Capítulo 1. Sombras y miradas que queman
El aire en la parte trasera del coche es denso, cargado con el olor a cuero caro, perfume amaderado y la tensión palpable que siempre parece flotar entre nosotros. Miro a través de la ventanilla oscura cómo las luces de las afueras de Londres se difuminan en una neblina fría. Estamos a veinticinco minutos de la ciudad, en la seguridad de nuestra zona, pero en nuestro mundo la seguridad es solo una ilusión temporal.
A mi lado, Alessandro juega distraído con el anillo de sello de su meñique. La luz de los faroles que pasamos ilumina por un segundo su perfil afilado, la mandíbula tensa y esa mirada calculadora que solo se relaja cuando me mira a mí.
—No te apartes de mi lado en cuanto entremos, Olivia —dice su voz, baja y ronca, rompiendo el silencio con esa autoridad natural que heredó de su padre.
—Sabes perfectamente que sé cuidarme sola, Alessandro —le respondo, girando el rostro para sostenerle la mirada—. Llevo un arma bajo el vestido igual que tú.
Él suelta una sonrisa torcida, esa que tiene reservada exclusivamente para mí, y extiende una mano grande y cálida para posarla en mi muslo, apretando justo por encima de la abertura de la tela. Un escalofrío me recorre la espalda, y no tiene nada que ver con el frío de Londres.
—Lo sé, nena. Pero eres mi debilidad, y en ese restaurante habrá demasiados buitres que no saben mirar a donde deben —murmura, y noto cómo la posesión arde en sus palabras.
Nuestras familias llevan décadas unidas por sangre, pactos y millones manchados de sangre y poder. Desde que tenemos uso de razón, hemos estado destinados a este tablero de ajedrez. Pero nadie en los altos mandos sabe lo que ocurre realmente en nuestra mansión, en esa enorme propiedad donde corre nuestro dóberman y donde las reuniones de negocios sobre la obtención de dinero y lavado de activos se mezclan con miradas robadas en los pasillos oscuros.
El coche se detiene con suavidad frente a la fachada imponente de uno de los restaurantes más exclusivos de la capital. Un valet abre la puerta de inmediato. Alessandro sale primero y me ofrece su mano. En cuanto la tomo, su agarre es firme, posesivo, innegociable.
El interior del local es puro lujo: mármol oscuro, luces tenues, reservados privados y el murmullo de gente peligrosa que finge llevar una vida respetable. Nos conducen a una mesa apartada, perfecta para mantener la privacidad.
Pedimos una cena excelente, pero ninguno de los dos presta demasiada atención a los platos. El ambiente entre nosotros está cargado de una electricidad insoportable. Cada vez que nuestros dedos se rozan al alcanzar una copa, o cuando sus ojos oscuros recorren mis labios, el deseo acumulado durante años amenaza con desbordarse. Siempre nos tenemos unas ganas locas, una urgencia física que ni el trabajo diario ni el peso de nuestros imperios logran calmar.
Cuando el camarero se retira tras servirnos el postre, el silencio entre nosotros se vuelve espeso, magnético.
Alessandro apoya los codos en la mesa, inclinanose hacia mí, con la mirada clavada en la mía con una intensidad que me deja sin aliento.
—Estoy harto de fingir, Olivia —su voz vibra con una sinceridad cruda que pocas veces muestra al mundo—. Harta de ser solo tu "mejor amigo" delante de los demás, cuando cada noche en esa mansión lo único que quiero es devorarte y recordarte que eres mía.
Siento que el corazón se me acelera en el pecho. Mis labios se abren ligeramente, pero las palabras no acuden a mí.
Él saca algo pequeño del bolsillo interior de su saco negro. Un estuche de terciopelo oscuro. Lo abre lentamente sobre el mantel blanco. Dentro reposa un anillo de oro blanco con un diamante discreto pero deslumbrante, tan elegante como letal.
—Sé lo que somos, sé de qué familia venimos y el peligro que corremos cada día —continúa Alessandro, y su voz, aunque baja, suena como un decreto inquebrantable—. Pero no me importa el mundo entero si no te tengo a mi lado de la forma correcta. Quiero que seas mi novia, Olivia. Mi mujer, mi igual, la única reina de mi imperio.
Mis ojos se llenan de una emoción repentina mientras lo miro. Toda mi vida he estado protegida, rodeada de barrotes de oro y promesas de seguridad, pero con él nunca he querido huir. Con él quiero arder.
Extiendo la mano temblorosa y, en vez de coger el anillo, acaricio su mejilla áspera por la barba de un día.
—Tardaste demasiado en pedírmelo, Alessandro —susurro con una sonrisa desafiante antes de fundirme con sus labios en un beso hambriento, desesperado y prohibido, sellando un pacto del que ya no hay retorno.
El beso en medio de aquel reservado lujoso sabe a advertencia, a victoria y a una urgencia acumulada durante demasiados años. Cuando por fin nos separamos, con la respiración entrecortada y los labios hinchados, Alessandro desliza el anillo de oro blanco por mi anular. Su mirada es la de un depredador que acaba de asegurar su territorio, aunque en sus ojos oscuros también parpadea esa devoción ciega que solo me muestra a mí.
—Ya no hay marcha atrás, nena —murmura contra mi boca, con una sonrisa de suficiencia que me enciende por dentro—. Eres mía ante Dios, ante la famiglia y ante cualquiera que se atreva a mirarte un segundo más de la cuenta.
—Siempre lo he sido, Alessandro —le respondo con una seguridad felina, ajustando el anillo en mi dedo antes de levantar mi copa de vino—. Aunque ya era hora de que pusieras las cosas en orden.
La cena termina entre risas cómplices y un juego de piernas por debajo de la mesa que hace que la tensión sexual se vuelva casi insoportable. Los veinticinco minutos de trayecto de regreso a casa en la parte trasera del coche se nos hacen eternos. Las manos de Alessandro no se quedan quietas: recorren mis piernas, se enredan en mi cabello y me pegan tanto a su cuerpo que apenas puedo respirar su colonia mezclada con el calor de su piel.
En cuanto el coche atraviza las enormes verjas de hierro forjado de nuestra propiedad y se detiene frente a la fachada de nuestra mansión, apenas esperamos a que el chófer abra la puerta. Salimos casi a trompicones, devorándonos con la mirada.
Al abrir la puerta principal, el sonido de unas garras sobre el suelo de mármol nos recibe. Nuestro dóberman, un ejemplar negro y musculoso con una planta imponente, aparece trotando para saludarnos. Alessandro le da una palmada rápida en la cabeza mientras nos quita los abrigos de encima con torpeza, riendo ante mi impaciencia.
—Tranquilo, viejo —le dice el mafioso al perro antes de volverse hacia mí—. Creo que hoy tendrás que dormir fuera de nuestra habitación.
No le doy tiempo ni a terminar la frase. Me lanzo a sus brazos, rodeando su cuello con fuerza mientras él me atrapa por los muslos, levantándome del suelo sin esfuerzo. Mis labios buscan los suyos en un beso desesperado, hambriento, de esos que duelen de tanto desearlos.
Nos tambaleamos por el recibidor, chocando contra las paredes de la mansión mientras las prendas de ropa empiezan a sobrar. Él me devora el cuello con una intensidad que me arranca un gemido ronco, recordándome que todo lo que construimos —los millones, los negocios turbios, el peligro constante que nos acecha fuera— se desvanece en cuanto estamos a solas.
Aquí adentro, en nuestro propio imperio, las reglas las ponemos nosotros, y lo único seguro es que esta noche vamos a quemarlo todo.
El mármol frío del vestíbulo desaparece de mi mente en cuanto Alessandro me empuja con suavidad pero con firmeza contra la puerta principal ya cerrada con cerrojo. El peso de su cuerpo me inmoviliza contra la madera, y la forma en que me mira hace que se me encienda cada fibra del cuerpo. Sin mediar palabra, me arranca el vestido de un tirón seco que deja mis pechos al descubierto, respirando agitado mientras hunde la cara en mi cuello, dejando marcas profundas que sé que mañana llevaré como un recordativo de a quién pertenezco.
—Mírame, Olivia —me ordena con la voz ronca, pegada a mi piel.
Bajo la mirada hacia él. Tiene los ojos oscurecidos por el deseo más puro, ese que no atiende a razones ni a negocios. Con una rapidez experta, me aparta la ropa interior de un lado y me mete los dedos con tanta fuerza que un grito ahogado se me escapa de la garganta. Estoy empapada, rebosando de mis propios jugos, suplicando en silencio lo que él ya sabe que necesito.
—Estás empapada para mí, preciosa... Te encanta que te marque, te encanta saber que eres mi puta coqueta —gime Alessandro contra mis labios mientras bombea los dedos dentro de mí a un ritmo desesperado.
No puedo parar de gemir. Cada estocada de sus dedos me arranca un sonido roto, un gemido alto y sin filtro que rebota en las paredes de la entrada mientras las garras de nuestro dóberman suenan a lo lejos, caminando por el pasillo antes de perderse.
—¡Alessandro, por favor... al carajo, no aguanto más...! —balbuceo, arañándole los hombros con desesperación.
—Todavía no, nena. Hoy vas a correrte para mí aquí mismo, y luego te voy a destrozar en la cama —me promete con una sonrisa salvaje.
Me da la vuelta con un movimiento brusco, obligándome a apoyar las manos contra la madera de la puerta mientras me sube la falda hasta la cintura. Siento el calor imponente de su cuerpo pegado a mi espalda, y un segundo después, el roce duro y pesado de su polla erecta golpeando contra mis glúteos. Me acomoda con una mano en la cadera, apretando la carne, y con un empuje seco y profundo, me atraviesa por completo.
Un grito desgarrador y agudo se escapa de mis labios. El tamaño de su polla dentro de mí, estirándome y llenándome de esa manera tan burda y perfecta, me hace perder la cabeza por completo. Mis gemidos se vuelven continuos, una letanía de placer y entrega mientras él empieza a follarme por detrás con una fuerza animal, golpeando mis glúteos con cada embestida furiosa.
—Eso es, muévete para mí... Joder, Olivia, estás tan apretada, tan caliente... Eres mi puta dueña —gruñe él en mi oído, perdiendo el control al mismo tiempo que yo.
Las embestidas son cada vez más rápidas, más salvajes, haciendo que mis caderas reboten contra sus muslos en un compás frenético. Siento que el orgasmo me estalla en el bajo vientre de golpe, una ola caliente y violenta que me hace arquear la espalda.
—¡Me corro, Alessandro, me corro por ti...! —grito en un estertor de puro placer, contrayéndome alrededor de su polla mientras mis jugos empapan sus ingles en una mezcla caliente y resbaladiza.
Verla venir, sentir cómo me exprimo en su interior con espasmos incontrolables, empuja a Alessandro al límite. Deja escapar un rugido gutural contra mi nuca.
—Recíbeme entera, nena... ¡Mierda! —brama.
Da tres estocadas finales tan brutales y profundas que me dejan sin aire, antes de venirse dentro de mí con una fuerza volcánica. Siento los chorros calientes de su semen inundándome las entrañas, quemándome de la forma más deliciosa posible mientras él se queda inmóvil contra mi espalda, respirando con fuerza en mi hombro, con los dedos todavía clavados en mis caderas y el eco de nuestros gemidos resonando en la mansión vacía.
El eco de nuestras respiraciones agitadas es lo único que llena el recibidor mientras el calor de su cuerpo sigue fundido con el mío. Alessandro apoya la frente contra mi hombro, con los ojos cerrados, recuperando el aliento poco a poco mientras una de sus manos sigue acunando mi cadera con una posesión silenciosa.
Poco a poco, la tensión en sus músculos empieza a relajarse, aunque no se aparta ni un centímetro.
—Joder, Olivia... —murmura su voz ronca contra mi piel, todavía temblando ligeramente por la intensidad del orgasmo—. Cada vez es peor. Si sigo así, voy a terminar quemando esta mansión contigo dentro.
Me giro lentamente entre sus brazos, apoyando las manos en su pecho desnudo y sintiendo los latidos desbocados de su corazón bajo la palma de mi mano. Con una sonrisa cansada pero triunfante en los labios, levanto la barbilla para mirarle a los ojos.
—Pues asegúrate de que los cimientos sean fuertes, Alessandro. Porque yo no pienso ir a ninguna parte —le reto en un susurro, pasando los dedos por su barba desalineada.
Él suelta una carcajada baja, un sonido oscuro y lleno de esa complicidad que solo existe entre nosotros dos. Me besa con suavidad en los nudillos antes de levantarme de nuevo en peso, ignorando por completo que seguimos tirados en la entrada. Esta vez, camino hacia las escaleras principales con la calma de quien sabe que es dueña de su propio territorio.
El dóberman asoma la cabeza desde el pasillo superior, mirándonos con curiosidad antes de girarse y volver a tumbarse, acostumbrado al caos que solemos dejar a nuestro paso.
Llegamos por fin a nuestra habitación, un santuario enorme de tonos oscuros y ventanales gigantescos que miran hacia los terrenos privados que rodean la propiedad. Me deja caer con suavidad sobre las sábanas revueltas de la cama king size, y mientras él se deshace de lo poco que le queda de ropa, yo me acurruco contra el edredón, sintiendo el peso del anillo de oro blanco en mi dedo anular. Es frío al tacto, pero brilla con la promesa de todo lo que está por venir.
Alessandro se acuesta a mi lado, tirando de mí hasta que mi cabeza queda apoyada directamente sobre su pecho firme, escuchando el compás constante de sus latidos. Su brazo me rodea la cintura, pegándome a su costado como si temiera que, en cuanto cierre los ojos, todo esto fuera a desvanecerse.
—Mañana por la mañana tenemos que revisar los números de los cargamentos que llegan del puerto de Londres —comenta él con voz tranquila, acariciándome el cabello lacio con una lentitud hipnótica—. La familia de Roma está moviendo fichas y mi padre quiere asegurarse de que nuestra parte del porcentaje no baje ni un solo punto.
Suspiro contra su piel, disfrutando del contraste entre la brutalidad de nuestro mundo mafioso y la paz absoluta que siento en este momento entre sus brazos.
—Que se preocupen lo que quieran. Saben perfectamente que si intentan tocar nuestro dinero, no les quedará un solo hombre en pie para contarlo —respondo con absoluta frialdad, esbozando una sonrisa en la oscuridad—. Trabajamos demasiado bien juntos como para dejar que unos cuantos veteranos nos arruinen el negocio.
—Exacto —asiente Alessandro, besando la coronilla de mi cabeza con devoción—. Somos intocables, Olivia. Juntos somos dueños de este juego.
Cierro los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo abrigándome en la fría noche londinense, sabiendo que el peligro acecha allá afuera, pero que dentro de estas paredes, bajo las reglas que hemos escrito con sangre y deseo, nadie va a arrebatarnos jamás lo que es nuestro.








