1
REINO DE KUSH — PALACIO DEL SOL DE NAPATA
TRES AÑOS ANTES DEL PRESENTE
La primera señal de que aquella noche terminaría en tragedia fue el silencio.
Los músicos habían dejado de tocar.
Las conversaciones se apagaron una tras otra, y los invitados del banquete de tregua volvieron la mirada hacia las puertas monumentales del salón. Afuera, donde minutos antes se escuchaban los tambores ceremoniales de Kush, resonaban pasos militares.
Demasiados pasos.
La princesa Charlotte Austin levantó la mirada de su copa.
A sus veinticuatro años, conocía las costumbres de la corte, los gestos de los embajadores y las pequeñas señales que precedían a una disputa diplomática. Había crecido entre consejeros, comerciantes, sacerdotes y generales. Su padre le había enseñado a escuchar incluso cuando nadie hablaba.
Aquella noche, sin embargo, no conseguía identificar el peligro.
El banquete se celebraba en el Palacio del Sol de Napata, una residencia ancestral de la dinastía que se había preparado para recibir a la delegación de Kemet. Aunque Meroe seguía siendo el centro administrativo de Kush, Napata conservaba una importancia ceremonial que ningún monarca de su linaje estaba dispuesto a abandonar.
Allí se habían firmado antiguos tratados.
Allí se habían celebrado coronaciones.
Y allí, bajo las pinturas de los dioses y las columnas cubiertas de inscripciones, dos reinos habían prometido dejar de derramar sangre.
Charlotte había creído en aquella promesa.
No porque fuera ingenua, sino porque había visto a su padre trabajar durante años para conseguirla.
El rey Alara, conocido como el León del Sur, estaba convencido de que la prosperidad de Kush no debía construirse sobre la destrucción de sus vecinos. Quería proteger las minas, los templos y las rutas comerciales sin convertir a otros pueblos en enemigos.
Su esposa, la reina Kandake Anaisa, compartía aquella convicción. Diplomática, culta y profundamente vinculada a las tradiciones de su reino, había dedicado meses a preparar el encuentro.
Charlotte también había contribuido.
Había revisado informes comerciales, escuchado las preocupaciones de los nobles y estudiado los mapas de las rutas del Nilo. Aunque su formación como bailarina ocupaba una parte importante de su vida, nunca había sido educada para limitarse a adornar un trono.
Era la heredera de Kush.
Algún día tendría que gobernarlo.
—¿Te encuentras bien, hija?
La voz de su madre interrumpió sus pensamientos.
Charlotte volvió la cabeza.
Anaisa llevaba un vestido de seda azul profundo, adornado con bordados dorados y una corona de filigrana que se elevaba sobre su cabello oscuro. A la luz de las lámparas, los detalles de lapislázuli de sus joyas parecían pequeñas estrellas.
—Sí, madre. Solo me pregunto por qué han dejado de tocar.
Anaisa miró hacia las puertas.
Por primera vez en toda la velada, su expresión perdió parte de su serenidad.
—Quédate cerca de tu padre.
—¿Por qué?
La reina tardó un instante en responder.
—Porque te lo pido.
Charlotte conocía aquella voz. Su madre no la utilizaba para imponer obediencia sin motivo. La empleaba cuando sabía algo que todavía no podía explicar.
La princesa dejó la copa sobre la mesa.
Al otro extremo del salón, el rey Alara se había puesto de pie.
Frente a él se encontraba el general Malik, comandante de las tropas desplegadas en la frontera entre Kemet y Kush. Durante los días anteriores había hablado de seguridad, cooperación militar y protección de los comerciantes.
Ahora ya no sonreía.
—Majestad —dijo Malik—, hemos recibido noticias preocupantes de la frontera.
Alara sostuvo su mirada.
—¿Qué noticias?
—Una unidad de nuestros hombres ha sido atacada. Hay indicios de que soldados de Kush preparaban una ofensiva.
Un murmullo recorrió el salón.
—Eso contradice los informes que recibí esta mañana —respondió el rey—. Mis comandantes no han autorizado ningún movimiento ofensivo.
Malik inclinó ligeramente la cabeza.
—Quizá no todos sus comandantes comparten sus intenciones.
Charlotte observó cómo su padre tensaba la mandíbula.
—Si existe una disputa, la resolveremos mediante los procedimientos acordados en la tregua. Enviaré emisarios a Meroe para verificar los informes.
—No habrá tiempo para eso.
La respuesta fue demasiado rápida.
Alara se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Malik no contestó inmediatamente.
Entonces, desde el corredor, llegó el sonido de un cuerno militar.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, las puertas se abrieron de golpe.
Los soldados entraron con las armas desenvainadas.
Y la tregua murió.
I. EL LEÓN HERIDO
Los primeros gritos estallaron cerca de la entrada.
Los guardias de Kush intentaron formar una línea defensiva, pero los soldados invasores ya estaban dentro del salón. Las mesas volcaron, las copas se hicieron añicos y las lámparas comenzaron a caer sobre las alfombras.
Charlotte vio a un noble recibir un golpe y desplomarse.
Después vio a una mujer correr con un niño en brazos.
El mundo que conocía se convirtió en una sucesión de movimientos incomprensibles.
—¡Charlotte, detrás de mí! —ordenó Alara.
Su padre avanzó hacia ella.
Malik levantó una mano.
Los soldados se desplegaron por el salón, bloqueando las salidas.
—Por orden militar, quedan detenidos los miembros de la casa real de Kush.
Alara miró al general con incredulidad.
—¿Detenidos? Esta es mi residencia. Estamos bajo una tregua firmada.
—La tregua ha terminado.
—¡No tienes autoridad para anularla!
—La autoridad ya ha sido ejercida, majestad.
Charlotte comprendió entonces que no se trataba de una disputa fronteriza.
Aquello había sido preparado.
Los soldados conocían las entradas. Habían bloqueado las salidas antes de que comenzara la discusión y se dirigían hacia los archivos y las cámaras privadas con una precisión que ninguna improvisación habría permitido.
Su mirada buscó a Jamil.
El capitán de la guardia real se encontraba cerca de una de las columnas, con la espada desenvainada. Había servido a su familia durante años y conocía cada pasadizo de la residencia.
—¡Jamil! —gritó Charlotte—. ¡Protege a mis padres!
El capitán la miró.
Durante un instante, sus ojos se detuvieron en ella.
Después volvió la cabeza hacia los soldados.
Y avanzó en dirección al rey.
Charlotte creyó que iba a defenderlo.
No alcanzó a comprender lo que sucedería hasta que fue demasiado tarde.
Malik se acercó a Alara mientras dos soldados se colocaban detrás de él.
—Su última oportunidad, majestad. Ordene a sus hombres que depongan las armas y evitaré más derramamiento de sangre.
El rey escupió a sus pies.
—No negociaré la libertad de mi pueblo con un traidor.
Malik perdió la sonrisa.
—Entonces tendrá que aprender cuánto cuesta su orgullo.
Se volvió hacia sus hombres.
El movimiento siguiente ocurrió tan deprisa que Charlotte apenas pudo distinguirlo.
Un soldado golpeó al rey por la espalda. Alara cayó sobre una rodilla y trató de incorporarse, pero Jamil llegó hasta él antes de que pudiera hacerlo.
La espada del capitán se alzó.
—¡No! —gritó Charlotte.
La hoja descendió.
Su padre se desplomó.
El sonido que salió de la garganta de Charlotte no pareció humano.
Corrió hacia él, pero alguien la sujetó por la cintura. Se revolvió con todas sus fuerzas, golpeando el brazo que la retenía.
—¡Suéltenme! ¡Padre!
Alara levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los de su hija.
Había sangre en su túnica blanca, pero seguía consciente.
—¡Charlotte, huye!
Ella intentó llegar hasta él.
Jamil se interpuso.
La princesa lo miró como si no reconociera al hombre que tenía delante.
—Apártate.
El capitán no se movió.
—¡He dicho que te apartes!
—Alteza…
—¡Tú has jurado protegerlo!
Jamil apretó la mandíbula.
A su espalda, Malik observaba la escena.
—Que nadie permita escapar a la princesa —ordenó el general—. La heredera de Kush vale más viva que muerta.
Jamil volvió ligeramente la cabeza.
—Entendido, general.
Charlotte sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
No solo habían atacado a su padre.
También pretendían capturarla.
Y Jamil acababa de aceptar la orden.
II. LA REINA ENTRE LAS LLAMAS
Anaisa llegó hasta su esposo justo cuando los soldados intentaban levantarlo.
—¡Alara!
Se arrodilló a su lado y presionó las manos contra la herida.
—Mírame. Por favor, mírame.
El rey intentó responder, pero el dolor apenas le permitió emitir un sonido.
Charlotte se soltó de quien la retenía y corrió hacia ellos.
Esta vez, nadie tuvo tiempo de detenerla.
Se arrodilló junto a su madre.
—Tenemos que sacarlo de aquí.
Anaisa levantó la mirada.
—Charlotte…
—Conozco los pasadizos. Podemos llegar a los jardines y después a las caballerizas. Si conseguimos un caballo…
—Escúchame.
—No, madre. No voy a dejarte aquí.
La reina le sujetó el rostro con ambas manos.
—Escúchame, hija mía.
Charlotte dejó de hablar.
Su madre tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su voz conservaba una serenidad que parecía imposible en medio de aquella destrucción.
—Si tienes que elegir entre quedarte con nosotros y sobrevivir, sobrevivirás.
—No me pidas eso.
—No te estoy pidiendo que nos abandones. Te estoy pidiendo que no permitas que nuestra muerte, si llega, sea también la tuya.
Charlotte comenzó a negar con la cabeza.
—No van a morir.
Anaisa la abrazó.
Por un instante, el ruido de la batalla pareció alejarse.
Charlotte sintió el perfume de mirra que siempre acompañaba a su madre. Sintió sus dedos entrelazados con los suyos y la presión de aquel abrazo que había significado seguridad durante toda su vida.
Entonces una explosión sacudió la habitación.
Las lámparas se apagaron.
Los soldados comenzaron a gritar que el ala oriental estaba ardiendo.
Malik apareció en la entrada.
—¡Sacad a los prisioneros! ¡Ahora!
Alara intentó levantarse.
—¡No te llevarás a mi hija!
Malik hizo un gesto.
Un soldado se lanzó hacia Charlotte.
Jamil lo interceptó.
La hoja de su espada chocó contra la del atacante y ambas armas produjeron un sonido seco.
Charlotte retrocedió.
Durante un segundo, creyó que el capitán había cambiado de bando.
Entonces Jamil se volvió hacia la reina.
—Majestad, tenemos que movernos.
Anaisa se negó a soltar a su esposo.
—No lo dejaré.
—No podemos permanecer aquí.
Malik gritó desde el corredor:
—¡Jamil! ¡Te he dado una orden!
El capitán no respondió.
Se inclinó, levantó al rey herido con ayuda de otro guardia y ordenó que hicieran lo mismo con Anaisa.
Charlotte intentó seguirlos.
—¡Esperen! ¡Voy con ustedes!
Jamil se volvió hacia ella.
Había algo extraño en su expresión. No era indiferencia, ni triunfo, ni la crueldad que Charlotte esperaba encontrar en un traidor.
Parecía miedo.
Pero la princesa estaba demasiado aterrorizada para reconocerlo.
—¡Jamil, mírame! —le gritó—. ¡Dime adónde los llevas!
Él sostuvo su mirada durante un instante.
—Viva, alteza.
Fue todo lo que dijo.
Después desapareció con los monarcas por el corredor lateral.
Charlotte quiso seguirlo, pero Malik la vio.
—¡La princesa!
Dos soldados corrieron hacia ella.
Charlotte retrocedió hasta chocar contra una mesa. Una viga ardiente se desprendió del techo y cayó entre ella y los hombres.
El impacto la arrojó al suelo.
Sintió un dolor agudo en el costado y el aire abandonó sus pulmones.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Cuando logró incorporarse, los soldados ya habían rodeado la entrada. El humo cubría la estancia y las llamas comenzaban a trepar por las cortinas.
No podía alcanzar a sus padres.
No podía atravesar a los soldados.
Y no podía quedarse allí esperando a que el fuego terminara el trabajo de Malik.
Charlotte se levantó.
No porque aceptara abandonar a su familia.
Sino porque comprendió que, si moría aquella noche, nadie quedaría para buscar la verdad.
III. LAS TRES RELIQUIAS
Charlotte escapó por una galería que conducía a las habitaciones privadas de su padre.
Conocía aquel lugar desde niña. Había jugado entre sus columnas, se había escondido detrás de los biombos durante las ceremonias y había escuchado a los consejeros discutir sobre asuntos que todavía no comprendía.
Ahora avanzaba entre muebles volcados y fragmentos de piedra.
Cada respiración le quemaba la garganta.
Al llegar a la cámara privada, encontró la arqueta de madera negra que Alara mantenía oculta en un compartimento de la pared.
Se arrodilló frente a ella.
Sus dedos temblaban tanto que tardó varios intentos en abrirla.
Dentro descansaba la daga de su padre.
La hoja curva de acero nubio reflejó las llamas que entraban por la ventana. Su empuñadura de oro tenía la forma de una cabeza de león, con dos rubíes engastados en los ojos.
Charlotte la reconoció inmediatamente.
Alara se la había mostrado cuando cumplió dieciocho años.
«No confundas el poder con la violencia», le había dicho entonces. «Una reina debe saber cuándo luchar, pero también por qué lucha».
En aquel momento, Charlotte había creído que hablaba de futuras campañas militares.
Nunca imaginó que aquellas palabras terminarían acompañándola durante una huida.
Tomó la daga y la aseguró en una banda de cuero bajo su túnica.
Después buscó la pequeña caja de su madre.
La encontró junto a un espejo roto.
Dentro estaban las tobilleras de plata y lapislázuli que Anaisa utilizaba durante las ceremonias sagradas de Kush. Sus pequeñas campanas permanecían ocultas entre los adornos, de modo que solo producían un sonido delicado cuando quien las llevaba ejecutaba determinados movimientos.
Charlotte las sostuvo entre las manos.
Recordó las tardes en los jardines del palacio.
Su madre sentada sobre un cojín de lino.
El sonido de los tambores.
La luz del sol sobre las piedras azules.
Y la voz de Anaisa explicándole que la danza no era un adorno destinado a complacer a los poderosos.
Era memoria.
Era una forma de transmitir historias que los ejércitos no podían destruir.
Era el lenguaje de un pueblo que se negaba a desaparecer.
Charlotte se colocó las tobilleras.
Las campanas emitieron un sonido apenas perceptible.
—No dejaré que te olviden —susurró.
Le quedaba una última reliquia.
El anillo real de Meroe.
Charlotte lo encontró dentro de un compartimento secreto de la arqueta. El sello de oro llevaba grabado el emblema de la dinastía de Kush.
No era una simple joya.
Era la prueba material de su linaje y el instrumento que permitiría autenticar los decretos de la corona.
Mientras aquel sello existiera, la historia oficial no podría borrar con tanta facilidad a la familia real.
Charlotte sacó su cofre de maquillaje, levantó el doble fondo y envolvió el anillo en un fragmento de seda negra que había quedado chamuscado durante el incendio.
Lo escondió cuidadosamente.
Tres reliquias.
La daga del rey.
Las tobilleras de la reina.
El sello de Kush.
No podía salvar el palacio.
No podía recuperar a los muertos.
Ni siquiera sabía si sus padres seguían respirando.
Pero podía impedir que todo lo que representaban desapareciera con las llamas.
Un estruendo sacudió la cámara.
Charlotte se levantó y se dirigió hacia la salida oculta.
Antes de cruzarla, miró una última vez las paredes que habían formado parte de su hogar.
—Volveré.
Su voz era apenas un susurro.
—Por mi padre. Por mi madre. Por Kush.
Y salió hacia la oscuridad.
IV. LA NOCHE EN QUE MURIÓ UNA PRINCESA
El pasadizo desembocaba detrás de los jardines ceremoniales.
Charlotte avanzó entre los arbustos hasta alcanzar el muro exterior. El humo cubría el cielo y las llamas iluminaban las torres del Palacio del Sol de Napata.
Desde allí podía ver el salón donde se había celebrado la tregua.
Las columnas se recortaban contra el resplandor rojizo. Las banderas reales ardían en lo alto y una nube de cenizas se elevaba sobre los jardines.
A lo lejos, los tambores de los invasores anunciaban que la resistencia estaba siendo aplastada.
Charlotte se apoyó contra una piedra.
Le temblaban las piernas.
El dolor del costado se extendía hacia la espalda, y cada respiración le recordaba que no había salido ilesa.
Sin embargo, lo peor no era la herida.
Era el recuerdo de su padre cayendo al suelo.
La sangre sobre el vestido de su madre.
Y los ojos de Jamil cuando había aceptado las órdenes de Malik.
Charlotte cerró los ojos.
Durante toda su vida había creído que el conocimiento podía protegerla. Había aprendido historia, diplomacia, estrategia y defensa. Había entrenado su cuerpo para resistir el cansancio y su mente para no ceder ante el miedo.
Nada de aquello la había preparado para perderlo todo en una sola noche.
Un ruido la obligó a volverse.
Dos soldados recorrían el sendero exterior con antorchas.
—El general quiere a la princesa viva —dijo uno.
—Si todavía está en el palacio, no tardaremos en encontrarla.
—Y si ha escapado…
El otro soldado soltó una risa.
—¿Adónde irá una princesa sin ejército, sin palacio y sin aliados?
Charlotte esperó hasta que las voces se alejaron.
Después descendió por el sendero que conducía al desierto.
No llevaba provisiones suficientes.
No tenía caballo.
No conocía la ubicación de sus padres.
Y no sabía si quedaba alguien dispuesto a reconocerla como heredera legítima.
Pero seguir allí significaba morir.
Y morir era lo único que no podía permitirse.
Mientras se alejaba, volvió la cabeza hacia el palacio.
—Juro que regresaré —dijo.
El viento levantó las cenizas y las arrastró sobre el camino.
—Recuperaré Kush. Descubriré quién ordenó esta masacre. Y todos los responsables tendrán que responder por lo que han hecho.
Su voz se quebró al pronunciar la última promesa.
—Aunque tenga que hacerlo sola.
Charlotte sabía que Malik había dirigido el ataque. Lo había visto ordenar el arresto de sus padres y reclamar la captura de la heredera.
Pero también había escuchado el nombre de la reina de Kemet durante las conversaciones sobre la tregua. Había visto los estandartes de su imperio entre los soldados que ahora ocupaban su palacio.
No sabía qué órdenes había firmado Freen Sarocha Chankimha.
No sabía si la reina había autorizado la invasión, si había sido engañada o si conocía la existencia de aquella operación.
No tenía documentos.
No tenía testigos.
Solo tenía lo que había visto y el dolor de una hija que creía haber perdido a sus padres.
Para Charlotte, la corona de Kemet era responsable de la caída de Kush.
Y Freen tendría que responder por ello.
—Si tú diste la orden —susurró hacia el horizonte—, algún día estaré frente a ti.
Apretó la banda que ocultaba la daga.
—Y no volveré a marcharme sin una respuesta.
Después se dio la vuelta y continuó caminando.
Esa noche, la princesa heredera de Kush desapareció entre las sombras.
El mundo creería que había muerto en el incendio.
Pero Charlotte Austin seguía viva.
Y todavía no sabía que sus padres también.
V. LA EXTRANJERA
DOS MESES DESPUÉS
AFUERAS DE EL CAIRO
Charlotte llegó a las murallas de El Cairo al amanecer.
Había tardado semanas en atravesar los caminos que separaban las tierras devastadas del sur de la capital de Kemet. Durante el viaje había dependido de pequeños trabajos, refugios temporales y la ayuda ocasional de desconocidos.
Su herida había cerrado, aunque el tejido del costado seguía sensible.
La ropa ceremonial había desaparecido hacía tiempo. Ahora llevaba una túnica sencilla, un manto oscuro y unas sandalias gastadas por el camino.
Su cabello, antes cuidadosamente adornado con joyas, caía libre sobre sus hombros.
A simple vista, era una joven extranjera que buscaba trabajo.
Nadie habría imaginado que había sido educada para ocupar un trono.
Charlotte se detuvo frente a la entrada de la ciudad.
Más allá de las murallas se extendían los mercados, los barrios de artesanos, las avenidas ceremoniales y los edificios administrativos del imperio.
En lo alto de una colina se alzaba la Ciudadela de la Estrella Blanca, residencia de la reina Freen.
Sus torres dominaban el horizonte.
Los estandartes de Kemet ondeaban bajo el sol.
Charlotte los contempló con una mezcla de odio y cautela.
Allí vivía la mujer cuyo nombre había comenzado a asociar con la destrucción de su hogar.
Pero no podía acercarse a ella.
No todavía.
Una extranjera sin dinero ni documentos no podía solicitar audiencia con la soberana. Mucho menos una joven procedente de las tierras ocupadas del sur.
Si revelaba su identidad, Malik podía enterarse de que había sobrevivido. Y si el general sabía que la heredera de Kush estaba viva, sus padres correrían un peligro todavía mayor, aunque Charlotte no supiera que seguían con vida.
Necesitaba una forma de entrar en el palacio.
Necesitaba recursos.
Y necesitaba tiempo para descubrir quién controlaba realmente el imperio.
—¡Tú! —la llamó un guardia—. ¿De dónde vienes?
Charlotte se volvió.
El hombre la observó con desconfianza.
—Del sur.
—¿De qué ciudad?
—He viajado por varias.
—¿Tienes familia en El Cairo?
—No.
El guardia frunció el ceño.
—¿Cómo te llamas?
La pregunta la golpeó con una fuerza inesperada.
Charlotte.
Princesa heredera.
Hija de Alara y Anaisa.
Última representante conocida de la dinastía de Kush.
Aquel nombre pertenecía a una vida que todos creían extinguida.
Si lo pronunciaba, podía condenarse a sí misma.
Si lo pronunciaba, también podía poner en peligro cualquier posibilidad de descubrir la verdad.
La joven respiró despacio.
—Layla.
El guardia esperó a que añadiera un apellido.
Ella no lo hizo.
—¿Y qué sabes hacer, Layla?
Charlotte pensó en las horas de entrenamiento, en los jardines del palacio y en las enseñanzas de su madre.
Recordó cómo su cuerpo había aprendido a moverse con la precisión de una hoja y la ligereza de un velo.
La danza era una parte de su identidad que nadie podría confiscarle.
—Sé bailar.
El hombre soltó una risa breve.
—En El Cairo hay cientos de bailarinas.
—Entonces no tendrás problemas para encontrar otra.
El guardia la observó con mayor atención.
Charlotte bajó ligeramente la mirada, consciente de que debía medir sus palabras. La seguridad de una princesa podía llamar demasiado la atención en una ciudad donde las personas como ella debían procurar pasar inadvertidas.
Finalmente, el hombre se apartó.
—Pasa. Si buscas trabajo, pregunta en los mercados. Y no te metas en problemas.
Charlotte cruzó las puertas.
Nadie anunció su llegada.
Nadie se inclinó ante ella.
Nadie reconoció a la heredera de Kush.
Los comerciantes continuaron vendiendo sus mercancías. Los escribas discutían sobre impuestos. Los carros avanzaban entre las calles y los soldados patrullaban las entradas de los edificios administrativos.
La vida seguía como si el sur no estuviera sangrando.
Charlotte se detuvo frente a un puesto de telas y observó su reflejo en una bandeja de bronce.
La mujer que la miraba desde la superficie pulida estaba cansada, herida y cubierta de polvo.
Pero seguía en pie.
—Layla —susurró, probando el nombre.
No era una princesa.
No tenía una corona.
No tenía un reino que pudiera reclamar abiertamente.
Era una identidad prestada que debía protegerla hasta que estuviera preparada para recuperar la suya.
Guardó silencio unos segundos.
Después levantó la cabeza.
—Por ahora, seré Layla.
Y siguió caminando.
VI. UNA PROMESA BAJO LA LUNA
Esa noche encontró refugio en un almacén abandonado del barrio de los tintoreros.
El propietario de un pequeño puesto le había ofrecido comida a cambio de ayudarlo a transportar unas cestas. No era suficiente para borrar el hambre de las últimas semanas, pero sí para devolverle algo de calor.
Cuando las calles quedaron en silencio, Charlotte se sentó junto a la pared.
Sacó las tobilleras de plata y lapislázuli.
Las limpió cuidadosamente con un trozo de tela.
Las piedras azules conservaban su brillo.
Charlotte pasó un dedo por las pequeñas campanas y recordó la voz de su madre.
«Una danza no está hecha solamente de movimientos. También contiene la memoria de quienes bailaron antes que nosotras».
Las lágrimas comenzaron a caer.
Esta vez no intentó detenerlas.
—No sé cómo hacerlo, madre —susurró—. No sé cómo recuperar nuestro hogar.
Se cubrió la boca para contener un sollozo.
—No sé en quién confiar. No sé qué le ha ocurrido a padre. Ni siquiera sé si queda alguien que recuerde nuestro nombre.
Apretó las tobilleras contra el pecho.
Durante unos minutos, permitió que el dolor la venciera.
No era la princesa que aparecía en los relatos de los bardos, invencible frente a sus enemigos. Era una hija que extrañaba a sus padres, una joven que había visto arder su hogar y una mujer que no sabía cuánto tiempo podría sobrevivir en territorio enemigo.
Pero el llanto no podía devolverle lo perdido.
Cuando consiguió respirar con normalidad, guardó las tobilleras y sacó el anillo real.
El sello de Kush brilló bajo la luz de la luna.
Charlotte lo sostuvo entre los dedos.
Su padre le había enseñado que una corona no convertía a nadie en soberano por sí sola. El poder debía sostenerse con decisiones, responsabilidad y la confianza de quienes vivían bajo ella.
Ella no sabía qué clase de reina sería cuando llegara el momento.
Solo sabía qué no quería convertirse.
No quería destruir a personas inocentes para vengar a las que había perdido.
No quería que los hijos de Kemet pagaran por los crímenes de sus generales.
Y no quería que Kush recuperara su libertad para convertirse en una copia del imperio que la había sometido.
Sin embargo, todavía no podía separar la justicia de la venganza.
El dolor era demasiado reciente.
La sangre de su padre seguía viva en su memoria.
La última imagen de su madre era la de una mujer herida, rodeada de soldados.
Y el rostro de Jamil se interponía entre todos sus recuerdos.
Charlotte sacó la daga.
La cabeza dorada del león reflejó la luz lunar.
—Aprenderé sus costumbres —prometió—. Conoceré sus leyes, sus secretos y sus debilidades. Descubriré quién dio las órdenes y quién se benefició de nuestra caída.
Volvió a guardar el arma.
—Y cuando llegue el momento, regresaré.
Afuera, el viento recorrió las calles de El Cairo y levantó el polvo de los caminos.
Charlotte se acercó a la pequeña abertura del almacén.
Desde allí alcanzaba a distinguir, a lo lejos, la silueta de la Ciudadela de la Estrella Blanca.
Pensó en Freen.
En la mujer que gobernaba el imperio bajo cuyos estandartes habían marchado los soldados.
En la soberana cuyo nombre estaba unido a una guerra que Charlotte todavía no comprendía.
No sabía si Freen era una asesina, una cómplice o una reina engañada por sus propios consejeros.
Todavía no tenía pruebas.
Pero algún día las encontraría.
Y entonces decidiría qué debía hacerse.
Charlotte cerró los dedos alrededor del anillo oculto.
El fuego que había destruido su hogar ya no era visible desde allí.
Sin embargo, seguía ardiendo en su memoria.
Aquella noche dejó de esperar que alguien acudiera a salvarla.
Dejó de imaginar que regresaría a su palacio al amanecer.
Y dejó de creer que el pasado podría repararse simplemente deseando que las cosas hubieran sido diferentes.
A partir de entonces, cada paso tendría un propósito.
Cada movimiento escondería una intención.
Cada sonrisa sería una decisión.
Layla aprendería a sobrevivir.
Charlotte aprendería a vengarse.
Y, cuando llegara el momento, la reina de Kemet descubriría que algunas llamas no mueren cuando se apaga el incendio.
A veces esperan.
A veces se esconden.
Y a veces regresan bailando.
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FIN DEL CAPÍTULO 1
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