Prólogo.
El fuego de la chimenea crepitaba lentamente en la amplia cueva tallada en la ladera de la montaña. Para cualquier viajero común, aquel lugar habría resultado imponente e intimidante, pero para Elion era su hogar. Como híbrido de dragón, la calidez de las piedras y el olor a tierra seca eran su refugio natural.
Sin embargo, esa noche la calidez no provenía únicamente del fogón.
Elion observaba a Kaelen desde el borde del lecho cubierto de pieles. El híbrido de hiena se movía por la estancia con una soltura que se había ganado a lo largo de los meses. Kaelen tenía una sonrisa fácil y una labia que en su momento había logrado ablandar la desconfianza natural del dragón. A los ojos de otros, Kaelen parecía atento, siempre dispuesto a traer leña o a buscar adornos para la cueva, gestos que Elion, en su inexperiencia emocional, había interpretado como afecto genuino y devoción.
─Te ves demasiado silencioso esta noche, Elion ─dijo Kaelen, acercándose con pasos felinos y sentándose a su lado. Extendió una mano para acariciar la línea mandíbula del dragón, donde pequeñas escamas doradas destellaban bajo la luz del fuego─. ¿Ocurre algo?
Elion contuvo el aliento por un segundo. Su instinto de dragón, normalmente alerta y afilado, estaba completamente adormecido por la presencia de quien consideraba su alfa. Llevaba días sintiendo un cambio sutil pero innegable en su propia biología: un calor interno diferente, un peso en la parte baja del vientre y un llamado visceral que la naturaleza de su especie no podía ignorar.
Estaba esperando crías. Los huevos comenzaban a formarse en su interior.
Con la dignidad fiera que lo caracterizaba, Elion no mostró vacilación. Tomó la muñeca de Kaelen con firmeza, pero sin hacerle daño, y la llevó directamente hacia su abdomen.
─Hay algo que debes saber ─murmuró Elion, manteniendo la mirada fija en los ojos de Kaelen─. El calor de mi cuerpo ha cambiado. El nido que hemos compartido ya no será solo para nosotros dos.
Kaelen se quedó inmóvil. Durante los primeros segundos, el silencio en la cueva se volvió tan denso que solo se escuchaba el chasquido de la madera consumiéndose. La sonrisa habitual del híbrido de hiena se congeló, y la mano que descansaba sobre el vientre de Elion se volvió rígida.
─¿De qué estás hablando...? ─preguntó Kaelen, con un hilo de voz en el que la calidez había desaparecido por completo.
─Estoy gestando, Kaelen ─respondió Elion, permitiéndose una leve suavidad en el tono, creyendo tontamente que compartía una buena noticia─. En unas semanas pondré los huevos. Necesitaremos asegurar el territorio y preparar las provisiones necesarias para la incubación.
Kaelen retiró la mano de golpe, como si la piel del dragón acabara de quemarlo. Se puso de pie rápidamente, dando un par de pasos hacia atrás mientras sus ojos erraban por las paredes de la cueva, llenos de un pánico mal disimulado.
─¿Huevos? ─repitió, riendo con una nerviosa falsedad─. Elion... Somos demasiado jóvenes para esto. Un nido de dragón exige recursos absurdos, semanas de aislamiento... No podemos simplemente congelar nuestras vidas por esto.
Elion arrugó el entrecejo, sintiendo un chispazo de frialdad en el pecho. La arrogancia natural de su especie resurgió como un escudo ante la extraña reacción del otro.
─No estoy pidiendo tu permiso, Kaelen, ni sugiriendo que sea una opción ─dijo el dragón, levantándose con elegancia y demostrando la imponencia de su figura─. Te estoy informando de lo que es. Mis crías van a nacer, y como mi pareja, tu deber es proteger el nido mientras yo las mantenga cálidas.
─¿Mi deber? ─Kaelen tragó saliva, retrocediendo un paso más hacia la salida de la cueva─. Tú eres el dragón aquí, Elion. Tú eres la fuerza de este lugar. Yo no... No estoy hecho para cuidar de un nido atado a una montaña durante meses.
Esa noche, la discusión se apagó en un tenso e incómodo silencio. Kaelen intentó restar importancia al tema antes de dormirse, prometiendo que "hablarían mejor al día siguiente". Elion, confiando en la palabra dada y en el orgullo de que nadie en su sano juicio traicionaría a un dragón, cerró los ojos pensando que el pánico de Kaelen era solo una reacción pasajera.
Fue el último error de su vida confiada.
Al despertar a la mañana siguiente, la cueva estaba helada. El fuego se había apagado por completo. Y el lado del lecho que pertenecía a Kaelen estaba vacío, sin dejar más rastro que el espacio frío donde solía descansar.








