vio cómo se le dilataban las pupilas y cómo se le tensaba la mandíbula durante un segundo. La escena se formó por completo en su cabeza sin necesidad de verla: la mujer de Sergio arrodillada detrás de ella, acariciándole el pelo mientras Javier miraba desde el sofá. Aquel gesto inesperado había cambiado la distribución de los cuatro sin que nadie diera una orden.

—Qué guapa estás así —dijo Ana, con la voz muy cerca del oído de Marta—. Toda abierta, esperando.

Marta tragó saliva. No supo si se lo decía a ella o a Sergio. No sabía si aquella caricia pretendía tranquilizarla, exhibirla, marcar territorio o compartirla. La mano de Ana bajó del cuero cabelludo a la nuca y después al hombro, donde se quedó apretándole suavemente la piel.

—No le metas prisa —dijo Ana, dirigiéndose ahora a Sergio—. Deja que se acostumbre.

Sergio seguía mirándolas. A las dos. Marta le vio tragar saliva, observó cómo se le movía la nuez. Después él volvió a mirarla directamente a los ojos. Había dejado de dar las instrucciones que a Marta le habían parecido tan naturales desde el comienzo de la noche.

—¿Te gusta? —preguntó Sergio en voz baja.

Marta no contestó de inmediato. La mano de Ana seguía en su hombro y sus dedos dibujaban círculos lentos sobre la piel. Desde el sofá, Javier las contemplaba con una expresión que ella no le había visto nunca. Marta recordó de pronto una cocina, una despedida de soltera y aquella conversación con Ana, siete años atrás, en la que había confesado que le costaba hablar de sus propios deseos.

—Sí —dijo al fin, con un hilo de voz—. Me gusta.

Ana sonrió. Marta no la vio, pero lo sintió: un cambio en el aire, en la presión de los dedos sobre su hombro. Después la mano bajó más, por el brazo, hasta el codo, y se retiró despacio, como si no quisiera soltarla del todo. Marta se quedó con la piel ardiendo donde la había tocado.

Ana se desplazó a su lado. Marta se volvió hacia ella y se encontraron cara a cara, tan cerca que la sorpresa se reflejó en los ojos de las dos. Javier permaneció sentado. Sergio tampoco se movió. Por primera vez desde que había comenzado el juego, los dos hombres esperaron a que Marta decidiera qué quería hacer.

Ana se inclinó hacia Marta y le mordió el lóbulo de la oreja. Después le lamió el cuello, la barbilla, y al fin le buscó la boca. Se besaron. Fue un beso distinto al de Sergio: más húmedo, más impaciente, con la lengua de Ana metiéndose en su boca como si también ahí quisiera enseñarle algo.

Cuando se separaron, Marta dejó una mano sobre el brazo de Ana y se volvió hacia Javier. No necesitaba que él le dijera qué hacer, pero quería saber si seguía sintiéndose cómodo. Javier sostuvo su mirada y asintió. Marta fue entonces quien tomó la mano de Ana y la mantuvo unos instantes entre las suyas. Había empezado la velada temiendo la reacción de su marido; ahora era ella quien marcaba el siguiente paso.

—Entonces vamos a la cama.

Pasaron al dormitorio. La cama era grande. Se desnudaron entre besos y risas nerviosas, y por un momento hubo esa pausa inevitable de cuatro adultos desvistiéndose a la vez, zapatos que no salen, cremalleras atascadas. Pero en cuanto estuvieron los cuatro desnudos, la pausa se rompió sola.

En la mesilla había una caja de preservativos sin estrenar. Ana la puso a la vista de todos y recordó que podían detenerse en cualquier momento. Aquella intervención breve, casi práctica, despejó la última incomodidad de Javier: nadie esperaba que hiciera más de lo que quisiera.

Nadie tuvo que recordar aquella norma por segunda vez. Mantenerla les permitió continuar sin dudas ni sobresaltos, y cada uno volvió a expresar su acuerdo antes de seguir.

Marta miró a Ana. Tenía un cuerpo de gimnasio, tonificado, tetas pequeñas y firmes, el pubis depilado. Ana la miró a ella, con sus curvas más llenas, sus tetas grandes y caídas, sus caderas anchas. Se gustaron. Se acercaron y se besaron, y fue distinto a todo lo anterior, más suave, y Javier y Sergio se quedaron mirándolas con la polla en la mano como dos adolescentes.

Luego empezó de verdad.

Sergio tumbó a Marta boca arriba y le abrió las piernas. Se arrodilló entre ellas y le pasó la lengua por el coño de arriba abajo, despacio, sin prisa, y Marta se agarró a las sábanas y gimió. La lengua de Sergio era distinta a la de Javier. Más ancha, más lenta, más insistente. Le chupó el clítoris, se lo mordió suave, le metió la lengua dentro y luego volvió al clítoris, y Marta se corrió en menos de dos minutos, con las caderas levantadas y un grito que sorprendió a todos, incluida ella.

—Joder, Marta —dijo Javier desde el otro lado.

Estaba con Ana montada encima, encajando su polla dentro poco a poco, y el coño de Ana le apretaba de una forma que le nublaba la vista. Pero miraba a su mujer. La miraba correrse con la boca de otro hombre entre las piernas, y le pareció la cosa más hermosa y más sucia que había visto nunca.

Ana empezó a moverse encima de él. Despacio, luego más rápido, con las tetas botando y las manos apoyadas en su pecho. Javier le agarró las caderas y la ayudó a montarlo, embistiéndola desde abajo, y el sonido de la piel chocando se mezcló con los gemidos de Marta.

Sergio subió por el cuerpo de Marta, le chupó las tetas, le lamió los pezones, y luego se puso de rodillas entre sus piernas y se agarró la polla.

—¿Sí? —preguntó.

—Sí —dijo Marta—. Métemela.

Se la metió de una embestida. Marta arqueó la espalda. Era más gruesa que la de Javier, quizá no más larga, pero más llena, y la llenaba de una manera distinta, y ella notó cada centímetro al entrar. Sergio se quedó quieto un segundo, dentro del todo, mirándola a los ojos.

—Joder, qué a gusto estás.

—Muévete —dijo ella—. Muévete ya.

Y se movió. Fuerte, con ritmo, agarrándole las caderas y tirando de ella hacia sí en cada embestida. La cama crujía. Marta tenía las tetas moviéndose con cada golpe y la boca abierta y los ojos puestos en Javier, que estaba a su lado, a menos de un metro, follándose a Ana y mirándola a ella.

Se miraron. Los dos. Mientras otros dos cuerpos los follaban. Y se sonrieron, con una sonrisa que lo decía todo: esto, esto es lo que nos faltaba.

Javier comprendió que se había equivocado en sus previsiones. Había ido a la cena imaginando que toda su atención estaría en Ana, pero la imagen que se llevaba de aquella habitación tenía como centro a su propia mujer. Marta, entretanto, no pensaba en repetir una orden de Sergio ni en seguir los pasos de Ana. Pensaba en la posibilidad, nueva para ella, de decidir cuál sería el paso siguiente.

Ana se corrió primero, encima de Javier, apretándolo por dentro en oleadas, y él aguantó porque quería durar, porque no quería que aquello terminara. Pero ver a Marta empezar a correrse otra vez, con Sergio embistiéndola y llamándola “guapa” y “putita buena”, fue demasiado. Se corrió con un gruñido, dentro de Ana, y Ana se quedó quieta encima suyo, sintiéndolo llenarla.

Sergio aguantó un poco más. Sacó la polla de Marta cuando la notó apretarse, se la folló con la mano un par de veces y se corrió sobre su vientre, sobre el ombligo, sobre las tetas, con un gemido largo.

Los cuatro se quedaron quietos, sudados, sin aire.

—Hostia —dijo Marta.

Y se rieron. Los cuatro. Con esa risa floja y feliz de después.

Al despedirse, Ana acompañó a Marta hasta el recibidor. Abrió el cajón, sacó una de las llaves de latón y se la dejó en la palma de la mano. Era una copia de la puerta de su casa, explicó, pero no una invitación a entrar sin avisar: si querían volver, tendrían que hablarlo los cuatro. «Y, sobre todo, háblalo con Javier antes de utilizarla». Marta cerró los dedos alrededor de la llave. Ana no mencionó la despedida de soltera; le bastó una mirada.

En el otro extremo del recibidor, Sergio ayudaba a Javier a ponerse la chaqueta. También hablaron en voz baja, apenas un momento. Después los cuatro se despidieron con la naturalidad de quienes procuran no convertir una noche extraordinaria en un interrogatorio.

Al llegar a casa, todavía excitados por cuanto habían vivido aquella noche, volvieron a follar con una intensidad que hacía años que no experimentaban.

A la mañana siguiente descubrieron, sorprendidos, que Ana y Sergio les habían entregado dos llaves idénticas de su casa, una a cada uno, sin que ninguno conociera la existencia de la otra.

4. El club

Un mes después, un sábado, iban en el coche camino de un club de la ciudad. La idea no había sido de Sergio, ni siquiera de Javier. Marta la había propuesto durante el desayuno, después de consultar con Ana las normas de acceso. Quería comprobar si aquella seguridad que había sentido en la primera cena seguía siendo suya cuando no conociera a todos los presentes. Javier aceptó con una condición: si alguno de los dos quería marcharse, se irían juntos, sin discutirlo hasta el día siguiente.

—¿Y si hay mucha gente? —dijo Marta.

—Pues miramos.

—¿Y si alguien se acerca y te toca sin preguntar? —preguntó Javier.

—Entonces le digo que no. Si alguien quiere algo, tendrá que preguntarme a mí.

El club era un edificio discreto, con una puerta negra y un portero que les tomó el nombre. Dentro, luz roja, música, un bar, y detrás una zona de sofás, una piscina climatizada, una sauna y una fila de habitaciones con puertas que a veces se abrían y a veces no.

—Normas —dijo la chica de la recepción, mecánica—. En las zonas comunes, se puede mirar y tocar con permiso. En las habitaciones, lo que queráis. Preservativos en todas partes.

La recepcionista explicó además que la autorización de una persona no se podía sustituir por la de su acompañante. A Marta le gustó aquella precisión. Le recordó que, por mucho que disfrutaran juntos de la noche, Javier no tendría que hablar por ella.

Marta notó que le temblaban un poco las manos. Estaba excitada como no recordaba. Se tomó una copa. Se sentaron en un sofá a mirar.

Había parejas follando en los rincones. Un hombre comiéndole el coño a una mujer sobre un puf, con otra pareja mirando desde el lado. Dos mujeres besándose en la piscina con los pechos fuera del agua. Un grupo en una habitación con la puerta abierta, tres parejas en una cama enorme y gente sentada alrededor mirando.

—Es como un documental —susurró Javier.

—Es como un sueño —dijo Marta.

Marta observó a la gente y decidió que no iba a pasar toda la noche esperando indicaciones. Propuso visitar la sauna y después buscar a Ana y Sergio, que habían quedado en reunirse con ellos un poco más tarde. Javier la siguió sin intentar anticipar el siguiente movimiento. La novedad no era solo el lugar: era la forma en que Marta se desenvolvía dentro de él.

Se quedaron un rato en la sauna. Calor, sudor, toallas. Un hombre mayor, tranquilo, se sentó a su lado y empezó a hablar con Javier de tonterías. Marta observó cómo se interrumpía de vez en cuando para mirarla, sin disimulo pero sin invadir su espacio. Él dejó la conversación a medias y se volvió hacia ella.

—¿Te importa? —preguntó el hombre, mirando a Marta.

—Adelante —dijo Marta. Javier no intervino. Había entendido que esa respuesta le correspondía a ella.

El hombre le pasó los dedos por debajo de la toalla, la encontró mojada y le frotó el clítoris despacio mientras seguía hablando del tiempo con Javier como si tal cosa. Marta cerró los ojos y se dejó hacer. Se corrió así, con un desconocido tocándole el coño en una sauna, delante de su marido, y Javier la miró todo el rato.

Cuando salieron de la sauna encontraron a Ana y Sergio, que acababan de llegar y los esperaban junto al bar. Marta les contó lo ocurrido y propuso que fueran juntos a una de las habitaciones. Allí conocieron a otra pareja, Pablo y Nerea, jóvenes, de treinta y pocos, simpáticos, recién llegados también. El hombre de la sauna se presentó como Fernando y apareció poco después con su propia pareja, una mujer rubia y callada llamada Elisa. Eran ocho en total. Antes de seguir, Marta pidió que cada cual confirmara que quería quedarse y que se respetaran las reglas que habían comentado en la entrada. Cuando todos estuvieron de acuerdo, cerraron la puerta.

Lo que pasó en esa habitación duró dos horas.

Durante los primeros minutos, sin embargo, nadie se apresuró. Marta se había situado junto a la puerta y preguntó en voz alta si alguno prefería quedarse simplemente mirando. Elisa levantó la mano y dijo que, por el momento, sí. Fernando aceptó sin discutir. Sergio, que antes habría llevado el ritmo del encuentro, dejó que Marta ordenara la conversación. Ella no buscaba imponerse a los demás: había descubierto el placer de proponer y escuchar una respuesta clara.

Marta perdió la cuenta de las manos que le tocaron las tetas, del número de bocas que le pasaron por el cuello y por los pezones. La pusieron a cuatro patas y la follaron por turnos —Sergio, Pablo, el hombre de la sauna— mientras ella tenía la cara entre las piernas de Nerea y le lamía el coño al ritmo de las embestidas, y Javier la miraba desde el otro lado, con Ana sentada en su cara.

Cuando Javier se corrió, por segunda vez esa noche, lo hizo dentro de Nerea, que estaba a cuatro patas delante de él, y Marta lo vio todo. Vio a su marido correrse, con la boca abierta, los ojos cerrados, la mano apretando la cadera de otra mujer. Y se corrió ella también, con la polla de Sergio dentro y la lengua de Nerea en el clítoris, en un orgasmo largo que le hizo temblar las piernas y soltar un grito que rebotó en las paredes de la habitación.

Salieron del club a las cinco, rotos, felices, con el pelo revuelto y el cuerpo marcado.

En el vestuario, Javier admitió que lo había sorprendido más verla negociar tranquilamente con desconocidos que todo lo ocurrido después. Marta le respondió que tampoco se reconocía del todo en aquella seguridad. Había entrado con miedo a perder el control y salía con la certeza de que, mientras pudiese decidir y detenerse, no necesitaba cederlo. Se marcharon sin intercambiar promesas con nadie.

5. El acuerdo

Al día siguiente, domingo, con café y tostadas y los niños en casa de los abuelos, se sentaron a hablar.

—Reglas —dijo Marta.

—Reglas —dijo Javier.

Las escribieron en un papel, medio en broma, pero las leyeron dos veces. Preservativo siempre con otros. Nada de quedar con alguien del grupo sin avisar. Nada de mentir. Si uno se siente mal, se dice y se para. Ningún consentimiento se da por supuesto ni se delega en la pareja. Nada de reproches por lo que ambos hayan aceptado libremente; si un límite cambia, se respeta. Y algo más, que no escribieron pero que se dijeron: aquello solo seguiría adelante mientras los dos continuaran eligiéndolo.

—¿Y si un día te enamoras de otra? —preguntó Marta.

—Entonces hablamos —dijo Javier—. Pero a ti no te dejo.

Ella se rió y le tiró una miga de pan.

Aquella mañana Marta llevó las dos llaves a la cocina y las puso al lado del papel con las reglas. Habían decidido que cada una significaría el consentimiento de una persona. Ninguna se utilizaría por sí sola. Cuando alguno no quisiera continuar, bastaría con guardar la suya. No hubo juramento, ni discursos; solo un acuerdo que podían revisar tantas veces como hiciese falta.

Y así empezó todo. Primero, un grupo de mensajes que llamaron «La llave», donde confirmaban con antelación cada encuentro. Después, un viernes de cada dos en casa de Ana y Sergio; alguna visita al club, siempre concertada; alguna escapada de fin de semana, con los niños al cuidado de los abuelos. Marta conservaba su llave en el bolso. Javier llevaba la suya en un bolsillo distinto. Nunca entraron por separado ni se presentaron sin avisar. La posibilidad de abrir aquella puerta no los obligaba a hacerlo.

Marta seguía queriendo a Javier, y Javier seguía queriendo a Marta. Pero ahora, cuando follaban los sábados por la noche, entre las once y las doce, con la puerta cerrada con pestillo por si alguno de los críos se levantaba a pedir agua, no era una rutina. Era una elección. Y encima, dos viernes al mes, había otros cuerpos, otras bocas, otras manos, y luego volvían a casa y se contaban todo, y a Javier se le ponía dura y a Marta se le mojaba solo de hablarlo, y volvían a follar como si acabaran de conocerse.

En marzo del año siguiente, Marta cumplió treinta y nueve años. Hubo otra tarta de supermercado, regalos de los niños y una comida familiar con los abuelos, casi como el año anterior. Pero esta vez llevaba semanas pensando en una segunda celebración, reservada para los cuatro. No quería que los demás le preparasen una sorpresa: prefería organizarla ella y decidir cómo transcurriría aquella noche.

Un viernes, al regresar de casa de Ana y Sergio, Marta buscó la llave en el bolso y encontró un sobre que no recordaba haber guardado. Dentro había una fotografía de una despedida de soltera: un grupo de mujeres alrededor de una mesa, vasos desordenados, una cocina desconocida. En una esquina aparecían Ana y ella, siete años más jóvenes. Marta se quedó mirando la imagen hasta que recordó la conversación que había tenido aquella noche, cuando todavía se avergonzaba de pedir en voz alta lo que deseaba.

Al darle la vuelta a la fotografía descubrió una frase escrita con su propia letra: «Algún día quiero ser yo quien abra la puerta». No recordaba haberla escrito. Debajo, en un papel más reciente, Ana había añadido: «Te prometí que te devolvería esto cuando te atrevieras a elegir».

Javier apareció en el salón y dejó su llave encima de la mesa. Habían pasado meses desde la primera cena, pero todavía le sorprendía que su mujer hubiera aprendido a proponer en lugar de esperar. Marta puso la suya junto a la de él. Se oyó el breve golpe de un metal contra el otro.

—El viernes que viene, en nuestra casa —dijo Marta—. Quiero celebrar mi cumpleaños con vosotros. Esta vez invito yo.

Javier sonrió y fue a buscar el teléfono para avisar al grupo. Marta se guardó la fotografía, recogió las dos llaves y abrió la puerta del dormitorio.

6. El cumpleaños de Marta

Los niños pasarían la noche en casa de sus abuelos. Marta había pedido a Ana y Sergio que no llevaran regalos y le había dicho a Javier que quería encargarse personalmente de cada detalle. Para ella, la celebración iba a consistir precisamente en reunirlos a los cuatro y llevar la iniciativa.

El viernes siguiente, Marta dejó las dos llaves sobre la mesa del salón. Había elegido la música, preparado cuatro copas y apagado la luz principal. Javier observaba sus movimientos con una curiosidad que hacía mucho tiempo que no sentía.

A las diez de la noche sonó el timbre. Ana y Sergio esperaban al otro lado de la puerta. Marta los recibió sonriente, pero cuando Sergio se acercó para besarla, lo detuvo suavemente sellando con un dedo sus labios.

—Hoy quiero de ti los besos más profundos que jamás me hayas dado. Esta noche dirijo yo.

Se volvió hacia Ana y le dio un pico prolongado mientras sujetaba sus mejillas.

—Esto es solo un anticipo cariñoso —le susurró al oído a su amiga.

Marta cerró la puerta con llave con un movimiento deliberado, dejando que el sonido seco del pestillo marcara el inicio de un tiempo suspendido, exclusivo para ellos. Javier observaba desde el borde del sofá, con la respiración contenida y el cuerpo tenso de anticipación, reconociendo en el parsimonioso compás de su mujer una autoridad que jamás le había conocido.

Poco después de servir el obligado champán, Ana propuso un brindis por los treinta y nueve años de Marta. Los cuatro alzaron sus copas y Marta les dio las gracias y les lanzó unos besos. Era la primera vez que preparaba un cumpleaños así y quería que todos recuerdasen aquella reunión.

La conversación transcurrió entre risas y comentarios intrascendentes. Cuando consideró que había llegado el momento, Marta golpeó suavemente su copa con una cucharilla para llamar la atención de los demás.

—¡Hola de nuevo, amigos y follamigos! Como todos sabéis, hoy celebramos mi cumpleaños y quiero pedir un deseo muy original.

Marta hizo una pausa para observar las caras de los tres y prosiguió:

—Hoy os voy a obligar a que me folléis todos. Deseo que me penetréis por todos los sitios. He abierto todas mis puertas para recibiros y vosotros tenéis las llaves. Utilizad las de delante, las de detrás y cualquier otra que tengáis. Quiero sentir un placer como nunca he sentido antes.

Sus palabras provocaron una salva de aplausos y, entre las risas, Sergio gritó:

—¡Así se habla, Marta! ¡La castidad ante todo!

—Pues, señoras y señores, comencemos la celebración al estilo de una orgía romana —dijo Marta sonriendo.

Con una seguridad que sorprendió a los demás, Marta empezó indicando a Sergio que se desnudara y se tumbara sobre la alfombra. A continuación, le pidió a Ana que la desnudara poco a poco y que, mientras lo hacía, le acariciase las tetas y el coño para ir poniéndola a tono.

Una vez que quedó completamente expuesta a las miradas de los demás, Marta notó cómo le vibraba la piel. Las caricias de Ana ya habían surtido efecto y la expectación aumentaba por momentos. Se acercó a Sergio, depositó sobre sus partes íntimas un poco de nata que había sobrado de la tarta y rodeó con ambas manos sus huevos y su pene. Después comenzó a lamerlos con deliberada lentitud, hasta hacer evidente la erección que provocaba su lengua. Volvió a echar un poco más de nata en el glande e imitó el gesto de quien se come un cucurucho de helado.

—Sergio, estás muy, muy rico.

La temperatura de la habitación pareció subir varios grados. Ninguno de los presentes podía disimular la excitación que le provocaba aquella escena.

A continuación, se puso a horcajadas sobre él y acomodó su polla en la entrada de la vagina, sintiendo el primer contacto firme y cálido de su cuerpo antes de ceder a la penetración.

—Métemela muy despacio —susurró—. Tienes un pollón que mi coñito adora desde aquella primera noche. Y lo echo de menos cuando no tengo a mano la polla de mi marido.

Ana se arrodilló a su lado y sus manos, expertas y suaves, comenzaron a recorrer los muslos de Marta, ascendiendo despacio por la curva de la cadera hasta trazar un camino de caricias húmedas que se detuvo exactamente en su centro.

La lengua de Ana le comía los pezones y los iba endureciendo. Después comenzó a besarla con impaciencia, devorándole la boca. Marta le acariciaba el clítoris con movimientos pausados, hasta que Ana dejó escapar un suspiro tembloroso. Al mismo tiempo, Sergio siguió avanzando centímetro a centímetro en su interior, con un ritmo tan acompasado y hondo que Marta sintió encenderse todo su cuerpo.

—Hoy te noto muy húmeda y muy caliente —murmuró Sergio con la voz rota, sin apartar la mirada de ella.

Marta cerró los ojos un instante, entregada a las sensaciones: la presión de Sergio, el calor de la lengua de Ana y el aire espeso que llenaba la habitación. Su espalda se arqueó de forma natural, guiada por un placer que ya no pedía permiso.

Javier fue incapaz de apartar la vista de la escena. Su pene, muy duro a estas alturas, estaba aprisionado en el pantalón, y parecía exigirle que lo liberara de aquella presión. Se desnudó y se acercó despacio al trío que se estaba formando. Al notar su presencia, Ana levantó la vista y, con una lentitud deliberada, separó los labios para recibir la polla de Javier y lubricarla debidamente.

Ver el pene de su marido deslizándose en la boca de Ana mientras ella misma era poseída hizo que aumentara el deseo de Marta.

—Mi amor, dame por culo, por favor. Aún tengo esta puerta abierta para ti.

Como una coreografía perfectamente sincronizada, Javier abandonó la boca de Ana y con su verga perfectamente lubricada por la mamada recibida, la penetró por detrás, de manera delicada al principio hasta que el esfínter de Marta se acomodó a la presión y se fue dilatando poco a poco hasta dar completa libertad a la polla de su marido para que saliera y entrara de su ano a un ritmo cada vez mayor.

Los cuatro se quedaron tumbados en la alfombra, completamente agotados y envueltos en el olor a sudor, vino y semen. Nadie tenía prisa por levantarse ni por vestirse.

Una vez que alcanzaron la calma y Marta despidió la reunión con una particular bendición,

—Sois la hostia chicos. Podéis ir en paz.

—Gracias a ti, Marta. Lo hemos pasado fenomenal, contestaron Ana y Sergio. Le dieron un beso y abandonaron la casa.

A la mañana siguiente, el salón conservaba los rastros mudos de la noche anterior: las copas vacías, cojines descolocados y una sensación de plenitud absoluta. Los niños seguían en casa de los abuelos, por lo que la mañana transcurrió con una calma insólita. Marta y Javier desayunaron en la cocina con el mismo café y las mismas tostadas de siempre, pero la atmósfera entre ellos había cambiado por completo.

—¿Te arrepientes de algo? —le preguntó Javier, mirándola por encima de la taza.

—De nada —respondió Marta con una sonrisa firme, recordando cada segundo de la orgía y la autoridad con la que había dirigido la celebración.

Repasaron las reglas del acuerdo en su mente, conscientes de que aquel cumpleaños no había sido una excepción, sino la confirmación definitiva de su nueva vida. Las llaves de latón reposaban juntas sobre la encimera, tintineando levemente cada vez que apoyaban algo al lado. Sabían que los viernes alternos, las cenas con Ana y Sergio, y las visitas al club volverían a repetirse, pero lo harían con la certeza absoluta de que el deseo ya no era una obligación ni una rutina administrativa, sino una elección libre y compartida.

Cuando por fin fueron a buscar a los niños por la tarde, Marta sintió que su matrimonio había renacido desde sus cimientos más íntimos, transformado para siempre en una puerta abierta que ella misma había aprendido a abrir.

Let RebeccaBrand know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

How To Tame A Beast- An MC Romance

sanriosoul929: I really liked this story there were some grammatical errors like missing commas in a list but it didnt take away from the story and they are so cute together!

Read Now
Her Best Friend's Brother

Pavitra: Awesome, good, great, .......

Read Now
Claimed by the Knight

Francy: What can I say, reading this was amazing, I couldn't put the book down. I've struggled with reading for a while, cause I can't seem to find the right niche or style that I like. It's the first time in years I feel pulled to a story like this. I love the plot and the character development, they're re...

Read Now
The Boy Next Door Is All Grown Up

Agbe ifeoluwa: This is amazing fr I’m fucking enjoying this!!

Read Now
Galatea-Claimed by Chaos

Lynn Hamilton: I’m loving this book. It’s very well written. The author does a great job expressing the feelings of the characters and setting the scene. It makes it feel like a real life experience.

Read Now
The Mafia's Chef

Lora Grooms: First time reading anything like this. It’s hard to keep my attention with books but this one definitely has it!

Read Now
The Bitter Arrangement (The Bitter Arrangement)

bhumika Kanani: The intricately woven storyline had me on an emotional rollercoaster—I was disheartened by the ending right up until the last few lines. Thank you for a wonderfully satisfying payoff that completely redeemed it...!My only wish is that the Moretti brothers could have felt a bit more larger-than-life ...

Read Now
The way they love me : A reverse harem story

Alicia: There’s no fluff in the book, just jumps right into a relationship with three guys, definitely hot. Don’t read if you can’t handle sex scenes ;)

Read Now