CAPÍTULO 1: CENA, ¿CUÁL CENA?
—Tienes 10,2 minutos para arribar a ese avión, Sherlock, no me repetiré.
—Término de inyectarme y estaré ahí.
—¿El doctor Lecter lo ha aprobado?
—Sabes que si.
Un asentimiento de cabeza hacia el teléfono es la única respuesta que ambos
obtendrán tras esa llamada. Los caminos del gobierno britanico, alias Mycroft Holmes, junto con el de su hermano menor y único detective consultor del mundo; se cruzaron con el del mismísimo destripador de Chesapeake. Desde un inicio ninguno de los involucrados sabría la profundidad a la cual los llevaría esa alianza, pero lo principal a tener en cuenta son los puntos de coincidencia que llevaron a que los Holmes y el doctor Hannibal Lecter estén prontos a reunirse en el hogar de este último para una cena de bienvenida al país del norte.
La última recaída de Sherlock lo dejó al borde de la muerte —un punto sin retorno desde el punto de vista de Mycroft— con lo cual su siguiente paso estuvo más que justificado. Contactar con uno de los mejores psiquiatras de Estados Unidos, conferencista en varias partes de europa, una eminencia dentro y fuera de su campo, etc. Mycroft leyó las recomendaciones sobre Hannibal Lecter antes de proceder a investigarlo a fondo. La videollamada entre ellos duró casi 6 horas. El trato propuesto por Mycroft, una vez aclarada la “confusión” sobre las actividades extracurriculares del doctor Lecter; se resumía de la siguiente forma: Sherlock recibiría un tratamiento especial con acompañamiento durante el tiempo necesario. A cambio, se le aseguraba discreción de niveles internacionales al doctor para que desarrolle sus actividades en paz.
Mycroft aguardaba la llegada de Sherlock —ocupado en estropear uno de los casos de Gregory— .El doctor les informó que su esposo, el agente especial del FBI William Graham estaría presente durante la cena. Las particularidades de cada uno de los comensales se desplegarán cuál abanico mientras discutían un asunto de suma urgencia que nada tenía que ver con el tratamiento de Sherlock.
El auto negro se detuvo frente a la fachada de ladrillos.
—Doctor Lecter — saluda Mycroft acompañado de un asentimiento.
—Sr. Holmes. Pase por favor. Mi esposo...
—Un retraso de 10 minutos por culpa del clima.
—Por supuesto.
Hannibal le dedicó una sonrisa mientras lo guiaba hacia el salón principal de su casa. El fuego del hogar crepita con fuerza, diluye en parte la música clásica que suena de fondo.
—¿Desea beber algo?
—Prefiero aguardar a mi hermano, no quiero perderme de su reacción, doctor, ante el despliegue dramático que promete — Mycroft se sienta en el sillón más cercano a la chimenea. Su paraguas al alcance de la mano.
Hannibal permanece de pie cerca del sector de bebidas.
—¿Cómo se adapta Sherlock al tratamiento?
—Sus impulsos continúan, por supuesto, pero le ha caído bien, doctor Lecter. Eso sucede... Pues, nunca en realidad.
—Habla por experiencia.
—Innegablemente.
—Su forma de procesar la información resulta interesante— observa Hannibal — Me gustaría una opinión de William al respecto.
—Trastorno de empatía — resume Mycroft con deleite —Lejos estamos los Holmes de sufrir algo por el estilo.
—Claro.
La sonrisa secreta de Hannibal resulta una combinación entre perturbadora y complaciente.
—Digame doctor,...
La puerta de entrada se abre con un chasquido, seguido de unos pasos lentos. Will Graham aparece en el umbral del salón, quitándose la chaqueta y sacudiendo los restos de nieve sobre la alfombra.
—Hannibal, ¿Podrías...?— se detiene a medio de la frase una vez levanta la mirada y se topa con la figura de Mycroft cerca de la chimenea.
Hannibal se acerca a Will, toma la chaqueta de sus manos y le da un beso suave.
—Bienvenido a casa, milimasis.
Will le devuelve el beso con una sonrisa mínima.
—Hola — responde Will, prendado de esos ojos color borgoña, leyendo la situación. Asiente imperceptible permitiendo que Hannibal se aleje con su chaqueta en las manos hacia el perchero de la entrada.
—Profesor Graham — dice Mycroft acercándose. El apretón de manos dura más de lo estrictamente educado. Mycroft lee las señales externas, pero no llega más allá.
—No le recomiendo que lo intente. Will es sensible a los análisis profundos — explica Hannibal de regreso. Se desplaza sin hacer ruido. Ocupa su lugar junto a Will.
—No puedo prometer que mi hermano no quiera descifrarlo, profesor Graham. Su curiosidad nos ha traído hasta aquí.
—¿Tal así?
—Creo que podría tratarse de un intercambio favorecedor — agrega Hannibal.
—Si está la mitad de perturbado que usted, señor Holmes, no se que tan bueno sea, Hannibal — Will se giró para mirar a su esposo. Es un océano de calma en comparación a la enorme cantidad de emociones que bullen en el Holmes mayor. Enmascaradas por intrincados muros, se tornan débiles para las habilidades de Will.
—Veremos cuando sea el momento. Te serviré una copa y nos acompañaras — Hannibal ya se mueve hacia la zona de bebidas.
—En realidad, debo volver al trabajo, Solo vine a cambiarme de ropa. El caso dió otro giro.
—Y nuestro querido Jack no quiere prescindir de su sabueso favorito.
—Tu esposo no puede abandonar una víctima por una de tus cenas — aclara Will — debo hacer una inspección rápida del cadáver. Una hora a lo sumo.
—Claro que sí, William.
—No, ven aquí — acorta la distancia para sujetarlo de las solapas del traje a rayas rojo, su favorito. El beso es invasivo, posesivo a más no poder. Will muerde el labio inferior de Hannibal para obtener toda su atención — vuelvo en una hora para cenar con nuestros invitados. Señor Holmes, con su permiso — le da otro beso rápido a Hannibal — te amo.
La turbación de Hannibal frente a la existencia misma de Will lo sume en un breve intervalo silencioso. Se recupera, dentro de todo, rápido.
—¿Jamás ha creído en las relaciones afectivas, verdad señor Holmes? — señala Hannibal con aplomo.
—Todas las vidas acaban, todos los corazones se rompen.
No quiso, en verdad que está vez no fue su culpa. Sherlock iba a bordo de uno de los tantos coches misteriosos de su hermano rumbo a la cena con el doctor Lecter. Concentrado en repasar los últimos datos del caso que se superponen en sus deducciones. Para la policía —idiota— el culpable estaba tras las rejas por ende el caso estaba cerrado; pero para Sherlock las piezas se encajaron demasiado fácil, había algo más.
En medio de su ejercicio mental, el coche se detuvo abruptamente, obligándolo a salir de su palacio mental. Un accidente de tráfico. El sonido de las sirenas junto con el del cúmulo de personas lo atrae a Sherlock como abeja a la miel. Se baja del auto, recorre la distancia y recién se detiene junto a una de las ambulancias.
Choque múltiple, 3 heridos, 2 víctimas fatales, el conductor del auto con matrícula...
—Disculpe, no puede estar aquí.
Una voz grave le habla a la forma física de Sherlock. El resto de él es arrancado por segunda vez de su palacio mental. A punto de insultar a quien lo distrajo, sus ojos se topan de frente con unos azules. Tan claros que Sherlock se siente desnudo. Le siguen segundos de contemplación silenciosa, al menos entre ellos.
—El esposo del doctor Lecter— enfatiza Sherlock observando como el tal William Graham adopta su postura enseguida.
—Tome el desvío y siga...
—¿Es tu caso?
—Si.
—Lo ayudaré — Sherlock da algunos pasos más cerca de la escena.
—No necesito...
—Jamás obtendrás ayuda igual, soy el único detective consultor del mundo.
—¿Qué hay de su hermano? Se que eres el paciente de Hannibal.
—Mi hermano es el gobierno británico, irrelevante.
—No puedes estar aquí, mejor ve con Hannibal. Yo regreso enseguida.
Una lectura menor hace que Sherlock despliegue una de sus sonrisas menos psicópatas de altas capacidades y más cercanas a las mundanas.
—Está bien.
Aún con el cambio de ropa y la presentación con Mycroft, Sherlock sabe que la morgue hacia dónde se dirige el profesor Graham es la local, no la que pertenece a Quantico.
Menos de 15 minutos después ronda por los pasillos del hospital. El retraso del profesor Graham se debía a una discusión con su jefe junto con colegas ...
—Disculpa, pero no puedes estar aquí.
Misma frase en menos de una hora. Los peces de colores, como los llama fatcroft, son tan predecibles e inundan los lugares, cualquiera sean. Sherlock se vuelve hacia el espécimen, reaccionando por primera vez con su cuerpo antes que con su mente. Comienza un sonido hueco seguido de palpitaciones, sudor en las manos; incremento importante de la salivación. Una recaída era imposible. Sus medicamentos recetados por el doctor Lecter funcionaban, pero para Sherlock varias cosas de su existencia dejaron de tener sentido en el instante en que cruzó miradas con el doctor bajito que le fruncía el ceño a unos pasos de distancia por delante.
—¿Afganistán o Irak?
—¿Qué?
—¿Afganistán o Irak?
—¿Cómo...? Afganistán — la confusión en su rostro es todo un poema.
—¿En qué sala está la víctima del caso del agente Graham? — interviene rápido Sherlock.
—¿Cómo conoces a Will? — John se acerca peligrosamente y Sherlock responde dando un paso al frente. No retrocede como en otras ocasiones.
—Corte de pelo al ras, postura recta adquirida con años de entrenamiento militar, temblores en la mano dominante producto de terrores nocturnos y una herida de bala en el hombro izquierdo— el brillo en los ojos del extraño aumentan a medida que Sherlock habla— por cierto, lo del bastón es psicosomático.
—Wow eso fue... Increíble. ¿Cómo te llamas?
—Sherlock Holmes, doctor... — adopta una postura de pensamiento para enmascarar el temblor en su voz — John Watson.
—Vaya... ¿Qué hay sobre Will?
—Soy el único detective consultor en el mundo y paciente del esposo del profesor Graham.
—¿Detective consultor?
—Yo la creé.
—Jaja, no me sorprende. Y dime Sherlock, ¿Estás en el caso con Will?
—Exacto, John.
—Está bien— niega con la cabeza mientras sonríe —es por aquí.
Media hora más tarde, Will maldice entre dientes a Sherlock Holmes y sus intervenciones en su trabajo. Resulta que Beverly tuvo que suplantar al doctor Watson a último minuto cuando éste se vio arrastrado por Sherlock hacia dios sabe dónde. Will los interceptó cerca de la entrada del hospital local.
Sherlock ni siquiera detuvo su caminata para responder.
—¿Qué pasa, a dónde van, John? — Will camina un par de pasos por detrás.
—Él es Sherlock Holmes, y es detective...
—Detective consultor, único en el mundo — repite Will con cansancio — vas a detenerte ahora mismo, Sherlock.
Sherlock resopla antes de volverse hacia Will.
—nos dirigimos hacia la casa del doctor Lecter. Debería apurarse también, profesor Graham.
La respuesta de Will se pierde entre los pasos apresurados del dúo en busca de un taxi.
Una vez dentro, John se vuelve hacia el detective.
—Muy bien Sherlock, me podrías explicar...
—Tengamos una cita — suelta enseguida.
—¿Qué? — John casi se ahoga con su propia incredulidad.
—No me gusta repetirme, John. Si vamos a vivir juntos, tendrías que saberlo.
—¿Vivir juntos? — no contiene la risita nerviosa — no, Sherlock de verdad. ¿Quién eres y qué está pasando?
—Solo quiero invitarte a cenar — su imitación de un cachorro, lo sabe, siempre surte efecto.
—¿Para que te ayude con el caso de Will?
—Porque quiero que cenes conmigo, John. Solo por eso.
Una segunda primera vez en la vida de Sherlock es dedicarle una sonrisa sincera a John.
—Está bien.
Arriban a la mansión Lecter con la altura propia de una de las entradas Sherlockianas. Un toque en la puerta seguido del rostro del detective pegado a la mirilla. La figura que emerge desde dentro los observa con un grado de detalle que compite “sanamente” con el de los Holmes.
—Doctor Lecter, un placer conocerlo finalmente.
Hannibal asiente imitando a la perfección la humildad de un servidor.
—No sabía que vendría con alguien, su hermano no me lo hizo saber.
—Oh, fatcroft no le dirá nada interesante ni bajo amenaza. Este es mi colega, el doctor John Watson.
—¿Cirujano?— señala Hannibal.
—¿Es un pariente de Sherlock?
—Fui cirujano durante algunos años antes de dedicarme a la psiquiatría. Pero pasen, por favor. La cena no tarda. ¿William? — lanza la pregunta al aire.
—Su esposo aún está en el hospital, doctor. 27, 28 minutos.
—mmm — Tararea Hannibal.
John quiso acotar algo pero Sherlock lo tomó de la mano sin previo aviso y lo arrastró hacia el salón principal. La calidez del ambiente sufre un revés al descender de forma abrupta. El hombre de traje, portador de un paraguas aún cuando el clima de fuera solo anuncia una nevada sutil; le dedicó una mirada apreciativa a John, leyéndolo en cuestión de segundos. Los siguientes se dedica a enfrentarse a su hermano menor.
—Sherlock, está cena es una invitación exclusiva del doctor Lecter.
—John se queda.
—No me parece ...
—John se queda — la orden estremece a más de uno. Recuperada la compostura, se voltea hacia John con la sonrisa del taxi— perdón por eso, mi hermano no representa muy bien al gobierno británico.
—¿Él es...?
—El mismo.
—No, Sherlock. ¿A qué te refieres con el Gobierno britanico?
—No importa, ven siéntate aquí. Debemos esperar al profesor Graham para que fatcroft decida contarnos por qué nos reunió aquí.
Luego de esa presentación peculiar —John cree que haberse topado con Sherlock ya representa el inicio de su vida inusual — sigue al detective hasta un sillón largo ubicado en la esquina. Allí, obliga a John a sentarse para acto seguido apoyar su cabeza en su regazo. Cierra los ojos y pone sus manos bajo su mentón en señal de rezo.
El próximo silencio se desliza igual de suave que la música clásica de fondo. John mira al “gobierno británico”, quien sostiene una sonrisa enigmática hacia él. El doctor Lecter desapareció en otra habitación, donde John cree se halla la cocina. Sus dedos, por inercia, juegan con los bucles azabaches de Sherlock. Este no se mueve de su posición, tan a gusto dentro de su palacio de la memoria como lo está cada vez que debe descifrar un enigma: John es el mayor de todos ahora mismo.
Tan a gusto se siente John durante las típicas noches de cena/bar con amigos —nada de toparse con extraños atractivos cuyos hermanos resultan igual de enigmáticos como irritables. Añadiendo por defecto un modelo de pulcritud y serenidad investido en un traje a rayas rojas—. Las cervezas que Will le prometió a John para el fin de semana, suenan no solo lejanas sino que entran dentro de su nueva sección: “pre- rarezas”.
El momento se dilata hasta el punto en que John siente el hormigueo en sus piernas, pero por nada del mundo se movería de su posición. Puede perderse en la contemplación nada sutil de ese arco de cupido que le gustaría terminar la noche besando, o esos pómulos altos —rasgo que lo llevó a pensar en el doctor lecter y el posible parentesco entre ellos —; los ojos grises tormentosos de Sherlock al fijarse en él...
—Sherlock, abre los ojos y levántate. Las observaciones lascivas del doctor Watson son incómodas de oír — Mycroft acomoda su paraguas como si acabase de hacer una observación sobre el clima.
—¿Por qué no ayudas al doctor lecter en la cocina, o tienes miedo de acabar con el postre antes de tiempo?
—Eres tan infantil.
Aún a distancia, John alcanza a ver a ambos hermanos poner los ojos en blanco. En el caso de Sherlock, dura menos. Regresa la mirada a John y en este, al notar que lo observaba; le sonríe con calidez.
Por segunda vez en la noche la puerta de la mansión lecter sufre un revés importante. Excepto que no se trata de Will Graham. Por delante del agente del FBI un muy cabreado detective inspector de Scotland yard se dirigía sin miramientos hacia donde se encuentra Mycroft.
—¿Cómo se te ocurre inventar un accidente de último minuto, Mycroft Holmes?.
El paraguas del Holmes mayor cae al suelo cuando Greg Lestrade lo sujeta de la barbilla, obligándolo a cruzar miradas.
El doctor Lecter emerge cuál sombra desde la cocina para ubicarse detrás de Will. Éste por su parte hace un mapeo de la habitación, con una sonrisa prendada de los labios. Se vuelve apenas hacia Hannibal y ambos se miran, cómplices.
—Disculpe, inspector... — deja caer Hannibal con calma.
—no, mire. Este hombre que vé aquí ...
—fatcroft.
—Sherlock, cállate. Fui informado de que este hombre había sufrido un accidente con su coche. Tomé el primer vuelo que encontré disponible, viaje por horas oyendo el teclado infame de su secretaria...
—¿Anthea está aquí? — Mycroft se concentra solo en la mano de Gregory sobre su rostro.
—No me interrumpas — greg aprieta su agarre — no he podido concentrarme por culpa de un caso que reabrimos a último minuto.
—Estaba mal, Gavín.
—dije que te calles, Sherlock. En fin, no duermo hace más de 24 horas y resulta que te encuentro sano y salvo.
—Y gordo.
—Sherlock — es el turno de John de intentarlo. Surte efecto inmediato en el detective.
—Eh, gracias — greg observa la escena de Sherlock a gusto reposado sobre el extraño de mirada amable — espero que el mundo se esté acabando o lo que consideres parecido, Mycroft.
Greg suelta al Holmes mayor en pos de pasarse los dedos por el pelo, controlando la frustración.
—si ya has terminado...
—No — pronuncia Sherlock en voz alta y poniéndose de pie con una agilidad asombrosa. En tres zancadas se pone frente a Mycroft.
—¿Disculpa querido hermano? — El destello de conciencia que capta en Sherlock hace sonreír a Mycroft.
—No vas a hacerlo.
Greg es el primero en reaccionar frente a la desconcertante situación.
—eh, Sherlock, está bien...
—No graham... Lestrade; no está bien.
—¿De qué hablas...? Espera, ¿supiste mi apellido todo este tiempo? — greg lo toma del hombro para que lo mire.
—Irrelevante — Sherlock ignora a Greg en pos de regresar junto de John. Con las manos en la espalda, no le quita la mirada a su hermano.
—Lo pensé primero, Sherlock.
—No sabía al respecto.
—No queríamos creerlo.
—Me enseñaste a no creer.
—¿Desde cuándo has sido tan devoto de mis enseñanzas?
—No lo harás antes que yo, Mycroft.
—Basta. Basta de esto — Greg se frota la cara con desesperación— que alguno de los dos nos explique de que están hablando, ¡ahora mismo!
—Seré yo quien se case primero — afirma Sherlock con toda seguridad.
—¿Espera...que? ¿Tienes pareja?— John se levanta de forma repentina, olvidándose de su dolor muscular.
—No seas ridículo, John. Obviamente me refiero a ti— las siguiente palabras son un susurro en comparación— como si pudiera enamorarme de alguien más.
—Eso... eso no lo sabes — John buscó dar con esos ojos grises.
—Eres mi conductor de luz John, futuro compañero de piso, de trabajo y de cama. ¿Algún problema?
—Eh...
Si bien al regreso de su baja del ejército a causa de un disparo John pensó en acabar con su vida; en medio de sus rezos desesperados hacia el silencio de su habitación dudaba que se le escaparan cosas como : quiero toparme con el único detective consultor del mundo, hermoso hasta el hartazgo casi tanto como inteligente que quiera casarse conmigo, me mire con un grado de atención que ni siquiera he tenido con mis objetivos de matanza en servicio. Me prometa extravagancia, aventuras y deseo por explorarse mutuamente hasta la no- saciedad.
No, sus rezos eran más del tipo: espero sobrevivir a mi mismo hasta la salida del sol.
—Quiero que me lo pidas — dice John, resuelto; cruzándose de brazos.
—Ay por dios.
—Sherlock, hazlo.
—¿Por qué? Vas a aceptar de todos modos
—¿Tú crees? — lo presiona John. La exhalación ruidosa de sherlock irrumpió la atmósfera expectante
—¿John...?
—Hamish — la sonrisa contenida de Sherlock lo obliga a mantener la seriedad por ambos — sigue.
—¿John hamish Watson, me harías el honor de aceptar ser el esposo del gran e inigualable Sherlock Holmes?
—Eres un idiota, pero si. Acepto.
—No se atrevan a acercarse un solo paso más — les advierte Greg subiendo el tono de voz. Cuadra los hombros y se vuelve hacia Mycroft — tú dirás.
—Gregory...
—24 horas sin dormir, sin café en sangre y creyendo que habías muerto. Ponte de rodillas ahora Holmes.
—El doctor Lecter y su esposo... — intentó por última vez el gobierno británico.
—Ya lo sabían, Mycroft. ¿No fue obvio? — Sherlock les sonríe a los Lecter, mismos que llevan observando la situación al detalle desde el comienzo. Hannibal se deleitaba casi tanto como cuando asistía a las mejores tragedias griegas mientras que Will echaba miradas para nada discretas hacia la cocina, muerto de hambre después de horas de trabajo.
—¿Inspector detective Gregory Adam lestrade ...
—si, si acepto My. Levántate antes de que ninguno pueda ayudar al otro — lo corta Greg. Le extiende la mano rápido para que Mycroft no pierda su decoro. Una vez desaparecidas las arrugas imperceptibles del traje de tres piezas; Greg lo besó con ternura — arreglaremos los pormenores de tus bromas más tarde, mi amor.
—Creo que el motivo inicial de está cena puede pasar a un segundo plano en pos de las felicitaciones. Pasen al comedor — anuncia Hannibal yendo detrás de Will.
Desde los años siguientes en una fecha a elección del anfitrión, el grupo de colegas/paciente/gobierno/greg y John; se reunirán a debatir infinidad de temas con resultados igual de inquietantes.








