Vacaciones... Entre el acechó
Crecí con miedo... Una parte de ese miedo se la debía a los cuentos de mi abuelo sobre criaturas antediluvianas y presencias que acechaban en los entornos olvidados del mundo. La otra parte, quizás la más real, me la inculcó mi abuela. Por las noches, ella entraba en penumbras al cuarto donde dormíamos mi hermana y yo; con las manos temblorosas por el cansancio y el peso de los años, nos tocaba las frentes y empezaba a susurrar oraciones en un murmullo denso, apurado, como si intentara levantar un muro invisible entre la cama y lo que fuera que rondara afuera. Esos rezos a oscuras me hacían creer que las historias del abuelo no eran simples cuentos para asustarme. Y con el tiempo entendí que, de hecho... no lo eran.
San Juan de los Morros, Guárico - Venezuela, 14 de Agosto de 2008
En agosto de finales de la década, el sol de las cuatro de la tarde calido al igual que caluroso se mantiene imponente por la carretera mientras dejábamos atrás Carabobo, rumbo a San Juan de los Morros un viaje de aproximadamente dos horas. Íbamos a bordo de la Ford Explorer 2006 de mi padre, con las ventanas semiabiertas para dejar entrar la brisa y escuchábamos el firme rugido de la aceleración del motor V8. A nuestra derecha, la masa inmóvil del Lago de Valencia devolvía destellos dorados bajo el cielo y los tenues cambios de luminosidad por sombras pasajeras de las nubes que, por breves instantes, nos daban un respiro del calor.
—Tus abuelos saben que te graduaste de sexto grado con buenas notas y te tienen una sorpresa, Alejandro— dijo mi mamá, Antonella, desde el asiento del copiloto, apoyando una mano en el espaldar del asiento de papá y girando la cabeza hacia nosotros con una sonrisa cómplice — Pero no vayas a decirles que te conté, porque se supone que es un secreto.
A mis doce años, la sola idea de la sorpresa me mantenía entusiasmado durante todo el trayecto. Mi hermana Victoria, en cambio, de dieciséis años, parecía habitar en su propio universo. Aunque le gustaba la idea de ir a la finca, apenas esbozó una sonrisa tibia, se ajustó los audífonos y volvió a pegar la mirada a la ventanilla, perdiéndose en el ritmo de su música y en el volumen de algún libro sobre mitos que llevaba guardado en su bolso.
En los viajes por carretera, cuando el paisaje transita en montañas rocosas y se difuminan cada vez más lejanas hasta que las llanuras empieza a devorar la vista, uno aprende a medir el tiempo en recuerdos. Pasábamos las vacaciones en la finca de mis abuelos, hasta que volvieran a iniciar las clases, lo que llevo a mi hermana y a mi, compartir gran parte de nuestras infancias con ellos. Aunque mis abuelos llevaban décadas asentados en Guárico, ambos eran andinos, nacidos en las colinas frías de San Cristóbal. De jóvenes emigraron a Caracas buscando abrirse paso por un futuro mejor, o tal vez huyendo de la familia de mi abuela por su desaprobación sobre la relación; en Caracas mi abuelo Antonio, cumplió con el servicio militar obligatorio mientras mi abuela Ludys, trabajaba a disposición en una casa de familia.
Fue en su época militar cuando mi abuelo escuchó por primera vez hablar de las tierras de Guárico. Un compañero de armas le contó sobre parcelas lejanas donde, a fuerza de lomo y machete, un hombre inteligente podía levantar algo propio. Años después, tras ahorrar cada bolivar y soportar los reveses de la capital, esa conversación resucitó en su mente. Viajando hasta Guarico junto con mi abuela recién embarazada y con un presupuesto ajustado pero con un sueño que podría trascender a futuras generaciones. Compraron una pequeña parcela en San Juan de los Morros. En aquel entonces no era más que una estepa pelada y un conuco modesto, pero mis abuelos, inteligentes, resilientes y tercos como ellos solos, la hicieron crecer. Hoy en día, la propiedad contaba con corrales para el ganado bovino, un gallinero de ponedoras, hectáreas de maíz, quinchoncho, yuca y arroz, extendiéndose hasta colindar con el cauce del río. Para él ese terreno es su orgullo, tanto así que la familia mantuvo siempre una postura clara: mi abuelo Antonio exigió que sus hijos, nietos y futuros mantuvieran el apellido Ramírez como una manera de conservar a la familia.
Con mi abuelo siempre estaba el "Viejo Medina" que trabajaba para él, Rafael Medina, un hombre callado y leal que trabajaba y patrullaba la tierra como si fuera suya. Pocos sabían que Medina era aquel mismo amigo del servicio militar en Caracas; años atrás, aterrado por los castigos sobre la insubordinación del trato hacia los civiles y la crueldad de la fila india, intentó desertar. Mi abuelo no solo guardó el secreto y no lo delató ante los superiores, sino que, cuando Medina se vio sin un bolivar ni lugar adonde ir, lo acogió en la finca dándole techo y trabajo hasta el sol de hoy.
Ya estando en San Juan de los Morros, después de viajar en carretera como también en los recuerdos, eran pasadas las seis de la tarde cuando la Ford Explorer redujo la marcha para entrar al camino de tierra de la propiedad. La luz del atardecer se volvía rojiza y pesada.
Fue justo antes de cruzar la última tranquera cuando lo vi.
A lo lejos, en la linde donde la vegetación se espesaba cerca del canal del río, una figura permanecía de pie. Era una silueta humana, pero anormalmente alta y esbelta, con proporciones tan desgarbadas que rozaban lo imposible. Parpadeé, confundido por la impresión de la penumbra, y al segundo siguiente la figura se esfumó entre los matorrales. Justo detrás, atravesando la maleza a paso rápido, un perro flaco y oscuro cruzó el camino siguiendo un rastro invisible.
Sentí un chispazo frío en la nuca. Recordé de golpe una de las historias que el abuelo contaba al caer la noche: la de un hombre esbelto que camina sin descanso por los llanos, perseguido eternamente por una jauría de perros y condenado por matar a su propio padre. No sentí un pánico ciego, pero sí una punzada de duda, una intriga pesada que me mantuvo en silencio.
—Llegamos — anunció mi padre, Esteban Sumoza, apagando el motor.
Victoria, después de guardar su libro y sus audífonos en el bolso, se bajó de la camioneta para dar la bienvenida. Yo, en cambio, preferí bajarme directamente, consciente de la sorpresa pero sin ser tan evidente. Abracé a mi abuelo, quien esperaba con una sonrisa cálida frente a la Casona. Mi abuela Ludys, unos pasos más atrás, aguardaba en los escalones de la entrada; fui directo hacia ella para abrazarla con el mismo cariño.
Tras los saludos, me acosté en una de las hamacas del corredor. Mi papá estaba bajando el equipaje del vehículo, mientras mi mamá conversaba con mi abuelo sobre los pormenores del viaje. Victoria, luego de saludar a nuestro abuelo y abrazar con entusiasmo a mi abuela, pasó directamente a la Casona para elegir su habitación.
—Alejandro, ayuda a Esteban con las maletas —me indicó el abuelo que venía caminando junto a mi mamá al pasar a mi lado.
Papá era dueño de una cadena de bares-restaurantes reconocida a nivel estadal y, aunque su principal proveedor de carne y lácteos de primera calidad era la finca de su suegro, entre ambos siempre existía una tensión autoritaria: la visión moderna y comercial de Esteban chocando de frente con la mentalidad recia y tradicional de Antonio. Tal vez por eso mi abuelo no esperó a saludarlo y prefirió entrar a la casa acompañado de mi mamá.
Al acercarme al carro, le pregunté a mi papá si necesitaba ayuda. Me señaló las maletas que debía cargar mientras él se encargaba del resto. Una vez listo el equipaje, subimos juntos hacia la casa. Dejé las maletas al lado de la puerta principal y regresé a la hamaca a descansar.
De pronto, emergiendo del sendero oscuro, apareció Medina. Con su rifle descansando al costado, el sombrero inclinado sobre la frente y el andar pausado de quien acaba de patrullar los linderos, escupiendo de tanto en tanto los restos amargos del chimó. Me quedé observándolo desde la hamaca. Sus pisadas sonaron densas y pesadas al subir los escalones. Se detuvo un instante, me clavó la mirada y me ofreció su saludo de siempre: un gesto seco y respetuoso con la cabeza. Le devolví el saludo y lo vi perderse tras el umbral para reunirse con la familia.
El silencio del campo me envolvió de inmediato, roto únicamente por las conversaciones de bienvenida que se escuchaban dentro de la casa y el canto lejano de las chicharras, a la distancia solamente estaba la camioneta de mi papá y los extensos sembradíos cubiertos por la oscuridad, mientras que todo ese exterior se persivia hostil.
La Casona de estilo colonial tradicional se imponía como refugio, con un amplio patio interior, decorado con pequeños jardines, bancas para descansar y caminos que conducen a una fuente central. Las paredes anchas, acabadas de un blanco impoluto, contrastan cálidamente con la madera y la arcilla, mientras que unos amplios corredores se extienden alrededor de la estructura. La techumbre de tejas artesanales rojizas descansan sobre pilares y vigas de madera machihembrada; entre las columnas penden hamacas multicolores y pequeños nidos con bebedores para aves meciendose suavemente con la brisa de la noche. En los suelos, las baldosas artesanales de terracota conectan con las áreas techadas, las cuales lucen decoradas con plantas ornamentales en macetas de barro y sillas de cuero y madera distribuidas a lo largo de los pasillos que brindaban bienvenida.
Medina se despidió tras haber saludado y su silueta terminó por consumirse en la penumbra; seguro regresaba a sus patrullajes. Mi abuelo saliendo detrás de él, se acercó hacia la hamaca y me examinó con curiosidad.
—¿Qué tienes, muchacho? ¿Qué haces aquí solo?
Le iba a explicar lo que había visto antes de entrar a la finca, pero antes de que pudiera responderle, añadió:
—Antonella me contó lo del viaje, no te preocupes.
Supuse que se refería a la sorpresa que me había prometido mi mamá, pero cuando iba a aclarar la confusión, la voz de mi abuela interrumpió la charla llamándonos a cenar. Cruzamos el umbral mientras el abuelo atrancaba la puerta a nuestras espaldas.
En el comedor, al ver a mis padres conversando juntos en la mesa, una nostalgia tenue cruzó los ojos de mi abuela; era la mirada de quien recuerda sus propios años mozos y las batallas libradas por amor, en tiempos donde formar una familia parecía una causa perdida.
El olor de la comida impregnaba el comedor.
—La comida está lista: arroz, caraotas, carne molida y café recién colado —anunció la abuela.
El abuelo se sirvió únicamente una taza de café y comentó entre risas:
—¿Para qué tanta preguntadera, Ludys, si es evidente que el muchacho se está muriendo de hambre?
—No sea metido, Antonio, que a usted nadie le está preguntando —lo frenó ella en el mismo tono.
Me acomodé en la mesa a la espera de la comida. Victoria no estaba por ningún lado; seguro permanecía encerrada en su cuarto. El abuelo tomó asiento a mi lado mientras mis padres continuaban en lo suyo y mi abuela me servía el plato. Volvió a insistir con el tema de la sorpresa como motivo de quedarme afuera, pero le aclaré que era algo distinto: un suceso extraño ocurrido al momento de entrar a la finca.
—¿Qué pasó exactamente, muchacho? —preguntó, inclinándose hacia mí.
Le expliqué que guardaba relación con una de las leyendas que él solía contarme. El abuelo arrugó el entrecejo, diciendo que no lograba entender y que debía ser más preciso. Fue entonces cuando la voz de mi papá cortó la conversación:
—Ya estás asustando al niño otra vez, Antonio.
El ambiente se enrareció de inmediato.
—Bueno, es mi nieto, ¿qué tiene de malo echarle cuentos? —respondió el abuelo, alzando la barbilla.
—Una cosa son cuentos y otra muy distinta es espantarlo —replicó mi papá—. En las vacaciones pasadas no se le quitaba de la cabeza que se había encontrado con unos Momoyes en la escuela. Le estás llenando la mente con tus cosas raras.
—¿Cosas raras? La única cosa rara aquí es que, entre todos los pretendientes que tuvo mi hija, terminara eligiéndolo a usted.
El golpe fue seco. Se instaló un silencio pesado en el comedor. Mi papá se puso de pie bruscamente y se retiró en dirección a la habitación de huéspedes. Mi mamá miró a su padre con indignación contenida:
—No entiendo por qué siempre termina en lo mismo con ustedes ni por qué tienes que ser tan hiriente. Sabes perfectamente que él tiene razón: deja de llenarle la cabeza con esos cuentos, papá.
Sin esperar respuesta, ella también se levantó para ir tras los pasos de Esteban. La abuela, inmóvil con el plato de comida entre las manos, se quedó observando lo ocurrido, antes de depositar la cena en la mesa.
—Buen provecho, mi niño —murmuró con ternura, antes de clavarle al abuelo una mirada fulminante.
El abuelo me posó una mano pesada sobre la espalda a modo de consuelo, se acomodó una maza de chimó tras el labio y se puso de pie en silencio. Me quedé completamente solo ante la mesa.
Al terminar, recogí las sobras y llevé el plato al fregadero. Victoria ya estaba allí, lavando su plato. Me lanzó una mirada cargada de resentimiento:
—Mis papás volvieron a pelear por tu culpa. Siempre los pones en conflicto con las cosas que te inventas. A lo mejor estás enfermo del cerebro o algo así... algo que te hace ver cosas.
Decidí no responderle. Sostuve el plato en silencio hasta que ella desocupó el grifo.
Cuando salí de la cocina, la casa parecía desierta y todas las puertas permanecían cerradas. Tuve que andar a tientas para adivinar cuál sería mi dormitorio. Al pasar junto a una de las habitaciones, escuché las voces amortiguadas de mis padres, aunque me resultó imposible enterder lo que decían. Avancé hasta la puerta siguiente; ante el absoluto silencio, llamé con dos toques suaves.
Victoria me abrió apenas una rendija.
—Tu cuarto es el de al lado, junto al de los abuelos —dijo tajante, e inmediatamente me tiró la puerta en la cara.
Mientras intentaba dormir pensé en la sombra que había visto en el monte, conservaba su nitidez en mi memoria, aunque ya me sentía seguro en casa, la sensación de que las historias del abuelo estaban más cerca de la realidad de lo que mi confusión y mis padres no querían admitir acababa de echar raíces para siempre.
Me desperté en plena madrugada con ganas de orinar. Al atender el cuerpo y encaminarme hacia la cocina a buscar un vaso de agua, escuché pasos afuera de la casa. Un frío leve me corrió por la espalda. Me acerqué con cautela a la ventana y aparté apenas el borde de la cortina.
Afuera, bajo la penumbra, vi a alguien caminando con un saco a cuestas. Al observarlo con detenimiento, noté que no se veía tan demacrado como la primera persona que vi antes de entrar en el terreno cargando un bulto similar. Momentos después, apareció una segunda figura, también con un saco al lomo. La duda me carcomía: ¿eran trabajadores a destiempo o ladrones en la finca?
Antes de que pudiera formular una respuesta, Medina emergió de la sombra sosteniendo su rifle en alto. Parecía estar arreándolos, guiándolos a raya hacia algún punto lejano. Sentí un alivio inmediato; Medina es parte de la familia, un hombre leal a mi abuelo desde que tengo uso de razón. Decidí que lo mejor era volver a la cama y preguntarle por la mañana qué había pasado.
Volvía a mi cuarto y, justo cuando sostenía el pomo de la puerta para entrar, retumbaron a lo lejos unos estruendos secos. Dos disparos seguidos. Luego una pausa helada... y dos más. Como si aquellas personas simplemente no hubieran debido estar allí.
Me acosté con la piel erizada, incapaz de conciliar el sueño de nuevo.
Pasaron horas. Perder la noción del tiempo en la oscuridad es fácil; yo solo tenía la mirada clavada en el techo y la mano en el pecho, sintiendo los golpes de mis latidos. Por las rendijas de luz que atravesaban la cortina supe que comenzaba a amanecer.
Escuché el sonido distante de las puertas de las habitaciones abrirse y cerrarse. Luego, el crujido de alguien sentándose en una de las sillas de cuero del pasillo, meciéndose levemente. Aquel balanceo pausado transmitía la calma de quien contempla la mañana; pensé que seguro era mi abuelo o tal vez mi abuela, pues los ancianos aprecian de otro modo el inicio del día: ya vivieron su vida y usan las primeras horas del alba para reflexionar.
Cuando los gallos rompieron a cantar, usé el bullicio como pretexto para levantarme. Al salir, vi a mi abuelo profundamente dormido sobre la silla de cuero. En la cocina, mi abuela ya preparaba café y volteaba varias arepas sobre el budare caliente. Los demás todavía dormían.
—Me despertaron los gallos, abuela —le dije para disimular.
Ella sonrió y me ofreció un café con leche para espabilar. Mientras la ayudaba con los trastes, alguien tocó con firmeza a la puerta. Era Medina. Tenía la voz áspera y el rostro marcado por el cansancio.
—¿El viejo está despierto, niño? —preguntó.
Señalé hacia el pasillo, explicándole que dormia en el sillón. Con tono rutinario, preguntó si la señora ya había montado el cafe y, sin esperar mayor invitación, entró como quien conoce cada rincón de la casa desde hace décadas. Saludó a mi abuela, tomó una taza y se sirvió café mientras conversaba con ella.
Desde el marco de la entrada los observaba en silencio. El recuerdo de la madrugada volvió con fuerza. Tenía claro que preguntar directamente a Medina no era una opción: sería evasivo, me daría una respuesta a medias o simplemente esquivaría la duda. Decidí ir yo mismo hacia la dirección donde los había visto desaparecer y desde donde sospechaba que venían las detonaciones.
Al salir, el paisaje era engañosamente apacible. La luz del sol bañaba las grandes plantaciones con un esplendor cálido y el follaje lucía de un verde vivo. Parecía una mañana perfecta.
Caminé en dirección a la casa de Medina. Él no dormía en la Casona; tenía su propia vivienda dentro del terreno, bien acomodada y distante. Si algo había pasado anoche, allí encontraría alguna pista. Y no me equivocaba: los dos sacos estaban alineados en el corredor, apoyados contra unos pilares de madera.
Me acerqué con cautela, consciente del riesgo. Si preguntaba, nadie me respondería; pero la morbosa necesidad de saber si esas personas estaban vivas o muertas me empujaba a continuar. Rodié la estructura buscando una rendija por donde mirar. Pensé en romper un cristal, pero eso me metería en serios problemas.
Al alzar la vista, noté algo extraño en el entorno. A varios metros se levantaba un espesor de árboles. Recordaba que la arboleda principal estaba mucho más lejos, rodeando la llanura cerca del río, pero esta vegetación parecía estar ahí mismo, apretada y fuera de lugar.
Quizás Medina solo los asustó, intenté convencerarme. Quizás los disparos fueron al aire para ahuyentarlos hacia el monte.
Traté de autoconvencerme de que todo era un juego de niños, una investigación infantil, pero el peso de la realidad contenía el aire: estábamos hablando de vidas humanas que tal vez ya no existían.
Al dar los primeros pasos hacia la linde de los árboles, regresó esa punzada en la nuca. La sensación inconfundible de sentirme observado, de ser acechado desde la arboleda.
Un silbido tenue y difuso resonó entre los troncos. El aire se volvió pesado. El calor del sol se extinguió en un instante y dio paso a un frío antinatural. El verde brillante del follaje comenzó a difuminarse hasta ser engullido por una oscuridad densa. Solo quedábamos la arboleda abismal y yo, frente a frente.
—¡NIÑO!
El grito de Medina me sobresaltó al tiempo que su mano me sujetaba con fuerza del hombro, haciéndome girar bruscamente.
—¿Estás bien? Te llamé varias veces y no respondías nada —dijo, mirándome fijamente.
Aturdido, parpadeé intentando asimilar el entorno.
—Tu abuelo te llama —continuó él, soltándome sin esperar respuesta. —Dice que subas a la Casona, que te tiene un regalo —.
Miré a mi alrededor y el aire se me congeló en la garganta: no me había movido un solo metro del frente de la casa de Medina. La arboleda densa ni los sacos estaban donde los vi. El sol volvía a brillar normalmente.
Eché a caminar de vuelta a la Casona con el corazón desbocado. El miedo me oprimía el pecho: ya no me sentía seguro en la finca de mis abuelos. Sabía que si le contaba a Medina lo que acababa de experimentar, me tomaría por loco o por ingenuo. Tenía que hablar con mi abuelo inmediatamente para entender qué estaba pasando realmente.
Final de capitulo.







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