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VICTIM OF DESIRE

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Summary

Eva Ricci nunca olvidó al hombre que le salvó la vida diez años atrás. Para Alexei Voronin, probablemente solo fue una decisión más. Para ella, significó mucho más: fue la primera vez que alguien la protegió cuando el mundo se desmoronaba. Ahora, el destino vuelve a cruzar sus caminos. Alexei es un hombre poderoso, frío y acostumbrado a tener el control. Heredero de un imperio construido entre negocios, secretos y sangre, no confía en nadie y jamás permite que alguien se acerque lo suficiente como para convertirse en una debilidad. Pero Eva despierta en él algo que no consigue explicar. Su dulzura, su aparente fragilidad y la calma que transmite despiertan un instinto de protección que pronto se transforma en una obsesión peligrosa. Él quiere protegerla. Saber dónde está, con quién se encuentra y qué ocurre cuando no está a su lado. Sin embargo, Alexei no es el único que guarda secretos. En un mundo donde confiar puede ser una sentencia de muerte y el deseo puede convertirse en la más peligrosa de las armas, ambos descubrirán que no siempre quien parece estar en peligro es quien necesita ser salvado. Porque Alexei Voronin está acostumbrado a controlar cada movimiento. Pero esta vez podría estar jugando una partida cuyas reglas desconoce.

Status
4h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1- The Opening



POV Eva

Mi apartamento en Brooklyn Heights siempre olía a madera seca, té de manzanilla y a los libros viejos que coleccionaba en la pequeña estantería junto a la ventana. Era un espacio pequeño, pero sereno. Los tonos crema de las paredes y las luces cálidas de las lámparas me ofrecían un refugio perfecto contra la brisa helada que comenzaba a apoderarse de Nueva York al caer el otoño.

Me gustaba llegar a casa y encontrarlo todo en su sitio. Los cojines del sofá acomodados, las cortinas ligeramente abiertas y los libros ordenados en los estantes. No era una obsesión por la limpieza, sino una necesidad de mantener cierto orden en un mundo que, durante mucho tiempo, había parecido empeñado en arrebatármelo.

Allí nadie levantaba la voz. Nadie entraba sin llamar. Nadie decidía por mí.

Dejé la taza sobre el posavasos de cerámica y pasé la yema de los dedos por el borde de mi agenda de cuero. Sobre la mesa descansaban tres expedientes de la fundación, perfectamente alineados: evaluaciones de ingresos, informes de seguimiento de casos de reinserción y dos solicitudes de vivienda temporal para mujeres que intentaban rehacer sus vidas desde cero.

Había prometido revisarlos antes de terminar el día. Aunque mi jornada laboral había concluido hacía casi una hora, me costaba dejar asuntos pendientes. Prefería cerrar cada carpeta con la tranquilidad de saber que no había pasado por alto ningún detalle.

Abrí el primero y repasé las observaciones que había escrito durante la mañana. Corregí una fecha, añadí una nota al margen y marqué con un pequeño adhesivo la documentación que todavía necesitaba ser enviada. Después pasé al siguiente.

Mi trabajo exigía paciencia. Mucha más de la que la mayoría imaginaba.

No bastaba con llenar formularios, conseguir una habitación o coordinar una cita con un especialista. Las mujeres que llegaban a la fundación no siempre sabían qué necesitaban, y algunas ni siquiera estaban convencidas de que tuvieran derecho a pedir ayuda. A veces, lo único que podíamos ofrecerles durante los primeros días era un lugar donde nadie las obligara a hablar antes de estar preparadas.

Había aprendido que escuchar también era una forma de proteger a otros.

Revisé el reloj de pared.

Cuatro y cuarenta y cinco.

Volví a tomar la taza de té y respiré el vapor antes de darle un sorbo lento. La infusión ya había perdido parte de su temperatura, pero no me molesté en calentarla.

Mientras acomodaba los expedientes, recordé a una de las jóvenes que había conocido aquella tarde. Su caso me había dejado pensando, especialmente porque su miedo a perder el control de su propia vida era algo que podía comprender mejor de lo que me habría gustado.

El ruido en la oficina había sido el habitual de un martes. El teléfono sonaba en la recepción mientras dos asistentes organizaban las carpetas para el programa de apoyo psicológico. Desde mi oficina podía escuchar las conversaciones del pasillo, el sonido de una impresora trabajando sin descanso y las ruedas de un carrito de suministros desplazándose sobre el suelo.

Era un ambiente que conocía bien. Después de varios años allí, había terminado por reconocer los sonidos cotidianos del edificio con la misma facilidad con la que distinguía las voces de mis compañeros.

Estaba terminando un informe cuando Clara apareció en la puerta.

—Eva, ¿tienes un minuto antes de salir? —preguntó, sosteniendo un archivador azul entre las manos.

Levanté la mirada de la pantalla.

—Claro, pasa.

Cerré el documento y me puse de pie para recibirla. Clara llevaba meses coordinando el ingreso de mujeres que salían de situaciones de extrema vulnerabilidad. Era una mujer práctica, de carácter firme, aunque tenía una paciencia admirable cuando se trataba de los casos más difíciles.

Se sentó al otro lado de mi escritorio y dejó el archivador sobre la superficie.

—Tenemos un ingreso nuevo. Una chica de veintidós años. Llegó esta mañana y está teniendo algunas dificultades para aceptar el traslado al refugio.

Abrí la carpeta.

—¿Qué ocurrió?

—No confía en los asesores. Se niega a firmar los documentos y está convencida de que, si acepta el traslado, perderá cualquier posibilidad de decidir sobre su propia vida.

Recorrí las primeras páginas del informe. Había varias anotaciones realizadas durante la entrevista inicial, aunque algunas respuestas estaban incompletas. La joven había llegado acompañada por una trabajadora social externa y, según los antecedentes, llevaba poco tiempo fuera del entorno del que había conseguido escapar.

—¿Tiene algún familiar de confianza? —pregunté.

Clara negó con la cabeza.

—No que nosotros sepamos. Está bastante asustada. Pensé que tal vez tú podrías hablar con ella antes de que tome una decisión apresurada.

Pasé una página más y me detuve en una observación escrita a mano.

—¿Ha recibido una explicación completa sobre las condiciones del traslado?

—Sí, pero no parece creerlo. Piensa que todos estamos intentando convencerla de algo.

Dejé el expediente sobre el escritorio.

—Quizá porque está acostumbrada a que los demás decidan por ella.

Clara guardó silencio durante unos segundos.

—Eso mismo pensé.

Me levanté y tomé la carpeta.

—Déjame hablar con ella.

Salimos al pasillo. La pequeña sala de espera del fondo estaba casi vacía. Una de las asistentes conversaba en voz baja con una mujer que esperaba su turno para una evaluación, mientras que, en el extremo opuesto, una joven permanecía sentada en la esquina del sofá.

Abrazaba su bolso contra el pecho como si fuera un escudo.

Me detuve antes de acercarme. No quería que sintiera que otra persona venía a exigirle explicaciones.

—Elena —la llamé con suavidad.

La joven levantó la cabeza. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y los ojos cansados. Su mirada se desplazó rápidamente hacia Clara y después regresó a mí.

—Hola. Soy Eva —me presenté—. ¿Te importa si hablamos un momento?

No respondió enseguida. Observé cómo sus dedos se cerraban alrededor de las asas del bolso.

—¿Tengo que firmar algo?

Negué con la cabeza.

—No. De hecho, no he venido a pedirte que firmes nada.

Me acerqué un poco, pero no me senté a su lado. Preferí mantener una distancia respetuosa, apoyando la espalda contra el marco de la mesa auxiliar.

—Clara me comentó que tienes algunas dudas sobre el traslado. Quería saber qué es lo que te preocupa.

Elena bajó la mirada.

—No quiero que me lleven a otro sitio y después me digan que no puedo salir.

Su voz era apenas un murmullo.

—Entiendo.

—No, no lo entiende.

No me ofendí. Tampoco intenté corregirla.

—Puede que tengas razón. No conozco todo lo que has vivido y no voy a fingir que sí. Pero puedo explicarte cómo funciona el programa y responder las preguntas que tengas. Después podrás decidir qué hacer.

La joven me miró por primera vez con verdadera atención, como si intentara encontrar alguna señal de engaño en mi expresión.

—¿Y si no quiero ir?

—Entonces tendremos que hablar sobre las alternativas disponibles. Pero nadie debería obligarte a aceptar algo que no comprendes.

Sus hombros cedieron apenas.

No le prometí soluciones mágicas ni utilicé palabras ensayadas. Le expliqué las condiciones del refugio, las medidas de seguridad y las opciones que tenía disponibles. También le aclaré que podía solicitar una nueva entrevista si necesitaba más tiempo para decidir.

Durante los primeros minutos respondió con monosílabos. Después comenzó a hacer preguntas. Algunas eran prácticas; otras dejaban entrever temores que no aparecían en su expediente.

Quería saber si tendría una habitación propia. Si puede conservar sus pertenencias. Si alguien tiene acceso a su información personal. Si podía continuar con las clases que había empezado antes de llegar a la fundación.

Contesté cada pregunta con honestidad.

—No tienes que resolver toda tu vida hoy, Elena —le dije cuando terminó de hablar—. Solo necesitamos encontrar el siguiente paso que te haga sentir un poco más segura.

Se quedó observando.

—¿Y si vuelvo a equivocarme?

—Entonces buscaremos otra manera de hacerlo. Equivocarte no significa que hayas perdido el derecho a intentarlo de nuevo.

Esta vez no apartó la mirada.

La conversación duró cerca de veinte minutos. Cuando finalmente me levanté, Elena aceptó que Clara le explicara nuevamente las condiciones del traslado. No firmó los documentos en ese momento, pero pidió que se los dejarán para revisarlos con calma.

Para mí, aquello ya era un avance.

—Gracias —murmuró antes de que me marchara.

Le sonreí.

—No tienes que agradecerme. Tómate tu tiempo.

Cuando regresé a mi oficina, Clara me esperaba junto al escritorio.

—Tienes una paciencia increíble, Eva. A veces parece que puedes leer exactamente lo que la gente necesita escuchar para sentirse a salvo.

Dejé la carpeta sobre la mesa y acomodé los papeles en su bandeja correspondiente.

—Solo intento escuchar antes de hablar.

—Deberías enseñarnos cómo lo haces.

Solté una pequeña risa.

—No hay ningún secreto. A veces las personas solo necesitan saber que pueden decir que no sin que eso signifique que van a quedarse solas.

Clara me observó durante unos segundos.

—Eso es algo que no todos entienden.

—Lo sé.

Era la verdad. La compasión que sentía por aquellas mujeres no era un papel que interpretaba. Conocía cada matiz de su desamparo porque yo misma había estado en ese mismo lugar, diez años atrás, cuando el suelo se abrió bajo mis pies y no me quedó nada a lo que aferrarme.

No hablaba de ello en la fundación. No era necesario. Mi pasado no tenía por qué convertirse en una explicación para cada decisión que tomaba en el presente.

Había aprendido a separar las cosas.

Mi trabajo era ayudar a otras personas a recuperar el control de sus vidas. Y, aunque algunas experiencias me habían enseñado a reconocer el miedo en los demás, no significaba que estuviera obligada a compartir las mías.

Me despedí de Clara poco después. Guardé mis pertenencias, revisé que no quedara ningún documento pendiente y salí del edificio con la sensación habitual de haber cumplido con mi jornada.

El recuerdo se desvaneció cuando dejé la taza sobre la mesa.

Afuera, la luz dorada del atardecer había comenzado a desteñirse por completo, dando paso a una sombra violácea sobre el horizonte de Brooklyn.

Me puse de pie y caminé hacia el vestidor. Abrí las puertas de madera clara y deslicé las perchas con tranquilidad. Elegí un abrigo beige de paño fino, de corte clásico, sobrio y elegante. Debajo llevaba una blusa de seda en tono marfil y pantalones de vestir oscuros. Nada estridente. Ningún detalle que llamara la atención por exceso de ostentación, pero sí la clase de vestimenta que me hacía sentir cómoda y arreglada sin demasiado esfuerzo.

Saqué dos pares de zapatos antes de decidirme por unos botines de tacón bajo. Necesitaba caminar con comodidad. No tenía sentido elegir algo que pudiera entorpecer mis movimientos.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero.

Me arreglé las ondas del cabello chocolate sobre los hombros y pasé un toque ligero de labial natural. Después revisé el resultado con cierta atención. No buscaba parecerme a otra persona. Me gustaba mi aspecto cuando era sencillo, cuando no necesitaba demasiado para sentirme bien conmigo misma.

La mujer que me devolvía la mirada parecía apacible. Había algo en sus facciones que muchas personas confunden con fragilidad, aunque yo sabía que sobrevivir a ciertas cosas requería una fortaleza que no siempre se veía desde fuera.

Sostuve la mirada a mi propio reflejo durante unos segundos.

Diez años.

Ha pasado mucho tiempo desde aquella etapa de mi vida. Diez años desde que tuve que aprender a empezar de nuevo, a confiar poco a poco y a encontrar un lugar donde pudiera sentirme segura.

No había sido sencillo.

Hubo días en los que cualquier ruido inesperado me hacía estremecer. Momentos en los que me costaba aceptar la amabilidad de otras personas porque no sabía qué esperar de ellas. Pero también había encontrado gente que me ayudó a reconstruirme, que me enseñó que el pasado no tenía por qué determinar cada decisión que tomaría.

Con el tiempo conseguí estudiar, trabajar y construir una vida de la que me sentía orgullosa.

Aun así, había recuerdos que conservaba con especial cariño.

No todos los días alguien aparecía en tu vida cuando más lo necesitabas. Algunas personas ni siquiera eran conscientes de la importancia que podían tener para alguien que atravesaba uno de los peores momentos de su existencia.

Terminé de acomodarme el abrigo y tomé el bolso.

Antes de abandonar el apartamento, miré una última vez el salón. La taza de té seguía sobre la mesa, junto a los expedientes que había dejado ordenados.

Todo estaba en su sitio.

Apagué las luces y cerré la puerta.

El aire de la calle era frío y cortante. El viento del Este traía consigo el olor a humedad del río y el crujido de las hojas secas acumuladas junto al bordillo.

Caminé hacia la estación del metro, manteniendo las manos dentro de los bolsillos del abrigo. A mi alrededor, los residentes de Brooklyn Heights avanzaban apresurados de regreso a sus casas, envueltos en bufandas y abrigos gruesos. Algunos hablaban por teléfono; otros caminaban con la mirada fija en sus pantallas.

Una pareja discutía en voz baja junto a la entrada de una cafetería. Un hombre paseaba a un perro pequeño que se resistía a seguirlo. Cerca de la esquina, una mujer intentaba cerrar el cierre de la chaqueta de su hijo mientras éste protestaba por el frío.

Pequeñas escenas cotidianas.

Me gusta observarlas. Había algo tranquilizador en la posibilidad de pasar desapercibida entre cientos de personas, de ser una desconocida más en una ciudad que parecía no tener tiempo para detenerse.

Al llegar a la estación, bajé las escaleras y pasé por los torniquetes. El andén estaba más concurrido de lo habitual. Me coloqué cerca de una de las columnas y esperé a que llegara el tren.

El viento provocado por los vagones se adelantó unos segundos antes de que las luces aparecieran al fondo del túnel.

Subí cuando las puertas se abrieron y encontré un asiento libre junto a la ventana. Dejé el bolso sobre mis piernas y acomodé el abrigo.

Durante el trayecto mantuve la mirada perdida en el reflejo del cristal. Las luces del túnel pasaban a intervalos regulares, iluminando por instantes los rostros de los pasajeros. Una mujer leía un libro electrónico; un adolescente escuchaba música con los ojos cerrados y un hombre de traje revisaba una serie de documentos en su teléfono.

Nadie parecía prestar atención a los demás.

Era curioso cómo una ciudad podía reunir a tantas personas en un mismo espacio y, aun así, conseguir que cada una permaneciera encerrada en su propio mundo.

El tren se detuvo y las puertas se abrieron. Guardé el teléfono sin haberlo utilizado y me preparé para bajar.

Al salir a la superficie cerca de la zona comercial de Midtown, las luces de la ciudad me recibieron con su bullicio habitual: el estruendo de los taxis amarillos, el murmullo incesante de los peatones y la neblina que comenzaba a extenderse sobre el asfalto húmedo.

El aire olía a lluvia reciente, combustible y café. Los escaparates iluminados proyectan reflejos sobre las aceras, mientras los últimos rayos de luz desaparecían detrás de los edificios.

Avancé un par de calles sin un destino concreto. No tenía prisa por regresar a casa y me apetecía caminar un poco antes de que la temperatura descendiera todavía más.

Me detuve frente a una librería antigua que había descubierto algunas semanas atrás. Tenía una fachada estrecha, letras doradas algo desgastadas y una campanilla sobre la puerta. Me gustaba aquel lugar. Siempre encontraba algo interesante entre sus estanterías, aunque no necesitara comprar ningún libro.

Me acerqué al escaparate y recorrí con la mirada los títulos expuestos. Había una novela de tapa dura que llamó mi atención. Me incliné ligeramente para leer la sinopsis cuando el sonido de varios motores se mezcló con el ruido habitual de la avenida.

Levanté la cabeza.

Una camioneta oscura avanzó lentamente por la calle, seguida de un sedán negro cuya carrocería reflejaba las luces de los edificios. No era extraño encontrar vehículos de lujo en aquella zona, pero algo en la manera en que los demás automóviles les cedían el paso llamó mi atención.

El sedán se detuvo frente al restaurante privado situado al otro lado de la avenida.

Al principio no le di demasiada importancia. Volví la mirada hacia el escaparate, aunque la curiosidad pudo más cuando distinguí a varios hombres acercándose al vehículo.

Uno de ellos abrió la puerta trasera.

Y entonces lo vi.

No fue su ropa ni el automóvil lo que reconocí primero. Fue su rostro.

Las facciones marcadas, la piel clara y aquella expresión seria que parecía formar parte de él incluso cuando no estaba haciendo nada.

Alexei Voronin.

Durante unos segundos olvidé el ruido de la avenida, las conversaciones de los peatones y el frío que se filtraba por mi abrigo.

Lo conocía.

Era difícil no conocer su nombre en Nueva York. Su familia llevaba años vinculada a importantes negocios y, aunque los detalles de sus operaciones no siempre eran públicos, su presencia aparecía con frecuencia en las páginas de economía y sociedad. Su imagen también estaba asociada a distintas iniciativas benéficas, fundaciones y programas de apoyo a comunidades vulnerables.

En la institución donde trabajaba habíamos recibido más de una vez información sobre las donaciones de su grupo empresarial. Algunos de nuestros programas se habían beneficiado indirectamente de iniciativas impulsadas por organizaciones vinculadas a su fundación.

No era un hombre que concediera entrevistas con frecuencia ni parecía disfrutar de la exposición pública, pero su nombre tenía un peso considerable. Era de esas personas cuya influencia se percibía incluso cuando preferían mantenerse alejadas de las cámaras.

Lo observé mientras uno de sus hombres le decía algo. Alexei respondió con un movimiento apenas perceptible de la cabeza y después se acomodó el abrigo.

Se veía diferente a las fotografías que había visto en revistas y publicaciones. Más imponente en persona. Había algo en su presencia que no podía transmitirse a través de una pantalla.

Me pregunté si todavía tendría la misma voz.

La pregunta apareció sin que pudiera evitarlo y me hizo sonreír ligeramente.

Hacía mucho tiempo que no lo veía.

Diez años, para ser exactos.

Había ocasiones en las que recordaba aquella época de mi vida y me sorprendía pensar en las personas que habían formado parte de ella. Algunas habían desaparecido por completo; otras habían seguido caminos que nunca llegué a conocer.

Alexei era uno de esos recuerdos.

No sabía si él todavía recordaría aquella noche. Probablemente no. Para alguien acostumbrado a tratar con tantas personas y a resolver situaciones complicadas, aquel episodio quizá no había sido más que una decisión entre muchas.

Para mí había significado algo diferente.

No porque hubiera cambiado mi vida de un día para otro, sino porque, en un momento en el que me sentía completamente sola, alguien había decidido que merecía ser protegida.

A veces, los gestos que parecen más pequeños para quien los realiza se convierten en recuerdos que otra persona conserva durante años.

Aparté la mirada durante un instante, consciente de que llevaba demasiado tiempo observando. No quería parecer una de esas personas que se quedan mirando a alguien conocido en plena calle.

Volví a concentrarme en el escaparate y leí nuevamente la sinopsis del libro.

Cuando levanté la vista, Alexei ya se encontraba junto a la entrada del restaurante. Uno de sus hombres abrió la puerta y él entró sin apresurarse, acompañado por aquella pequeña comitiva que parecía seguir cada uno de sus movimientos.

Lo vi desaparecer en el interior.

Me quedé unos segundos frente al escaparate, todavía un poco sorprendida por la casualidad.

Era extraño encontrarse con alguien que había formado parte de un momento tan importante de tu vida, especialmente cuando no esperabas volver a verlo.

Me pregunté si algún día tendría la oportunidad de agradecerle lo que había hecho. No sabía si sería capaz de reconocerme, pero supuse que no tenía sentido esperar que lo hiciera.

Después de todo, habían pasado diez años. Me acomodé el abrigo y volví a mirar el libro que había llamado mi atención. Quizá debería entrar y comprarlo. Había sido una tarde larga y el frío empezaba a resultar incómodo. Sonreí para mis adentros y continué mi camino.

No todos los días la ciudad te regala una coincidencia así.

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