CAP 1: el eco de tus pasos
La lluvia golpeaba con fuerza el pavimento de la ciudad, borrando las huellas de cualquiera que se atreviera a caminar a esas horas de la noche. Elena apresuró el paso, con el corazón latiéndole en la garganta. No era la primera vez que sentía esa densa presión en la nuca; la perturbadora certeza de que unos ojos fijos se clavaban en su espalda desde la penumbra.
Cruzó el callejón iluminado por una parpadeante luz de neón y, al girar la esquina, el sonido de unas botas pesadas resonó justo detrás de ella. Alguien la seguía. Alguien que no tenía prisa, porque sabía perfectamente que ella no tenía a dónde huir.
Determinada a enfrentar su paranoia, Elena se detuvo en seco bajo el umbral de un edificio abandonado y se giró.
—¿Quién está ahí? —su voz tembló ligeramente, pero sostuvo la mirada hacia la oscuridad.
De las sombras emergió Alek.
Su figura alta y espigada vestía una chaqueta de cuero negra empapada por el agua. Tenía la misma edad que ella, pero en sus ojos grises no había la inocencia de un chico de veinte años; había una fijeza depredadora. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, cruzó sus labios al ver el miedo mezclado con la indignación en el rostro de la chica.
—Deberías tener más cuidado, Elena —dijo él, su voz era un susurro grave que compitió con el trueno lejano—. Este barrio es peligroso para alguien tan... distraída.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó ella, dando un paso atrás, chocando contra la fría madera de la puerta.
Alek no se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de ella, invadiendo por completo su espacio personal. El olor a lluvia, tabaco y un perfume caro inundó los sentidos de Elena. Él estiró la mano, atrapando un mechón de cabello húmedo que caía por la mejilla de la chica, atrapándolo entre sus dedos con una lentitud tortuosa.
—No te sigo —corrigió Alek, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de ella—. Te cuido. Que es diferente. Aunque me molestó mucho ver cómo le sonreías al camarero de la cafetería esta tarde. No me gusta que le regales tus sonrisas a cualquiera.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Elena. No solo la estaba siguiendo hoy; Alek llevaba días, tal vez semanas, controlando cada uno de sus movimientos. La obsesión en su mirada era evidente, un fuego frío que prometía consumirla. Y lo más aterrador para Elena no era el peligro que él representaba... sino el súbito e inexplicable vuelco que dio su corazón al verse el centro absoluto de su mundo








