Carta 1
Querido tú:
Ni siquiera sé por dónde empezar. Supongo que podría decirte que te extraño, aunque me avergüence admitirlo. Te esperé tanto tiempo, te deseé con toda mi alma y te entregué todo lo que tenía. Mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mis miedos y mis lágrimas. Te di demasiado, incluso cuando en el fondo sabía que quizá no merecías nada de mí.
Ojalá pudiera decir que fuiste lo mejor que me pasó en la vida, pero estaría mintiendo. Me hiciste daño y, aun así, aquí estoy, escribiéndote. Porque no sé qué hacer con todo esto que todavía siento por ti. No sé cómo sacarte de mi cabeza ni cómo dejar de extrañar a alguien que me hizo tanto daño.
¿Sabes qué es lo que más extraño de ti? A tu otro tú. Al que me enamoró, al que me trataba con dulzura, al que me hacía sentir querida. Al hombre que me abrazaba como si le importara, que me besaba como si deseara estar conmigo y que me decía cosas que yo, estúpidamente, quería creer.
Extraño a ese hombre al que alguna vez le dije «te amo». Al que le entregué mi corazón sin pensar que un día terminaría arrepintiéndome de haberlo hecho.
Porque yo sí te amé. Y ese es uno de mis mayores problemas: que no puedo fingir que lo nuestro no significó nada para mí, aunque ahora me cueste aceptar lo poco que quizá significó para ti.
Recuerdo cómo me tocabas, como si fuera de cristal. Tenías tanto cuidado conmigo que llegué a creer que jamás serías capaz de hacerme daño.
Qué equivocada estaba.
No me rompiste la piel ni el cuerpo. Me rompiste por dentro. Me hiciste dudar de mí, de lo que merecía y hasta de mi capacidad para reconocer cuándo alguien me estaba mintiendo.
Y lo peor es que durante mucho tiempo quise culparte de todo.
¡Todo fue culpa tuya!
Eso quisiera gritarte. Quisiera tenerte enfrente y decirte cuánto me dolió descubrir que aquel hombre del que me enamoré no era quien yo creía. Quisiera reclamarte cada mentira, cada promesa que no cumpliste y cada vez que me hiciste sentir que estaba exagerando por esperar de ti lo mismo que yo te daba.
Pero no puedo culparte de todo.
Porque yo también tuve la culpa de algunas cosas. No de tus mentiras, no de tus decisiones, no de la manera en que me lastimaste. Eso te pertenece a ti.
Pero yo sabía que algo no estaba bien. En el fondo, sabía que tus palabras no siempre coincidían con tus acciones. Hubo momentos en los que dudé de ti, en los que algo dentro de mí me decía que abriera los ojos.
Y no lo hice.
Preferí creer que me amabas. Preferí aferrarme a los momentos buenos y convencerme de que eran suficientes para justificar todo lo demás. Me conformé con las migajas de un amor que yo estaba dispuesta a darte entero.
Qué estúpida fui.
Y no, no me arrepiento de haberte amado. Me arrepiento de las veces que me olvidé de mí por intentar conservarte. De haber ignorado lo que sentía, de haber justificado tus errores y de haberme quedado esperando algo que quizá nunca ibas a darme.
Me arrepiento de haber permitido que tu manera de quererme terminara haciéndome sentir que yo era el problema.
Ahora debería odiarte. Sería mucho más fácil si pudiera recordar tu nombre y sentir únicamente rabia. Si pudiera pensar en ti sin extrañar tus abrazos, sin recordar tus besos y sin preguntarme cómo habría sido todo si las cosas hubieran sido diferentes.
Pero no te odio.
Y a veces eso me da más rabia que todo lo demás.
Porque no quiero extrañarte. No quiero pensar en ti. No quiero seguir dándote un lugar en mi vida cuando tú ya no estás aquí.
Sin embargo, hay días en los que te extraño tanto que termino recordando incluso aquello que me hizo llorar. Y me odio un poco por eso, por seguir encontrando algo que extrañar en una persona que me dejó tantas razones para olvidarla.
Quizá extraño lo que teníamos. Quizá extraño lo que creí que teníamos. O quizá simplemente extraño sentirme amada por ti, aunque ahora me pregunte cuánto de aquello fue verdad.
No lo sé.
Lo único que sé es que todavía tengo cosas que quisiera decirte. Cosas que me guardé, palabras que nunca pronuncié y sentimientos que no desaparecieron cuando lo nuestro terminó.
Por eso te escribo.
No porque espere que regreses. Ni siquiera sé si querría volver a pasar por todo lo que viví contigo. Te escribo porque estoy cansada de guardarme estas palabras, de fingir que ya no me importa y de hacer como si haberte perdido fuera algo que superé hace mucho tiempo.
Tal vez algún día deje de extrañarte. Tal vez llegue el momento en que pueda recordarte sin sentir este vacío, sin preguntarme por qué no fui suficiente para que te quedaras o para que me amaras como decías hacerlo.
Pero hoy no es ese día.
Hoy todavía me dueles. Todavía te recuerdo. Y todavía hay una parte de mí que quisiera volver a sentir, aunque fuera por un instante, aquello que sentía cuando creía que me amabas.
Y eso es lo que más me cuesta admitir.
Después de todo lo que pasó, después de las mentiras, del daño y de todo lo que tuve que recoger de mí misma cuando te fuiste, todavía deseo escuchar esas palabras de tus labios.
Quisiera que me dijeras de nuevo te amo aunque sea mentira.








