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La princesa Becky tenía tres meses para morir.
No era una metáfora.
No era una profecía vaga.
No era una de esas amenazas antiguas que los reyes utilizaban para asustar a sus hijos.
Había una fecha escrita en el calendario real.
El día en que cumpliría veinticinco años.
Ese día su corazón se detendría.
Los médicos no podían explicar por qué.
Los sacerdotes no podían impedirlo.
Los hechiceros habían fracasado.
Y después de veinticuatro años intentando encontrar una solución, Becky estaba cansada de escuchar la misma frase.
-Lo siento, alteza.
La escuchó por última vez aquella mañana.
El anciano hechicero bajó la cabeza.
-No hay nada más que podamos hacer.
Becky permaneció sentada.
-Eso me han dicho durante años.
-Esta vez es diferente.
-¿Por qué?
El hombre dudó.
-Porque hemos agotado todos los caminos conocidos.
Becky respiró profundamente.
-Entonces busquen uno que no conozcamos.
El hechicero levantó la mirada.
-Existe una posibilidad.
-Dígame.
-Freen.
El nombre hizo que la habitación quedara en silencio.
Becky había oído hablar de ella.
Todos habían oído hablar de ella.
La bruja inmortal.
La mujer que había vivido más de trescientos años.
La hechicera que había desaparecido de todos los reinos.
La mujer que, según las historias, podía curar enfermedades, hablar con los muertos y convertir la sangre en oro.
Y, según otras historias, también podía convertir a una persona en piedra por aburrirla.
-¿Dónde vive?
El hechicero tragó saliva.
-En el norte.
-Eso no es un lugar.
-En una torre.
-¿Dónde?
-Más allá del bosque negro.
Becky se levantó.
-Prepararé un caballo.
-Alteza...
-¿Qué?
-Nadie vuelve de esa torre.
Becky sonrió sin humor.
-Yo tampoco tengo garantizado volver de mi propia vida.
Y salió.
---
La torre estaba mucho más lejos de lo que Becky esperaba.
El bosque negro parecía interminable.
El caballo se negó a continuar varias veces.
Becky terminó caminando.
Cuando finalmente vio la torre, el sol estaba desapareciendo.
Era alta.
Oscura.
Rodeada de árboles retorcidos.
Y no tenía puerta.
Becky miró las paredes.
-Perfecto.
Una voz apareció detrás de ella.
-¿Buscas algo?
Becky se giró.
Freen estaba allí.
Vestía completamente de negro.
Su cabello oscuro caía sobre sus hombros.
No parecía una criatura monstruosa.
Eso casi decepcionó a Becky.
-¿Tú eres Freen?
-Sí.
-Necesito tu ayuda.
-No.
Becky parpadeó.
-Todavía no te he dicho para qué.
-No importa.
-Podrías escucharme.
-Podría.
-Entonces hazlo.
Freen suspiró.
-¿Qué quieres?
Becky dio un paso hacia ella.
-Quiero que rompas una maldición.
Freen la observó.
-¿Qué maldición?
-La que me matará cuando cumpla veinticinco.
La expresión de Freen cambió apenas.
-¿Cuánto falta?
-Tres meses.
Freen la miró durante unos segundos.
-No puedo ayudarte.
-¿Por qué?
-Porque no puedo romperla.
-¿No puedes o no quieres?
-Las dos cosas.
Becky apretó la mandíbula.
-Me dijeron que podías hacer cualquier cosa.
-La gente exagera.
-También dijeron que eras cruel.
-Eso es más acertado.
Becky la estudió.
-No pareces cruel.
-No confundas tranquilidad con bondad.
-No lo hago.
Freen arqueó una ceja.
-Entonces deberías marcharte.
Becky negó.
-No.
-Princesa.
-¿Sabes quién soy?
-Sé exactamente quién eres.
-Entonces sabes que no me iré.
Freen suspiró.
-Eso será agotador.
-Probablemente.
-Entra.
Becky sonrió.
-¿Eso significa que vas a ayudarme?
-Significa que está lloviendo.
-Ah.
Freen abrió una puerta que no había estado allí un segundo antes.
-Y no quiero que mueras de frío antes de que pueda decidir si puedo ayudarte.
Becky entró.
-Eso sonó casi amable.
-No te acostumbres.
---
La torre era mucho más acogedora de lo que Becky esperaba.
Había libros.
Velas.
Plantas.
Una chimenea.
Una cocina pequeña.
Y una cantidad absurda de tazas.
Becky miró alrededor.
-Esperaba algo más... aterrador.
-Puedo arreglarlo.
-No, gracias.
Freen dejó una taza sobre la mesa.
-Té.
Becky la olió.
-¿Qué tiene?
-Hierbas.
-¿De qué?
-No necesitas saberlo.
-Eso no inspira confianza.
-Entonces no bebas.
Becky tomó un sorbo.
-Está bueno.
-Lo sé.
-¿Siempre eres así?
-¿Así cómo?
-Como si todo lo que dices fuera una amenaza.
Freen se sentó frente a ella.
-No estoy acostumbrada a conversar.
-Eso explica muchas cosas.
-¿Como cuáles?
-Como tu pésimo sentido de la hospitalidad.
Freen la miró.
Y, contra todo pronóstico, sonrió.
-Quizá por eso estás viva.
---
Los primeros días fueron difíciles.
Freen estudiaba la maldición.
Becky esperaba.
A veces leía.
A veces caminaba por la torre.
A veces molestaba a Freen.
Especialmente cuando Freen llevaba demasiado tiempo concentrada.
-¿Qué haces?
-Investigo.
-¿Qué investigas?
-Tu maldición.
-¿Y?
-Es compleja.
-Eso ya lo sé.
-Entonces no preguntes.
-¿Hay algo que pueda hacer?
-Sí.
-¿Qué?
-No tocar mis libros.
Becky miró el libro que tenía en las manos.
-Demasiado tarde.
Freen cerró los ojos.
-Becky.
-¿Sí?
-Devuélvelo.
-¿Por qué?
-Porque es un grimorio de invocación.
Becky lo dejó inmediatamente.
-Bien.
Freen sonrió.
-¿Tienes miedo?
-No.
-Lo has dejado muy rápido.
-Eso fue respeto.
-Claro.
Becky se cruzó de brazos.
-¿Tú nunca tienes miedo?
Freen la miró.
-Sí.
-¿De qué?
-De perder algo que amo.
Becky guardó silencio.
-¿Has perdido mucho?
-Demasiado.
-¿Por eso vives sola?
-En parte.
-¿Y la otra parte?
Freen volvió al libro.
-La otra parte es que aprendí que es más fácil no querer a nadie.
Becky sintió algo extraño.
-Eso suena triste.
-Funciona.
-¿De verdad?
Freen no respondió.
---
Pasó un mes.
Freen todavía no encontraba una solución.
Becky comenzó a acostumbrarse a la torre.
Cocinaban juntas.
Discutían.
Leían.
Por las noches se sentaban junto al fuego.
Una noche, Becky preguntó:
-¿Cuántos años tienes realmente?
-Tres cientos cuarenta y siete.
Becky casi dejó caer su taza.
-¿Qué?
-347.
-¿Y sigues teniendo esa cara?
Freen la miró.
-¿Qué tiene mi cara?
-Nada.
-Entonces...
-Es injusto.
Freen soltó una pequeña risa.
-¿Qué cosa?
-Yo tengo veinticuatro y estoy preocupada por las primeras arrugas.
-No tienes arrugas.
-Todavía.
-Tampoco tendrás muchas.
-¿Y tú?
-No envejezco.
Becky la observó.
-Debe ser extraño.
-Lo es.
-¿Nunca quisiste morir?
La sonrisa de Freen desapareció.
-Alguna vez.
-¿Cuándo?
-Hace mucho.
-¿Y qué cambió?
Freen la miró.
-Nada.
-Entonces, ¿por qué sigues aquí?
-Porque sobrevivir se convirtió en una costumbre.
Becky bajó la mirada.
-Yo no quiero que sobrevivir sea mi única opción.
Freen la observó.
-¿Qué quieres?
Becky pensó.
-Quiero vivir.
-¿Por cuánto tiempo?
-No lo sé.
-Eso es lo que te diferencia de mí.
-¿Qué?
-Tú sabes que el tiempo es limitado.
Freen acercó su taza a los labios.
-Yo olvidé hace mucho cómo se siente.
---
Dos meses.
La fecha se acercaba.
Y la relación entre ellas había cambiado.
Ya no eran bruja y princesa.
Eran simplemente Freen y Becky.
Una tarde Becky estaba cocinando.
-¿Qué haces?
Freen entró en la cocina.
-Intento preparar la cena.
-Eso huele terrible.
-Gracias.
-No era un cumplido.
-Lo sé.
Freen se acercó.
-Apártate.
-¿Por qué?
-Porque estás cortando las verduras de forma peligrosa.
-Sé cortar verduras.
-No.
-Sí.
Freen tomó el cuchillo.
-Mira.
Becky observó.
-Qué presumida.
-Eficiente.
-Presumida.
-Princesa.
-Bruja.
Freen sonrió.
-Me gusta cuando me llamas así.
Becky se quedó quieta.
-¿Bruja?
-No.
Freen levantó la mirada.
-Mi nombre.
Becky sintió que se le aceleraba el corazón.
-Freen.
-Sí.
El silencio cambió.
Freen dejó el cuchillo.
-Becky...
-¿Qué?
-No deberías mirarme así.
-¿Cómo?
-Como si...
Freen no terminó.
Becky dio un paso más cerca.
-¿Como si qué?
-Como si fueras a besarme.
Becky sonrió.
-¿Y si quiero?
Freen respiró lentamente.
-Entonces deberías pensar en las consecuencias.
-¿Qué consecuencias?
-Tú vas a morir.
Becky se quedó inmóvil.
Freen bajó la mirada.
-Yo no.
-Eso no cambia lo que siento ahora.
-Para mí sí.
-¿Por qué?
-Porque ya perdí demasiadas personas.
-Entonces deja de decidir por mí.
Freen la miró.
Becky dio otro paso.
-No quiero que me trates como si ya estuviera muerta.
Freen cerró los ojos.
-No sé cómo hacerlo de otra manera.
Becky tomó suavemente su mano.
-Aprende.
Freen abrió los ojos.
Y la besó.
Fue un beso lento.
Cauteloso.
Como si Freen temiera que Becky desapareciera en cuanto la tocara.
Cuando se separaron, Becky susurró:
-¿Te arrepientes?
Freen negó.
-No.
-Bien.
-Pero tengo miedo.
-Yo también.
-¿De qué?
Becky sonrió.
-De que me vuelva a gustar demasiado.
Freen soltó una pequeña risa.
-Eso sí es un problema.
---
Faltaban cinco días.
Y entonces Freen encontró la respuesta.
Becky la encontró llorando en la biblioteca.
-¿Qué pasó?
Freen levantó la mirada.
Tenía un libro abierto.
-La maldición.
Becky se acercó.
-¿La rompiste?
-No.
-Entonces...
-Entendí cómo funciona.
Freen señaló una página.
-Tu maldición no está diseñada para matarte.
Becky frunció el ceño.
-¿Qué?
-Está diseñada para obligarte a entregar tu vida.
-No entiendo.
-La maldición fue creada por alguien que creía que una vida solo tenía valor si era ofrecida por amor, deber o sacrificio.
-¿Y qué significa eso?
Freen la miró.
-Que no puedo salvarte obligándote a vivir.
Becky sintió un escalofrío.
-Entonces, ¿qué tengo que hacer?
-Elegir.
-¿Elegir qué?
-Tu propia vida.
-No entiendo.
Freen se acercó.
-Toda tu vida has sido princesa.
-Sí.
-Hija.
-Sí.
-Herencia.
-Sí.
-Responsabilidad.
Becky bajó la mirada.
-Sí.
-Nunca has tenido que decidir qué querías tú.
Becky sintió lágrimas en los ojos.
-¿Y si quiero vivir?
-Entonces tienes que quererlo por ti.
-¿Y si quiero vivir contigo?
Freen se quedó completamente quieta.
-Eso también tiene que ser tu elección.
Becky la miró.
-Entonces te elijo.
Freen negó.
-No tan rápido.
-¿Por qué?
-Porque no quiero que me elijas por miedo a morir.
Becky respiró profundamente.
-No te estoy eligiendo porque tenga miedo de morir.
Se acercó.
-Te estoy eligiendo porque cuando estoy contigo no siento que estoy esperando morir.
Freen cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su mejilla.
-Becky...
-Quiero vivir.
Tomó su rostro entre las manos.
-Quiero equivocarme.
La voz le tembló.
-Quiero viajar.
-Quiero aprender.
-Quiero despertarme contigo.
Freen lloró en silencio.
-Quiero tener años.
-Quiero tener arrugas.
Freen soltó una risa entre lágrimas.
-Eso es lo que quieres.
-Sí.
Becky sonrió.
-Y quiero que tú estés allí para quejarte de ellas.
Freen la abrazó.
-Entonces vive.
-Voy a hacerlo.
---
El día de su cumpleaños llegó.
Becky despertó esperando sentir algo.
Dolor.
Miedo.
El final.
Pero nada ocurrió.
Abrió los ojos.
Freen estaba sentada junto a la cama.
-Buenos días.
Becky la miró.
-¿Estoy viva?
-Sí.
-¿Seguro?
-Bastante.
Becky se echó a reír.
Y después lloró.
Freen tomó su mano.
-La maldición se rompió.
Becky la abrazó.
-Gracias.
Freen la sostuvo.
-No fui yo.
-Sí fuiste.
-No.
-Entonces fue el amor.
Freen sonrió.
-Tal vez.
Becky levantó la cabeza.
-¿Qué vamos a hacer ahora?
Freen la miró.
-Lo que quieras.
-¿Cualquier cosa?
-Cualquier cosa.
Becky sonrió.
-Quiero quedarme.
Freen acarició su rostro.
-Entonces quédate.
-¿Y tú?
-Yo llevo trescientos cuarenta y siete años aquí.
-No me importa.
-¿No?
-No.
Becky volvió a besarla.
-Ahora quiero que los próximos años sean nuestros.
Freen cerró los ojos.
-¿Y cuando seas vieja?
-Me seguirás amando.
-Sí.
-¿Y cuando tenga arrugas?
-Sí.
-¿Y cuando ya no pueda correr?
-Caminaré contigo.
-¿Y cuando tenga el cabello blanco?
Freen sonrió.
-Te quedará bonito.
Becky se rio.
-¿Y cuando muera?
La sonrisa de Freen desapareció.
-No me preguntes eso hoy.
Becky la abrazó.
-Está bien.
-Hoy solo vive.
-Contigo.
-Conmigo.
Y aquella fue la primera vez que Freen comprendió algo que había tardado siglos en aprender:
La inmortalidad no significaba tener infinitos años.
Significaba tener tiempo suficiente para descubrir qué hacer con ellos.
Y por primera vez en trescientos cuarenta y siete años, Freen no quería que el tiempo pasara rápido.
Quería cada día.
Cada mañana.
Cada discusión.
Cada beso.
Cada arruga que apareciera en el rostro de Becky.
Cada cumpleaños.
Cada pequeño momento.
Porque la eternidad había dejado de ser una condena.
Ahora tenía un nombre.
Becky. 🔮❤️








