Chapter 1 〢Amaia〢

Tres golpes.
Una pausa.
Otros dos golpes.
Sonreí antes de abrir los ojos.
No necesitaba mirar el reloj ni preguntarme quién estaba al otro lado de la puerta. Conocía aquel sonido tan bien como conocía mi propia respiración.
—Voy a matarte Jungkook —murmuré contra la almohada.
Los golpes volvieron a escucharse, esta vez acompañados por una voz.
—¡Sé que estas despierta!
Hundí el rostro en la almohada.
Era sábado.
El único día de la semana en que podía dormir hasta que mi cuerpo decidiera despertarse, sin alarmas, profesores ni trabajos pendientes.
Y ahí estaba él.
Como siempre.
Arruinando mis planes con una puntualidad admirable.
—¡Amaia!
—¡Estoy muerta! —grité desde mi habitación— ¡Vuelve el lunes!
Hubo silencio.
Después mi teléfono vibró sobre la mesita de noche.

Entrecerré los ojos.
Otro mensaje.

Me incorporé lentamente.
Un tercero.

Maldito manipulador.
Me arrastré fuera de la cama, busqué mis pantuflas debajo de una silla y caminé hacia la entrada. Cuando abrí, Jungkook estaba apoyado contra el marco de la puerta.
Llevaba una sudadera negra demasiado grande, pantalones deportivos grises y el cabello oscuro ligeramente despeinado acompañado de una mochila que colgaba en su hombro derecho y sostenía dos bolsas de papel.
Sonreía.
Esa sonrisa.
La que aparecía primero en una esquina de su boca y después terminaba arrugándole suavemente los ojos.
—Buenos días, princesa.
Lo miré sin expresión.
—Ojalá se te caiga un piano encima.
Su sonrisa se ensanchó.
—También te extrañe.
Entró sin esperar invitación, como llevaba haciendo desde que nos conocíamos, y dejó las bolsas sobre la pequeña mesa de la cocina.
—Son las 08:25 —me quejé, cerrando la puerta —¿Qué clase de psicópata viene a casa de alguien a las 08:25 de un sábado?
—Uno que se preocupa por tu alimentación.
—Uno que quiere morir joven.
—Qué agresiva amaneciste.
—Qué desafortunado que sigas respirando.
Jungkook soltó una carcajada.
Y, de alguna manera, mi apartamento dejó de sentirse silencioso, eso era lo que ocurría cada vez que aparecía. Jungkook no era una persona particularmente ruidosa, de hecho, con desconocidos podía pasar horas prácticamente sin hablar. Sin embargo, tenía una manera peculiar de llenar los espacios.
Quizá era porque siempre dejaba sus llaves en el mismo recipiente junto a la entrada, porque conocía exactamente qué cajón debía abrir para encontrar los cubiertos, porque encendía la pequeña radio de la cocina antes de preparar cualquier cosa o porque, sin preguntarme, sacaba dos tazas del armario como si aquel apartamento también fuera un poquito suyo.
Y supongo que lo era.
Al menos de una manera que nunca me había molestado.
—¿Dormiste bien? —preguntó mientras acomodaba los panecillos sobre un plato.
—Maravillosamente, hasta que un imbécil decidió despertarme.
—Qué pena ¿Lo conozco?
—Demasiado bien.
Me senté en la mesa, Jungkook colocó mi taza favorita frente a mí, la blanca con pequeñas flores azules.
Nunca se equivocaba.
—Te compré un latte con vainilla, sin canela.
Levanté la mirada.
—¿Cómo sabías que quería uno?
Me observó como si hubiera preguntado la mayor estupidez del mundo.
—Amaia, llevas tres años pidiendo exactamente lo mismo.
—Podría haber cambiado de gustos.
—Ayer me enviaste un mensaje diciendo que necesitabas urgentemente un latte con vainilla.
Lo pensé.
—Buen argumento.
Él sonrió, satisfecho, y se sentó frente a mí.
Mientras desayunábamos, me contó que había pasado casi toda la noche editando una pista musical para uno de sus proyectos universitarios.
Jungkook estudiaba Producción musical y por mi lado, estudiaba Literatura y escritura creativa.
Dos carreras completamente diferentes que, según él, demostraban que nuestra amistad estaba destinada a sobrevivir incluso a las peores decisiones académicas.
—Tengo que entregar la mezcla el lunes —comentó, arrancando un pedazo de pan —Pero hay algo en la segunda parte que no me convence.
—¿La escuchaste con los auriculares nuevos?
—Sí.
—¿Y en los altavoces?
—También.
—¿Y descansaste los oídos antes de volver a escucharla?
Jungkook dejó de masticar.
Lo señale con mi panecillo.
—Ajá, eso pensé.
—No empieces.
—¿Cuántas horas dormiste?
—Las suficientes.
—Jungkook
—Cuatro.
Lo miré horrorizada.
—¡Cuatro horas!
—Tres y media, si quieres ser precisa.
—Eres imposible.
Él se encogió de hombros.
—Pero me quieres.
La frase salió de sus labios con tanta naturalidad que ni siquiera levantó la mirada de su desayuno. Yo, en cambio, me quedé contemplándolo un segundo más de lo necesario.
Después bebí un sorbo de café.
—A veces me preguntó por qué.
Jungkook sonrió contra su taza.
—Por mi increíble personalidad.
—Por tu increíble capacidad de comprar comida.
—Eso también cuenta.
Y así comenzó nuestro sábado, como tantos otros, como si nada pudiera cambiar jamás.
Mientras Jungkook seguía hablando de su proyecto, lo observé distraídamente.
Tenía una pequeña mancha de chocolate en la comisura de los labios, ni siquiera parecía haberse dado cuenta.
Sonreí.
Había algo curioso en verlo así, cómodamente instalado en mi cocina.
A veces todavía podía reconocer en sus gestos al muchacho tímido que había conocido cuatro años atrás. Aquel que apenas se atrevía a levantar la mirada cuando alguien le hablaba, aquel que, sin saberlo, había terminado convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi vida.
Y entonces recordé nuestro primer encuentro.

Hace cuatro años atrás.
Conocía a Jungkook cuando teníamos 16 años.
Él acababa de trasladarse a mi instituto y yo había llegado tarde a clase por tercera vez aquella semana.
Recuerdo que entré con el uniforme ligeramente arrugado, el cabello húmedo por la lluvia y una excusa terrible preparada en la punta de la lengua.
Mi profesora me miró por encima de sus gafas.
—Señorita Amaia, qué agradable que haya decidido acompañarnos.
—Muchas gracias profesora, yo también me alegro de verla.
Algunos compañeros rieron, la profesora no.
—Siéntese.
Miré alrededor, mi lugar habitual estaba ocupado, también los asientos cercanos.
Solo uno quedaba libre.
Junto a un muchacho desconocido que mantenía la mirada fija sobre su cuaderno.
Me senté a su lado.
—Hola —susurré.
Él levantó apenas sus ojos.
—Hola.
—¿Eres nuevo?
Asintió.
—¿Cómo te llamas?
—Jungkook.
Esperé.
Él volvió a mirar su cuaderno.
Fruncí los labios.
—Bueno Jungkook, yo soy Amaia, mucho gusto. Me encanta conversar, odio las matemáticas, tengo un gato que se llama Mozart aunque mi mama dice que parece una rata, y no deberías confiar en los sándwiches de la cafetería porque el miércoles encontré algo que parecía una aceituna, pero estoy bastante segura de que las aceitunas no tienen patas.
Jungkook levantó lentamente la cabeza.
Me miró.
Parpadeó.
Y soltó una pequeña sonrisa.
Fue apenas un sonido.
Pero lo recuerdo perfectamente, porque algo en su expresión cambio.
Como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que entró al aula y finalmente encontrara una razón para relajarse.
—Hablas mucho —murmuró.
Sonreí.
—Y tú demasiado poco, haremos un buen equipo.
No respondió.
Pero cuando terminó la clase y descubrí que había olvidado mi paraguas, Jungkook apareció a mi lado, sosteniendo uno negro.
—¿Vas hacia la estación? —preguntó.
Asentí.
Él observó la lluvia que golpeaba los cristales.
Después abrió el paraguas.
—Podemos compartirlo.
Aquella fue nuestra primera caminata juntos.
Yo hablé durante casi todo el trayecto, de mis gatos, de los profesores, de las canciones que escuchaba cuando estaba triste y de un libro que había terminado la noche anterior.
Jungkook respondió con frases cortas.
A veces solamente asentía, pero me escuchaba.
De verdad.
Y cuando nos despedimos en la estación, hizo algo que todavía recuerdo.
Se quitó la mochila del hombro, buscó entre sus cosas y me entregó un pequeño paquete de pañuelos.
—Tienes el cabello mojado —dijo, señalando los mechones que se pegaban a mis mejillas —podrías resfriarte.
Lo miré.
Después mire los pañuelos.
—Gracias.
Jungkook asintió.
Pareció dudar un momento.
—Nos vemos mañana, Amaia.
Fue la primera vez que escuché mi nombre en su voz.
Y aunque entonces no le di importancia, años después seguiría recordando aquel instante con una claridad extraña, porque algunas personas comienzan a formar parte de nuestra vida antes de que comprendamos cuánto van a significar.
A partir de aquel día empezamos a sentarnos juntos.
Después llegaron los almuerzos compartidos, las tardes estudiando, los mensajes absurdos a medianoche, las llamadas cuando alguno no podía dormir, y, sin darme cuenta, Jungkook se convirtió en la persona a la que buscaba cuando algo bueno o malo me sucedía.
También descubrí que su timidez escondía un sentido del humor bastante cuestionable.
Que era competitivo hasta niveles preocupantes cuando jugábamos videojuegos.
Que lloraba con determinadas películas, aunque lo negara categóricamente.
Y que, cuando confiaba en alguien, podía volverse sorprendentemente cariñoso.
Conmigo, al menos, lo era.
Me abrazaba cuando estaba triste, me despeinaba para molestarme, apoyaba la cabeza en mi hombro cuando estaba cansado, y me tomaba de la muñeca al cruzar calles demasiado transitadas, como si yo fuera incapaz de reconocer un semáforo.
Aquellos gestos terminaron convirtiéndose en una costumbre, tan natural como respirar.
Tal vez ese había sido mi problema.
Que nunca supe identificar el momento exacto en que empecé a guardar algunos de nuestros recuerdos con un cuidado distinto.
Como si, entre miles de tardes iguales, hubierainstantes que merecieran permanecer intactos.
Regreso al presente.
—¿Vas a quedarte mirando esa página hasta que se escriba sola?
La voz de Jungkook me devolvió al presente.
Habían pasado casi tres horas desde el desayuno.
Él estaba sentado en el suelo de mi sala, con la espalda apoyada contra el sofá y su computadora portátil sobre las piernas. Tenía los auriculares colocados y movía ligeramente la cabeza al ritmo de una música que yo no podía escuchar.
Yo ocupaba el sofá, o, mejor dicho, estaba prácticamente enterrada entre almohadas, cuadernos y un libro abierto que llevaba veinte minutos sin leer.
—Estoy buscando inspiración —respondí.
Jungkook se quitó uno de los auriculares.
—Llevas media hora mirando la misma frase.
—La inspiración es tímida, no puedo presionarla.
—Creo que tu inspiración está durmiendo.
Le lancé un cojín.
Lo esquivó riéndose.
—Violencia contra un artista inocente —murmuró.
—Tú comenzaste.
—Yo solo estaba haciendo una observación.
Puse los ojos en blanco y regresé a mi cuaderno.
Debía entregar un relato el martes. El problema era que mi protagonista estaba enamorada de alguien a quien no se atrevía a confesárselo.
Había intentado escribir un final feliz.
Después uno triste.
Y finalmente había terminado borrando ambos porque ninguno me parecía suficientemente honesto.
—¿De qué trata? —preguntó Jungkook de repente.
Levanté la mirada.
—¿Mi relato?
Asintió.
Me acomodé sobre el sofá.
—De una chica que guarda un secreto.
—¿Qué secreto?
—Si te lo digo, pierde la gracia.
—Entonces ¿para qué me cuentas?
Sonreí.
—Tú preguntaste.
Jungkook negó con una sonrisa.
Después cerró su computadora y se giró para mirarme.
—¿Y por qué no puede contarlo?
Me quedé pensativa.
—Porque tiene miedo.
—¿De qué?
Observé la hoja, había una frase tachada tantas veces que apenas podía distinguir las palabras originales.
—De que, cuando lo diga, todo cambie.
Jungkook frunció ligeramente el ceño.
—Pero las cosas cambian de todas formas.
Levanté los ojos.
Él se encogió de hombros.
—Quiero decir... si se queda callada, tampoco puede saber qué habría pasado.
—Tal vez prefiera conservar lo que tiene.
—¿Aunque eso la haga infeliz?
No respondí inmediatamente.
Jungkook me observó con curiosidad, después sonrió.
—Creo que deberías hacer que lo confiese.
Solté una risita.
—¿Y si pierde a esa persona?
Él se quedó pensativo.
—Entonces sería un idiota por alejarse solo porque alguien lo quiere.
Lo miré.
Quizá demasiado tiempo.
Jungkook levantó una ceja.
—¿Qué?
Bajé inmediatamente la mirada.
—Nada, estoy considerando tu consejo.
—Deberías, soy brillante.
—Eres insoportable.
—También.
Volvió a ponerse los auriculares. Yo regresé a mi cuaderno.
Y durante varios minutos no escribí absolutamente nada.
Entonces sería una idiota por alejarse solo porque alguien lo quiere.
Era fácil decirlo cuando no eras tú quién podía perder algo.
A las 04:00 pm salimos a comprar ingredientes para preparar la cena.
Jungkook había decidido que cocinaríamos pasta.
Yo había decidido que aquella era una idea peligrosa. La última vez que intentamos preparar algo más complicado que arroz, terminó sonando la alarma de incendios de mi apartamento.
—Fue culpa del microondas —insistió mientras caminábamos por el supermercado.
—Le pusiste papel aluminio dentro.
—Fue un error de cálculo.
—Casi provocas una tragedia.
—Dramática.
—Pirómano.
—Exagerada.
Empujó suavemente el carrito contra mi cadera.
Solté una carcajada.
—¡Jungkook!
Él sonrió con aquella expresión traviesa que solo mostraba cuando estábamos solos.
Recorrimos los pasillos discutiendo sobre qué tipo de salsa comprar, cuánta pasta necesitábamos y si era absolutamente indispensable llevar una bolsa de caramelos.
Según Jungkook, sí.
Según yo, también.
Terminamos comprando más cosas de las previstas.
Al salir del supermercado, comenzó a llover.
No una lluvia suave, sino una terrible.
De esas que parecían caer desde todas las direcciones.
—Maravilloso —murmuré, observando el cielo —Nos vamos a ahogar.
Jungkook miró las bolas, después me miró a mí.
—Corre
—¿Qué?
—¡Corre, Ama!
Me tomó de la mano, y echamos a correr.
Atravesamos la acera entre risas, esquivando pequeños charcos mientras yo intentaba proteger las bolsas de papel.
—¡Jungkook, mis zapatos!
—¡Tus zapatos sobrevivirán!
—¡Mis pulmones no!
Finalmente alcanzamos el pequeño techo de una cafetería.
Llegué sin aliento.
Jungkook soltó mi mano y comenzó a reírse. Tenía el cabello completamente mojado, algunos mechones oscuros se le pegaban a la frente y su sudadera estaba empapada en los hombros.
—Pareces un pollito mojado —dije entre respiraciones.
Él me miró, después soltó una carcajada todavía más fuerte.
—¿Yo? ¡Mírate!
Me llevé una mano al cabello, estaba hecho un desastre.
—Te odio.
—Lo sé.
Una ráfaga de viento me hizo estremecerme.
Jungkook dejó de reír.
—¿Tienes frio?
—Un poco.
Me observó durante un segundo.
Después comenzó a quitarse la sudadera, debajo llevaba una camiseta negra.
—Toma.
Abrí los ojos.
—¡Jungkook, estás completamente mojado!
—La parte de dentro está seca.
—Vas a tener frío.
—Amaia.
—¿Qué?
—Póntela.
Su voz fue tranquila, sin impaciencia, como si no entendiera por qué discutía algo tan sencillo.
Terminé aceptando.
La sudadera era enorme, me cubría hasta la mitad de los muslos y tenía las mangas tan largas que apenas se veían mis dedos.
Jungkook soltó una risa al verme.
—Pareces un duende.
Lo golpeé suavemente en el brazo.
—Y tú pareces un delincuente.
—Uno muy guapo.
—Uno extremadamente humilde.
Volvió a reír.
Entonces levantó una mano.
—Espera.
Me quedé quieta.
Jungkook acercó los dedos a mi rostro, apartó cuidadosamente un mechón húmedo que se había quedado pegado a mi mejilla.
Fue un gesto breve, tan pequeño que probablemente lo olvidaría antes de terminar el día.
Pero yo sentí el roce de sus dedos incluso después de que retiró la mano.
—Ya —murmuró —tenías el cabello en los ojos.
—Ah.
Mi voz salió extrañamente baja.
Jungkook no pareció notarlo.
Observó la lluvia.
—Creo que tendremos que esperar.
Asentí.
Y metí las manos dentro de las mangas de su sudadera. Olía a detergente, a lluvia y a ese perfume suave que Jungkook utilizaba desde hacía meses.
Intenté concentrarme en cualquier otra cosa.
La calle, los coches y las personas que corrían buscando refugio, pero él estaba demasiado cerca. Nuestros hombros se rozaban cada vez que alguno se movía, y por alguna razón absurda, aquel contacto aparentemente insignificante me estaba poniendo más nerviosa que cualquier exposición universitaria.
—Disculpen.
Una mujer salió de la cafetería con dos vasos.
Nos observó con una sonrisa amable.
—Estamos ofreciendo chocolate caliente a quienes quedaron atrapados por la lluvia.
Jungkook levantó la cabeza.
—Muchas gracias.
La mujer nos entregó las bebidas.
Después nos miró alternativamente.
—Qué bonita pareja hacen.
Me quedé inmóvil, sentí el calor repentino subiéndome por el cuello.
Jungkook abrió ligeramente los ojos.
—Ah, no... —soltó una risita nerviosa —somos amigos.
La mujer pareció avergonzada.
—¡Oh! Disculpen Pensé que...
—No se preocupe —respondí rápidamente.
Sonreí.
Una sonrisa perfectamente educada y normal.
La mujer se despidió y regresó al interior.
Jungkook me miró, después soltó una carcajada.
—Siempre nos pasa.
Bebí un sorbo de chocolate, estaba demasiado caliente.
—Sí.
—Supongo que es porque hacemos todo juntos.
—Supongo.
Él sonrió y volvió a observar la lluvia.
Yo bajé la mirada hacia mis manos escondidas entre las mangas de su sudadera.
Somos amigos.
Dos palabras
Dos palabras completamente ciertas.
Y, aun así, algunas verdades pueden sentirse extrañamente incompletas.








