Un encuentro inesperado
La música resonaba por todo el gran salón del palacio. Los candelabros iluminaban los elegantes vestidos de las princesas y los trajes de los príncipes, mientras los reyes y las reinas conversaban sobre alianzas, territorios y asuntos políticos.
Aquella noche se celebraba una gran fiesta real, y prácticamente todos los reinos habían sido invitados.
Entre los asistentes se encontraba el príncipe Joshua, heredero al trono. A sus veintiocho años, medía un metro ochenta y dos, tenía el cabello negro y una presencia imponente. Su porte elegante y su actitud segura llamaban la atención de quienes lo rodeaban.
Sin embargo, había algo en su apariencia que provocaba que muchas princesas perdieran rápidamente el interés en él.
Las cicatrices que la guerra había dejado en su rostro.
Una marca atravesaba la zona de uno de sus ojos, mientras otra pequeña cicatriz se extendía cerca de su labio. Para Joshua, eran recuerdos de una batalla de la que había logrado regresar con vida. Para las princesas que buscaban un esposo perfecto, parecían ser motivo suficiente para rechazarlo.
Y aquella noche no había sido diferente.
—¿Me concedería este baile, princesa? —preguntó Joshua, extendiendo educadamente la mano hacia una joven.
Ella lo observó durante unos segundos. Su mirada se detuvo en las cicatrices y su sonrisa desapareció ligeramente.
—Lo lamento, alteza. Me encuentro un poco cansada.
—No se preocupe. Que disfrute de la velada.
Joshua inclinó la cabeza con cortesía y la vio marcharse junto a sus amigas.
Soltó un suspiro discreto.
Otra vez lo mismo.
Estaba acostumbrado a los rechazos, aunque eso no significaba que le resultaran agradables. Había pasado años intentando demostrar que era mucho más que las marcas de su rostro, pero parecía que ninguna de las princesas estaba dispuesta a descubrirlo.
Aun así, mantuvo la compostura. Era el príncipe heredero y no permitiría que nadie notara cuánto le afectaban aquellas situaciones.
Se acomodó el cuello de su traje negro y recorrió el salón con la mirada, buscando un lugar donde pudiera escapar por unos minutos de las conversaciones y las falsas sonrisas.
Fue entonces cuando la vio.
Una joven estaba sentada junto a una de las grandes ventanas, apartada del bullicio. Mientras las demás princesas bailaban y conversaban con los invitados, ella parecía completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.
No intentaba llamar la atención de ningún príncipe. Tampoco parecía interesada en las conversaciones de los nobles.
Simplemente estaba allí, tranquila, observando la fiesta desde la distancia.
Joshua ladeó ligeramente la cabeza.
Al menos alguien parece compartir mi opinión sobre estas celebraciones.
Sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar hacia ella.
Rose llevaba apenas unos minutos deseando regresar a casa.
Sus padres la habían obligado a asistir a aquella fiesta, asegurándole que su presencia era importante para el reino. Aunque había intentado protestar, ninguno de los dos había cambiado de opinión.
Así que allí estaba, con un vestido elegante, rodeada de personas a las que apenas conocía y sin la menor idea de cómo iniciar una conversación.
Al llegar, sus padres se habían marchado a saludar a otros monarcas, dejándola sola en medio del salón.
Rose había intentado socializar, pero después de escuchar varias conversaciones sobre política y matrimonios entre familias reales, decidió que sería mucho más feliz sentada en un rincón.
Desde su lugar, observó a las parejas bailar y a los príncipes acercarse a las princesas.
Entonces vio a uno de ellos ser rechazado.
El hombre tenía el cabello negro, era alto y vestía de una manera impecable. Incluso desde lejos, Rose pudo distinguir las marcas de su rostro.
Qué grosera esa princesa, pensó al ver cómo ella se alejaba.
No conocía al hombre, pero había notado la expresión que intentó ocultar después del rechazo.
Por un momento, sintió curiosidad por él.
Sin embargo, no esperaba que aquel mismo príncipe comenzara a caminar directamente hacia donde estaba sentada.
Rose apartó la mirada de inmediato.
No, no, no. Por favor, que no venga aquí. ¿Qué se supone que voy a decirle?
Los pasos se detuvieron frente a ella.
—¿Es muy aburrido el espectáculo? —preguntó una voz masculina.
Rose levantó la cabeza.
El príncipe estaba frente a ella, observándola con una expresión ligeramente divertida.
De cerca era incluso más atractivo. Sus ojos tenían una intensidad particular y, aunque las cicatrices eran visibles, no le parecieron desagradables. De hecho, le daban un aspecto que lo distinguía de los demás hombres del salón.
Rose tardó un instante en responder.
—No es eso. Es solo que no soy buena socializando.
El príncipe soltó una risa breve.
—Bienvenida al club. A mí me pagan por esto, pero no significa que me guste.
Rose lo miró, sorprendida por su respuesta.
No esperaba que alguien de la realeza hablara con tanta naturalidad.
El joven tomó asiento en la silla contigua y dirigió una mirada hacia los invitados que bailaban.
—¿De dónde vienes? No te había visto por estos pasillos antes de esta noche.
—Soy de la Ciudad de las Flores —respondió ella.
—La Ciudad de las Flores —repitió él—. He oído que es un lugar hermoso. Mucho más tranquilo que este caos.
—Lo es. Aunque mis padres parecen creer que necesito aprender a disfrutar de fiestas como esta.
El príncipe sonrió ligeramente.
—Ah, el clásico «tu presencia es importante». El código diplomático para decir: «Ponte un vestido bonito y quédate quieta mientras nosotros negociamos».
Rose no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.
—¡Exactamente! —respondió, cubriéndose la boca por un instante—. Pensé que era la única que lo veía así.
—Créeme, princesa, estás lejos de ser la única.
Por primera vez desde que había llegado al palacio, Rose se sintió cómoda conversando con alguien.
El príncipe no parecía interesado en presumir de su riqueza ni en impresionarla con historias sobre sus hazañas. Simplemente hablaba con ella como si fueran dos personas normales que habían terminado atrapadas en la misma situación.
Después de unos segundos de silencio, Rose giró el rostro hacia él.
—Oye, por cierto, me llamo Rose.
El joven la miró y extendió una mano.
—Joshua.
Rose estrechó su mano con una pequeña sonrisa.
—Es un placer conocerte, Joshua.
—El placer es mío, Rose.
Ella volvió a mirar hacia el salón, donde las parejas continuaban bailando al ritmo de la música.
—¿No deberías estar bailando con alguna princesa? —preguntó con curiosidad.
Joshua soltó una pequeña risa y se recostó en su silla.
—¿Y perderme esta maravillosa conversación sobre lo mucho que odiamos las fiestas reales? Sería una tragedia.
Rose sonrió, divertida.
—Qué dramático.
—No tienes idea.
Ambos rieron suavemente.
Por primera vez en toda la noche, Joshua no sintió la necesidad de buscar otra compañía ni de fingir que disfrutaba de aquella celebración. Y Rose, que había llegado convencida de que pasaría la velada completamente sola, comenzó a pensar que quizá la noche no sería tan terrible después de todo.
La música continuó llenando el salón mientras ellos seguían conversando, ajenos por unos instantes al bullicio de la fiesta.
Todavía eran dos desconocidos.
No sabían casi nada el uno del otro, ni podían imaginar qué les depararía el futuro.
Por ahora, solo eran Joshua y Rose, dos personas que no habían elegido estar allí y que, de manera inesperada, habían encontrado en el otro una agradable compañía.
Fin del capítulo 1.








