Chapter 1
BANGKOK, TAILANDIA.
VIERNES, 20:15 HORAS.
—No estoy dispuesta a negociar nuevamente esas condiciones.
La voz de Charlotte Austin atravesó la sala de juntas.
Sentada en la cabecera de una enorme mesa de mármol negro, la empresaria observaba los documentos proyectados en la pantalla. Vestía un traje sastre color negro, una blusa de seda y unos pendientes discretos. Su cabello castaño oscuro caía elegantemente sobre sus hombros.
Frente a ella se encontraban siete ejecutivos de diferentes nacionalidades. Ninguno parecía dispuesto a contradecirla.
—Señorita Austin, estamos hablando de una inversión de ochocientos millones de dólares —intervino uno de los directores—. No podemos rechazar una oportunidad de esta magnitud.
Charlotte levantó los ojos.
—Precisamente por eso estoy rechazándola. No voy a comprometer la seguridad de nuestra compañía por una cifra que, para nosotros, representa menos del cinco por ciento de nuestros activos.
—Pero...
—La reunión ha terminado.
Cerró la carpeta. Los ejecutivos intercambiaron miradas antes de comenzar a recoger sus pertenencias.
Charlotte tomó su teléfono. Tenía tres mensajes de una misma persona.
ENGFA ❤️
20:02 — ¿Dónde estás?
20:05 — ¿Sigues trabajando?
20:08 — Charlotte Austin.
La empresaria sonrió. Era increíble. Podía enfrentarse a los accionistas más poderosos del continente sin alterar su pulso, pero tres mensajes de su novia bastaban para cambiarle el humor.
Respondió.
CHARLOTTE: Estoy terminando, cariño.
La respuesta llegó inmediatamente.
ENGFA: Eso dijiste hace una hora.
CHARLOTTE: Te prometo que ya voy.
ENGFA: No quiero promesas. Quiero a mi novia.
Charlotte soltó una pequeña carcajada.
—¿Algo divertido, señorita Austin? —preguntó su asistente.
—Mi novia.
—Entiendo.
—No, Nicha. No entiendes absolutamente nada.
La asistente sonrió. Conocía perfectamente a su jefa. Charlotte Austin era una mujer exigente, perfeccionista y bastante intimidante. Excepto cuando se trataba de Engfa Waraha. Entonces se convertía en otra persona.
21:03 HORAS.
La puerta del despacho presidencial se abrió.
—Buenas noches.
Charlotte levantó la cabeza. Y allí estaba. Engfa Waraha.
La modelo llevaba un vestido corto color chocolate, sandalias de tacón y un delicado collar dorado. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y su maquillaje resaltaba sus hermosos ojos.
Charlotte se quedó mirándola.
—Vaya.
Engfa arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Estoy considerando seriamente contratarte.
—¿Para qué?
—Para que vengas todos los días a distraerme.
Engfa dejó su bolso sobre el sofá.
—No necesitas contratarme. Soy tu novia.
—Es cierto. Tengo ese privilegio.
Charlotte se levantó y rodeó el escritorio.
—Ven aquí.
—Estoy enfadada.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Me prometiste que cenaríamos juntas.
Charlotte le rodeó la cintura.
—Y voy a compensártelo.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre termino necesitando compensártelo.
Engfa intentó mantener su expresión seria. Charlotte le besó la mejilla. Después la otra. Finalmente, le dejó un beso suave en los labios.
—Hola, mi amor.
Engfa bajó la mirada.
—Hola.
—¿Has cenado?
—No.
Charlotte frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quería cenar contigo.
—Engfa...
—No me regañes.
—No te estoy regañando, cariño. Estoy preocupada.
La modelo le rodeó el cuello con los brazos.
—Entonces llévame a cenar.
Charlotte sonrió.
—Como desees, princesa.
—Y después iremos a casa.
—Por supuesto.
—Y no volverás a abrir tu computadora.
—Eso ya es una exigencia bastante seria.
—Charlotte.
—Está bien. Lo prometo.
Engfa le dio un beso.
—Te amo.
—Yo más, preciosa.
22:10 HORAS.
El restaurante privado se encontraba en uno de los hoteles más exclusivos de Bangkok. Charlotte había reservado una mesa apartada, junto a los ventanales. Desde allí podían contemplar la ciudad iluminada.
Engfa estaba sentada frente a ella, disfrutando de su postre.
—¿Qué? —preguntó cuando notó que Charlotte la observaba.
—Nada.
—Llevas cinco minutos mirándome.
—¿No puedo?
—Puedes, pero me pones nerviosa.
Charlotte sonrió.
—Eso me gusta.
—Eres insoportable.
—Y tú eres preciosa.
Engfa bajó la mirada, intentando esconder una sonrisa.
En ese momento se acercó una mujer que Charlotte reconoció inmediatamente. Era una de las directoras de una empresa internacional con la que Austin Group había trabajado durante los últimos meses.
—Charlotte. Qué sorpresa encontrarte aquí.
—Buenas noches, Victoria.
La mujer sonrió y se inclinó ligeramente para saludarla.
—No sabía que estabas acompañada.
—Estoy cenando con mi novia.
Victoria miró a Engfa.
—Oh. Disculpa. No sabía que estabas en una relación.
Engfa sonrió educadamente.
—Ahora lo sabes.
Charlotte tuvo que contener una carcajada.
—Victoria, ella es Engfa Waraha.
—Encantada.
—Igualmente.
La directora volvió a mirar a Charlotte.
—Mañana tendremos el evento de la fundación. Espero verte allí. Me gustaría conversar contigo sobre nuestra próxima colaboración.
—Mi asistente puede coordinarlo.
—Preferiría hablarlo personalmente contigo.
Engfa tomó tranquilamente su copa. Charlotte respondió sin perder la educación.
—Entonces solicita una reunión formal.
Victoria sonrió antes de despedirse.
Cuando finalmente se marchó, Charlotte regresó su atención a su novia. Engfa seguía mirando su postre.
—¿Todo bien? —preguntó la empresaria.
—Perfectamente.
—¿Segura?
—Absolutamente.
Charlotte inclinó la cabeza.
—Estás celosa.
Engfa levantó los ojos.
—No.
—Cariño...
—Charlotte, estoy comiendo.
—Lo sé.
—Entonces déjame comer.
Charlotte soltó una carcajada.
—Eres adorable cuando estás celosa.
—Y tú eres demasiado amable con las mujeres.
—¿Debería dejar de ser educada?
—No. Deberías recordar que tienes novia.
Charlotte extendió la mano y tomó la suya.
—Tengo una novia preciosa, extraordinaria y bastante celosa. Créeme, no necesito recordar nada.
Engfa apretó sus dedos.
—Más te vale.
23:18 HORAS.
El automóvil se detuvo frente a la residencia Austin. Durante el trayecto, Engfa había permanecido mirando por la ventana.
Charlotte la observó antes de apagar el motor.
—¿Seguimos enfadadas?
—No estoy enfadada.
—Entonces, ¿qué sucede?
—Nada.
—Engfa.
—Charlotte.
La empresaria suspiró.
—Mírame, amor.
Engfa giró lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—¿De verdad crees que me interesa Victoria?
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
—No pienso nada.
Charlotte sonrió ligeramente.
—Eres una pésima mentirosa.
Engfa abrió la puerta del automóvil.
—Buenas noches.
—¡Engfa!
La modelo entró en la residencia sin esperarla. Charlotte la siguió, cerrando la puerta detrás de ambas.
—Cariño, ven aquí.
—No.
—Necesitamos hablar.
—Habla.
Charlotte se acercó.
—No quiero que te sientas insegura conmigo.
Engfa dejó de caminar.
—No estoy insegura.
—Entonces dime qué te molestó.
La modelo guardó silencio durante unos segundos.
—No me gusta cuando otras mujeres intentan llamar tu atención.
Charlotte la observó con ternura.
—¿Por qué?
—Porque eres hermosa, tienes dinero, eres inteligente y prácticamente todas las personas que entran en una habitación quieren conocerte.
—Eso no significa que quiera conocerlas de la misma manera.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Engfa bajó la mirada.
—A veces me pregunto si algún día te cansarás de mí.
La expresión de Charlotte cambió. Se acercó y tomó suavemente su rostro entre las manos.
—Escúchame bien.
Engfa levantó los ojos.
—No existe ninguna mujer en este mundo con la que quiera construir lo que estoy construyendo contigo.
—Charlotte...
—No eres una distracción, Engfa. No eres una aventura ni una parte temporal de mi vida.
Le acarició las mejillas.
—Eres mi hogar.
Los ojos de Engfa se humedecieron ligeramente.
—No digas cosas tan bonitas cuando estoy intentando estar enfadada.
Charlotte sonrió.
—Entonces deja de estar enfadada.
—No funciona así.
—Puedo intentarlo de otra manera.
—¿Cómo?
Charlotte se inclinó y la besó. Engfa respondió inmediatamente. Sus brazos rodearon el cuello de su novia y la empresaria la sostuvo por la cintura. El beso se prolongó hasta que ambas necesitaron separarse para respirar.
—¿Mejor? —preguntó Charlotte.
—Un poco.
—¿Solamente un poco?
—Necesito otro.
Charlotte rio suavemente.
—Todo lo que quieras, cariño.
23:46 HORAS.
La habitación principal estaba iluminada únicamente por las lámparas de las mesitas de noche. El aire se sentía cálido y tranquilo.
Charlotte había cambiado su ropa de trabajo por un pantalón cómodo y una camiseta de algodón. Engfa, por su parte, llevaba una de las camisas de seda de su novia. Le quedaba ligeramente grande. Y Charlotte adoraba verla así.
La modelo estaba frente al espejo, retirándose los pendientes.
—¿Me ayudas?
Charlotte se acercó por detrás.
—Por supuesto.
Apartó suavemente su cabello y desabrochó el pequeño cierre del collar. Después retiró los pendientes y los colocó sobre el tocador. Engfa observó sus reflejos en el espejo.
—Me gusta cuando me cuidas.
Charlotte apoyó las manos sobre su cintura.
—Me gusta cuidarte.
—¿Incluso cuando soy insoportable?
—Especialmente cuando eres insoportable.
Engfa rio. Charlotte le besó el hombro descubierto.
—Eres preciosa.
—Ya me lo dijiste.
—Puedo repetirlo.
—¿Cuántas veces?
—Las que sean necesarias para que nunca lo olvides.
Engfa se giró entre sus brazos. Quedaron frente a frente.
—Charlotte.
—¿Sí, amor?
—Bésame.
La empresaria sonrió.
—Con mucho gusto.
La atrae hacia sí y la besa, despacio al principio, luego con una urgencia que refleja todo lo que han esperado durante el día. Sus labios descienden entonces hacia su cuello, donde la piel es suave y cálida. Allí, donde el pulso late rápido y ansioso, Charlotte deja besos lentos y profundos, marcas silenciosas de lo que siente, haciendo que Engfa respire entrecortadamente. Siente cómo Engfa se aferra a ella, buscando más cercanía, y eso la llena de una satisfacción inmensa: saber que es ella quien la hace sentir así.
Sigue su camino suavemente, bajando por su piel, con una devoción que la hace sentirse afortunada de poder tocarla, de poder amarla. Cada beso es una promesa, cada caricia un recordatorio de que Engfa es suya y de que cuidará de cada parte de su ser. Engfa cierra los ojos, entregándose por completo, sus manos en el cabello de Charlotte, sintiendo cada gesto, cada detalle, cada muestra de ese amor que las consume con suavidad y fuego a la vez.
—Charlotte... —susurra su nombre, y es todo lo que necesita decir. Charlotte la escucha y entiende: sabe qué desea, qué necesita, qué la hace sentir viva y amada. Continúa con ternura infinita, descubriendo cada rincón de su piel como si fuera el tesoro más valioso del mundo, y Engfa responde a cada gesto con suspiros y caricias propias, guiándola, recibiéndola, encontrando en cada contacto la confirmación de que están exactamente donde deben estar.
No hay prisa. Solo hay ellas, el amor que las une y la certeza de que entre sus manos, Engfa puede ser ella misma, puede sentir todo lo que sienta, puede ser amada en cada parte de su ser. Y Charlotte piensa, mientras la abraza y la cuida, que no existe mayor felicidad que ser el refugio de la mujer que ama.
La noche continuó entre caricias, besos y promesas pronunciadas en voz baja. Cuando finalmente se quedaron dormidas, Engfa descansaba abrazada a Charlotte, con la cabeza sobre su pecho. La empresaria le besó el cabello una última vez.
—Buenas noches, mi vida.
—Buenas noches, amor —murmuró Engfa, casi dormida.
Charlotte sonrió. La mujer más poderosa de su mundo estaba entre sus brazos. Y eso era suficiente.
SÁBADO, 09:32 HORAS.
La primera en despertar fue Charlotte. Abrió los ojos lentamente y encontró a Engfa profundamente dormida. La modelo tenía un brazo alrededor de su cintura y una pierna sobre las suyas.
Charlotte sonrió. Intentó levantarse sin despertarla. No tuvo éxito.
—¿Adónde vas? —preguntó Engfa con los ojos cerrados.
—A preparar el desayuno.
—No.
—Cariño, tienes que comer.
—Pide algo.
Charlotte rio.
—Está bien.
Tomó el teléfono y abrió la aplicación de entregas.
—¿Qué quieres?
—Panqueques.
—¿Con frutas?
—Sí.
—¿Café?
—Un chocolate caliente.
—¿Algo más?
Engfa abrió un ojo.
—Un beso.
Charlotte dejó el teléfono. Se inclinó y la besó.
—¿Algo más, princesa?
—Otro.
La empresaria obedeció.
—Otro.
—Estás abusando de mi amor.
Engfa soltó una carcajada.
—Y tú me consientes demasiado.
—Es mi trabajo favorito.
La modelo se incorporó y se acomodó contra el cabecero.
—Charlotte.
—Dime.
—¿Qué tienes mañana?
—Una reunión con el consejo directivo.
Engfa hizo una mueca.
—¿Todo el día?
—Probablemente.
—Qué aburrido.
Charlotte la miró.
—¿Por qué?
—Porque quería pasar el domingo contigo.
La empresaria tomó su mano.
—Podemos desayunar juntas antes de que me vaya.
—No es lo mismo.
Charlotte guardó silencio unos segundos. Después abrió nuevamente su calendario.
—La reunión puede hacerse por videoconferencia.
Engfa la miró sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
—¿No tienes que ir?
—No.
—¿Y puedes trabajar desde casa?
—Puedo.
La sonrisa de Engfa fue inmediata.
—Te amo.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Entonces dame otro beso.
Charlotte rio antes de acercarse.
—Ven aquí, consentida.
Engfa se acomodó entre sus brazos. Y durante los siguientes minutos ninguna de las dos volvió a mencionar el trabajo.
11:15 HORAS.
El desayuno había llegado. Engfa estaba sentada en una de las sillas del comedor, disfrutando de sus panqueques mientras Charlotte revisaba algunos mensajes.
—Amor.
—¿Sí?
—Deja el teléfono.
Charlotte levantó la mirada.
—¿Qué sucede?
—Nada. Solamente quiero hablar contigo.
La empresaria dejó el dispositivo sobre la mesa.
—Te escucho.
Engfa sonrió.
—¿Alguna vez pensaste que terminarías así?
—¿Así cómo?
—Enamorada de una mujer que roba tus camisas, interrumpe tus reuniones y se pone celosa de tus compañeras de trabajo.
Charlotte fingió reflexionar.
—No exactamente.
—¿Entonces?
La empresaria extendió una mano sobre la mesa. Engfa la tomó.
—Pensé que tendría una vida tranquila, una empresa exitosa y una casa bonita.
—¿Y ahora?
Charlotte sonrió.
—Ahora tengo todo eso y una mujer que convierte mis días en algo extraordinario.
Engfa bajó la mirada.
—Eres muy romántica cuando quieres.
—Solamente contigo.
—¿Me prometes algo?
—Lo que quieras.
—Que nunca dejaremos de buscarnos, incluso cuando estemos ocupadas.
Charlotte acarició sus dedos.
—Te lo prometo.
—Que siempre tendremos tiempo para nosotras.
—Te lo prometo.
—Y que nunca permitirás que una reunión sea más importante que yo.
Charlotte rio.
—Eso último será difícil. Mis accionistas pueden ser bastante insoportables.
Engfa abrió la boca, indignada.
—¡Charlotte!
La empresaria se levantó y rodeó la mesa. Se inclinó para besarla.
—Estoy bromeando, mi amor.
Engfa la abrazó por la cintura.
—Más te vale.
Charlotte apoyó la frente contra la suya.
—Te amo, Engfa Waraha.
—Te amo, Charlotte Austin.
Y se besaron.
Porque podían tener millones, propiedades, empresas y todo aquello que el dinero pudiera comprar.
Pero ninguna de esas cosas se comparaba con la tranquilidad de encontrarse al final del día.
Charlotte podía conquistar cualquier imperio.
Sin embargo, su mayor fortuna siempre tendría el mismo nombre.
Engfa.
Y Engfa, que había conocido el lujo, la admiración y los privilegios, había encontrado algo mucho más importante.
Una mujer que no solamente quería tenerla entre sus brazos.
Quería quedarse.
Para siempre.
FIN.








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