Chapter 1
I. LA REINA QUE NO CONOCÍA LA TERNURA
El Reino de la Noche Eterna jamás había conocido un amanecer.
Sus ciudades se extendían bajo un cielo violeta, iluminadas por estrellas inmóviles y ríos de fuego negro que recorrían las montañas como venas de una criatura dormida. En sus fronteras, dragones de escamas oscuras custodiaban fortalezas construidas con obsidiana.
En el corazón de aquel territorio se alzaba el Palacio de las Siete Sombras.
Y en su salón imperial reinaba Freen Sarocha Chankimha.
A sus veintiocho años, Freen era considerada la soberana más temida de los siete dominios. Su corona de obsidiana descansaba sobre su cabello oscuro, y sus ojos poseían aquella intensidad que conseguía silenciar a una sala entera sin necesidad de pronunciar una palabra.
Vestía un traje imperial negro, bordado con hilos de plata y runas que reaccionaban a su magia.
Frente a ella, tres generales permanecían arrodillados.
—Las grietas han alcanzado la frontera oriental —informó el comandante principal—. Dos fortalezas han desaparecido y las criaturas celestiales se niegan a intervenir.
Freen apoyó un brazo en el trono.
—¿Cuántos habitantes hemos perdido?
—Más de cuatro mil, majestad.
Una llama negra apareció entre sus dedos.
—¿Y los dioses?
—Aseguran que se trata de un problema entre los reinos inferiores.
Freen cerró lentamente la mano.
La llama desapareció.
—Entonces les enseñaremos qué sucede cuando los reinos inferiores dejan de obedecer.
—Majestad —intervino uno de los consejeros—, existe otra posibilidad.
—Habla.
—La profecía de las dos coronas.
El salón quedó en silencio.
Freen conocía aquella historia. Todos los soberanos la conocían, aunque pocos se atrevían a mencionarla.
Una alianza entre la Noche Eterna y las Profundidades.
Un matrimonio.
Una unión de poderes capaz de reparar las grietas dimensionales.
—¿Quién gobierna actualmente las Profundidades? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Su Majestad Imperial Becky Rebecca Armstrong.
Freen exhaló con impaciencia.
Becky.
La reina que había rechazado tres tratados comerciales, devuelto dos declaraciones de guerra sin abrirlas y enviado una carta diplomática acompañada de una invitación a tomar el té.
Freen todavía conservaba aquella carta.
No porque le hubiera parecido encantadora.
Naturalmente, no.
La guardaba porque era una prueba de la extraordinaria insolencia de su autora.
—Preparad una delegación —ordenó—. Partiremos mañana.
—¿Y si la reina se niega?
Freen se levantó.
Las sombras se apartaron de su camino.
—Entonces tendré que convencerla personalmente.
Ninguno de los presentes se atrevió a señalar que, por primera vez en varios siglos, su soberana parecía ligeramente nerviosa.
II. LA REINA QUE ESCUCHABA A LOS MUERTOS
El Palacio de Cristal Abismal parecía suspendido en medio de un océano sin fondo.
Sus torres transparentes reflejaban luces azules y plateadas. Peces luminosos atravesaban los corredores como estrellas vivientes, mientras criaturas antiguas descansaban entre jardines de coral y árboles cuyas hojas parecían hechas de agua.
Allí gobernaba Becky Rebecca Armstrong, reina de las Profundidades.
A sus veintisiete años, poseía una serenidad que confundía a sus adversarios. Sus vestidos combinaban seda azul, plata y cristales abismales; su corona parecía una ola detenida en el instante anterior a romper contra una costa.
Cuando la delegación de la Noche Eterna anunció su llegada, Becky se encontraba en el jardín de las almas, escuchando el recuerdo de una niña que había perdido a su madre durante una de las grietas dimensionales.
No podía devolverle a aquella niña lo que había perdido.
Pero podía conservar su recuerdo.
Y eso hacía.
—Majestad —anunció su consejera—, la reina Freen ha llegado.
Becky abrió los ojos.
—¿Personalmente?
—Sí.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Qué interesante.
—¿Deseáis recibirla en el salón diplomático?
—No. En el salón de los espejos.
Su consejera la miró con desconcierto.
—Majestad, ese salón se utiliza para las negociaciones más delicadas.
—Exactamente.
Becky se puso de pie.
—Quiero saber qué clase de mujer viene a pedirme matrimonio sin tener siquiera la cortesía de enviarme flores.
La consejera parpadeó.
—¿Matrimonio?
—Es una suposición.
Becky se acomodó la corona.
—Aunque, si resulta que viene a declararme la guerra, procuraré que las flores sean apropiadas para un funeral.
Cuando Freen entró en el salón de los espejos, encontró a Becky esperándola junto a una fuente de agua suspendida en el aire.
Durante varios segundos, ninguna habló.
Freen había esperado a una soberana arrogante, tal vez excesivamente segura de su propia belleza.
No había esperado aquella mirada.
Becky la observaba como si estuviera intentando descubrir algo que ni siquiera Freen sabía de sí misma.
—Reina Freen —saludó Becky—. Es un placer recibirte en mi reino.
—Reina Becky.
—Debo admitir que esperaba una carta.
—Las cartas no sirven para resolver guerras.
—Qué curioso. Yo he conseguido evitar varias con una sola.
Freen entrecerró los ojos.
Becky sonrió.
Y algo completamente inconveniente sucedió dentro del pecho de la reina de la Noche Eterna.
Sintió curiosidad.
No una curiosidad política, sino algo más peligroso.
Quiso escucharla hablar.
Quiso descubrir qué había detrás de aquella sonrisa.
Quiso saber cómo sería verla reír cuando no estuviera intentando provocarla.
Freen detestó inmediatamente aquellas preguntas.
—Tenemos un problema —declaró.
—Lo sé.
—Las grietas están destruyendo los dominios.
—También lo sé.
—Los dioses se niegan a intervenir.
—Y eso tampoco me sorprende.
Freen se acercó a la fuente.
—Existe una manera de detenerlas.
Becky dejó de sonreír.
—El matrimonio de las dos coronas.
—Exactamente.
La reina de las Profundidades guardó silencio.
Después miró a Freen de arriba abajo.
—¿Has venido a pedirme matrimonio?
—He venido a discutir una alianza.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es una alianza política.
—Por supuesto.
Becky se acercó un paso.
—Y supongo que, si acepto, dormirás en una habitación separada, prohibirás que toque tus cosas y redactarás un tratado de diecisiete páginas para establecer quién tiene derecho a escoger el menú de las cenas imperiales.
—Diecinueve páginas —respondió Freen automáticamente.
Becky se quedó mirándola.
Después soltó una carcajada.
Fue un sonido inesperado, cálido y absolutamente hermoso.
Freen la observó con una expresión que habría aterrorizado a cualquier general de su ejército.
Porque acababa de comprender que estaba en problemas.
Muchos problemas.
III. EL PACTO DE LAS DOS CORONAS
Las negociaciones duraron nueve días.
Discutieron sobre fronteras, ejércitos, impuestos, jurisdicción mágica y la protección de los habitantes de ambos reinos.
También discutieron sobre la distribución de los aposentos imperiales, la cantidad de guardias permitidos en los jardines privados y si los dragones de Freen podían aterrizar en las torres del palacio de Becky.
—Tus dragones están destruyendo mis jardines —protestó Becky durante la sexta reunión.
—Tus criaturas marinas están inundando mis establos.
—Una de ellas estaba persiguiendo a un dragón.
—Era un dragón joven.
—¡Era un dragón del tamaño de una casa!
Freen se cruzó de brazos.
Becky la imitó.
Los consejeros contemplaron a sus soberanas con la expresión de quienes empezaban a comprender que la unión de las dos coronas podía representar un peligro para la estabilidad emocional de todo el universo.
Sin embargo, detrás de las discusiones, ambas comenzaron a descubrir algo inesperado.
Freen descubrió que Becky jamás aceptaba una condición sin considerar primero cómo afectaría a los habitantes de ambos reinos.
Becky descubrió que la frialdad de Freen escondía una responsabilidad agotadora. La reina recordaba los nombres de los soldados caídos, revisaba personalmente los informes de las ciudades fronterizas y pasaba noches enteras buscando soluciones a problemas que sus consejeros consideraban imposibles.
Una noche, Becky encontró a Freen sola en una galería.
La reina de la Noche Eterna observaba un jardín de flores negras.
—¿No duermes? —preguntó Becky.
—No tengo sueño.
—Eso no es lo que he preguntado.
Freen no respondió.
Becky se acercó a una de las flores.
—¿Por qué son negras?
—Porque crecen donde terminan los caminos de las almas.
—¿Las plantaste tú?
—Sí.
—¿Para quién?
Freen tardó en responder.
—Para aquellos que murieron sin poder despedirse de sus familias.
La expresión de Becky se suavizó.
Por primera vez, comprendió que la mujer que gobernaba la muerte no era indiferente al dolor.
Simplemente había aprendido a ocultarlo.
—Debes sentirte muy sola —murmuró.
Freen se volvió hacia ella.
—Soy la soberana de un reino entero.
—Eso no significa que no puedas sentirte sola.
La reina de la Noche Eterna apartó la mirada.
Becky no intentó tocarla ni exigirle una confesión.
Se limitó a permanecer a su lado.
Y, por alguna razón, aquella presencia silenciosa hizo que Freen sintiera menos frío que en cualquier otra noche de su existencia.
Fue entonces cuando la profecía dejó de parecerle una condena.
Por primera vez, empezó a preguntarse si también podía ser una oportunidad.
IV. EL PRIMER BESO
La ceremonia matrimonial se celebró bajo un cielo atravesado por dos lunas.
El pueblo de las Profundidades llenó las calles de flores luminosas, mientras los habitantes de la Noche Eterna encendieron antorchas de fuego negro a lo largo del camino imperial.
Las dos reinas caminaron hacia el altar vestidas con trajes ceremoniales que representaban sus dominios.
Freen llevaba una corona de obsidiana y un vestido negro bordado con plata.
Becky lucía una corona de cristal abismal y un vestido azul que parecía contener las profundidades del océano.
Sus manos se encontraron sobre un círculo de piedra ancestral.
El sacerdote de las siete coronas levantó las palmas.
—¿Aceptáis unir vuestros destinos, vuestras coronas y vuestros poderes para proteger los siete dominios?
—Acepto —respondió Freen.
Becky la miró.
Durante aquellos nueve días de negociaciones, había descubierto que la reina podía ser insoportable, orgullosa y excesivamente meticulosa.
También había descubierto que Freen se quitaba la corona cuando estaba cansada, que prefería escuchar antes que hablar cuando alguien sufría y que jamás prometía algo que no estuviera dispuesta a cumplir.
Y, sin darse cuenta, había comenzado a enamorarse.
—Acepto —dijo Becky.
Las coronas brillaron.
Una corriente de energía atravesó el altar, uniendo las llamas negras con las aguas azules.
Los habitantes de ambos reinos contemplaron cómo una nueva estrella aparecía en el cielo.
Pero la ceremonia no terminó con aquel prodigio.
El sacerdote pronunció las últimas palabras del juramento.
—Que ningún poder divida lo que el amor ha unido.
Freen miró a Becky.
—Supongo que ahora debemos fingir que estamos enamoradas —murmuró.
Becky arqueó una ceja.
—¿Fingir?
Freen comprendió demasiado tarde su error.
—Me refiero a que debemos representar adecuadamente nuestra unión ante el pueblo.
—Naturalmente.
Becky se acercó.
—Entonces, para cumplir con nuestras obligaciones imperiales, creo que deberías besarme.
—Podría considerarse una violación del protocolo.
—Puedo añadirlo al tratado de diecinueve páginas.
Freen intentó mantener su expresión seria.
Fracasó.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Eres imposible.
—Y tú estás tardando demasiado, mi reina.
Freen levantó una mano y rozó la mejilla de Becky.
—Si hago esto, no será por el protocolo.
La sonrisa de Becky se desvaneció lentamente.
—¿Entonces por qué será?
Freen la miró como si aquella respuesta le costara más que cualquier batalla.
—Porque quiero hacerlo.
Y la besó.
Al principio fue un beso breve, delicado, casi una pregunta.
Después Becky entrelazó los dedos con los suyos y respondió con una ternura que hizo desaparecer las últimas defensas de Freen.
Las dos coronas brillaron sobre sus cabezas.
Y, en algún lugar más allá de los siete dominios, una criatura abrió los ojos.
El Primer Dios había sentido aquella unión.
Y por primera vez desde el nacimiento del universo, sintió miedo.
V. LA REINA DETRÁS DE LA CORONA
El amor no transformó a Freen en una mujer dócil ni convirtió a Becky en una soberana incapaz de discutir.
Seguían enfrentándose por asuntos políticos.
Seguían contradiciéndose durante las reuniones.
Y seguían amenazando con modificar el tratado matrimonial cada vez que una de ellas consideraba que la otra había cometido una injusticia.
Pero ahora existían pequeñas diferencias.
Becky aprendió que Freen disfrutaba de los amaneceres que nunca llegaban a su reino, por lo que comenzó a crear pequeñas auroras artificiales en los jardines privados.
Freen descubrió que Becky tenía miedo de olvidar los rostros de las personas que había perdido, así que empezó a escribirle cartas con recuerdos de sus días juntas.
Las guardaba en una caja de plata.
Becky nunca se lo dijo, pero aquellas cartas se convirtieron en sus posesiones más preciadas.
Una noche, mientras la lluvia mágica golpeaba los ventanales del palacio, Becky encontró a Freen sentada junto a la chimenea.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende de la pregunta.
Becky se sentó frente a ella.
—¿Me habrías elegido si no existiera la profecía?
Freen levantó la mirada.
Era una pregunta sencilla.
Precisamente por eso resultaba aterradora.
Durante unos segundos, pensó en la primera reunión, en las discusiones, en las flores negras y en la mujer que había conseguido entrar en su vida sin pedir permiso.
—No lo sé —admitió.
Becky bajó los ojos.
Freen dejó su copa sobre la mesa.
—Pero sé que, si pudiera volver al día en que llegaste a mi reino, volvería a recibirte.
Becky levantó la cabeza.
—¿Aunque supieras todo lo que iba a ocurrir?
—Especialmente por eso.
Freen se acercó y tomó sus manos.
—Al principio creí que la profecía me obligaba a casarme contigo. Después creí que me estaba acostumbrando a ti. Ahora sé que estaba equivocada.
Becky sintió que se le humedecían los ojos.
—¿En qué estabas equivocada?
Freen apoyó la frente contra la suya.
—En que no me estaba acostumbrando a ti. Me estaba enamorando.
Becky soltó una risa temblorosa.
—Has tardado muchísimo en darte cuenta, mi reina.
—He tenido que revisar diecinueve páginas de tratado.
—Idiota.
—Tu idiota.
Becky la besó.
Y Freen comprendió que, por primera vez en su vida, había encontrado algo que deseaba proteger no porque fuera su obligación como soberana, sino porque no podía imaginar su existencia sin ello.
Había encontrado un hogar.
Y ese hogar tenía el nombre de Becky.
VI. TRES LATIDOS BAJO UN MISMO CIELO
La concepción de sus hijos no fue obra de los dioses.
Fue obra de las dos reinas.
En las profundidades del palacio existía un santuario anterior a las siete coronas, construido alrededor de un árbol cuyas raíces atravesaban todos los dominios.
Se llamaba el Árbol de los Primeros Latidos.
Según las leyendas, aquel árbol había surgido cuando la primera alma deseó existir.
Bajo sus ramas se celebraban rituales que no pertenecían a ninguna religión ni obedecían a ningún soberano.
Allí, Freen y Becky descubrieron el Ritual de la Doble Esencia.
No exigía que una de ellas renunciara a su cuerpo, su identidad o sus poderes. Tampoco exigía que una diosa eligiera cuál de las dos merecía convertirse en madre.
El ritual permitía que dos esencias mágicas, unidas por voluntad propia, dieran origen a nuevas vidas.
Cuando ambas reinas aceptaron participar, el árbol respondió.
Primero brilló una rama negra.
Después, una rama azul.
Finalmente, una luz dorada recorrió el tronco.
Tres semillas aparecieron entre las raíces.
El sacerdote del santuario cayó de rodillas.
—Majestades… esto es imposible.
Freen observó las semillas.
—Explícate.
—El ritual jamás ha producido tres herederos al mismo tiempo.
Becky tomó la mano de su esposa.
—Entonces será la primera vez.
El sacerdote palideció.
—La profecía…
—No vuelvas a decirme que una profecía determina lo que puedo hacer con mi familia —lo interrumpió Freen.
Becky sonrió con orgullo.
Aquella era la mujer de la que se había enamorado.
La mujer que podía enfrentarse a los dioses, pero que ahora sostenía su mano con una delicadeza infinita.
Meses después, en una noche en la que las siete lunas brillaron sobre el palacio, nacieron sus tres hijos.
La primera fue Nyra Sarocha Armstrong.
Cuando abrió los ojos, las sombras del dormitorio se inclinaron ante ella.
La segunda criatura fue Kael Armstrong Chankimha.
Al escuchar su primer llanto, las aguas de todos los dominios se elevaron durante unos segundos, como si el océano entero hubiera respondido a su llegada.
La última fue Elara Rebecca Chankimha Armstrong.
Su primer suspiro produjo una pequeña estrella dorada que flotó sobre la cuna antes de desaparecer.
Freen contempló a sus hijos con una expresión que ninguno de sus generales habría reconocido.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Son preciosos —susurró.
Becky, agotada pero feliz, extendió una mano hacia ella.
—Ven aquí.
Freen se sentó a su lado, sosteniendo a Nyra mientras Becky acariciaba la frente de Kael y contemplaba a Elara dormida entre las almohadas.
Durante toda su vida, Freen había creído que la eternidad era un territorio que debía conquistar.
Ahora comprendía que podía ser algo mucho más sencillo.
Una habitación en silencio.
Tres respiraciones pequeñas.
La mujer que amaba a su lado.
—Tengo miedo —confesó Freen.
Becky levantó la mirada.
—¿De qué?
—De no saber protegerlos.
Becky le acarició la mejilla.
—No tienes que ser invencible para ser una buena madre.
Freen cerró los ojos un instante.
—¿Y si cometo errores?
—Los cometeremos las dos.
—¿Y si el mundo intenta destruirlos?
La mirada de Becky se endureció.
—Entonces tendrá que enfrentarse a las dos.
Freen sonrió.
—Pobre mundo.
Becky soltó una carcajada.
Y, entre las risas, los llantos y las primeras luces del amanecer artificial, nació la dinastía que cambiaría el destino de los siete reinos.
VII. LOS TRES HEREDEROS
Los años transcurrieron.
El Palacio de las Siete Sombras y el Palacio de Cristal Abismal se convirtieron en residencias de una misma familia imperial. Sus corredores, antes silenciosos, se llenaron de pasos, discusiones, risas y pequeñas explosiones mágicas.
Nyra fue la primera en demostrar que había heredado la voluntad de Freen.
Desde pequeña, poseía una mirada tan seria que los tutores imperiales terminaban disculpándose antes de explicarle cualquier lección.
Pero también había heredado la sonrisa de Becky.
Y esa combinación resultaba peligrosísima.
A medida que crecía, aprendió a manipular las sombras, convocar llamas negras y abrir portales abismales. Su habilidad más extraordinaria, el Eclipse Primordial, le permitía combinar la magia de sus madres en una energía desconocida.
Era la heredera de las siete coronas.
Y lo sabía.
Kael, en cambio, prefería observar antes que intervenir.
Podía escuchar recuerdos atrapados en objetos antiguos, detectar maldiciones ocultas y convocar dragones nocturnos. Sus poderes le permitían descubrir mentiras que ni los mejores diplomáticos sabían reconocer.
Sin embargo, su mayor fortaleza no era la magia.
Era su capacidad para comprender a los demás.
Elara era diferente.
Su apariencia dulce llevaba a muchos a subestimar sus capacidades, hasta que descubrieron que podía restaurar territorios destruidos y romper maldiciones ancestrales.
La Luz del Primer Abismo despertaba cuando alguien sufría una injusticia que las leyes de los dioses consideraban aceptable.
Elara no comprendía por qué aquella magia respondía a sus emociones.
Pero Freen sí.
Una tarde, mientras observaba a sus tres hijos entrenar en el jardín imperial, Becky se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos.
—¿En qué piensas?
Freen contempló a Nyra discutiendo con su instructor, a Kael ayudando a un dragón herido y a Elara intentando convencer a una criatura celestial de que abandonara su jaula.
—En que quizá deberíamos haber tenido solamente un hijo.
Becky soltó una carcajada.
—¡Freen!
—La casa está en peligro constante.
—Tú incendiaste la biblioteca el mes pasado.
—Fue un accidente.
—Y Nyra heredó tu capacidad para destruir cosas cuando se enfada.
—Eso no es cierto.
En ese preciso instante, una explosión violeta sacudió el jardín.
Nyra apareció entre una nube de humo.
—¡Mamá, el instructor dice que no puedo abrir portales dentro del comedor!
Becky cerró los ojos.
Freen miró al cielo.
—Voy a prohibir los portales durante las comidas.
—¡Eso es injusto! —protestó Nyra.
Kael levantó la mano.
—Técnicamente, mamá, la prohibición no se aplica a los portales de emergencia.
Freen se volvió hacia él.
—¿Por qué conoces esa cláusula?
—La leí en el reglamento imperial.
Elara apareció detrás de su hermano.
—Yo puedo cambiar el reglamento.
Becky miró a Freen.
Freen miró a Becky.
Ambas comprendieron que el universo estaba condenado.
Y, por primera vez, aquello las hizo reír.
Pero la paz no duraría para siempre.
Porque, mientras sus hijos aprendían a dominar sus poderes, alguien observaba desde el otro lado de las estrellas.
El Primer Dios había comenzado a preparar su regreso.
VIII. LA VERDAD OCULTA EN LA PROFECÍA
La primera señal apareció cuando Kael cumplió la edad suficiente para acceder a los archivos prohibidos del Palacio de las Siete Sombras.
Una noche, mientras investigaba el origen de las grietas dimensionales, encontró un documento escondido detrás de una pared sellada.
No era una profecía.
Era una orden.
La había escrito Asterion, el Primer Dios, antes de la separación de los siete dominios.
El texto explicaba que las grietas no eran un accidente natural.
Los dioses las habían creado deliberadamente.
Su objetivo era provocar guerras entre los reinos, debilitar a los soberanos y justificar una intervención celestial que les permitiría recuperar el control absoluto.
El matrimonio de Freen y Becky no había sido previsto como una solución.
Había sido concebido como una trampa.
Asterion esperaba que la unión de las dos coronas produjera un conflicto mágico capaz de destruir ambos reinos.
Pero el amor de las soberanas había cambiado el resultado.
Y el nacimiento de sus tres hijos había creado algo que los dioses jamás habían previsto.
Una nueva fuente de poder.
Kael llevó el documento a sus madres.
Freen lo leyó una vez.
Después, otra.
Su expresión no cambió, pero las sombras del salón comenzaron a retorcerse alrededor de las columnas.
—Asterion provocó las grietas —dijo Becky, incrédula.
—Y utilizó la profecía para obligarnos a unir las coronas —respondió Freen.
Nyra apretó los puños.
—Entonces debemos destruirlo.
—No —dijo Freen.
Su hija la miró con indignación.
—¡Madre!
—No atacaremos al Primer Dios sin conocer el alcance de sus poderes.
Elara bajó la mirada hacia el documento.
—Aquí hay otra cosa.
Todos se volvieron hacia ella.
La princesa señaló una inscripción casi invisible en el margen.
—Dice que la Luz del Primer Abismo puede deshacer las leyes originales.
Kael comprendió primero.
—No podemos derrotarlo solamente con nuestras armas.
Becky miró a sus hijos.
—Necesitamos unir nuestros poderes.
Freen se levantó.
—Y si eso no basta, encontraremos otra manera.
Nyra se acercó a sus madres.
—No vamos a dejar que os enfrentéis solas a él.
Freen la miró con orgullo y preocupación.
—No permitiré que mis hijos mueran por una guerra que no eligieron.
—Y nosotras no permitiremos que os sacrifiquéis para protegernos —respondió Nyra.
Kael asintió.
Elara tomó las manos de sus hermanos.
Por primera vez, las tres coronas menores brillaron al mismo tiempo.
Freen contempló a sus hijos.
Ya no eran los bebés que había sostenido junto a Becky.
Eran herederos capaces de enfrentarse a un destino que ningún soberano había sobrevivido antes.
Y, aunque una parte de ella deseaba encerrarlos en el palacio para mantenerlos a salvo, comprendió que protegerlos también significaba enseñarles a elegir.
—Muy bien —dijo finalmente—. Lucharemos juntos.
Becky entrelazó sus dedos con los de su esposa.
—Como familia.
IX. LA GUERRA DE LOS SIETE DOMINIOS
Asterion no esperó a que las reinas estuvieran preparadas.
Una noche, el cielo se abrió.
Las nubes se convirtieron en grietas luminosas y los ejércitos celestiales descendieron sobre los siete dominios. Criaturas de fuego blanco atravesaron las murallas, mientras gigantes de piedra celestial destruían las torres fronterizas.
En el centro de la invasión apareció Asterion.
Su figura parecía humana, pero sus ojos contenían el nacimiento y la muerte de estrellas enteras.
—Freen Sarocha Chankimha. Becky Rebecca Armstrong —proclamó—. Habéis quebrantado las leyes de la creación.
Freen desenvainó su espada de obsidiana.
—Tus leyes son las que han destruido nuestros reinos.
Asterion sonrió.
—Yo os di vuestros poderes.
Becky levantó las manos y las aguas abismales comenzaron a elevarse detrás de ella.
—Y nosotros hemos decidido qué hacer con ellos.
—Vuestros hijos son una anomalía.
Nyra dio un paso adelante.
—Somos tu peor error.
El Primer Dios extendió un brazo.
Una onda de energía atravesó el campo de batalla.
Freen cayó de rodillas.
Becky sintió que sus recuerdos comenzaban a desvanecerse: el primer beso, las cartas de plata, el nacimiento de sus hijos, la primera vez que Freen la llamó su hogar.
La reina de las Profundidades se llevó las manos a la cabeza.
—¡Freen!
Su esposa intentó alcanzarla, pero cadenas de luz celestial surgieron del suelo y la inmovilizaron.
Asterion se acercó a Becky.
—La memoria es una carga innecesaria. Te liberaré de ella.
Becky levantó la mirada.
Aunque su magia se debilitaba, todavía conservaba una parte de sí misma que ningún dios podía arrancarle.
El amor no era solamente un recuerdo.
Era una elección.
Y ella seguía eligiendo a Freen.
—No tienes derecho a tocar lo que amo.
El océano rugió.
Una columna de agua azul atravesó las cadenas y las hizo añicos.
Al otro lado del campo de batalla, Freen consiguió levantarse.
La Llama Negra surgió alrededor de su cuerpo.
—¡Asterion!
El Primer Dios se volvió.
Freen avanzó con la espada en alto.
—Puedes destruir mis ciudades. Puedes intentar borrar mis recuerdos. Puedes enviar todos tus ejércitos contra mi reino.
Las sombras se extendieron a sus pies.
—Pero jamás volverás a decidir a quién amo.
Asterion levantó la mano.
Una explosión de luz golpeó a Freen y la arrojó contra las ruinas de una torre.
Becky gritó.
Y sus hijos comprendieron que había llegado el momento.
X. EL ECLIPSE PRIMORDIAL
Nyra fue la primera en actuar.
La princesa levantó ambas manos y las sombras respondieron a su voluntad. Las llamas negras se elevaron alrededor de su cuerpo, mientras las aguas abismales convocadas por Becky comenzaron a girar en el cielo.
—¡Kael!
Su hermano comprendió la orden.
Extendió los brazos y escuchó los recuerdos atrapados en las piedras del campo de batalla.
Descubrió las voces de los antiguos guardianes, las promesas rotas y los secretos que Asterion había escondido durante milenios.
También descubrió algo más.
El Primer Dios no era invulnerable.
Su poder dependía de las leyes que él mismo había impuesto.
Y aquellas leyes podían romperse.
—¡Elara, ahora!
La princesa menor avanzó.
A su alrededor, las flores destruidas comenzaron a renacer. Las grietas del suelo se cerraron y las almas atrapadas por los ejércitos celestiales recuperaron su libertad.
Elara levantó la mirada hacia Asterion.
—No tienes derecho a decidir quién merece existir.
La Luz del Primer Abismo despertó.
Una energía dorada recorrió el campo de batalla y se unió a las sombras de Nyra y las mareas de Kael.
El cielo entero se oscureció.
Un eclipse cubrió los siete dominios.
Asterion retrocedió.
Por primera vez, reconoció la fuerza que tenía delante.
—¡No podéis poseer ese poder!
Nyra sonrió.
—No nos lo diste tú.
Kael levantó la mano.
—No te pertenece.
Elara extendió los brazos.
—Y no volverás a utilizarlo para destruir a nadie.
Los tres poderes se unieron.
Pero la energía no fue suficiente.
Asterion rugió y lanzó una descarga celestial que comenzó a devorar el eclipse desde sus bordes.
Nyra perdió el equilibrio.
Kael cayó de rodillas.
Elara sintió que la luz escapaba de sus manos.
Entonces Freen se levantó entre las ruinas.
Su armadura estaba destrozada y una herida oscura recorría su hombro.
Becky apareció a su lado, todavía luchando contra los efectos de la maldición que había intentado robarle sus recuerdos.
Las dos se miraron.
No necesitaron palabras.
Habían pasado años aprendiendo a conocerse, a confiar y a reconocer los silencios de la otra.
Freen extendió una mano.
Becky la tomó.
La llama negra y las aguas abismales se encontraron.
—¿Estás conmigo? —preguntó Freen.
Becky sonrió a pesar del dolor.
—Siempre.
Sus coronas comenzaron a brillar.
La energía atravesó sus cuerpos y alcanzó a sus hijos.
Nyra recuperó el equilibrio.
Kael se puso de pie.
Elara levantó la cabeza.
Cinco voluntades.
Una familia.
Y un poder que no dependía del miedo ni de la obediencia.
Asterion intentó detenerlas.
—¡Yo creé este universo!
Freen alzó su espada.
—Pero no creaste nuestro amor.
Becky levantó las manos.
—Ni nuestra libertad.
Nyra reunió las sombras.
Kael convocó las mareas.
Elara liberó la luz primordial.
Y las dos reinas pronunciaron el juramento que cambiaría la historia de los siete dominios.
—¡EL ABISMO NO SE ARRODILLA ANTE LOS DIOSES!
El eclipse estalló.
Las leyes antiguas se quebraron como cristal.
Las cadenas que habían sometido a los soberanos desaparecieron.
Los ejércitos celestiales perdieron su obediencia forzada y abandonaron las armas.
Asterion intentó invocar sus poderes, pero descubrió que ya no podía imponer su voluntad sobre los demás.
Su propia creación había dejado de reconocerlo como dueño.
—¿Qué habéis hecho? —susurró.
Freen contempló al dios caído.
—Lo que tú nunca comprendiste.
Becky entrelazó los dedos con los suyos.
—El poder no te convierte en dueño de la vida de los demás.
La Luz del Primer Abismo envolvió a Asterion.
No lo destruyó.
Lo despojó de su autoridad divina y lo condenó a vivir bajo las mismas leyes que había impuesto a los demás: sin privilegios, sin obediencia forzada y sin la capacidad de controlar el destino de otro ser.
Por primera vez, el Primer Dios tendría que experimentar aquello que siempre había negado a sus criaturas.
La libertad.
Y, cuando el eclipse desapareció, las siete coronas brillaron en un cielo que jamás volvería a ser el mismo.
XI. LAS SOBERANAS DE LA ETERNIDAD
La guerra terminó.
Las grietas dimensionales se cerraron y los reinos comenzaron a reconstruir sus ciudades. Las criaturas celestiales que habían servido a Asterion recuperaron su voluntad, mientras los antiguos guardianes regresaron a sus territorios.
Los soberanos de los siete dominios se reunieron en el Palacio de las Siete Sombras.
Esta vez, ninguno llegó para exigir obediencia.
Llegaron para reconocer una nueva realidad.
Freen y Becky se sentaron juntas en el trono imperial.
Sus coronas descansaban una junto a la otra, la obsidiana negra y el cristal azul unidas por una luz dorada que ninguna magia conocida podía separar.
Nyra permaneció a la derecha de sus madres.
Kael ocupó el lugar a la izquierda.
Elara se situó entre ambas reinas, sosteniendo una pequeña esfera de luz primordial.
El consejo de los siete dominios se arrodilló.
—Reconocemos a Freen Sarocha Chankimha y Becky Rebecca Armstrong como soberanas supremas de los siete reinos.
Freen observó a los presentes.
—Levantaos.
Los consejeros obedecieron.
—No hemos destruido las antiguas leyes para reemplazarlas por nuestra propia tiranía —continuó—. Ningún reino volverá a ser obligado a obedecer a otro.
Becky tomó la palabra.
—Los siete dominios conservarán sus culturas, sus gobernantes y sus tradiciones. La magia no será una cadena. La sangre no será una condena. Y ninguna profecía tendrá autoridad para decidir a quién puede amar una persona.
Los soberanos inclinaron la cabeza.
Nyra observó a sus madres con orgullo.
Kael sonrió.
Elara dejó escapar una pequeña chispa dorada que iluminó el techo.
Y, por primera vez en la historia, los siete reinos compartieron una misma celebración.
La Casa Imperial Abismal había nacido.
No de una conquista.
No de una imposición divina.
Sino de la decisión de dos mujeres de amarse sin pedir permiso.
XII. EL HOGAR DE LAS DOS REINAS
Meses después de la guerra, el Palacio de las Siete Sombras recuperó su tranquilidad.
Las torres habían sido reconstruidas y los jardines volvieron a llenarse de flores negras, cristales luminosos y pequeños dragones que perseguían a las criaturas marinas de Becky.
Una tarde, Freen encontró a su esposa en el balcón imperial.
Becky llevaba un vestido azul oscuro y contemplaba el horizonte, donde las siete lunas comenzaban a aparecer.
Freen se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos.
—¿En qué piensas?
Becky apoyó las manos sobre las suyas.
—En nuestros hijos.
—Eso suele ser peligroso.
Becky soltó una carcajada.
—Nyra ha convencido al consejo de que debería comenzar su formación como heredera.
—Lo sé.
—Kael quiere viajar a las Tierras de los Dragones para investigar los archivos antiguos.
—También lo sé.
—Y Elara ha transformado la fuente del jardín en una pequeña estrella.
Freen suspiró.
—Voy a necesitar un palacio más grande.
Becky se volvió hacia ella.
—¿Te arrepientes?
La pregunta hizo desaparecer la sonrisa de Freen.
—¿De qué?
—De haberte casado conmigo. De haber tenido hijos. De haber desafiado a los dioses.
Freen la contempló en silencio.
Después le acarició la mejilla.
—Antes de conocerte, creía que mi destino consistía en gobernar hasta que la eternidad terminara conmigo.
Becky sintió que los ojos se le humedecían.
—Freen…
—Después llegaste tú, con tus cartas, tus preguntas y tus diecinueve páginas de modificaciones al tratado matrimonial.
—Eran necesarias.
—Eran insoportables.
Becky le dio un pequeño golpe en el hombro.
Freen sonrió.
—Y entonces nacieron nuestros hijos. Descubrí que podía tener miedo sin ser débil, amar sin perder mi autoridad y compartir mi poder sin dejar de ser yo misma.
Apoyó la frente contra la de Becky.
—No me arrepiento de nada.
Becky cerró los ojos.
—Te amo, mi reina imposible.
Freen la besó con ternura.
—Y yo te amo, mi reina de las profundidades.
En ese momento, una explosión resonó desde el jardín.
—¡MAMÁ! —gritó Nyra desde algún lugar del palacio—. ¡KAEL DICE QUE NO PUEDO ABRIR UN PORTAL AL REINO DE LOS DRAGONES!
—¡PORQUE NO SABES CERRARLO! —respondió Kael.
Una segunda explosión iluminó el cielo.
Elara apareció en el balcón, con las manos cubiertas de pequeñas estrellas doradas.
—Creo que la fuente ha vuelto a convertirse en un sol.
Freen cerró los ojos.
Becky empezó a reírse.
—No te rías —murmuró Freen—. Tú eres la responsable de la mitad de sus poderes.
—Y tú de la otra mitad.
Freen miró a su esposa.
Después contempló a sus hijos, que discutían en el jardín mientras los dragones revoloteaban sobre las torres.
La reina de la Noche Eterna había sobrevivido a guerras, maldiciones y dioses.
Sin embargo, nada la había preparado para criar a tres herederos con semejante imaginación.
—Voy a establecer una nueva ley imperial —anunció.
Becky arqueó una ceja.
—¿Cuál?
Freen le besó la frente.
—Ningún portal mágico podrá abrirse dentro del palacio después de las nueve de la noche.
—Eso no va a funcionar.
—Lo sé.
Becky volvió a reírse.
Y Freen, la mujer que una vez creyó que jamás volvería a sonreír, terminó riéndose con ella.
Porque aquel era su reino.
Aquella era su familia.
Y, por primera vez en toda la eternidad, no necesitaba conquistar nada más.
EPÍLOGO: EL JURAMENTO DE LA DINASTÍA ABISMAL
Muchos siglos después, los cronistas escribirían sobre la guerra que terminó con el dominio de los dioses.
Hablarían de la Reina de la Noche Eterna, cuya llama negra podía atravesar las estrellas.
Hablarían de la Reina de las Profundidades, cuya voz conservaba los recuerdos de los mundos desaparecidos.
Hablarían de Nyra, la heredera del Eclipse Primordial.
De Kael, el príncipe que escuchaba las verdades enterradas en el tiempo.
Y de Elara, la princesa que despertó la luz anterior al nacimiento de los dioses.
Pero los libros jamás conseguirían explicar por completo qué había hecho posible aquella victoria.
No había sido solamente la magia.
Tampoco la fuerza de sus ejércitos.
Había sido una elección.
Dos mujeres habían aceptado un matrimonio que comenzó como una obligación política y lo transformaron en una historia de amor.
Habían aprendido a confiar, a compartir sus temores y a construir una familia sin renunciar a quienes eran.
Y cuando el universo intentó obligarlas a elegir entre el poder y el amor, rechazaron la pregunta.
Porque podían ser reinas y esposas.
Soberanas y madres.
Guerreras y mujeres capaces de abrazarse al final de un día difícil.
No necesitaban destruir una parte de sí mismas para proteger la otra.
La última inscripción del Palacio de las Siete Sombras quedó grabada en obsidiana y cristal abismal:
Dos coronas.
Tres herederos.
Siete reinos.
Un solo destino.
Que tiemblen los cielos.
Que despierten las estrellas.
Que los dioses recuerden que ninguna eternidad puede gobernar un corazón que ha elegido ser libre.
Y debajo de aquellas palabras, las dos reinas dejaron sus firmas.
Freen Sarocha Chankimha, Reina de la Noche Eterna.
Becky Rebecca Armstrong, Reina de las Profundidades.
Juntas, soberanas de los siete dominios.
Juntas, madres de la dinastía abismal.
Juntas, hasta que la última estrella dejara de brillar.
FIN.








