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Envidia Infernal

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Summary

Saga Infernal Parte 3: La batalla entre las fuerzas del mal y la oscuridad esta llegando a su climax. El mundo entro en una nueva década, la tecnología avanza a pasos agigantados y las criaturas de la noche deben esforzarse para no quedar expuestas. El mínimo error podría desencadenar una cacería que los empuje a la extinción. Al mismo tiempo las fuerzas de la Scholomance se reagruparon en Londres y la llegada de dos avatares del pecado a la vez están por poner de cabeza la civilización entera. Demián debe salir de Rumania a buscar las pistas ocultas del viaje de su ancestro a Inglaterra para encontrar la clave para vencer a la Avaricia y a la Envidia con el objetivo de proteger un tesoro que a su llegada cambiara su vida para siempre.

Status
10d ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO:

Bucarest —Rumanía—; año 2012.

Fue hace siete años, ambos éramos lo peor que esta estúpida raza podría engendrar. No teníamos redención ni la queríamos. Fue durante la noche de Walpurgis que terminaríamos nuestra comunión con las fuerzas del mal, guiados por susurros antiguos y ayudados a encontrar los sitios más adecuados dentro de los bosques de los Cárpatos. Eran lugares malditos, marcados por tesoros perdidos en la tierra que siglos atrás habían sido sellados con círculos de fantasmagóricas llamas azules.

Nosotros —Nala Stinkerman y yo—, los últimos dos aprendices de la Scholomance. Habíamos capturado a dos niñas, escogidas no por azar, sino por su pureza y las llevamos a lo profundo del bosque en búsqueda del fuego fantasmal que solo es visible esa noche. A una la quemaríamos viva, y a la otra la ahogaríamos en agua congelada. Sus gritos no se alzaron más allá del límite del claro; la soledad del lugar los devoró, como si el bosque mismo quisiera ser testigo del sacrificio.

Estos actos fueron suficientes para hacer un pacto con dos demonios, uno que reinaba sobre el fuego y otro sobre el hielo. Así fue como Israfil y BaalBerith se manifestaron en nuestro mundo, emergiendo de la frontera del abismo. Y nosotros les juraríamos nuestras almas a cambio de una porción de sus poderes.

BaalBerith, hermana de Belcebú fue quien nos marcó con su sello y nos indicó la misión que debíamos cumplir. Liberar a su hermano y reclamar el control de la Scholomance, que había caído en la decadencia bajo la opresión de la Orden del Dragón, la antigua Orden de Bedford y la Mesa Redonda. Para eso debíamos escalar en la jerarquía de los acólitos y eliminar a nuestros líderes para tomar su lugar. Uno lo haría abiertamente, otro en las sombras. Un sacrificio necesario para restaurar el dominio infernal.

La llegada del príncipe de los vampiros trastocó nuestros planes. Creímos que el poder indomable del avatar del Hambre Infernal sería suficiente para doblegar a los heraldos de Lilith y Anubis. Sin embargo, la derrota de Belcebú a último momento y posteriormente la de Israfil y su patrocinado, mi compañero y superior Nala Stinkerman, me obligó a ocultarme aún más en las sombras desapareciendo del radio de búsqueda de la Orden del Dragón. Sin embargo, un encuentro fortuito con Asmodeus me impidió rendirme. Debía entregarle las almas de dos brujas para su ejército de strix. Para ello, adopté un disfraz, haciéndome pasar por un aliado mortal de la Orden del Dragón y atrayendo a las hermanas Yashida, un clan enemigo de nuestro culto, a Rumania para sacrificarlas.

Mientras tanto, BaalBerith no permaneció inactiva. Su odio por Demian Drago, Chrisaor Kiranen y los últimos Draconian sobrevivientes —Dagón, ahora llamado Raptor, y el avatar usurpador de la Envidia Infernal, Leviatán— la consumía. Ya habiendo pasado tres años de la derrota de Asmodeus y seis de la de Belcebú la noche de Walpurgis estaba cerca una vez más. Y mi ritual para traer a un nuevo demonio del fuego pronto estaría terminado. El volverá a la vida y juntos, cuando la hora sea propicia, mataremos al príncipe de los vampiros.


Londres, Gran Bretaña, 1892.

Un carruaje tirado por seis caballos negros se movía a gran velocidad en las oscuras calles de la capital inglesa, perdiéndose entre la niebla densa que se arrastraba como un espectro sobre el empedrado mojado.

La noche estaba cubierta de una humedad helada, y la luna menguante se ocultaba tras un velo de nubes, ofreciendo, apenas, un destello agonizante de su resplandor. El sonido de los cascos resonaba en la soledad de las avenidas desiertas como la única evidencia de su paso, acompañado por el crujir de la madera vieja del carruaje y el jadeo de los corceles agotados. Sus luces, de fuego y aceite, parpadeaban como almas en pena antes de desvanecerse en la nada.

Detrás suyo, a poca distancia, cuatro figuras envueltas en túnicas cabalgaban intentando alcanzarlo. Sus rostros se ocultaban en la penumbra de sus capuchas, pero su determinación era clara: alcanzar el carruaje antes de que pudiera escapar.

El cochero, un hombre de apariencia delgada, casi cadavérica, sostenía con fiereza las riendas, tratando de evadirlos con giros bruscos, aprovechando cada cruce y cada curva que la ciudad le ofrecía cambiando de dirección todas las veces que sus agitados corceles le permitían. Sin saber que su desesperación lo estaba llevando directo a una trampa.

Sobre los techos de los edificios antiguos, sombras silenciosas esperaban. Eran más figuras encapuchadas, acechando con ballestas en mano. Apenas la diligencia entró en su línea de tiro, dispararon sin piedad. Los cristales y las cortinas del viejo carruaje quedaron hechos pedazos al igual que sus caballos que abatidos, relincharon de dolor antes de desplomarse.

El carruaje, descontrolado, se tambaleó con violencia hasta estrellarse contra un viejo poste de luz. El impacto hizo que el recipiente de aceite y las velas cayeran, provocando un fuego que no tardo mucho en poseer con sus llamas hambrientas el techo del transporte.

En medio del caos, el cochero forcejeó con la puerta destrozada del carruaje y, tras liberarse, se apresuró a tomar algo de su interior: una frazada dentro de una canasta de cañas tejidas cuyo interior parecía moverse con suavidad. Sujetándola con desesperación, el chofer intentó huir, pero antes de dar siquiera tres pasos fue interceptado. Las figuras de túnicas negras que lo habían perseguido le rodearon mientras lo arrinconaban con cada paso contra el coche en llamas.

—Francis... —murmuró uno de los encapuchados con voz masculina.

—Jack.... —respondió el cochero entre siseos guturales. Su voz llena de hostilidad resonaba como el gruñido de un caimán a punto de atacar.

—Son tiempos tormentosos, señor Varney —continuó Jack, avanzando entre sus subordinados con una calma llena de superioridad. Bajo la capucha, sus ojos brillaban con un fulgor demente. —La ciencia avanza a pasos agigantados y la religión pierde terreno ante la razón de los hombres.

—Si los humanos abandonan su fe en el creador, estarán condenándose a sí mismos.

—No te preocupes —replicó Jack con un gesto de absoluta arrogancia—. Pronto un nuevo dios se levantará desde la ambición de los mortales, uno que no es un ser sobrenatural y todo poderoso, sino hecho de plata y oro. La carta que enviaste a Rumania no llegará a tiempo para impedir la invocación de los demás avatares del pecado.

Francis Varney, aun protegiendo a la criatura en sus brazos dirigió su mirada a uno de los acólitos y le ordeno que matara a su compañero tras dominar su voluntad mediante hipnosis. No obstante, Jack el líder del pequeño grupo de monjes no dudo en usar un cuchillo curvado para castigar al supuesto traidor de un golpe tan fulminante que abrió sus entrañas haciendo que cayera muerto sobre un charco de su propia sangre con apenas el tiempo suficiente para lanzar un grito ahogado antes de perecer desangrado.

—Nunca has sido tan torpe Varney, ¿Por qué estás tan asustado? ¿Es por la criatura en tus brazos?

—¡Ella no tiene nada que ver con esto! —rugió el vampiro, su voz vibraba con una furia desesperada.

Jack sonrió con frialdad y con un movimiento ágil de su cuchillo abrió la garganta de Varney. El vampiro se estremeció, su boca se abrió en un grito de dolor revelando largos colmillos y una boca llena de dientes agudos desde sus premolares hacia atrás. Los músculos de sus cejas se contrajeron contra sus ojos y estos brillaban en las penumbras de la noche inglesa con la furia de brazas infernales.

Desde la oscuridad, la figura misteriosa que había permanecido en silencio dio un paso al frente. Al retirarse la capucha, reveló su rostro cadavérico: un anciano, calvo, de piel enfermiza y llena de verrugas. Tan delgado como un enfermo terminal, pero con la presencia siniestra de un dueño de mil voluntades. Sus dedos largos, su posición encorvada, su nariz grande y curvada le daban un aire de ave carroñera y en su frente, incrustada en esa piel tan demacrada que parecía verdosa, brillaba una gema en forma de rombo, roja como la sangre.

—Este vampiro puede sernos útiles Jack… —La figura murmuró con voz rasposa, observando a la criatura en brazos de Varney. Entonces señalo con su índice nudoso en un movimiento inquietante. —Mata al padre.

—A sus órdenes mi señor Mammon.

Varney intentó escapar, pero el poder psíquico de Mammon lo atrapó en el aire, inmovilizándolo como si hilos invisibles sujetaran cada fibra de su ser.

Jack, sin titubear, se colocó tras él y, con un salto, enterró su cuchillo directo en su corazón. Tiró con fuerza hacia abajo, desgarrando carne y dejando que las entrañas del vampiro se desparramaran por el suelo.

Un instante después, el cuerpo de Francis Varney se envolvió en llamas espontáneas, consumiéndose en una danza infernal. Pero antes de morir, con su última bocanada de aire, gritó el nombre de su hija la bebé en sus brazos al viento pidiendo su perdón, un grito de agonía y amor desesperado:

El nombre era Sarah.

Mammon chasqueó los dedos. El cuerpo de Varney desapareció, o eso creían. Ya que en realidad siempre había estado entre el carruaje y el poste de luz, ya muerto, como si siempre hubiera estado ahí.

Jack recogió la canasta y se la entregó a su amo quien descubrió las mantas con delicadeza revelando a una niña de meses de edad. Sus ojos rojos centelleaban con un fulgor sobrenatural y su cabello, negro caía en mechones lacios y desprolijos. La niña miraba con llantos ahogados la pequeña hoguera que alguna vez fue su padre.

—No te preocupes pequeña… Yo tomaré el lugar de tu padre —susurró Mammon, con una sonrisa retorcida—. Serás la vampira más fuerte del mundo. Tus poderes superarán a los de tu raza, pues contarás con el favor de los demonios. Matarás para mí desde ahora... Sarah Varney.


Nota escrita en el diario de Rebecca Pendraq.

Los héroes, individuos excepcionales que surgen en periodos de tiempos agitados, con la fuerza, la inteligencia y un destino trazado hacia la grandeza. Algunos se mantienen en el anonimato, olvidados por la historia. Otros tantos llenan de monumentos las ciudades de sus propias tierras y venerados en otras tantas a través de los siglos.

¿Qué los hace únicos? Algunos creen que nada, que solo fueron anomalías creadas por sucesos específicos e irrepetibles para cada uno de ellos. Puede ser cierto, puede que no. La mesa redonda existe con la idea contraria. Tenemos la certeza de que los héroes no son coincidencias aleatorias del destino, sino almas elegidas con el propósito de alcanzar la grandeza.

Durante siglos hemos buscado a los remanentes de cada uno de ellos. Descendientes directos, familiares e incluso herederos espirituales, tratando de encontrar en su sangre esa “chispa” que los hace especiales.

Personas como William Wallace, Juana de Arco, Erik el Rojo, José de San Martín, Alejandro Magno, Leónidas de Esparta, Vlad III Drácula, Miyamoto Musashi, Balduino IV, Arturo Pendragón, entre tantos otros.

Nuestro objetivo es encontrar a los descendientes de los grandes héroes de la historia, y a los héroes modernos de todas partes del mundo. Los mejores líderes y guerreros nacidos en el seno de la humanidad.

Solo una cosa es segura: en algún momento de sus vidas su destino es revelado y siguen su objetivo como quien camina por un único sendero, sin desviarse jamás, con la fuerza, la astucia y los contactos listos para llevar a cabo su papel en la historia. Puede ser inspiración divina, un mensaje, una tragedia, una convicción o un deseo ardiente e inquebrantable.

Si los héroes existen, vamos a encontrarlos y juntos guiaremos la humanidad hacia un nuevo futuro.

Ya no se trata de guerras políticas por territorios o riquezas. Se trata de la supervivencia y del destino de toda la tierra. No podemos depender siempre de los monstruos para ser protegidos mientras nos comemos entre nosotros. Ese es nuestro ideal, lucharemos junto a ellos contra el enemigo que acecha en las sombras.

En nombre de Dios, como legítima heredera de Excalibur, lo juro por mi vida y por el honor de nuestra causa.

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