Introducción.
El abismo no era un lugar de llamas ruidosas; al menos no en los aposentos donde el tiempo se pudre dulcemente. Allí, el aire pesaba como el plomo, impregnado de un aroma denso a vainilla, almendras amargas y el rastro invisible de feromonas estancadas. Era el santuario de la Pereza, un rincón del Infierno diseñado para que la voluntad de cualquier ser se disolviera hasta convertirse en ceniza fría.
Sobre un diván de terciopelo deshilachado, Belfegor permanecía inmóvil. Sus seis alas, antaño de cristal celestial y ahora grises y plomizas por el desinterés, se arrastraban por el suelo sin la menor intención de volver a batirse. Tenía los ojos cerrados y los audífonos puestos, una muralla hermética contra la insoportable cacofonía del universo. No buscaba reinar, no buscaba tentar; solo anhelaba el “Gran Domingo”, la muerte térmica del cosmos, el instante supremo donde ni Dios ni el Diablo tuvieran la fuerza necesaria para pedirle que se pusiera de pie. El recuerdo de un amor puro por un ángel varón del Cielo, un amor que lo había desgastado hasta dejarlo seco, era la justificación perfecta para su apatía gélida. Amar requería energía, y él ya no tenía ninguna que ofrecer.
El silencio se rompió con un siseo sutil, el roce de escamas de obsidiana sobre la piedra húmeda.
Leviatán entró sin llamar. El soberbio Príncipe de la Envidia cargaba con el tormento de sus doce alas esmeralda, que goteaban un veneno corrosivo nacido de la comparación eterna. Su mente era una tormenta hiperactiva de inseguridades disfrazadas de soberbia, el eco sangrante de una relación tóxica en los círculos inferiores que había destrozado su orgullo masculino, dejándolo hambriento de una validación que el mundo se negaba a darle.
Eran los mejores amigos. Dos soldados caídos, dos hombres rotos que compartían la miseria de sus fracasos amorosos en la penumbra del abismo. Y por eso, cansados de sangrar por otros, habían trazado una línea peligrosa en la arena del Infierno.
Un pacto de anestesia mutua. Amigos con derechos.
Sin etiquetas que mantener, sin el molesto esfuerzo de enamorarse. Solo el uso crudo de sus cuerpos masculinos para silenciar a los fantasmas del pasado. Una desconexión pactada bajo sábanas frías donde Leviatán buscaba desesperadamente olvidar que siempre era el segundo en la vida de todos, y Belfegor usaba el placer físico como un narcótico para no tener que pensar.
El problema de pactar con los pecados capitales es que ninguna regla permanece intacta bajo el suelo del abismo.
Las etiquetas que juraron evitar pronto comenzaron a quedarles ridículamente pequeñas. Leviatán, esclavo de su naturaleza posesiva, cometió el error de caer primero. Se enamoró en silencio, quemándose en la fiebre de desear lo único que no podía poseer: la esquiva atención de su mejor amigo. Quería ser el estímulo que despertara a la Pereza, el único hercio que perforara los audífonos de Belfegor.
Sin embargo, en su desesperación, la Envidia cometió un error de cálculo matemático. Leviatán no estaba preparado para la ley de la física que estaba por desatar. Porque cuando un agujero negro decide moverse, consume todo a su paso. Belfegor se resistió al esfuerzo del sentimiento, pero cuando la armadura de su apatía finalmente cedió, el impacto fue absoluto.
Leviatán se había enamorado primero... pero Belfegor se había enamorado más fuerte. Una obsesión pesada, gélida y asfixiante estaba por despertar en los ojos grises de la Pereza. Una posesividad tan devastadora que ya no dejaría espacio para la amistad, ni para los derechos, ni para el universo mismo.
Bienvenidos al lugar donde el silencio es el único acuerdo, y el amor es el castigo más oscuro de todos.








