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“¿Es el tiempo algo que se pueda cambiar? ¿O es una bestia imparable ante la cual el hombre no tiene posibilidad de ganar?” - Un científico en una serie de Netflix.
Estábamos sentados en un lugar poco interesante y bastante tedioso de describir. Sólo es necesario saber que estábamos a la intemperie, manteniendo una conversación incómoda sobre las cosas que eran y sobre las cosas que no iban a ser. Un olor insoportable a humedad nos estaba avisando que iba a llover pronto, pero poco nos importaba, es más, sospecho que esperábamos la lluvia con impaciencia.
Ella me miraba con sus ojos grandes, tristes y hermosos; para mí sus ojos eran más importantes que el lugar y que la lluvia. Sus ojos eran lo que me hacía desear no estar en ningún otro lugar ni en ningún otro momento; ni la incomodidad de nuestras palabras, ni la tierra en mi cara y en mi ropa, ni la agobiante humedad que acompañaba a los treinta grados de temperatura me desconectaban de su mirada.
La lluvia empezó a caer y, como si todo lo anterior no hubiese pasado, nos estábamos besando. Si hubiéramos tenido los ojos abiertos, hubiéramos visto el rayo petrificado en el cielo, las gotas suspendidas en el aire, las partículas de tierra que se desprendían de mi remera, inmóviles. Sus labios se desprendieron de los míos y ya estaba mirándome de nuevo con sus ojos grandes, tristes y hermosos. El rayo se desvaneció, las gotas de lluvia se deslizaron por nuestras caras y un poco de tierra cayó en su pantalón. Nos quedamos callados, tal vez pensando en esas cosas que eran y en esas cosas que no iban a ser. Luego, inesperadamente, ella decidió romper el silencio.
- ¿Te diste cuenta?
- No. ¿De qué?
- El momento, recién.
- No entiendo.
- Fue ajeno al tiempo.
- ¿Ah? - Cabe aclarar que ella solía decir este tipo de frases que a mí me resultaban incoherentes.
- Ajeno al tiempo - prosiguió - Todo se detuvo, como si hubiéramos estado en otro lugar, pero sin movernos. Creo que nos robamos dos segundos.
- ¿Dos segundos?
- Sí, nos besamos por dos segundos más o menos, ¿No? Bueno, para nosotros fueron dos segundos, o dos días, pero para el resto del mundo el tiempo se detuvo.
- ¿Y podemos repetir eso? - Le pregunté, ahora bastante más intrigado.
- No sé, pero no me molestaría intentarlo.
Pasamos dos años juntos y jamás pudimos detener el tiempo de nuevo. Luego nos separamos y no nos volvimos a ver.
A veces me gusta pensar que seguimos allí, en un lugar donde las cosas no fueron ni lo van a ser, pero que en ese instante eterno lo son, y lo seguirán siendo.
Bajo la lluvia y con los ojos cerrados.
Ajenos al tiempo.








