Create New List
Share with your friends
Customize readability

LA TORMENTA DEL FARERO

All Rights Reserved ©

Summary

Diez años esperando una respuesta que nunca llegó. Un faro frente al mar. Una noche de tormenta, una lancha vacía y un pañuelo blanco ondeando al viento. Quizás, después de tanto tiempo, haya llegado el momento de conocer una verdad.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Un pueblo costero donde nunca pasa nada y la niebla siempre cubre el mar.

Mateo, un farero de 50 años. Vive aislado, en la sola compañía de sus libros.

Hace diez años, la persona que amaba desapareció en ese mismo mar. Sin rastros, ni cuerpo, el caso se cerró como un accidente. Mateo se quedó en el faro.

Hasta que una noche de tormenta, la luz del faro iluminó algo extraño varado en la orilla: una lancha vacía.

******

La lancha golpeaba contra las rocas de la orilla, con un quejido sordo del motor. Mateo bajó los escalones de piedra del acantilado, los dedos rígidos sosteniendo la linterna.

El viento le azotaba el rostro, helado. Al saltar a la cubierta de la embarcación, vio una mochila negra abierta. Apuntó con la luz hacia el interior.

Como un destello blanco lo encandiló, reconoció el pañuelo… se asomaba ondeando por una ráfaga de viento. Con la mano levemente temblando, lo recogió.

Al distinguir las letras bordadas en él, su corazón palpitó desbocado. Intentaba conseguir una bocanada de aire, que parecía desvanecerse a su alrededor.

Sin más. Tenía que encontrarla dondequiera que estuviera.

El rugido del motor que no avanzaba. Daba manotazos sobre el tablero de mandos, gritó “¡Arranca de una vez!”. La tormenta lo empapaba por completo.

Presionó los botones con torpeza. En lugar de responder, el tablero parpadeaba con una luz roja intermitente. Un hilo de humo gris saliendo de la caja de fusibles.

El agua del mar ya le llegaba a los tobillos dentro de la lancha.

Sacaba un fusible, otro y otro. Un relámpago iluminó el tablero. Vio el fusible quemado, lo cambió al instante. Apretó nuevamente el botón de encendido. El motor chilló, intentando arrancar.

«El tiempo se acaba». Saltó al agua, se sumergió hasta dar con la hélice. Desenredó las algas marinas, nadaba con todas sus fuerzas a la superficie. Trepó a la cubierta y encendió el motor.

Mientras la lluvia golpeaba su rostro, recordó el día que ella desapareció. Una tormenta igual. El mar embravecido con olas tan altas, que parecían un muro de agua. Su sonrisa, su mirada azul como ese mar. Se la llevó para nunca devolverla.

No lo pensó dos veces, se aferró al volante de la lancha. Viró para adentrarse en la inmensidad, en la oscuridad de la noche, solo rota por la luz de los relámpagos a lo lejos. Sus nudillos blancos, con el agua goteando como hilos delgados de los mechones caídos en su frente.

Encontraría a los ocupantes de esa lancha. Sus ojos fijos en el horizonte oscurecido, borroso, zigzagueante. «No la perdería de nuevo». Apretó su mandíbula hasta dolerle las sienes, aceleró el motor a todo lo que daba.

La lancha caía y se elevaba, sacudida por grandes olas. Plantó sus pies en la cubierta mojada, aunque resbalaba por momentos. No se detuvo.

Otro relámpago más, iluminó a la distancia una balsa amarilla balanceándose. El agua la cubría por momentos, como si quisiera tragársela. Giró el timón bruscamente en su dirección, embistiendo las olas, que se levantaban en una pared infranqueable.

Una mano firme agarraba el volante, otra empujaba la palanca del acelerador. Sus pies como plomo soportaban los impactos del oleaje. Sus ojos clavados en esa mancha amarilla que desaparecía entre las crestas blancas.

La inmensidad del mar parecía detener el tiempo, ralentizar su marcha. Su ceño fruncido, sus dientes apretados, sus ojos fijos en el punto amarillo en la lejanía.

El rugido de la tormenta ahogaba hasta sus pensamientos. Allí estaba, la balsa a su lado. La presión en el pecho, un nudo en el estómago. Soltó todo de golpe, lanzó una cuerda para engancharla. Jaló, jaló y jaló.

Una mancha roja en la soga, el ardor en sus palmas, pero siguió. La lluvia chocaba contra su rostro, cegado a ratos.

Al acercarse la balsa, vio una figura, rizos dorados que cubrían su rostro. «Es ella, tiene que ser ella». Un grito ahogado: “¡Elena!”.

En medio de la tormenta, la balsa amenazaba con irse al fondo.

La chica entreabrió los ojos unos segundos. Mateo se quedó inmóvil, al encontrarse con esa mirada verde. La tormenta se desvaneció, el silencio lo envolvió. «No es ella».

La cadena de su Elena, en el cuello de la desconocida. La chica se volvió a desmayar, mientras el dije brillaba bajo un relámpago.

Contuvo la respiración al tomarlo con sus dedos temblorosos y darle la vuelta. Alcanzó a leer entre gotas de agua la inscripción: Siempre Tuyo M.

Una ola golpeó la lancha, que se ladeó haciendo rodar todo por la cubierta. Mateo cargó a la chica entre sus brazos, avanzando con zancadas torpes. La colocó en un asiento, asegurándola con la correa. Aferró el volante con una mano, con la otra la palanca del acelerador.

Otra ola gigantesca se le venía encima. Su pulso firme viró el timón antes de que la masa de agua los volcara. Un ardor recorrió su brazo, gotas rosadas cayendo del volante. Mateo no lo soltó hasta divisar la luz del faro, a través de la espesa lluvia.

A medida que se acercaba al muelle, el rugido de la tormenta iba quedando atrás. Mateo miró de soslayo a la chica, al dije que brillaba con cada relámpago.

Empujó la puerta con su propio cuerpo, colocó a la chica todavía inconsciente en un sillón frente a la chimenea. Con sus manos entumecidas, casi tiritando, logró encender el fuego. El calor fue cobrando espacio.

Aún escurría agua. Buscó unas toallas, las pasó por el cuerpo de la chica, notó sus labios morados. Arrojó unas mantas gruesas sobre ella, arrastró el sillón más cerca de las llamas.

Trató de frotar las manos de la chica con las suyas, pero al verlas mancharse de rojo, se dio cuenta de sus propias heridas.

Fue al botiquín de primeros auxilios, se lavó las palmas destrozadas, un ardor penetrante le llegó hasta los huesos. Las cubrió con gasa, volvió junto a ella que empezaba a reaccionar.

La chica abrió los ojos lentamente. La claridad de golpe la cegó. Mateo le acomodó las mantas hasta que escuchó un leve murmullo.

—¿Dón… dónde… estoy…? —dijo con un hilo de voz, trataba de levantarse del sillón.

Mateo, todavía goteando agua de su frente, la detuvo por los hombros y le respondió en tono bajo:

—Quédate sentada, estás muy débil. —Tomó una bocanada de aire—. ¿Había alguien más contigo?

Ella quiso levantarse de nuevo pero las piernas le fallaron, cayó contra el respaldo. Mateo la sostuvo para que no se fuera al suelo. Con una voz suave pero firme, reiteró la pregunta.

—Yo... No sé... —balbuceó ella, con la mirada perdida.

—¿Cómo te llamas? —insistió Mateo, sosteniéndola.

—Yo... —repitió la joven, perdiendo el conocimiento nuevamente.

Mateo se quedó en silencio, sin moverse. Sus manos aún sujetando a la chica. Un zumbido que le taladraba las sienes. Se preguntaba quién era la chica, qué hacía con el dije de su Elena.

Se levantó de repente, apretando sus puños hasta que sus heridas volvieron a dolerle.

Instintivamente tocó el bolsillo del pantalón, sacó el pañuelo blanco, todavía empapado. Lo desdobló y extendió con cuidado frente a su rostro, repasó al tacto el nombre de su Elena bordado en él.

Lo puso delicadamente junto al fuego de la chimenea. Caminó directo a la mochila negra, tirada a un lado de la puerta.

Revolvió el interior, sacaba cosas hasta encontrar una billetera, que abrió con urgencia. Una fotografía de su Elena con una jovencita, un documento de identidad. El parecido de esa jovencita con la chica del sillón era demasiado. «Tenía un nombre».

Mateo miró el documento y al leer, una punzada en el pecho, le faltó el aire, pronunció su nombre en un susurro: “¡Elena Ramírez!”.

Su mirada recorrió rápidamente la habitación hasta el sillón. Los rizos dorados que brillaban con las llamas de la chimenea, como los de su Elena.

Al detallar el carnet, la fecha de nacimiento de la chica, cuando su Elena era muy joven, estaban separados. Moviendo la cabeza levemente de un lado al otro, susurró: “¡No, no puede ser!”.

En sus manos la fotografía, observaba que su Elena llevaba la cadena con el dije que le regaló. Al intentar guardar todo en la billetera, encontró un compartimento más que no había revisado.

Sacó un papel muy doblado que parecía antiguo, comenzó a leerlo.

"Querida mamá, un beso para ti y para papá. Por acá todo bien, Mateo en lo suyo, ya sabes... Y yo no puedo dejar de pensar en ella, tengo que encontrarla mamá. No puedo decirle a Mateo que me ayude porque no me perdonaría por lo que hice".

Mateo tragó saliva. El piso se movió a sus pies. Tuvo que sentarse para continuar leyendo.

"Pero si la encuentro podría decirle la verdad y quizás me perdone."

Mateo siguió moviendo la cabeza de un lado al otro. Unos gemidos quedos de la chica lo hicieron girar, olvidando por un segundo lo que leía.

La chica abrió los ojos, se encontró con Mateo de pie frente a ella, con una mirada escrutadora que la hizo temblar. Agarró con ambas manos la manta sobre su pecho.

Mateo erguido, voz áspera, extendió el brazo mostrándole la foto:

—¿Quién es ella? —señalando con su dedo la figura de Elena.

—Es... mi... mamá...

Mateo endureció su mirada, la mandíbula apretada marcando cada palabra.

—¿Dónde está ella?

La chica se acurrucó más en el sillón, con un hilo de voz apenas audible:

—Es... es... está... muerta.

Mateo se quedó inmóvil. La foto resbaló de sus dedos junto con la carta. Su alrededor se desvaneció, el silencio lo cubrió todo. Se tambaleó, se dejó caer pesado en la silla con la cara entre las manos.

La chica miró desde el fondo del sillón a ese hombre antes imponente, ahora quebrado. Se levantó con lentitud, sujetando una manta, dio un par de pasos hacia él.

Con un susurro preguntó:

—¿Qué le pasa?

Mateo levantó su vista vidriada, encontrándose con esos ojos verdes, los rizos dorados. Se puso de pie lentamente, con la voz rota apenas perceptible:

—¿Qué hacías en medio de una tormenta en el mar abierto?

La chica se abrazó con la manta, dio unos pasos hacia el fuego.

—Yo... buscaba... a mi padre… —balbuceó.

A Mateo se le aflojaron las piernas, tuvo que apoyarse con fuerza en la repisa de la chimenea.

El destello de los relámpagos colándose por las ventanas, el rugido de la tormenta silenciaba sus pensamientos. Todo en negro.

—¿Quién es usted?—murmuró la chica, fijando su vista en él mientras frotaba sus manos.

Mateo entrecerró sus ojos con las pupilas dilatadas, consiguió erguirse para pronunciar, casi sin aire:

—Soy Mateo.

La chica con la respiración entrecortada, las manos temblorosas, se tapó la boca para ahogar un gemido profundo.

Mateo la miró, con un nudo en la garganta, logró mover los labios, una voz ronca, muy bajo:

—¿Quién... es tu... padre?

Pausadamente, la chica se acercó, le tomó una mano entre las suyas, su calor contrastaba con la frialdad de él. Con voz firme respondió:

—Tú.

Los ojos de Mateo se abrieron de par en par. El sonido del mar desvaneciéndose en su derredor, la llama del fuego pareció envolverlo todo. Sus manos pequeñas abrazando la suya, vendada.

Ese primer contacto lo estremeció. Su Elena. Sus ojos azul profundo como el mar, que lo enamoraron a primera vista. Sus rizos dorados ondeaban con las ráfagas del viento. Sus manos entrelazadas, pequeñas, suaves, cálidas como las de esa chica. Su hija.

Mateo tomó las manos de la chica entre las suyas, se acercó con torpeza, la abrazó, tan profundamente como si volviera a abrazar a su Elena. La chica se quedó inmóvil unos segundos... hasta que también pasó sus brazos por la espalda de ese hombre. Su padre.

La tormenta se apagó, el sol asomándose por el horizonte, su luz natural arropando todo el lugar, el sonido suave, calmado del mar a lo lejos... Sus figuras recortadas, borrosas a través del gran ventanal del faro.

Let V.M. know what you thought about this chapter!
Love this

1

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

The Rewrite

Kate Schimmer Child: Amazing plot and characters. And so impressive you’ve written a story inside a story. Can’t wait to read more of your work ❤️

Read Now
The Neighbor's Son

kenshop: Just love these two and the love that develops between them. There are some bumps along the way. In the end it works out great.

Read Now
Off limits to fate, My Alpha, my sin

Shriya: It's a beautiful story with strong characters and a great story line. It's emotionally very engaging from start to finish. I enjoyed reading this.

Read Now
An Irish Match

MiinaReads: I loved everything about it. From its ups and downs and all the emotional rollercoaster rides this story had.💜May all of us find this type of love in our lives.🤲🏻✨

Read Now
Bear Shifter Secrets

Karen Nagy: This is a wonderful story with warm, endearing characters. It shows growth and acceptance of individual differences combined to make a strong unit. Loved the characters and enjoyed the writing style. Can't wait to read more!

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

jonahlee: at first i though it was a historical romance but realized it was a modern novel.I loved it ,great storyline

Read Now
Half-Claimed

Michael: I was completely shocked because I did not think I was going to like this at all, but it happened. I fell in love with it. I'm cool with it. Thank you very much for sharing this, and I look forward to more work from you.

Read Now
The Heir's Shadow

caldwtd: A bit of sweet in a world of violence. I enjoyed this story, and angst of each character believing they should not have these feelings towards each other. I did struggle with her seeming to be a bad ass, but yet was always so negative about herself, her negativity was a bit too much for my liking, I...

Read Now