Capítulo 1
Capítulo 1
Lo que no se olvida
A las 7:12 de la mañana, Puerto Espejo todavía parecía una ciudad distinta.
El río estaba tranquilo, el aire fresco y las calles apenas empezaban a llenarse de autos. Me gustaba correr a esa hora. No porque fuera una persona especialmente disciplinada ni porque tuviera alguna meta deportiva. Corría porque, durante esos minutos, nadie esperaba nada de mí. No tenía que responder mensajes, cumplir horarios ni demostrar que estaba a la altura de las circunstancias.
Solo tenía que avanzar.
Me acomodé los auriculares y aumenté un poco el ritmo. El pelo, que había intentado sujetar en una coleta, ya se me estaba escapando por los costados. Me lo até otra vez sin dejar de caminar.
El celular vibró dentro del bolsillo de mi campera.
Mamá: ¿A qué hora tenés la entrevista?
Miré la pantalla y suspiré. Mi madre llevaba preguntándome lo mismo desde el día anterior.
Yo: A las nueve. Ya sé, ma. No me voy a olvidar.
Mamá: No te pongas nerviosa. Sé vos misma.
Sonreí.
Yo: Ese es justamente el problema.
Guardé el teléfono y retomé el camino.
La entrevista era en Grupo Ferrer, una de las empresas más importantes de Puerto Espejo. Tenía negocios inmobiliarios, hoteles, restaurantes y varios proyectos de inversión en marcha. Su apellido aparecía en carteles, edificios y eventos de la ciudad. Era una de esas familias que parecían conocer a todo el mundo y tener siempre un lugar reservado en cualquier mesa.
Yo había enviado mi currículum sin demasiadas expectativas. Estudiaba Comunicación, tenía algunas experiencias laborales y estaba buscando una oportunidad que me permitiera crecer. No tenía contactos, ni un apellido conocido, ni demasiadas razones para pensar que me elegirían por encima de otros candidatos.
Pero me habían llamado.
Y eso ya era algo.
Cuando llegué a casa, me duché, me sequé el pelo y elegí una camisa blanca con un pantalón negro. Me miré en el espejo mientras intentaba acomodarme un mechón detrás de la oreja. Mis ojos color miel parecían más claros con la luz de la mañana.
Respiré hondo.
—Podés hacerlo, Malena —me dije.
No estaba segura de creerme, pero al menos sonaba convincente.
La oficina de Grupo Ferrer ocupaba varios pisos de un edificio moderno en el centro de la ciudad. Vidrios enormes, pisos brillantes y una recepción en la que hasta el silencio parecía caro.
Me anuncié y esperé.
Mientras revisaba por quinta vez que el celular estuviera en silencio, una mujer se acercó para avisarme que podían recibirme.
La entrevista duró casi cuarenta minutos. Me preguntaron por mis estudios, por mis experiencias, por mi manera de trabajar bajo presión y por qué me interesaba formar parte de la empresa.
Contesté lo mejor que pude. Hablé de comunicación institucional, de organización, de planificación y de la importancia de construir una imagen coherente con lo que una organización realmente hace.
No sabía si era lo que querían escuchar, pero era lo que pensaba.
Cuando finalmente me despedí, salí del edificio con la sensación de haber sobrevivido a un examen que no sabía que estaba rindiendo.
El teléfono vibró antes de que pudiera guardar la carpeta.
Un mensaje de un número desconocido.
Recursos Humanos: Malena, queremos ofrecerte el puesto en el área de Comunicación Institucional. Si estás de acuerdo, nos gustaría que te incorporaras el próximo lunes.
Lo leí una vez.
Después otra.
Y una tercera, por si de pronto las palabras cambiaban.
—No puede ser —murmuré.
Volví a leerlo.
Sonreí sola en medio de la vereda. Después apreté el teléfono contra el pecho, como si alguien pudiera quitarme la noticia.
Llamé a Julia.
Atendió al segundo tono.
—¿Y? ¿Cómo te fue?
—Me contrataron.
Hubo un silencio.
—¿Qué?
—Que me contrataron, estúpida.
Julia gritó tan fuerte que tuve que alejar el teléfono de la oreja.
—¡Malena! ¡Te dije! ¡Te dije que te iban a contratar!
—No me dijiste nada. Ayer me dijiste que me preparara por si me rechazaban.
—Bueno, una tiene que contemplar todos los escenarios.
Me reí.
—Tenemos que festejar.
—¿Tenemos? Ya estoy lista. Nos vemos en La Orilla.
—Son las once de la mañana.
—¿Y? ¿Desde cuándo necesitás una hora para festejar algo?
Cortó antes de que pudiera contestarle.
La Orilla era nuestro lugar.
Un bar en una esquina a pocas cuadras del río, con paredes de ladrillo a la vista, mesas de madera oscura y ventanales que durante el día dejaban entrar toda la luz. A la noche cambiaba por completo: música más alta, luces tenues y gente que parecía conocer a alguien en cada mesa.
Bruno lo había abierto hacía un par de años y, desde entonces, se había convertido en una especie de segunda casa para todos nosotros.
No importaba si alguien estaba de buen humor, si había tenido una pelea o si necesitaba desaparecer un rato. Siempre terminábamos ahí.
Cuando entré, Julia estaba sentada en una de las mesas del fondo, con dos cafés y una medialuna a medio terminar.
—¡Mi futura ejecutiva! —anunció, levantando los brazos.
—No empieces.
Me abrazó de todas formas.
—Estoy orgullosa de vos.
Por un segundo dejé de hacer chistes.
—Gracias.
Julia era de esas personas que podían decirte la verdad más incómoda del mundo y, cinco minutos después, abrazarte como si fueras lo más importante que tenían. Nos conocíamos desde hacía años y había aprendido que, cuando se ponía demasiado sentimental, lo mejor era no arruinarle el momento.
Bruno apareció desde detrás de la barra con un repasador sobre el hombro.
—Me enteré de la noticia. Felicitaciones, Ríos.
—Gracias. Todavía no caigo.
—Ya vas a caer cuando te toque trabajar un lunes.
—No me arruines el festejo.
Bruno se rio y apoyó una mano en mi hombro.
—La primera ronda va por la casa.
—Te quiero.
—Lo sé. Pero no te acostumbres.
Nos quedamos hablando un rato. Julia quería saber todos los detalles de la entrevista y Bruno hacía comentarios cada vez que yo intentaba describir el edificio sin sonar impresionada.
Estaba contando que el departamento de Comunicación tenía una oficina con vista al río cuando escuché una voz detrás de mí.
—Mirá vos. Alguien está teniendo un buen día.
No necesitaba darme vuelta para saber quién era.
León Ferrer.
Había personas que tenían la capacidad de aparecer justo cuando una no las necesitaba. Él parecía haber desarrollado esa habilidad como un talento personal.
Me giré despacio.
Llevaba una remera negra, jeans y una campera liviana. Era alto, de hombros anchos y espalda marcada, con ese físico atlético que había construido a fuerza de años de entrenamiento y boxeo. Tenía el pelo castaño oscuro un poco desordenado y una pequeña marca cerca del pómulo izquierdo que se notaba más cuando sonreía.
Y sonreía bastante.
Demasiado, para mi gusto.
—León —saludé, sin demasiado entusiasmo.
—Malena.
Sus ojos recorrieron mi cara y después se detuvieron un instante en la carpeta que había dejado sobre la mesa.
—¿Qué se festeja?
—Que algunas personas conseguimos trabajo sin tener que usar el apellido de papá.
Julia soltó una carcajada.
León se llevó una mano al pecho.
—Qué agresiva. Y yo que venía a felicitarte.
—Podés hacerlo desde ahí.
—Felicitaciones, entonces.
—Gracias.
Se quedó de pie unos segundos, como si estuviera esperando que alguien le ofreciera una silla. Bruno apareció detrás de él y le dio un golpe amistoso en el hombro.
—Sentate, Ferrer. No te quedes en la puerta como un inspector.
León ocupó la silla libre junto a Julia.
—¿Y? ¿Cómo estuvo la entrevista?
—Bien.
—¿Te hicieron muchas preguntas difíciles?
—Algunas.
—¿Y pudiste responderlas?
Lo miré.
—No, León. Me contrataron por lástima.
Julia volvió a reírse. Él levantó las manos, divertido.
—Está bien. No te pregunto más.
Bruno dejó una cerveza frente a él y volvió a la barra.
Yo estaba por retomar la conversación con Julia cuando León dijo:
—A propósito, yo también empiezo el lunes.
Me quedé quieta.
—¿Dónde?
Me miró como si la respuesta fuera obvia.
—En Grupo Ferrer.
Por supuesto.
Porque el universo tenía un sentido del humor bastante particular.
—¿Vas a trabajar ahí? —pregunté.
—Eso parece.
—No sabía que estabas interesado en trabajar.
—Y yo no sabía que estabas interesada en mi vida, pero acá estamos.
—No te emociones. Fue una pregunta.
León sonrió y tomó un trago de cerveza.
—Voy a incorporarme a la parte de gestión. Mi viejo quiere que empiece a involucrarme más en la empresa.
—Qué sorpresa.
—¿Por qué lo decís?
—No sé. Quizás porque tu apellido está en la puerta.
—No exactamente. Está en el edificio.
—Ah, bueno. Mucho más humilde.
Julia se tapó la boca para no reírse.
León negó con la cabeza, pero no parecía molesto.
—Va a ser divertido trabajar juntos.
—No te adelantes. Todavía no sé si voy a sobrevivir a la primera semana.
—Si necesitás ayuda, avisame.
—Antes renuncio.
—Qué carácter.
—Qué insistencia.
Nos miramos unos segundos más de lo necesario.
No era la primera vez que discutíamos. Tampoco era la primera vez que él conseguía sacarme de quicio con una facilidad irritante.
Pero había algo más.
Algo que los dos conocíamos y que ninguno estaba dispuesto a mencionar.
Algo que había pasado hacía un año, en una fiesta, y que desde entonces se había quedado entre nosotros como una conversación inconclusa.
La noche del cumpleaños de Bruno había sido una de esas en las que La Orilla parecía no tener paredes.
Había gente en todas partes. Algunos bailaban cerca de la barra, otros ocupaban las mesas de la vereda y varios habían terminado en el pequeño patio del fondo, donde la música llegaba más apagada.
Yo había ido con Julia. Llevaba un vestido negro sencillo y el pelo suelto. No tenía demasiadas ganas de salir, pero Bruno cumplía años y había insistido durante semanas para que estuviéramos todos.
León había llegado más tarde.
Lo vi apenas entró.
Estaba con una camisa negra, las mangas arremangadas hasta los antebrazos y el pelo todavía húmedo, como si hubiera salido de entrenar directamente para la fiesta. Saludó a Bruno, abrazó a algunos conocidos y terminó rodeado de gente.
No era difícil que eso pasara. León tenía una facilidad irritante para moverse entre las personas. Siempre parecía conocer a alguien, tener una historia para contar o encontrar la manera de hacer reír a quien tuviera enfrente.
Yo intenté ignorarlo.
Lo conseguí durante casi una hora.
Después lo encontré en la terraza, apoyado contra la baranda, con una cerveza en la mano.
—¿Te escapaste de tu propio club de fans? —pregunté al acercarme.
Giró la cabeza y sonrió.
—Estaba esperando que vinieras.
—Qué imaginación tenés.
—No sabía que me estabas buscando.
—No te estaba buscando.
—Entonces fue una coincidencia bastante conveniente.
Me apoyé a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos.
—¿Siempre tenés una respuesta para todo?
—Solo cuando me hacen preguntas interesantes.
—No te preocupes. No voy a esforzarme demasiado.
León soltó una risa baja. Por un momento nos quedamos en silencio, escuchando la música que llegaba desde adentro.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿No estás con Julia?
—Está hablando con Bruno.
—¿Y no tenés ganas de bailar?
—No especialmente.
—Qué raro. Pensé que te gustaban las fiestas.
—Me gustan. Lo que no me gusta es tener que fingir que me divierto con gente que no conozco.
—Podrías intentarlo conmigo.
Lo miré de costado.
—Prefiero no arriesgarme.
León sonrió, pero esta vez no respondió enseguida.
Había algo distinto en su expresión. Quizás era la luz tenue, o el hecho de que estábamos lejos del ruido. Quizás era simplemente que, por primera vez en mucho tiempo, no parecía estar haciendo un esfuerzo por resultar encantador.
—¿Seguís con Valentina? —pregunté.
No tenía planeado hacerlo. La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
León giró la cabeza hacia mí.
—Sí.
Una sola palabra.
Clara. Sin vueltas.
Asentí, intentando que no se notara que me había importado la respuesta.
—Ah.
—¿Por?
—Por nada. Preguntaba.
—Claro.
Me molestó la manera en que lo dijo. Como si hubiera entendido algo que yo no quería admitir.
—No todo tiene un significado oculto, Ferrer.
—Nunca dije que lo tuviera.
—Tu cara sí.
Se rio, pero enseguida volvió a mirarme.
—Vos siempre hacés eso.
—¿Qué cosa?
—Te escondés atrás de un chiste cada vez que una conversación se acerca a algo que no querés decir.
Me quedé callada.
No porque tuviera razón. O, al menos, no quería darle ese gusto.
—Y vos hacés lo contrario —contesté—. Actuás como si nada te importara para que nadie pueda preguntarte por qué.
Su sonrisa se borró apenas.
Por primera vez en toda la noche, sentí que había dicho algo que lo había alcanzado.
León dejó la botella sobre la baranda.
—No me conocés tanto como pensás.
—Por suerte.
—A veces me pregunto si de verdad me odiás.
Lo miré, sorprendida por el cambio de tono.
—No te odio.
—No parece.
—Me irritás. Es diferente.
—¿Y qué tendría que hacer para dejar de irritarte?
—Podrías empezar por no hablarme.
Se acercó apenas.
—Eso sería bastante difícil.
No me moví.
Podía sentir su perfume mezclado con el olor a cerveza y el aire fresco de la noche. De pronto, la distancia entre nosotros parecía mucho menor de lo que había sido unos segundos antes.
—León…
No supe qué iba a decir después.
Él levantó una mano y me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. El gesto fue tan inesperado que me quedé inmóvil.
—Decime que me vaya —murmuró.
Lo miré a los ojos.
Sabía que tenía que hacerlo.
Sabía que estaba con Valentina, que no había ninguna razón para estar ahí, tan cerca de él, permitiendo que una situación que no debería existir siguiera avanzando.
Pero no le dije que se fuera.
León se inclinó despacio, dándome tiempo para apartarme.
No lo hice.
Cuando me besó, todo lo que venía pensando desapareció por unos segundos. Su mano encontró mi cintura y la mía se apoyó en su pecho. El beso empezó con una cautela que duró muy poco. Había demasiadas cosas acumuladas entre nosotros, demasiadas discusiones, miradas y silencios que de pronto parecían encontrar una salida.
Me olvidé de la música, de la fiesta y de todo lo que estaba pasando del otro lado de aquella puerta.
Hasta que fui yo quien se apartó.
No demasiado. Apenas lo suficiente para poder mirarlo.
León tenía la respiración agitada. Sus ojos bajaron un instante a mi boca y después volvieron a los míos.
—Esto no tendría que haber pasado —dije.
No respondió.
—Estás con Valentina.
—Malena…
—No. No me digas nada.
Me aparté un paso y me acomodé el pelo, intentando recuperar una compostura que había perdido hacía rato.
Desde adentro llegó una carcajada. Alguien abrió la puerta que comunicaba con la terraza, pero no salió nadie. La música subió de volumen durante unos segundos y volvió a apagarse cuando la puerta se cerró.
Nadie nos había visto.
Y, sin embargo, yo sentía que algo había quedado demasiado expuesto.
—Tengo que volver —dije.
León asintió, pero no hizo ningún intento por detenerme.
Me fui sin mirarlo otra vez.
Encontré a Julia cerca de la barra y me quedé con ella el resto de la noche. Me reí cuando correspondía, saludé a Bruno cuando cortaron la torta y hasta acepté una copa que no tenía ganas de tomar.
León volvió a entrar unos minutos después.
Lo vi desde el otro lado del salón.
Estaba hablando con Tomás, como si nada hubiera pasado. En un momento levantó la mirada y nuestros ojos se cruzaron.
Ninguno hizo nada.
Ni siquiera un gesto.
Esa fue la primera vez que me enojé de verdad.
No por el beso. O no solamente por eso.
Me enojé porque había sido él quien se había acercado, él quien había cruzado el límite y él quien ahora parecía capaz de continuar la noche sin que nada hubiera cambiado.
Y me enojé conmigo misma porque, a pesar de todo, una parte de mí esperaba que hiciera algo.
Que viniera a hablarme.
Que me explicara por qué lo había hecho.
Que al menos tuviera el valor de reconocer que había pasado.
Pero no lo hizo.
Durante las semanas siguientes seguimos coincidiendo con el grupo. León no volvió a mencionar aquella noche. Yo tampoco.
Él continuó con Valentina.
Y yo me convencí de que el beso no había significado nada.
Era una explicación cómoda.
No necesariamente verdadera.
—¿Malena?
La voz de Julia me devolvió al presente.
Parpadeé y la encontré mirándome con una ceja levantada.
—¿Estás acá?
—Sí. ¿Por?
—Porque hace dos minutos que estás mirando a León como si quisieras prenderlo fuego.
Aparté la vista.
—No lo estaba mirando.
—Claro.
León seguía sentado frente a nosotras, conversando con Bruno. Parecía completamente ajeno a lo que acababa de pasar por mi cabeza.
O fingía muy bien.
—¿Te pasa algo? —preguntó Julia en voz baja.
Negué con la cabeza.
—Nada. Solo estoy pensando en el lunes.
—¿En el lunes o en que vas a tener que verlo todos los días?
La miré.
—No sé de qué hablás.
Julia sonrió de costado.
—Por supuesto que no.
Me levanté para buscar mi cartera.
—Me voy. Tengo que ordenar algunas cosas antes de empezar.
—Recién son las doce —protestó.
—Y tengo una vida.
—Qué aburrida.
Me despedí de Bruno y después de Julia. Cuando pasé junto a León, él levantó la mirada.
—Nos vemos el lunes, Ríos.
—Si tengo suerte, no.
Sonrió.
—Yo también me alegro de verte.
Salí del bar y el aire fresco me despejó un poco.
La oportunidad en Grupo Ferrer era importante. Era el trabajo que estaba buscando, una posibilidad de demostrar lo que podía hacer y empezar a construir algo propio.
No iba a permitir que León Ferrer arruinara eso.
No iba a dejar que una historia que había ocurrido hacía un año se metiera en mi cabeza cada vez que lo tuviera cerca.
Era un trabajo. Nada más.
Aunque, mientras caminaba hacia mi casa, una idea empezó a molestarme.
León no había entrado a Grupo Ferrer por casualidad. Su padre quería que se involucrara en la empresa, y eso significaba que probablemente iba a tener más responsabilidades de las que yo imaginaba.
Todavía no sabía qué iba a encontrar cuando empezara a trabajar allí. No conocía a las personas que tomarían las decisiones, ni los problemas que podían esconderse detrás de aquella fachada impecable.
Mucho menos sabía que, en unos meses, algunos de esos problemas iban a poner en riesgo el futuro de cientos de personas.
Por ahora, solo tenía dos certezas.
La primera: había conseguido el trabajo que quería.
La segunda: iba a tener que compartirlo con León Ferrer.
Y algo me decía que esa iba a ser la parte más difícil.








