Chapter 1
La primera vez que Becky vio el espejo, pensó que era horrible.
No antiguo.
No misterioso.
No encantado.
Simplemente horrible.
-¿Quién pondría esto aquí?
La habitación estaba cubierta de polvo.
Había muebles viejos, cortinas descoloridas y cuadros que Becky no había tenido el valor de mirar demasiado tiempo porque todos parecían tener rostros demasiado serios.
Pero el espejo era diferente.
Enorme.
Casi dos metros de alto.
El marco estaba hecho de madera oscura, tallada con ramas, flores y pequeñas figuras que parecían rostros humanos.
Becky se acercó.
-Definitivamente no combina con nada.
Se limpió el polvo de la superficie con la manga.
Y entonces vio su reflejo.
Nada extraño.
Su rostro.
Su ropa.
Su habitación detrás.
Becky respiró tranquila.
-Perfecto.
Se dio la vuelta.
Y escuchó una voz.
-¿Vas a dejarme así?
Becky se quedó congelada.
Giró lentamente.
En el espejo había otra mujer.
Becky gritó.
-¡DIOS!
Retrocedió.
La mujer del espejo levantó una ceja.
-Eso fue ofensivo.
-¿Quién eres?
-Podría preguntarte lo mismo.
-¡Tú estás dentro de mi espejo!
-No es tu espejo.
-Está en mi casa.
-Eso tampoco significa que sea tuyo.
Becky la miró fijamente.
La mujer parecía completamente real.
Cabello oscuro.
Vestido negro.
Piel pálida.
Ojos tranquilos.
Y una expresión que parecía demasiado divertida para alguien que acababa de aparecer dentro de un espejo.
-¿Eres un fantasma?
-No exactamente.
-¿Un demonio?
-Tampoco.
-¿Una bruja?
-No.
-¿Un monstruo?
La mujer sonrió.
-Depende de a quién le preguntes.
Becky tragó saliva.
-Esto no puede estar pasando.
-Está pasando.
-Voy a salir.
-De acuerdo.
Becky dio un paso hacia la puerta.
-Espera.
Se detuvo.
-¿Qué?
-No cierres la puerta.
-¿Por qué?
La mujer bajó ligeramente la mirada.
-Porque llevo mucho tiempo sin hablar con nadie.
Aquello cambió algo.
Becky volvió a mirar el espejo.
-¿Cuánto tiempo?
-No lo sé.
-¿Cómo que no lo sabes?
-Aquí el tiempo no funciona igual.
Becky dudó.
-¿Tienes nombre?
-Freen.
-Yo soy Becky.
-Lo sé.
Becky frunció el ceño.
-¿Cómo sabes mi nombre?
Freen señaló el suelo.
Había una vieja fotografía.
Becky la recogió.
En ella aparecía su abuela.
-Tu familia ha vivido aquí durante generaciones.
-Sí.
-Yo estaba aquí antes.
Becky volvió a mirar el espejo.
-¿Cuánto antes?
Freen sonrió tristemente.
-Mucho antes de que tu familia llegara.
Aquella noche Becky no pudo dormir.
A las dos de la mañana bajó a la habitación.
Freen seguía allí.
Sentada al otro lado del cristal.
-¿Sigues despierta?
-No puedo dormir.
-Yo tampoco.
-Tú no puedes dormir.
-Exacto.
Becky se sentó frente al espejo.
-¿Nunca sales?
Freen negó.
-No.
-¿Nunca?
-Nunca.
-¿Y no te aburres?
Freen la miró.
-¿Tú no te aburrirías si estuvieras encerrada durante siglos?
-Probablemente me volvería loca.
-Ya lo hice.
Becky sonrió.
-No pareces loca.
-Eso es porque llevo mucho tiempo practicando.
Becky soltó una risa.
Freen la observó.
-¿Qué?
-Nada.
-Me estás mirando.
-Sí.
-¿Por qué?
Becky se encogió de hombros.
-No sé.
-Eso es inquietante.
-Tú apareciste dentro de mi espejo.
-Buen punto.
Se quedaron en silencio.
Después Becky preguntó:
-¿Qué haces todo el día?
-Observo.
-¿Qué?
-Todo.
-¿A la gente?
-Sí.
-Eso suena un poco aterrador.
-Lo es.
-¿Has visto cosas que no debías?
Freen sonrió.
-Muchas.
-¿Y secretos?
-Demasiados.
-¿Y nunca los cuentas?
-No.
-¿Por qué?
-Porque si estás atrapada en un espejo durante siglos aprendes algo.
-¿Qué?
Freen apoyó una mano contra el cristal.
-Los secretos dejan de ser interesantes cuando no puedes compartirlos con nadie.
Becky miró aquella mano.
Sin pensarlo demasiado, levantó la suya y la apoyó contra el otro lado.
Sus palmas quedaron separadas por el cristal.
Freen la observó.
-¿Qué haces?
-No sé.
-Podrías romper el espejo.
-¿Podría?
-No.
-Entonces estamos bien.
Freen sonrió.
Y por primera vez, Becky pensó que aquella mujer era hermosa.
Las visitas se volvieron habituales.
Becky bajaba después de cenar.
A veces llevaba comida.
-No puedes comer.
-Lo sé.
-Entonces, ¿por qué te traje esto?
-Porque eres rara.
-Tú eres la mujer atrapada en un espejo.
-Eso no responde.
-Pero tampoco me contradice.
Freen se rio.
-¿Qué trajiste?
-Pastel.
-¿De chocolate?
-Sí.
-Me gustaba el chocolate.
Becky se detuvo.
-¿Te gustaba?
-Antes.
-¿Antes de qué?
Freen la miró.
-Antes del espejo.
Becky sintió una pequeña punzada en el pecho.
-¿Puedes recordar tu vida?
-Todo.
-¿Tu familia?
-Sí.
-¿Tus amigos?
-Algunos.
-¿Alguien que amaras?
Freen tardó en responder.
-Sí.
Becky bajó la voz.
-¿Qué pasó?
-Murió.
-Lo siento.
-Después murió otra persona.
-Freen...
-Y después otra.
Freen miró hacia el fondo del espejo.
-Al principio lloraba.
-¿Y luego?
-Después dejé de hacerlo.
Becky se quedó callada.
-Eso es triste.
-Es práctico.
-No.
Freen volvió a mirarla.
-¿No?
-No creo que dejar de llorar porque ya no esperas nada sea práctico.
Freen sonrió ligeramente.
-¿Siempre tienes que discutir conmigo?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque alguien tiene que hacerlo.
Una noche, Becky llegó mucho más tarde.
Freen estaba esperando.
-Estás tarde.
Becky dejó el bolso en el suelo.
-Tuve una cita.
Freen se quedó quieta.
-¿Una cita?
-Sí.
-¿Con quién?
Becky sonrió.
-¿Estás celosa?
-No.
-Mentira.
-No puedo sentir celos.
-Acabas de preguntar con quién estaba.
-Porque quería saber.
-Eso es celos.
Freen cruzó los brazos.
-No me gusta esa palabra.
-¿Por qué?
-Porque implica que tengo derecho a reclamarte.
Becky se quedó callada.
-¿Y no lo tienes?
Freen levantó la mirada.
-No.
-¿Por qué?
-Porque tú puedes salir de esta habitación.
Becky se acercó.
-¿Y?
-Puedes conocer personas.
-Sí.
-Puedes enamorarte.
-Sí.
-Puedes tener una vida.
Becky la miró fijamente.
-Y tú puedes formar parte de ella.
Freen negó lentamente.
-No sabes lo que estás diciendo.
-Sí sé.
-No.
-Sí.
-Becky...
-Me gustas.
Silencio.
Freen no se movió.
-No digas eso.
-¿Por qué?
-Porque yo no puedo darte lo que necesitas.
-¿Y quién dijo que sé lo que necesito?
-Tienes toda una vida fuera de este lugar.
-Y sigo viniendo aquí.
-Por curiosidad.
-Hace meses que dejé de venir por curiosidad.
Freen apartó la mirada.
-Entonces estás cometiendo un error.
Becky respiró profundamente.
-Puede ser.
-No quiero que te arrepientas.
-Y yo no quiero que decidas por mí.
Freen volvió a mirarla.
Becky apoyó una mano en el espejo.
-No necesito que salgas del espejo mañana.
-¿Entonces qué necesitas?
-Que dejes de decirme que me vaya.
Freen cerró los ojos.
-Eso puedo intentarlo.
-Bien.
-Pero no prometo hacerlo bien.
Becky sonrió.
-Yo tampoco.
Pasaron semanas.
Becky empezó a contarle todo.
Sus problemas.
Sus sueños.
Las cosas que la avergonzaban.
Las pequeñas alegrías.
Freen escuchaba.
Nunca la juzgaba.
Y poco a poco Becky descubrió que detrás de aquella expresión tranquila había una mujer increíblemente sensible.
Una madrugada, Becky estaba sentada en el suelo.
-Tengo miedo.
-¿De qué?
-De enamorarme de alguien que no puedo tocar.
Freen permaneció en silencio.
-Yo también tengo miedo.
-¿De qué?
-De que un día dejes de venir.
Becky levantó la mirada.
-No va a pasar.
-No puedes prometer eso.
-Sí puedo.
-No.
-¿Por qué no?
-Porque los humanos cambian.
Becky se acercó al espejo.
-Entonces cambia conmigo.
Freen sonrió tristemente.
-No sabes cuánto quisiera poder hacerlo.
Un día Becky encontró un libro antiguo en la biblioteca familiar.
Era un registro de la casa.
Y allí aparecía el espejo.
Había una página escrita a mano.
"El espíritu puede ser liberado."
Becky dejó de respirar.
Siguió leyendo.
"Pero ningún espíritu puede abandonar el cristal sin un intercambio."
Debajo había una frase.
"Una vida por otra."
Becky cerró el libro.
Bajó corriendo las escaleras.
Freen la vio entrar.
-¿Qué ocurre?
Becky levantó el libro.
-Encontré una forma de sacarte.
Freen se puso pálida.
-No.
-Escúchame.
-No.
-Freen...
-No.
-Hay una manera.
-Y sé cuál es.
Becky se quedó quieta.
Freen se acercó al cristal.
-Tú ocuparías mi lugar.
-Solo temporalmente.
-No.
-Tiene que haber otra forma.
-No la hay.
-Podemos buscar.
-He buscado durante doscientos años.
-Entonces buscaremos juntas.
Freen negó con la cabeza.
-No voy a dejar que destruyas tu vida por mí.
-No estás escuchando.
-Te estoy escuchando perfectamente.
-Entonces escucha esto.
Becky puso una mano sobre el cristal.
-No quiero salvarte para perderte después.
Freen cerró los ojos.
-Becky...
-Estoy enamorada de ti.
La voz de Becky tembló.
-Y no quiero una versión de mi vida donde tú solo existas detrás de un vidrio.
Freen levantó lentamente la mano.
La colocó sobre la de Becky.
-Yo también te amo.
Becky sonrió entre lágrimas.
-Entonces encontraremos otra forma.
Durante meses investigaron.
Libros.
Leyendas.
Historias familiares.
Todo.
Hasta que encontraron algo.
Una antigua inscripción detrás del marco.
Freen la leyó.
-"El espejo no libera a quien quiere escapar."
Becky frunció el ceño.
-¿Entonces?
Freen siguió.
-"Libera a quien encuentra un lugar al que pertenecer."
Becky la miró.
-¿Qué significa?
Freen negó lentamente.
-No lo sé.
Entonces Becky tuvo una idea.
-Tal vez nunca necesitaste cambiar de lugar.
-¿Qué?
-Tal vez necesitabas dejar de estar sola.
Freen la miró.
-Eso suena demasiado sencillo.
-Las cosas importantes suelen serlo.
Becky apoyó ambas manos sobre el espejo.
-¿Y si tu prisión no es el cristal?
Freen se acercó.
-¿Entonces qué es?
-La idea de que no perteneces a ningún sitio.
Freen se quedó inmóvil.
Una grieta apareció en el espejo.
Becky abrió los ojos.
-Freen.
Otra grieta.
Luego otra.
Freen retrocedió.
-No.
-¿Qué ocurre?
-No sé.
El espejo comenzó a vibrar.
Becky extendió la mano.
-¡Freen!
El cristal estalló.
Pero no cayó al suelo.
Se convirtió en una lluvia de pequeñas partículas de luz.
Y Freen cayó hacia delante.
Becky la atrapó.
Por primera vez sintió su peso.
Su temperatura.
Su respiración.
Freen abrió los ojos.
Miró sus manos.
Después tocó el rostro de Becky.
-Estás aquí.
Becky sonrió entre lágrimas.
-Tú también.
Freen la abrazó.
Fuerte.
Como si temiera que desapareciera.
Becky enterró el rostro en su cuello.
-¿Puedes sentirme?
-Sí.
-¿De verdad?
Freen la apretó más.
-Sí.
-Entonces no me sueltes.
-No pienso hacerlo.
La primera noche fuera del espejo fue extraña.
Freen caminaba lentamente.
Tocaba las paredes.
Las ventanas.
Las plantas.
La taza de café.
Todo parecía nuevo.
Becky la observaba.
-¿Qué?
-Nada.
-Me estás mirando.
-Sí.
-¿Por qué?
Becky sonrió.
-Porque todavía me cuesta creer que estás aquí.
Freen se acercó.
-Puedes tocarme.
Becky levantó una mano y rozó su mejilla.
-Lo sé.
-¿Y?
Becky sonrió.
-Me gusta.
Freen tomó su mano.
-A mí también.
Se quedaron mirándose.
-Becky.
-¿Sí?
-Creo que tengo miedo.
-¿De qué?
-De ser feliz.
Becky sonrió.
-Entonces vamos a aprender.
-¿Cómo?
-Despacio.
Freen acercó la frente a la suya.
-¿Y si no sé hacerlo?
-Yo tampoco.
-Perfecto.
-¿Por qué?
-Porque entonces podemos aprender juntas.
Becky sonrió.
-Eso sí me gusta.
Y la besó.
Esta vez no había cristal entre ellas.
No había siglos.
No había una habitación cerrada.
Solo dos mujeres.
Una que había esperado demasiado tiempo.
Y otra que decidió quedarse.
A la mañana siguiente, Becky encontró el viejo espejo en el suelo.
Ya no reflejaba nada extraño.
Solo a ellas.
Juntas.
Freen lo miró durante unos segundos.
-¿Quieres conservarlo?
Becky negó.
-No.
-¿Por qué?
Becky tomó su mano.
-Porque ya no necesitamos un espejo para encontrarnos.
Freen sonrió.
Y salieron de la habitación.
Por primera vez en siglos, el espíritu del espejo dejó atrás su reflejo.
Y por primera vez en su vida, Becky descubrió que algunas historias de amor no comienzan cuando dos personas se encuentran.
Comienzan cuando una de ellas decide quedarse. 🪞❤️








