Capítulo 1
Regla de supervivencia n.º 1: si en el pueblo te dan el pésame antes de llegar, no es amabilidad, es estadística.
POV Renata
La última gasolinera quedó atrás pasadas las cinco y, a partir de ahí, la carretera empezó a estrecharse como si alguien la estuviera enrollando desde el otro extremo. Yo iba contando cosas por la ventanilla porque contar me tranquiliza: cuatro calabazas en la puerta de una casa de piedra, tres perros que nos ladraron sin ganas, un cartel que avisaba de una curva peligrosa justo después de la curva peligrosa y ninguna barra de cobertura desde hacía veinte minutos.
—Deja el teléfono —dijo Kai sin apartar la vista de la carretera—. Aquí arriba no hay señal, es parte del encanto.
—También forma parte de todas las películas en las que la chica muere en el minuto doce.
—Tú tienes pinta de aguantar por lo menos hasta el cuarenta.
Me lo dijo con la sonrisa torcida que le dejaba ver ese colmillo montado que me parecía tan sexy, la misma que me había dedicado un mes antes en la barra de un bar cuando me retó a adivinar qué canción iba a sonar después y perdió la apuesta, y la ronda. Kai tenía veintiocho años, unos ojos verdes tan claros que parecían de mentira, unos brazos fuertes de cargar decorados en un teatro, con las venas marcándose en los antebrazos cada vez que giraba el volante, unas manos grandes llenas de cortes pequeños y una facilidad asombrosa para convertir cualquier cosa en un desafío, y por eso me gustaba.
Llevábamos un mes viéndonos sin ponerle nombre a lo nuestro y, a mis veinticuatro años, yo tenía un historial que no dejaba lugar a dudas. En todas mis relaciones, el momento más estresante había sido conocer a los padres, y en todas había salido corriendo justo antes. A mi novio de la universidad, por ejemplo, lo dejé en una gasolinera, con el depósito a medias, de camino a comer con su madre. Siempre me iba yo primero. Era más rápido y dolía menos, como arrancarse una tirita.
Por eso, cuando Kai me propuso pasar el puente en la casa de su padre, decidí que esta vez iba a romper el patrón. No porque me pareciera el definitivo, que me lo pasaba bien con él y follaba como los dioses, pero de ahí a pensar en el futuro había un buen trecho, sino por hacer algo diferente, a ver si así, por una vez, conseguía resultados diferentes. Además, el plan tenía su encanto: tres noches, chimenea, comida que no tendría que pagar yo y Kai sin ropa en un sitio sin vecinos.
Lo único raro había sido su insistencia con la fecha.
—Tiene que ser en Halloween —me había dicho tres veces en tres días distintos—. Cualquier otro fin de semana la casa es solo una casa, pero en Halloween mi padre se lo toma muy en serio.
—¿Tu padre se disfraza?
—Mi padre no se ha disfrazado en su vida —contestó, y luego se quedó callado un segundo más de lo normal, como si estuviera eligiendo la palabra con pinzas—. Mi padre prepara la casa.
No le di más vueltas. Supuse que a su padre le encantaba decorar para estas fechas y que a Kai se le contagiaba el entusiasmo.
Paramos a comprar vino en el último pueblo antes de llegar, que solo tenía una calle con una iglesia, un bar cerrado y una tienda que vendía de todo, desde pilas hasta botas de agua, y que esa semana tenía el escaparate lleno de calabazas de verdad y murciélagos de cartulina hechos por algún niño. La mujer del mostrador, que debía de rondar los setenta y llevaba las gafas colgadas de una cadena dorada, reconoció a Kai en cuanto entró y luego me miró a mí de arriba abajo con una atención que no me pareció nada cristiana.
—¿Ya estamos otra vez en la fecha? —le preguntó a él mientras envolvía las botellas en papel de periódico—. ¿Y esta es la de este año?
—Esta es Renata —dijo Kai, demasiado rápido.
—Pues que te dure, Renata —dijo, me devolvió el cambio y me dio una palmadita en la mano, como las que se les dan a los que van a operarse—. Abrígate, que allí arriba por la noche se pasa frío y también se oye todo.
En la camioneta le pregunté qué había querido decir con eso de «la de este año» y Kai se rio y me explicó con mucho detalle que en un pueblo de cuarenta habitantes nadie tenía nada mejor que hacer que llevar la cuenta de las vidas ajenas, lo cual era verdad y, al mismo tiempo, no respondía a mi pregunta. En mi trabajo eso tiene nombre. Soy perita de seguros, me paso el día leyendo partes de siniestros y visitando cocinas inundadas y coches abollados, y si algo he aprendido es que cuando alguien contesta con mucho detalle a una pregunta que no le has hecho, conviene anotarla en algún sitio. La anoté mentalmente: 17:48, primera respuesta sospechosa del fin de semana.
La casa apareció al final de un camino de pinos cuando ya casi no quedaba luz. Era grande, de piedra gris y dos plantas, con ventanas altas y estrechas y un porche de madera que daba la vuelta a toda la fachada, y no tenía ni una sola telaraña de plástico ni un esqueleto colgado de la barandilla, cosa que me desconcertó más que si los hubiera tenido. Lo único que anunciaba la fecha eran las calabazas de la escalera, una docena por lo menos, y ninguna tenía cara. Alguien las había tallado con una paciencia de relojero, con dibujos tan finos como un encaje, y la luz de las velas salía por los agujeros y dibujaba en el suelo del porche unas sombras que se movían con el viento. La más grande, la del último escalón, era la esfera de un reloj, con sus números romanos y sus dos agujas, y marcaba las tres.
—Las hace él —dijo Kai cuando vio que me había quedado mirándola—. Tarda una semana.
—¿Tu padre tarda una semana en tallar calabazas y no se te ocurrió avisarme de que necesita ayuda profesional?
—Te dije que se lo tomaba en serio.
Dentro no había más luz que la de la chimenea del salón, que se veía al fondo, y el vestíbulo olía a cera, a leña y a algo dulce que tardé un momento en reconocer como manzana asada. No se veía ni un trozo de pared. Todo estaba cubierto de cosas, y no de las que cuelga la gente normal, sino una serie de piezas que jamás hubiera puesto juntas por voluntad propia.
Había un tablero con decenas de llaves antiguas clavadas como si fueran mariposas, una fila de relojes de pared detenidos cada uno en una hora distinta, un espejo manchado con el marco dorado más elaborado que había visto en mi vida, una vitrina llena de ojos de cristal ordenados por colores, máscaras de madera con la boca abierta, un búho disecado que me siguió con la mirada aunque eso era imposible y, sentadas en los primeros peldaños, como invitadas que se han cansado de esperar, había cinco muñecas de porcelana del tamaño de una mujer menuda. Del mío, más o menos. Eran figuras de escaparate de principios de siglo, con la cara y las manos de porcelana y el cuerpo de cartón piedra, con un corsé en la cintura, moños altos y vestidos de encaje amarillento. Tenían las manos juntas sobre el regazo, todas con la misma sonrisa de quien sabe algo que tú no.
Mi primera impresión fue que había entrado en la casa de un loco. La segunda, que el loco tenía mucho dinero y muy mal criterio para elegir compañía. Junto a la escalera había un reloj de pie, alto y oscuro, con el péndulo quieto detrás del cristal y las agujas detenidas en las tres y siete.
—Lleva once años parado —dijo Kai al ver que lo miraba—. No preguntes.
Me pareció raro que no lo hubieran reparado, pero no le di mucha importancia.
—¡Papá! —gritó Kai, y nadie contestó.
Yo dejé la maleta en el suelo y di un par de pasos hacia el salón, y entonces una voz grave y tranquila, sin ninguna prisa, salió de la escalera a oscuras, justo encima de mi cabeza.
—Llegan tarde.
Di un salto. No uno pequeño, de esos que se pueden disimular tosiendo, sino un salto completo, con gritito incluido y la mano en el pecho como una tía abuela en una boda, y mientras el corazón volvía a su sitio vi bajar a Rex Stone peldaño a peldaño, sin encender la luz, como si la oscuridad fuera suya.
Kai me había dicho que su padre tenía cuarenta y siete años y yo, no sé por qué, me había imaginado a alguien con chaleco de punto, barriga cervecera y problemas de espalda. Me equivoqué en lo del chaleco y la barriga, porque llevaba un jersey gris de lana gruesa remangado hasta los codos, y los antebrazos que asomaban eran gruesos y tenían las venas marcadas, de alguien que no se limita a mirar los muebles, también los carga, y yo, que tengo una debilidad documentada por los antebrazos, tuve que obligarme a mirar otra cosa.
Tampoco me equivoqué del todo en lo de la espalda, porque tenía los hombros muy anchos y un poco cargados, como alguien que se pasa muchas horas inclinado sobre una mesa. Era altísimo. Mido uno cincuenta y uno, y con Rex Stone delante tuve la sensación de que me había encogido otro poco.
Tenía el pelo oscuro y entrecano, más largo que el de Kai, recogido de cualquier manera, una barba corta que en el mentón ya era casi blanca, unos ojos grises tan claros que con la luz del fuego parecían de agua y unas gafas de lectura colgadas del cuello del jersey. Se paró en el último escalón, de modo que seguía sacándome una cabeza por un margen ofensivo, y me miró.
No me miró como se mira a la chica que trae tu hijo. Empezó por las botas, que eran nuevas y me estaban destrozando el talón derecho, subió despacio por unas caderas que yo llevaba media vida intentando disimular con abrigos largos, siguió por las manos, se detuvo un instante en mi cara y volvió a bajar a las manos, y tuve la sensación muy clara de que me estaba poniendo precio.
—Rex —dijo.
—Renata —respondí. Y como el silencio se alargaba, añadí—: Encantada, supongo.
—Supones bien.
Me tendió la mano. Era enorme, caliente y áspera, la mía desapareció dentro. Tenía una cicatriz blanca y fina que le cruzaba el pulgar, y apretó lo justo. Yo le sostuve la mirada porque odio perder, aunque sea a algo tan tonto como quién aparta antes los ojos, y durante unos segundos ninguno de los dos se movió, y Kai carraspeó a mi lado, y yo seguí aguantando, y entonces cometí el error de bajar la vista un instante a su boca, solo un instante, para comprobar si sonreía.
No sonreía. Pero se dio cuenta de dónde había mirado, y eso fue peor.
Rex 1, Renata 0, pensé mientras él me soltaba la mano y se agachaba a recoger mi maleta antes de que Kai pudiera hacerlo. Lo que no apunté en ningún marcador fue que, mientras subíamos la escalera, yo iba deseando que se volviera a mirarme otra vez, y que eso no tenía ninguna gracia, porque era el padre del chico con el que me acostaba.
Me llevó él mismo a la habitación de invitados, en el primer piso, al final de un pasillo con una alfombra larga que se tragaba los pasos. Era un cuarto enorme, con una cama de hierro, un armario de madera oscura con un espejo en la puerta, una ventana que daba directamente al bosque y un escritorio pequeño debajo de la ventana. Sobre la cómoda había una cabeza de maniquí con una peluca de rizos antiguos, y decidí no mirarla durante el resto del fin de semana. Dejó la maleta en una esquina, encendió la lámpara de la mesita y se quedó un momento en el umbral.
—La ducha tarda en calentar —dijo—. Las puertas de esta casa no tienen llave. La cena es a las nueve.
—¿Y si quiero cerrar la puerta?
—Puedes cerrarla. Lo que no puedes es echarle la llave.
Y se fue, y yo me quedé pensando que eso era exactamente lo que diría el asesino en el minuto doce de la película de terror.
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NB🎃








