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Vendida al dragón

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Summary

Zoya Petrova nunca fue una mujer fácil de romper… hasta que el hombre en quien confiaba la traiciona y la vende para saldar una deuda. Arrancada de Rusia y llevada a China, es subastada como mercancía en un mundo donde el poder se mide con sangre y dinero. Allí la compra Liang Wei, un abogado brillante y líder mafioso en las sombras, que ve en ella algo más que una simple adquisición. En su nueva jaula de lujo, la chica aparenta sumisión mientras planea escapar. Pero el abogado no es un enemigo fácil: frío, calculador y peligrosamente obsesivo, siempre va un paso por delante. Entre fiestas, juegos de poder y entrenamientos cargados de tensión, lo que comienza como una lucha por el control se transforma en una atracción tan intensa como destructiva.

Genre
Romance
Author
Aura Gris
Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


El frío de Moscú no era solo temperatura; era una presencia constante, algo que se colaba bajo la piel y se instalaba en los huesos. Aquella noche, sin embargo, no era el invierno lo que tensaba los músculos de Zoya. Era Alexei. Lo observaba desde el otro lado de la mesa, en ese restaurante elegante donde las luces eran tenues y la música apenas un susurro.

Todo parecía normal: el vino servido, los platos cuidadosamente presentados, el murmullo de conversaciones ajenas. Pero había algo que no encajaba.

Siempre había algo que no encajaba antes de que todo se rompiera.

—Estás callada —dijo él, forzando una sonrisa mientras jugueteaba con la copa—. ¿En qué piensas?

La chica inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos grises, fríos como el acero, no se apartaron de él.

—En que no me estás mirando —respondió.

El chico parpadeó, sorprendido por la precisión del golpe. Luego soltó una risa baja, nerviosa.

—Claro que te estoy mirando.

No era cierto.

Ella había crecido entre mentiras. Las reconocía en la forma en que alguien respiraba, en la tensión de los dedos, en el ritmo irregular de una sonrisa mal colocada. Y él… él nunca había sido un buen mentiroso.

Esa era una de las cosas que más le gustaban de él, o lo que más le había gustado.

—No como antes —añadió ella, apoyando los codos en la mesa—. Antes me mirabas como si quisieras memorizarme.

Él desvió la vista por un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

La muchacha sintió algo extraño, un cosquilleo incómodo en el pecho. No era tristeza. No exactamente. Era más bien una alerta. Como cuando subes a un ring y sabes que algo va a salir mal antes del primer golpe.

—Zoya… —comenzó él, pasando una mano por su cabello—. Solo estoy cansado.

—Mientes.

No lo dijo con rabia, sino como un hecho.

El silencio que siguió fue pesado, denso. Alexei apretó la mandíbula.

—Siempre haces esto —murmuró—. Siempre buscas pelea.

Ella sonrió levemente.

—No busco pelea. Las reconozco.

Un camarero se acercó haciendo que el momento se interrumpiera. Sirvió más vino, dejó un plato frente a ella, y se marchó sin notar la tensión que vibraba en el aire.

La joven no tocó la comida.

—¿Qué pasa? —insistió—. Estás… raro.

Él dudó. Y ese fue su error, porque ella no perdonaba las dudas.

—Nada —respondió al fin—. Solo… trabajo.

Ella soltó una risa suave, casi inaudible.

—No eres tan importante como para que el trabajo te ponga así.

El comentario era provocador, calculado. Una prueba.

El chico levantó la vista de golpe.

—No sabes nada de mi trabajo.

Ahí estaba.

Zoya entrecerró los ojos.

—Entonces, cuéntamelo.

Otra pausa. Otra grieta.

—No puedo.

—No quieres.

—No puedo —repitió él, más firme esta vez.

Ella se reclinó en la silla, cruzando los brazos. Su mirada se volvió más dura, más distante.

—Entonces deja de fingir que esto es normal.

—¿Qué quieres que diga? —espetó él con la calma ya perdida—. ¿Que todo está bien? ¿Que no pasa nada?

—Quiero la verdad.

Él la miró fijamente. Durante un segundo, la chica creyó que iba a ceder. Que iba a decir algo real, algo que valiera la pena. Aunque no lo hizo.

—No siempre puedes tenerla.

Eso fue suficiente.

La muchacha se levantó despacio, tomando su abrigo del respaldo de la silla.

—Entonces no siempre puedes tenerme.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, afiladas. Alexei también se levantó.

—Zoya, espera.

Ella dudó. Solo un instante. Y ese instante cambió todo.

—Vamos a hablar fuera —dijo él, suavizando el tono—. Aquí no es el lugar.

Ella lo observó unos segundos más. Luego asintió.

Salieron del restaurante. El aire helado golpeó su rostro haciendo que se le despejara la mente. La calle estaba casi vacía, iluminada por farolas que proyectaban sombras largas sobre la nieve.

La joven metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—Habla.

Él la miró, mas esta vez no había evasión en sus ojos. Había miedo. Y eso… eso no era normal.

—Solo necesito que confíes en mí —pidió.

Ella soltó una risa seca.

—Confianza sin verdad no es confianza. Es estupidez.

El silencio volvió.

Un coche pasó con lentitud por la calle, con sus faros iluminando brevemente el rostro del chico. Parecía más pálido de lo habitual. Más… desesperado.

—¿Qué has hecho? —preguntó la muchacha, bajando la voz.

Él negó con la cabeza.

—Nada que te afecte.

Otra mentira. Y esta vez, Zoya lo sintió en la piel, aunque demasiado tarde.

El sonido llegó primero. Un leve crujido sobre la nieve.

Ella giró la cabeza. Tres hombres. No eran transeúntes. No caminaban como gente normal. Sus movimientos eran demasiado coordinados, demasiado silenciosos.

Su instinto reaccionó antes que su mente.

—Corre —murmuró.

Sin embargo, él no se movió.

La muchacha lo miró. Y entonces lo entendió. El mundo se volvió lento.

—No… —susurró.

Los hombres se acercaron. Uno de ellos sacó algo del abrigo. Ella retrocedió un paso, con el cuerpo tenso.

—Alexei… —su voz era peligrosa ahora, cargada de algo oscuro—. ¿Qué has hecho?

Él no respondió. No pudo. Porque no la estaba mirando.

La chica sintió cómo algo dentro de ella se rompía. No con dolor, sino con claridad. Como un cristal que se quiebra y deja ver lo que hay detrás.

—No —repitió, esta vez con más fuerza.

Intentó moverse, mas uno de los hombres ya estaba demasiado cerca. Otro la rodeó por detrás.

Zoya reaccionó. Siempre reaccionaba. Su puño impactó en la mandíbula de uno de ellos con precisión perfecta. El hombre cayó hacia atrás, sorprendido. El segundo intentó sujetarla, no obstante, la chica giró el cuerpo, golpeando con el codo, buscando liberarse.

Era rápido, letal. Pero eran más. Y estaban preparados.

Uno de ellos la sujetó por los brazos. Otro apareció frente a ella con un pañuelo.

Ella lo vio. Y lo entendió.

—¡No te atrevas! —escupió, intentando zafarse.

Y esta vez no fue suficiente.

El hombre presionó el pañuelo contra su boca y nariz. El olor químico la golpeó de inmediato.

Ella contuvo la respiración, luchando. Sus piernas se movían, golpeaban, buscaban apoyo. Sus ojos encontraron a Alexei. Y por un segundo… solo un segundo… esperó. Esperó que hiciera algo. Que dijera algo. Que la mirara. Pero él no lo hizo.

Estaba de pie, rígido, con la mirada fija en algún punto del suelo. Como si ella ya no existiera.

La traición no fue el golpe. Fue eso… el vacío.

La muchacha dejó de luchar por un instante. Y ese instante la condenó. El aire entró en sus pulmones, cargado del químico. Su visión empezó a nublarse. Las luces se volvieron borrosas. Los sonidos, lejanos. Mas su mirada seguía fija en él.

—Cobarde… —susurró, apenas audible.

No sabía si él la escuchó. No sabía si le importaba. Sus piernas dejaron de responder. Su cuerpo se volvió pesado.

Los hombres la sostuvieron mientras perdía el equilibrio. Y entonces, justo antes de que todo se apagara, Alexei levantó la vista. Aunque fue demasiado tarde.

Ella lo vio. Y en sus ojos no había amor. Solo culpa. Oscuridad. Luego nada.

El mundo desapareció. Y con él… la última promesa que alguna vez creyó real.

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Strong Dialog

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