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✨ LA LUZ QUE NO SE APAGA ✨One-shot ✨

Summary

El bosque antiguo guardaba secretos que nadie se atrevía a tocar... hasta que ella entró. 🌙✨ Becky siempre sintió que algo la llamaba entre los árboles. No era miedo: era la certeza de que alguien la esperaba. Y la encontró: Freen, la guardiana del bosque, de ojos dorados y piel de crepúsculo, eterna y sola, que nunca había sido vista de cerca... ni amada. Una humana y una inmortal. Un amor que desafía el tiempo, la vida y la muerte. Donde los días se cuentan en caricias bajo la luna y la luz de un corazón valiente jamás se apaga. 💫 -Porque el amor verdadero no conoce de tiempo ni de fronteras. Solo sabe que es para siempre. 💛

Genre
Fantasy
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

I. EL BOSQUE QUE RECORDABA

El bosque antiguo se extendía más allá del pueblo como un manto de sombras y secretos.

Sus árboles eran tan viejos que nadie conocía su edad verdadera. Algunos tenían troncos tan anchos que ni cuatro adultos podían rodearlos con los brazos; otros se alzaban hacia el cielo, cubriendo el sol con una maraña de ramas que parecía formar un techo sobre aquel mundo escondido.

Los ancianos decían que allí el tiempo corría de manera distinta, que los árboles recordaban cada promesa pronunciada bajo sus copas y que, cuando la luna alcanzaba su plenitud, la niebla revelaba caminos que no existían durante el día.

También contaban que entre aquellos árboles habitaban seres que no pertenecían al mundo de los humanos.

Espíritus antiguos. Criaturas nacidas de la luz. Guardianes capaces de conversar con el viento y de escuchar los pensamientos de la tierra.

Pero la historia que más repetían era la de una mujer de ojos dorados que aparecía junto al arroyo cuando la luna estaba llena.

La llamaban la Guardiana del Bosque.

Nadie sabía su verdadero nombre. Algunos aseguraban que era una diosa; otros, que se trataba de un espíritu condenado a permanecer entre los árboles hasta el final de los tiempos.

Los más supersticiosos advertían que cualquier persona que se encontrara con ella jamás volvería a ser la misma.

Becky Armstrong había escuchado aquellas historias desde niña.

Sentada junto al fuego de la casa de sus abuelos, contemplaba las llamas mientras ellos hablaban de criaturas misteriosas y senderos encantados. A veces, su abuela le acariciaba el cabello y le pedía que prometiera no adentrarse demasiado en el bosque.

—Hay lugares que los seres humanos no debemos perturbar —le decía—. No todo lo que existe está hecho para nuestros ojos.

Becky asentía, aunque en su interior nunca había sentido miedo.

Sentía curiosidad.

Una curiosidad profunda, casi dolorosa, como si aquellas historias despertaran un recuerdo que no le pertenecía del todo.

Desde pequeña soñaba con un arroyo de aguas plateadas, árboles que susurraban su nombre y una mirada dorada que la esperaba al otro lado de la niebla.

Nunca se lo había contado a nadie.

¿Cómo iba a explicar que, incluso antes de conocerla, ya sentía nostalgia por alguien a quien jamás había visto?

La respuesta llegó una tarde de luna llena.

Becky tenía veinticuatro años y conocía suficientemente bien los senderos cercanos al pueblo como para distinguirlos de aquellos que debía evitar. Sin embargo, aquella noche, mientras el sol desaparecía detrás de las montañas, encontró un camino cubierto de pequeñas flores blancas que nunca había visto.

Las flores brillaban tenuemente.

No parecían iluminar el sendero, sino señalarlo.

Becky debería haber regresado a casa.

En lugar de hacerlo, siguió caminando.

La niebla apareció poco después, deslizándose entre los árboles sin ocultar por completo el camino. El aire se volvió más frío, aunque no de una manera desagradable. Había algo tranquilizador en aquella quietud, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración.

Entonces escuchó el agua.

Un arroyo corría entre las piedras, reflejando la luz de la luna.

Y junto a él había una mujer.

Estaba de pie, descalza sobre la hierba, con el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros. Una luz plateada envolvía su figura, mientras diminutos destellos flotaban a su alrededor como estrellas extraviadas.

Su belleza resultaba extraña, casi imposible.

No porque pareciera perfecta, sino porque daba la impresión de pertenecer a algo más antiguo que la propia humanidad.

Sus ojos eran dorados.

No tenían el tono apagado del ámbar ni el brillo común de los ojos humanos. Parecían contener la luz de un amanecer que nunca terminaba de llegar.

Becky se detuvo.

La desconocida volvió lentamente la cabeza hacia ella.

Durante unos segundos, ninguna habló.

Después, la mujer rompió el silencio.

—No deberías estar aquí.

Su voz sonó suave, como el viento al deslizarse entre las ramas.

Becky tragó saliva.

—Eso me han dicho muchas veces.

—Entonces deberías haber aprendido a escuchar.

—Normalmente lo hago.

—No parece.

Becky no pudo evitar sonreír.

La desconocida frunció ligeramente el ceño, desconcertada por aquella reacción.

—¿No tienes miedo?

—¿Debería tenerlo?

—Estás en un lugar que no comprendes, frente a alguien que no es humana.

Becky la observó con atención.

—¿Vas a hacerme daño?

—No.

—Entonces creo que puedo esperar a tener miedo hasta que exista una razón.

Por primera vez, algo cambió en el rostro de la desconocida.

No fue exactamente una sonrisa, pero sí una pequeña grieta en aquella expresión serena e impenetrable.

—Los humanos son criaturas extrañas.

—Y tú eres bastante misteriosa.

—Vuelve a tu pueblo.

—¿Cómo te llamas?

La mujer guardó silencio.

Becky esperó.

El agua continuó murmurando entre las piedras y, por encima de ambas, las hojas se movieron sin que soplara viento alguno.

Finalmente, la desconocida respondió:

—Freen.

El nombre pareció recorrer el bosque.

Una pequeña ráfaga atravesó los árboles. Las flores blancas se iluminaron durante un instante y el arroyo emitió un sonido semejante a una campanilla.

Becky miró a su alrededor, sorprendida.

Freen, en cambio, parecía haber comprendido algo que la inquietaba.

—¿Cómo te llamas tú?

—Becky Armstrong.

Freen repitió el nombre en voz baja, como si quisiera descubrir qué significaba.

—Becky.

La humana sintió un extraño calor en el pecho.

—Es un placer conocerte, Freen.

—No deberías alegrarte tanto.

—¿Por qué?

Los ojos dorados volvieron a encontrarse con los suyos.

—Porque no sabes lo que significa conocerme.

Becky no comprendió aquellas palabras.

Todavía no.

Pero cuando abandonó el bosque aquella noche, supo que regresaría.

Y, por primera vez en muchos años, Freen se quedó junto al arroyo contemplando el camino por el que la humana había desaparecido.

No entendía por qué le había permitido marcharse.

Mucho menos por qué, después de siglos de soledad, deseaba volver a verla.

II. LA GUARDIANA Y LA HUMANA

Becky regresó dos días después.

Llevaba una pequeña cesta con pan, fruta y una manta que había tomado prestada de su habitación. No sabía si Freen estaría allí, pero había descubierto que la incertidumbre le resultaba menos desagradable que la posibilidad de no intentarlo.

El sendero apareció nuevamente entre las flores blancas.

Esta vez, Becky caminó con mayor cuidado.

—Si apareces detrás de un árbol para asustarme, quiero que sepas que no me parece una forma amable de saludar.

—¿Siempre hablas sola?

La voz llegó desde su izquierda.

Becky se volvió y encontró a Freen sentada sobre una roca, con las piernas cruzadas y una expresión que parecía divertirse a su costa.

—Solo cuando la compañía es difícil de encontrar.

—Entonces deberías buscar mejores amigos.

—Eso intento.

Freen inclinó la cabeza.

—¿Has venido a comprobar si sigo aquí?

—He venido a traerte algo.

Becky levantó la cesta.

Freen la observó como si se tratara de un objeto peligroso.

—¿Qué es?

—Comida.

—Sé lo que es la comida.

—No parecía.

—No necesito alimentarme.

—Eso no significa que no puedas probarla.

Becky se sentó sobre la hierba y sacó una manzana.

La sostuvo frente a Freen.

La guardiana la contempló durante unos segundos antes de aceptarla.

—¿Qué debo hacer con esto?

Becky parpadeó.

—Comértela.

—Eso ya lo has dicho.

—¿Has vivido siglos y nunca has comido una manzana?

—He visto muchas.

—Freen, cariño, eso no es lo mismo.

El apelativo escapó de los labios de Becky antes de que pudiera detenerlo.

Ambas se quedaron inmóviles.

Freen miró la manzana.

Después miró a Becky.

—¿Cariño?

La humana sintió que las mejillas le ardían.

—Es una expresión.

—¿Una expresión humana?

—Una expresión de afecto.

—No recuerdo haber autorizado que me tengas afecto.

—No sabía que necesitaba un permiso.

Freen la observó largamente.

Luego mordió la manzana.

Becky sonrió triunfalmente.

—¿Y bien?

Freen masticó despacio.

—Es dulce.

—Te lo dije.

—Demasiado dulce.

—También te lo dije.

La guardiana volvió a mirarla y, esta vez, una sonrisa verdadera apareció en su rostro.

Fue pequeña, breve y casi tímida.

Pero Becky la vio.

Y supo que volvería a hacer cualquier cosa con tal de contemplarla otra vez.

A partir de aquel día, las visitas se volvieron frecuentes.

Al principio, Freen insistía en mantener la distancia. Aparecía entre los árboles, hablaba unos minutos con Becky y después desaparecía sin despedirse.

Sin embargo, la humana había descubierto que la paciencia podía ser más eficaz que cualquier insistencia.

Se sentaba junto al arroyo y le contaba lo que había ocurrido en el pueblo.

Le hablaba de los niños que perseguían mariposas, de las mujeres que discutían por el precio de las verduras, de los perros que dormían bajo los puestos del mercado y de las tormentas que convertían las calles en pequeños ríos.

Freen escuchaba con una atención que intentaba disimular.

Para ella, los humanos siempre habían sido criaturas fugaces.

Llegaban al mundo, crecían, amaban, sufrían y desaparecían.

El bosque permanecía.

Las montañas permanecían.

Ella permanecía.

Por eso había aprendido a observar desde lejos. Había contemplado generaciones enteras sin permitir que ninguna se acercara demasiado a su corazón.

Pero Becky no parecía comprender el valor de aquella distancia.

O quizá lo comprendía y había decidido ignorarlo.

Una tarde, mientras paseaban por un sendero cubierto de hojas, Becky se agachó para recoger una flor caída.

La examinó con cuidado antes de colocarla sobre una rama baja.

Freen la observó.

—Está muriendo.

—Lo sé.

—No puedes devolverla a la vida colocándola sobre una rama.

—No intento devolverla a la vida.

—Entonces ¿por qué lo haces?

Becky se incorporó.

—Porque todavía es hermosa.

Freen permaneció callada.

—¿No te parece triste? —preguntó Becky—. Que algo pueda ser hermoso y, aun así, dejar de existir.

—La tristeza no cambia lo inevitable.

—No. Pero puede cambiar la manera en que lo vivimos.

Freen no respondió.

Becky continuó caminando, sin advertir que aquellas palabras habían encontrado un lugar delicado dentro de la guardiana.

Al llegar al arroyo, se sentaron una junto a la otra.

Sus manos descansaban sobre la hierba, separadas por apenas unos centímetros.

Freen contempló los dedos de Becky.

Eran cálidos, imperfectos y vivos.

—Ustedes son tan frágiles —murmuró—. El tiempo los transforma sin pedirles permiso. Sus cuerpos cambian, sus recuerdos se desvanecen y las personas que aman terminan marchándose.

Becky la miró.

—¿Eso es lo que más temes?

—No temo nada.

—Eso no ha sido una respuesta.

Freen apartó la mirada.

—He visto demasiadas despedidas.

Por primera vez, Becky no intentó bromear.

Se acercó un poco más.

—Entonces debes de haber conocido una soledad muy larga.

La guardiana sintió que aquellas palabras la atravesaban con una precisión insoportable.

No era una pregunta.

Era una comprensión.

Becky no la estaba mirando como a una criatura extraña ni como a una leyenda que debía temer.

La estaba mirando como a alguien que podía sentirse sola.

Como a alguien que merecía compañía.

Freen bajó los ojos.

—No sabes nada de mí.

—Todavía no.

La respuesta quedó suspendida entre ambas.

Todavía.

No era una exigencia ni una promesa imposible.

Era una puerta abierta.

Y Freen, después de tantos siglos, empezó a preguntarse si tendría el valor de cruzarla.

III. UN CORAZÓN CONTRA LA ETERNIDAD

Con el paso de las semanas, el bosque dejó de ser un lugar desconocido para Becky.

Aprendió qué senderos conducían a los claros iluminados por luciérnagas, dónde crecían las flores que solo abrían sus pétalos después del anochecer y qué piedras debía evitar cuando la lluvia elevaba el nivel del arroyo.

Freen le enseñó a reconocer los sonidos del bosque.

El golpe de una rama no siempre significaba que algún animal se acercaba. El murmullo de las hojas podía advertir la llegada de una tormenta. Y las flores blancas, aquellas que habían señalado el camino durante su primer encuentro, reaccionaban a la presencia de la guardiana.

—El bosque está vivo —explicó Freen una noche—. No como tú y yo. No respira con pulmones ni tiene un corazón como el tuyo. Pero recuerda. Siente los cambios. Reconoce a quienes lo cuidan y a quienes desean dañarlo.

Becky observó las flores.

—¿Y te reconoce a ti?

—Soy parte de él.

—¿Eso significa que puedes hacer cualquier cosa?

—No.

Freen levantó una mano y una pequeña esfera de luz apareció sobre su palma.

La luz flotó entre ambas, iluminando sus rostros.

—Puedo escuchar las raíces, despertar semillas dormidas y pedirle a la niebla que oculte los caminos. Puedo sanar ciertas heridas y percibir cuando el equilibrio del bosque está en peligro.

La esfera se transformó en una mariposa luminosa.

Becky abrió los ojos con asombro.

—Eso es precioso.

La mariposa revoloteó alrededor de su cabeza y después se posó sobre su dedo.

—Pero no puedo detener el tiempo —continuó Freen—. Tampoco puedo obligar a nadie a amarme ni impedir que una vida mortal llegue a su fin.

La mariposa se deshizo en diminutos destellos.

Becky contempló cómo desaparecían.

—¿Y puedes sentir dolor?

Freen la miró.

—Sí.

—¿Puedes llorar?

—Sí.

—¿Puedes enamorarte?

La pregunta cayó entre ambas con una delicadeza que la hizo parecer mucho más peligrosa que las anteriores.

Freen retiró la mano.

—No deberías preguntarme eso.

—¿Por qué?

—Porque hay preguntas cuyas respuestas cambian todo.

Becky sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

—Quizá algunas cosas merecen cambiar.

Freen se levantó.

—Debes regresar.

—Freen...

—Por favor.

La última palabra detuvo a Becky.

No había dureza en la voz de la guardiana.

Había miedo.

Un miedo tan profundo que Becky comprendió que insistir sería una forma de crueldad.

Se levantó despacio.

—Está bien.

Freen no la miró.

—Volveré mañana —dijo Becky.

—No te lo he pedido.

—Lo sé.

Becky comenzó a caminar hacia el sendero.

Antes de desaparecer entre los árboles, volvió la cabeza.

—No tienes que responder hoy. Ni mañana. Pero algún día tendrás que decirme si quieres que deje de venir.

Freen cerró los ojos.

No respondió.

Y Becky se marchó sin saber que, por primera vez desde que había nacido, la guardiana deseaba algo con una intensidad que no podía controlar.

Deseaba que llegara el día siguiente.

Deseaba escuchar su voz.

Deseaba ver su sonrisa.

Y, sobre todo, deseaba descubrir cómo sería tocar su mano sin tener que fingir que aquel contacto no significaba nada.

La siguiente noche, Becky regresó.

Freen la esperaba junto al arroyo.

No llevaba una expresión solemne ni se escondía entre las sombras.

Simplemente estaba allí.

Cuando Becky se acercó, la guardiana extendió una mano.

La humana la contempló con sorpresa antes de aceptarla.

La piel de Freen era fresca, como la piedra que permanece bajo el agua. Sin embargo, bajo aquella superficie existía una vibración suave, semejante a la energía de la tierra después de una tormenta.

—¿Qué ocurre? —preguntó Becky.

—Quiero mostrarte algo.

Caminaron hasta un claro que Becky nunca había visto.

En el centro crecía un roble inmenso, más antiguo que todos los demás. Su tronco estaba cubierto de símbolos naturales, pequeñas líneas que parecían haber sido dibujadas por la luz de la luna.

Freen apoyó una mano sobre la corteza.

Las hojas comenzaron a brillar.

Miles de puntos luminosos aparecieron entre las ramas, formando un cielo de estrellas sobre sus cabezas.

Becky se quedó sin palabras.

—¿Qué es este lugar?

—El corazón del bosque.

Freen contempló las luces.

—Aquí escucho todo lo que el bosque recuerda. Las lluvias que alimentaron sus raíces, los animales que encontraron refugio y las personas que caminaron bajo sus árboles.

—¿También recuerda a quienes amaste?

La guardiana bajó la mirada.

—Recuerda a quienes perdí.

Becky se acercó.

—Freen, no tienes que estar sola conmigo.

Aquellas palabras fueron el último hilo que sostenía la resistencia de la guardiana.

Freen se volvió hacia ella.

—No entiendes lo que me pides.

—Entonces explícame.

—No envejezco. No cambio como tú. Mi cuerpo seguirá siendo el mismo cuando tu cabello se vuelva blanco. Mi voz seguirá sonando igual cuando tus manos tiemblen. Y un día, Becky, tendrás que marcharte mientras yo permanezco aquí.

La humana sintió un nudo en la garganta.

No podía prometerle que viviría para siempre.

Tampoco podía ofrecerle una magia que no poseía.

Solo podía decir la verdad.

—No puedo prometerte una eternidad —respondió—. Pero sí puedo prometerte que no voy a tratar nuestro tiempo como si no tuviera valor solo porque es limitado.

Freen la observó con los ojos brillantes.

—¿Y cuando ya no puedas caminar conmigo?

—Me sentaré contigo.

—¿Y cuando ya no puedas verme?

—Recordaré tu voz.

—¿Y cuando me dejes sola?

Becky levantó una mano y acarició su mejilla.

—No quiero que pienses en mí como una despedida que todavía no ha ocurrido.

Freen cerró los ojos.

El contacto de aquella mano era cálido.

Tan cálido que la guardiana sintió una punzada de dolor al comprender cuánto había deseado algo tan sencillo.

—Tengo miedo —confesó.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—Yo también.

—Tú no tienes siglos que perder.

—No. Pero tengo un corazón que puede romperse.

Freen abrió los ojos.

—¿Por mí?

Becky sonrió con tristeza.

—Ya está empezando.

La guardiana no supo qué responder.

Durante unos segundos, permanecieron tan cerca que sus respiraciones parecieron acompasarse.

Becky no intentó besarla.

Esperó.

Quería que aquella decisión perteneciera a ambas, no que naciera de la confusión o del miedo.

Freen levantó lentamente una mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

—No quiero que te vayas —susurró.

—Entonces no me pidas que lo haga.

La guardiana la miró como si estuviera contemplando una estrella a punto de desaparecer.

—¿Puedo besarte?

Becky sonrió.

—Llevo semanas esperando que me lo preguntes.

Freen inclinó el rostro.

El beso fue suave y breve, casi una pregunta que ninguna de las dos se atrevía a formular en voz alta.

Pero cuando se separaron, Becky apoyó una mano sobre el pecho de la guardiana y sintió una vibración luminosa bajo su piel.

El roble respondió.

Las hojas se iluminaron una tras otra y una brisa recorrió el claro.

Freen miró a su alrededor, sorprendida.

—¿Qué ha ocurrido?

Becky acarició su mejilla.

—No lo sé.

La guardiana contempló sus manos entrelazadas.

Después volvió a mirar a Becky.

—Creo que el bosque acaba de descubrir que ya no estoy sola.

Y, por primera vez en siglos, Freen se permitió sonreír sin esconderse.

IV. LOS DÍAS QUE EL TIEMPO LES REGALÓ

El amor no transformó el bosque de un día para otro.

Tampoco borró las diferencias entre ambas.

Freen seguía siendo una criatura inmortal, vinculada a las raíces, los arroyos y los ciclos de la luna. Becky continuaba siendo humana, con obligaciones, cansancio y una vida que transcurría mucho más deprisa de lo que ninguna de las dos deseaba.

Pero aprendieron a encontrarse en medio de aquellas diferencias.

Freen descubrió que Becky disfrutaba de las mañanas soleadas, aunque el bosque fuera más hermoso para ella durante la noche.

Becky descubrió que la guardiana podía pasar horas observando una gota de lluvia sobre una hoja, como si en aquella pequeña esfera existiera un universo entero.

Freen aprendió a reír.

Al principio, sus risas eran breves, inesperadas, como sonidos que llevaban demasiado tiempo encerrados.

Después comenzaron a aparecer con mayor frecuencia.

Becky también descubrió que la guardiana era más traviesa de lo que aparentaba.

Una tarde, mientras descansaban junto al arroyo, Freen hizo que una pequeña corriente de agua salpicara el rostro de su compañera.

Becky se quedó inmóvil.

Freen fingió contemplar el cielo.

—Qué extraño. Parece que ha llovido.

Becky la miró lentamente.

—¿Acabas de hacer eso?

—No sé de qué hablas.

La humana tomó agua con ambas manos y se la lanzó.

Freen soltó una exclamación de sorpresa.

Becky comenzó a reír.

La guardiana la observó durante un instante y después respondió con otra salpicadura.

En cuestión de segundos, ambas estaban empapadas.

Freen reía sin contenerse.

Y Becky, contemplándola, pensó que nunca había escuchado un sonido más hermoso.

Aquellas pequeñas cosas se convirtieron en sus tesoros.

Compartieron fruta bajo los robles, caminaron descalzas por la hierba y contemplaron las estrellas desde un claro donde las flores se abrían únicamente durante la noche.

Freen le enseñó a Becky a escuchar el bosque con los ojos cerrados.

Becky le enseñó a Freen a reconocer las constelaciones que los humanos habían nombrado para contar historias sobre aquello que no comprendían.

A veces hablaban durante horas.

Otras, simplemente permanecían abrazadas, disfrutando de una tranquilidad que ninguna había conocido antes.

Una noche, Becky apoyó la cabeza sobre el regazo de Freen mientras contemplaban la luna.

—¿Cuántos años tienes realmente? —preguntó.

Freen acarició su cabello.

—Dejé de contarlos hace mucho tiempo.

—Eso no es una respuesta.

—He visto crecer árboles que ahora son polvo. He conocido inviernos que nadie recuerda y he escuchado nombres que desaparecieron de todas las lenguas.

Becky levantó la cabeza.

—Entonces eres muy vieja.

Freen la miró con fingida indignación.

—Podría convertirte en una rana por esa insolencia.

—¿Puedes hacerlo?

—No.

—Entonces tendré que arriesgarme.

Freen volvió a reír.

Becky se incorporó y le dio un beso en la mejilla.

—No me importa cuántos años tengas.

—Debería importarte.

—Me importa quién eres conmigo.

La sonrisa de Freen se desvaneció lentamente.

—¿Y quién soy contigo?

Becky le acarició la mano.

—Alguien que está aprendiendo a dejarse querer.

La guardiana no encontró una respuesta.

Apoyó la frente contra la de Becky y permaneció así durante un largo rato.

A veces, el amor se parecía a una declaración bajo las estrellas.

Otras veces, se parecía a dos personas compartiendo el silencio sin sentir la necesidad de llenarlo.

Para Freen, ambas cosas eran milagros.

Sin embargo, la felicidad no eliminó el miedo.

Lo hizo más intenso.

Cuanto más amaba a Becky, más consciente se volvía de su mortalidad.

La guardiana comenzó a observar detalles que antes habría ignorado: el cansancio que aparecía después de una caminata larga, las pequeñas heridas que tardaban unos días en sanar y la manera en que Becky se quedaba dormida entre sus brazos cuando la noche se prolongaba demasiado.

Freen seguía siendo capaz de escuchar cada movimiento del bosque.

Pero ahora también escuchaba la respiración de Becky cuando dormía.

Contaba sus latidos.

Memorizaba el peso de su cuerpo contra el suyo.

Guardaba cada detalle como si el amor pudiera convertirse en una forma de resistencia contra el tiempo.

Una tarde, mientras descansaban bajo el roble antiguo, Becky notó que Freen llevaba varios minutos sin hablar.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Freen.

La guardiana suspiró.

—Cuanto más te conozco, más miedo me da el momento en que te vayas.

Becky se incorporó y tomó su rostro entre las manos.

—No quiero que nuestro amor se convierta en una espera constante de mi muerte.

—No puedo evitar pensarlo.

—Entonces, cuando tengas miedo, dímelo. No te encierres en él.

Freen apoyó las manos sobre las de Becky.

—No quiero perderte.

—Lo sé.

—No quiero quedarme únicamente con recuerdos.

Becky sintió que los ojos se le humedecían.

—Yo tampoco quiero despedirme de ti. Pero no quiero pasar los días que tenemos lamentando los que todavía no han llegado.

Freen bajó la mirada.

—¿Cómo puedes ser tan valiente?

Becky negó suavemente con la cabeza.

—No lo soy. También tengo miedo. Solo que, cuando estoy contigo, el miedo deja de ser lo único que siento.

La guardiana la abrazó con fuerza.

Becky le acarició la espalda.

Permanecieron juntas hasta que las primeras estrellas aparecieron sobre el bosque.

Y Freen comprendió que amar a una mortal no significaba dejar de temer la pérdida.

Significaba aprender a vivir sin permitir que aquel temor destruyera lo que todavía tenían.

V. EL PRECIO DE LA ETERNIDAD

La primera señal de que el tiempo estaba cambiando llegó con la primavera.

Las flores blancas comenzaron a abrirse más tarde y algunos arroyos se volvieron menos caudalosos. Las luciérnagas, que solían llenar los claros durante las noches cálidas, aparecieron en cantidades menores.

Freen lo notó antes que nadie.

El bosque siempre había tenido ciclos de abundancia y descanso, pero aquello era diferente.

Las raíces estaban inquietas.

Los animales abandonaban ciertos senderos y la niebla se extendía más allá de sus límites habituales.

Una noche, Freen apoyó las manos sobre el tronco del roble antiguo.

No necesitó cerrar los ojos para sentirlo.

El bosque estaba perdiendo parte de su fuerza.

Becky se acercó con una pequeña lámpara.

—¿Qué sucede?

—No lo sé.

La guardiana pronunció aquellas palabras con una inquietud que Becky nunca le había escuchado.

—¿Puedes arreglarlo?

—Si supiera qué está ocurriendo, tal vez.

Freen se arrodilló junto a las raíces y colocó las palmas sobre la tierra.

Una luz tenue apareció bajo sus dedos.

Durante unos segundos, el suelo respondió.

Después, la luz se apagó.

Freen retiró las manos.

—Algo está alterando el equilibrio del bosque.

—¿Algo puede hacerte daño?

—No de la manera en que tú lo entiendes. Pero si el bosque se debilita demasiado, yo también lo haré.

Becky se arrodilló a su lado.

—Entonces no tienes que enfrentarlo sola.

—No sabes nada de estas cosas.

—Es verdad.

—Podrías ponerte en peligro.

—También es verdad.

Freen la miró con frustración.

—¿Por qué no puedes limitarte a escucharme cuando te digo que algo es peligroso?

Becky sostuvo su mirada.

—Porque escucharte no significa que deba abandonarte.

La guardiana abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.

Becky le tomó la mano.

—No voy a fingir que puedo hacer lo mismo que tú. No puedo hablar con las raíces ni reparar la magia del bosque. Pero puedo acompañarte, ayudarte a buscar respuestas y recordarte que no tienes que cargar con todo sin compartirlo.

Freen contempló sus manos unidas.

Durante siglos había creído que su deber consistía en proteger el bosque de todo aquello que pudiera dañarlo.

Ahora debía aprender algo diferente.

También tenía que permitir que alguien la ayudara.

Las siguientes semanas estuvieron llenas de preguntas.

Freen recorrió los límites del bosque, buscando señales de alguna alteración en la magia. Becky la acompañó siempre que pudo, llevando agua, comida y una pequeña libreta donde anotaba los cambios que observaban.

Descubrieron que la tierra estaba más fría cerca de un conjunto de piedras antiguas situado al norte.

También encontraron símbolos casi borrados sobre las rocas.

Freen los reconoció.

Eran marcas de protección, grabadas por los primeros guardianes.

—¿Qué significan? —preguntó Becky.

—Que este lugar fue sellado hace mucho tiempo.

—¿Por qué?

Freen pasó los dedos sobre una de las inscripciones.

—No lo recuerdo.

La respuesta la sorprendió tanto como a Becky.

La guardiana podía recordar el crecimiento de un bosque entero, pero incluso su memoria tenía límites. Algunos sucesos se habían perdido entre siglos de silencio.

Becky observó las piedras.

—Quizá no necesitas recordar todo. Quizá solo necesitas descubrir qué está ocurriendo ahora.

Freen la miró.

—A veces pienso que eres más sabia de lo que aparentas.

—Y yo a veces pienso que eres más terca de lo que aparentas.

La guardiana soltó una risa breve.

Por un instante, el peso de la amenaza pareció alejarse.

Pero aquella misma noche, cuando Becky regresó al pueblo, Freen se quedó sola junto al arroyo.

La luna estaba oculta detrás de las nubes.

Por primera vez desde que había comenzado su relación, sintió que el bosque podía arrebatárselo todo.

No solo la magia.

No solo su hogar.

También a Becky.

Y no sabía cómo protegerla de algo que todavía no comprendía.

Cuando la humana regresó al día siguiente, encontró a Freen sentada junto al agua.

Se acercó sin hacer ruido y se acomodó a su lado.

—¿Has dormido?

—No necesito dormir tanto como tú.

—Eso no responde a mi pregunta.

Freen la miró.

Becky le tomó la mano.

—No tienes que ser invencible conmigo.

La guardiana sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

—No sé cómo hacer esto.

—¿Qué cosa?

—Amar a alguien sabiendo que no puedo controlar lo que le ocurrirá.

Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Yo tampoco sé cómo hacerlo.

Freen volvió el rostro hacia ella.

—¿No te asusta?

—Muchísimo.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Becky levantó la cabeza.

—Porque tener miedo de perderte no significa que quiera renunciar a encontrarte cada día.

Freen le acarició la mejilla.

—¿Y si llega un momento en que no pueda protegerte?

Becky entrelazó sus dedos.

—Entonces tendremos que descubrir cómo cuidarnos de otra manera.

La guardiana contempló el rostro de la mujer que amaba.

Por primera vez, comprendió que no podía prometerle una vida sin dolor.

Tampoco podía prometerle una despedida sin lágrimas.

Pero sí podía prometerle algo más sencillo.

No convertiría el miedo en una razón para alejarla.

Y, mientras sus manos permanecieran unidas, ninguna de las dos tendría que fingir que el amor era fácil para que siguiera siendo verdadero.

VI. EL DÍA EN QUE EL BOSQUE GUARDÓ SILENCIO

Los años pasaron.

No de golpe, ni como un río que arrastra todo a su paso, sino mediante pequeños cambios que Becky apenas notaba hasta que se detenía a contemplarlos.

La casa de sus abuelos dejó de ser el centro de su vida. Las personas del pueblo cambiaron; algunos se marcharon y otros ocuparon sus lugares. Los caminos se ensancharon y aparecieron construcciones nuevas en las afueras.

El bosque también cambió.

Algunos árboles crecieron, otros cayeron y las flores blancas comenzaron a aparecer en lugares donde antes no existían.

Pero Freen seguía siendo la misma.

Su cabello conservaba el mismo tono oscuro. Sus ojos seguían brillando como el oro bajo la luz de la luna y su rostro no mostraba las huellas del tiempo.

Becky, en cambio, empezó a descubrir las primeras señales de la edad.

Al principio fueron detalles insignificantes.

Un cabello plateado entre los demás.

Una línea delicada junto a sus ojos.

El cansancio después de caminar durante horas.

Después llegaron otros cambios.

Sus pasos se volvieron más lentos y algunas mañanas necesitaba descansar antes de emprender el camino hacia el bosque.

Freen intentaba no mirarla con demasiada preocupación.

Becky intentaba no fingir que no lo notaba.

Ambas habían aprendido a hablar de aquello que les dolía, aunque algunas conversaciones siguieran siendo difíciles.

Una tarde, mientras caminaban por el sendero que conducía al arroyo, Becky se detuvo.

Freen volvió la cabeza inmediatamente.

—¿Te encuentras bien?

Becky sonrió.

—Solo necesito descansar un momento.

La guardiana se sentó junto a ella sobre una piedra cubierta de musgo.

Durante unos minutos contemplaron el bosque.

El aire olía a tierra húmeda y hojas nuevas.

Becky apoyó la cabeza sobre el hombro de Freen.

—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?

—Recuerdo que entraste en el bosque sin permiso.

—Recuerdo que me hablaste como si fuera a provocar una catástrofe.

—Podrías haberla provocado.

—¿Por caminar?

—Por hacer demasiadas preguntas.

Becky soltó una carcajada.

Freen sonrió, pero la expresión se le apagó lentamente.

—Recuerdo que no tuve el valor de pedirte que te quedaras.

Becky tomó su mano.

—Y, aun así, volví.

—No sabía que volverías.

—Yo tampoco sabía cuánto iba a cambiar mi vida.

Freen bajó los ojos hacia sus manos.

La piel de Becky era más fina que antes. Sus dedos, que alguna vez habían corrido con facilidad sobre la hierba, mostraban ahora pequeñas manchas y señales de los años.

La guardiana los acarició con una delicadeza casi reverente.

—A veces deseo que el tiempo se detenga.

Becky la miró.

—Yo no.

Freen alzó el rostro, herida por un instante.

Becky le acarició la mejilla.

—No deseo detenerlo porque no quiero borrar nada de lo que hemos vivido. Ni mis años contigo ni las cosas que aprendí a tu lado. Incluso los días difíciles forman parte de nuestra historia.

—Pero podría perderte pronto.

—Sí.

La respuesta fue sencilla.

Dolorosa.

Verdadera.

Becky no intentó suavizarla con una promesa imposible.

—No sé cuánto tiempo me queda, Freen. Ojalá pudiera darte una respuesta. Ojalá pudiera decirte que tendremos otros cincuenta años, o cien, o todos los que necesites.

Los ojos dorados comenzaron a llenarse de luz.

—No es justo.

—No.

—He vivido siglos. He visto morir árboles y desaparecer pueblos enteros. He sobrevivido a tormentas que arrasaron este lugar. Y ahora que por fin tengo algo que deseo conservar, descubro que no puedo protegerlo de lo único que nunca he conseguido vencer.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—No tienes que vencer al tiempo para demostrarme que me amas.

Freen cerró los ojos.

—No quiero que te vayas.

—Lo sé.

—No quiero que me dejes solo un recuerdo.

Becky la abrazó.

—Entonces no me conviertas en una despedida antes de que llegue el momento.

La guardiana se aferró a ella.

Durante siglos había sido capaz de soportar la soledad sin pronunciar su nombre. Había aprendido a contemplar el mundo sin aferrarse a sus criaturas, convencida de que amar significaba aceptar que todo terminaba.

Pero nunca había comprendido realmente cuánto podía doler una pérdida antes de que ocurriera.

Becky le acarició el cabello.

—Escúchame, amor.

Freen levantó la cabeza.

Era la primera vez que Becky utilizaba aquella palabra con tanta solemnidad.

—No quiero que pases el resto de tu eternidad preguntándote si podrías haber hecho algo para salvarme. No es tu culpa que yo sea mortal. Tampoco es un fracaso tuyo que mi vida tenga un límite.

—¿Cómo voy a seguir sin ti?

Becky respiró profundamente.

—Un día a la vez.

Freen negó con la cabeza.

—Eso parece demasiado poco.

—Entonces empieza con esta tarde.

La guardiana la miró.

Becky sonrió y le dio un beso en la frente.

—Esta tarde todavía estoy aquí.

Freen la abrazó con cuidado.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dejó de pensar en el día siguiente.

Se quedó con ella bajo el roble.

Escuchó su respiración.

Sintió el calor de sus manos.

Contempló la luz que atravesaba las hojas.

Y permitió que aquella tarde existiera sin exigirle que durara para siempre.

VII. LA ÚLTIMA PRIMAVERA

El último año de Becky llegó sin anunciarse.

No hubo una tormenta extraordinaria ni una señal en el cielo. No se apagaron las estrellas y el bosque no dejó de respirar.

Simplemente, su cuerpo empezó a pedirle más descanso.

Freen aprendió a reconocer las señales sin convertir cada una en una despedida. La acompañaba durante los paseos, la ayudaba a sentarse cuando lo necesitaba y le llevaba agua del manantial.

Becky seguía haciendo preguntas.

Seguía riéndose de las bromas de Freen.

Seguía encontrando algo hermoso en las cosas pequeñas.

Una mañana, cuando las primeras flores de primavera aparecieron entre las raíces del roble, Becky llegó al bosque con una cinta azul entre las manos.

Freen la recibió junto al sendero.

—¿Qué llevas ahí?

—Un regalo.

La humana extendió la cinta.

Era sencilla, de tela suave, con un pequeño bordado plateado en uno de sus extremos.

—Quiero que la guardes.

Freen la tomó con cuidado.

—¿Por qué?

—Porque quiero que tengas algo que puedas tocar cuando me eches de menos.

La guardiana se quedó inmóvil.

Becky le acarició la mano.

—No tienes que guardarla como si fuera una reliquia sagrada. Puedes usarla, colocarla en el roble o dejarla junto al arroyo. Solo quiero que sea tuya.

Freen pasó los dedos sobre el bordado.

—La guardaré.

—Lo sé.

Becky sonrió.

Después, con una lentitud deliberada, se sentó junto a las raíces del roble.

Freen se acomodó a su lado.

—¿Puedo pedirte algo? —preguntó la humana.

—Lo que quieras.

—Cuando llegue el momento, no quiero que me escondas de la luz.

Freen volvió la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—No quiero que me lleves a un lugar oscuro porque tengas miedo de verme marchar. Quiero estar aquí, donde nos conocimos. Quiero escuchar el agua y sentir el aire del bosque.

La guardiana apretó la cinta entre sus dedos.

—No me pidas eso.

—Freen...

—No sé si podré soportarlo.

Becky le tomó el rostro entre las manos.

—No te estoy pidiendo que seas fuerte. Te estoy pidiendo que estés conmigo.

Freen cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

No eran lágrimas comunes.

Cada una emitía un brillo tenue, semejante a una pequeña estrella que descendía desde sus ojos. Al tocar la hierba, se convertían en diminutos destellos y desaparecían entre las raíces.

Becky las contempló con ternura.

—Siempre pensé que las leyendas exageraban cuando hablaban de tus lágrimas.

Freen soltó una risa quebrada.

—No hagas bromas ahora.

—Es que eres demasiado hermosa cuando lloras.

La guardiana le dio un suave golpe en el hombro.

—Eres imposible.

—Y tú me amas.

Freen la miró.

—Sí —susurró—. Te amo.

Becky sintió que el pecho se le llenaba de una calidez inmensa.

Habían pronunciado aquellas palabras muchas veces, pero ninguna había sido tan difícil como aquella.

—Yo también te amo.

Se besaron bajo el roble.

No fue un beso de despedida.

Fue un beso de dos mujeres que todavía estaban juntas y que se negaban a permitir que el miedo les robara aquel instante.

Después se abrazaron.

Freen apoyó la mejilla sobre el cabello de Becky y escuchó su respiración.

El bosque permaneció en silencio.

Durante los días siguientes, Freen dejó de intentar descubrir una manera de cambiar la naturaleza humana.

Había buscado respuestas en los símbolos antiguos, en las raíces más profundas y en los manantiales donde la magia se concentraba. Había recorrido senderos olvidados y escuchado historias que llevaban siglos enterradas.

Pero no existía ningún hechizo capaz de convertir el amor en una garantía de inmortalidad.

Y, aunque hubiera existido, Freen comprendió que no tenía derecho a imponerle a Becky una eternidad que la humana nunca había pedido.

El amor no podía consistir en retener a alguien contra las leyes de su propia naturaleza.

Así que la guardiana dejó de buscar una forma de vencer al tiempo.

En su lugar, decidió aprender a acompañar a Becky hasta donde la vida pudiera llevarla.

La última tarde llegó con un cielo despejado.

Becky pidió que la llevaran al arroyo.

Freen la acompañó despacio, sosteniéndola por la cintura cuando el sendero se volvía irregular. Cuando llegaron al lugar donde se habían conocido, la humana se sentó sobre la hierba.

El agua corría con suavidad.

Las flores blancas brillaban bajo la luz del atardecer.

Becky apoyó la cabeza en el regazo de Freen.

—Es hermoso —murmuró.

La guardiana le acarició el cabello.

—Siempre lo ha sido.

—No. Hoy es más hermoso.

Freen sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Por qué?

Becky abrió los ojos y la miró.

—Porque estoy aquí contigo.

La guardiana se inclinó y le besó la frente.

Permanecieron juntas mientras el sol desaparecía detrás de los árboles.

Becky le habló de la primera vez que había escuchado las historias de sus abuelos, de lo mucho que había imaginado encontrar a la mujer de ojos dorados y de lo poco que habría creído que aquella leyenda terminaría convirtiéndose en su hogar.

Freen escuchó cada palabra.

No la interrumpió.

No le pidió que dejara de hablar.

Solo sostuvo su mano y guardó cada sonido en su memoria.

Cuando la noche comenzó a cubrir el bosque, Becky respiró profundamente.

—Freen.

—Estoy aquí.

—Fui muy feliz.

La guardiana bajó el rostro.

—Yo también.

—Gracias por elegirme.

Freen le acarició la mejilla.

—Gracias por enseñarme a vivir.

Becky sonrió.

Después cerró los ojos.

Su respiración se volvió cada vez más suave, hasta que, finalmente, dejó de respirar.

Freen permaneció inmóvil.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse.

La guardiana apoyó una mano sobre el pecho de Becky, esperando sentir el latido que tantas veces había escuchado durante las noches compartidas.

Pero el corazón de la humana había terminado su viaje.

Freen inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de ella.

No gritó.

No pidió al bosque que deshiciera lo ocurrido.

No intentó despertar una magia que nunca había existido.

Simplemente abrazó a Becky.

Y lloró.

Sus lágrimas luminosas cayeron sobre la hierba, iluminando las flores blancas que rodeaban el arroyo.

El bosque entero pareció inclinarse hacia ellas.

Las ramas descendieron suavemente, protegiéndolas del viento. El agua disminuyó su murmullo y las pequeñas luces que flotaban entre los árboles se reunieron alrededor de la pareja.

Freen sostuvo a Becky hasta que el cielo comenzó a aclararse.

Había prometido no esconderla de la luz.

Y cumplió su palabra.

Cuando llegó la mañana, la guardiana permaneció junto al arroyo con Becky entre sus brazos, permitiendo que los primeros rayos del sol iluminaran su rostro.

La eternidad no había detenido su curso.

Pero, durante aquellas últimas horas, Freen había comprendido que el amor no necesitaba hacerlo para ser verdadero.

VIII. DONDE AÚN FLORECE TU LUZ

Después de la muerte de Becky, Freen no volvió a ser la misma.

No porque dejara de ser la guardiana del bosque, ni porque perdiera su vínculo con las raíces y los arroyos.

Sino porque ahora conocía algo que antes solo había observado desde lejos.

Había amado a una mujer mortal.

Y aquella mujer había dejado una huella que ni los siglos ni la muerte podían borrar.

Freen enterró a Becky en un pequeño claro, cerca del roble antiguo y a poca distancia del arroyo donde se habían conocido.

No levantó un monumento de piedra ni grabó su nombre en una placa de oro.

Plantó flores blancas alrededor de su tumba.

En el centro colocó la cinta azul que Becky le había regalado, atada con cuidado a una rama baja del roble.

Después se arrodilló y apoyó una mano sobre la tierra.

—No sé cuánto tiempo pasará antes de que pueda recordarte sin sentir que algo me falta —susurró—. Pero voy a intentarlo.

El bosque respondió con un murmullo suave.

Freen cerró los ojos.

—Voy a seguir viviendo, Becky. No porque te ame menos, sino porque tú me enseñaste que la vida merece ser vivida mientras todavía existe.

Una brisa recorrió el claro.

Las flores blancas se abrieron, aunque no era su hora habitual.

Freen sonrió entre lágrimas.

Durante los primeros meses, regresó cada noche a la tumba.

Se sentaba junto a ella y hablaba en voz baja, contándole lo que había ocurrido durante el día. Le describía las tormentas, el nacimiento de nuevos animales y las flores que comenzaban a crecer entre las raíces.

A veces reía al recordar alguna de las bromas de Becky.

Otras veces permanecía en silencio, con la mano apoyada sobre la tierra.

El dolor no desapareció de inmediato.

Hubo noches en que Freen deseó escuchar nuevamente los pasos de la humana sobre el sendero. Otras en que se sorprendió girando la cabeza al oír una risa entre los árboles.

Pero poco a poco aprendió que recordar no significaba permanecer atrapada en el momento de la pérdida.

Podía extrañar a Becky y seguir caminando.

Podía llorar y contemplar la belleza de una mañana.

Podía amar a alguien que ya no estaba físicamente a su lado sin convertir su ausencia en una condena.

Con el tiempo, el bosque comenzó a recuperar su ritmo.

Las flores volvieron a abrirse durante la noche. Los arroyos recuperaron su corriente y los animales regresaron a los senderos.

Freen comprendió entonces que la magia no consistía únicamente en conservar lo que existía.

También consistía en permitir que la vida continuara.

Pasaron las estaciones.

La cinta azul perdió parte de su color, pero Freen nunca la retiró de la rama.

El roble creció.

Las flores blancas se extendieron por el claro.

Y la tumba de Becky se convirtió en un lugar tranquilo al que algunas personas del pueblo acudían para dejar pequeñas ofrendas: flores silvestres, piedras pulidas por el agua o dibujos de lunas y estrellas.

Los ancianos comenzaron a contar una nueva historia.

Decían que, durante las noches de luna llena, una mujer de ojos dorados aparecía junto al arroyo. No parecía triste, aunque a veces sostenía una cinta azul entre los dedos.

A su alrededor, las flores brillaban con una luz suave.

Quienes la veían aseguraban que sonreía mientras contemplaba la luna.

Algunos decían que esperaba a su amada.

Otros creían que conversaba con el bosque.

Nadie sabía la verdad completa.

Solo Freen conocía el significado de aquella sonrisa.

No era la sonrisa de alguien que hubiera olvidado.

Tampoco la de alguien que hubiera dejado de sentir dolor.

Era la sonrisa de quien había amado profundamente y había aprendido, con el paso de los años, que la pérdida no anulaba lo vivido.

Una noche, muchos años después, Freen regresó al lugar donde Becky había muerto.

La luna llena iluminaba el agua y las flores blancas se mecían bajo una brisa ligera.

La guardiana se sentó junto al arroyo y tomó la cinta azul entre sus manos.

—Hoy he visto una niña del pueblo —dijo suavemente—. Se parecía a ti cuando eras joven. Tenía la misma manera de mirar las flores, como si cada una guardara un secreto.

El bosque susurró a su alrededor.

Freen sonrió.

—Me habría gustado que la conocieras.

Guardó silencio durante un momento.

Después levantó la mirada hacia la luna.

—Te extraño, Becky.

Las palabras ya no le desgarraban el pecho como antes.

Seguían doliendo.

Pero también estaban llenas de gratitud.

Freen cerró los ojos y recordó el primer día: la cesta de fruta, la manzana demasiado dulce, las preguntas interminables y aquella sonrisa que había desafiado siglos de soledad.

Recordó el primer beso.

Las caminatas.

Las risas.

Las conversaciones bajo el roble.

Y la última tarde, cuando Becky le había dicho que había sido feliz.

Freen apoyó la cinta sobre su corazón.

—Gracias por regresar al bosque —susurró—. Gracias por quedarte. Gracias por enseñarme que no necesito ser eterna para que algo dentro de mí cambie para siempre.

Las flores blancas se iluminaron.

Por un instante, una pequeña mariposa de luz apareció sobre el agua.

Freen la observó mientras revoloteaba alrededor de sus manos.

La mariposa se posó sobre la cinta azul.

La guardiana sonrió.

No creyó que fuera una señal de que Becky había regresado de entre los muertos. Tampoco necesitaba convencerse de que la naturaleza le estaba prometiendo un reencuentro.

Había aprendido que el amor podía ser real sin exigir pruebas imposibles.

Y que la esperanza no tenía por qué convertirse en una promesa sobre el más allá.

Aun así, conservó aquel instante en su corazón.

Porque le recordó que la vida seguía desplegándose a su alrededor y que, en algún momento, la tristeza podía convivir con la paz.

Freen se levantó y caminó hasta el roble.

Apoyó una mano sobre su corteza y escuchó el murmullo de las raíces.

El bosque recordaba.

Recordaba cada paso de Becky, cada risa y cada palabra pronunciada junto al arroyo.

Pero también recordaba algo más.

Recordaba que una mujer mortal había llegado hasta sus límites sin espada, sin hechizos y sin miedo.

Había llegado con una cesta de fruta, una curiosidad insaciable y un corazón dispuesto a amar sin exigir eternidad a cambio.

Y había conseguido lo que ninguna criatura había logrado durante siglos.

Había enseñado a la guardiana del bosque a vivir.

Freen contempló la luna por última vez aquella noche.

Después sonrió y emprendió el camino hacia el corazón del bosque.

No caminaba para huir de sus recuerdos.

Caminaba llevándolos consigo.

Porque Becky ya no podía tomarle la mano, pero el amor que habían compartido seguía formando parte de ella, como las raíces que sostenían el roble y las aguas que alimentaban el arroyo.

La vida de Becky había terminado.

Su historia, no.

Mientras Freen recordara su risa, mientras las flores blancas siguieran abriéndose junto al agua y mientras alguien en el pueblo contara la leyenda de la guardiana de ojos dorados, una pequeña parte de aquel amor continuaría existiendo.

Y quizá, algún día, cuando los caminos del universo volvieran a cruzarse de una manera que ninguna de las dos podía conocer, sus almas encontrarían otra oportunidad.

No como una promesa que debieran esperar.

Sino como una posibilidad hermosa que podían dejar abierta.

Hasta entonces, Freen seguiría cuidando el bosque.

Seguiría escuchando el viento, protegiendo los senderos y contemplando las lunas que se alzaban sobre los árboles.

Y cada vez que una flor blanca se abriera junto al arroyo, recordaría a la mujer que le había enseñado que el amor no se mide por la cantidad de años que dos personas permanecen juntas, sino por la huella que dejan una en la otra.

Porque algunas historias no necesitan durar para siempre para convertirse en eternas.

A veces, basta con que alguien llegue, te enseñe a amar y cambie para siempre la manera en que miras el mundo.

Y, desde aquella noche, cuando la luna bañaba el bosque con su luz plateada, Freen ya no contemplaba únicamente los siglos que todavía le quedaban por vivir.

También contemplaba la belleza de los años que había compartido con Becky.

Los guardaba sin miedo.

Los recordaba sin vergüenza.

Y los amaba sin pedirle al tiempo que se los devolviera.

Porque allí, junto al arroyo donde dos mundos se habían encontrado, el amor seguía teniendo un lugar.

No en la promesa de que nunca habría una despedida.

Sino en la certeza de que haber amado había valido la pena.

Y, bajo la luna, el bosque continuó susurrando sus nombres.

Becky.

Freen.

Dos vidas distintas.

Un amor imposible de repetir exactamente igual.

Una historia que el tiempo no podía borrar.

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