Chapter UNO
EL BASTARDO
El día en que Eryndrael pisó los dominios del palacio por primera vez, una tempestad implacable azotó la gran fortaleza de Elohre. Fue un azote de vientos bravíos y mantos de lluvia plomiza que rugían desde las cumbres montañosas, como si el propio firmamento profetizara la llegada de una era sombría. Entre los sirvientes y los soldados apostados en las murallas, las opiniones se hallaban divididas: unos susurraban en penumbras que semejante diluvio era el presagio de una maldición, mientras otros afirmaban que tanta agua resultaba necesaria para purgar el dolor y las sombras que anidaban en las piedras de la corte. La gran mayoría de los nobles, sin embargo, prefería aferrarse a la ignorancia; para ellos, la inmutabilidad de sus privilegios era la única ganancia real.
La fortaleza de Elohre se alzaba como un gigante ciego de piedra gris, ajeno al sufrimiento que germinaba a sus pies. Mientras tras sus altas murallas se brindaba con vino especiado y la nobleza vestía sedas pesadas, el resto del valle masticaba las miserias que había dejado la guerra. Aquellos muros no solo protegían a los señores; congelaban el tiempo en una ilusión de opulencia, ignorando que, unos metros más abajo, las estufas de arcilla llevaban semanas apagradas y los niños dormían con piedras calientes contra el estómago para calmar el hambre.
El único consuelo del valle era el arroyo que descendía zigzagueando desde los picos montañosos. Sus aguas, heladas y cristalinas, alimentaban una franja fértil antes de perderse en el olvido, ofreciendo peces plata que los aldeanos buscaban ladera arriba, lejos del alcance de los guardias de la fortaleza.
Por eso, la tormenta de aquella mañana no solo trajo agua; trajo miedo. Esta no era una región de cielos violentos. Desde el amanecer, los truenos retumbaban con un eco metálico entre los picos y los rayos dibujaban grietas de luz blanca sobre la cumbre. El valle cayó en un silencio denso y sin pájaros, como si la propia tierra contuviera el aliento presagiando una desgracia.
Los aldeanos se parapetaron tras las maderas carcomidas de sus viviendas, espiando por las rendijas.
—Cierra las contraventanas, Marta —murmuró un viejo junto al fogón apagado, ajustándose un chal raído sobre los hombros—. Ese cielo no es normal. Huele a azufre y a rabia de los dioses.
—Los dioses no llenan la marmita, padre —respondió la mujer, atizando las cenizas heladas con un tízano sin convicción—. Si no baja el agua pronto, mañana no podremos subir al arroyo. Y la última harina que nos queda ya tiene gusanos.
—Que la tormenta se lleve a la fortaleza y a todos los que viven dentro —maldijo un joven desde el rincón, apretando los puños—. Ellos comen asado mientras nosotros bebemos sopa de hierba.
El crujido de cascos sobre el barro interrumpió la disputa. A través de la cortina de lluvia que caía a cántaros, las tropas del rey Fehri avanzaron por el callejón central del pueblo. Los soldados, empapados hasta los huesos y con las armaduras cobrando un tono cobrizo por el agua, maldecían entre dientes a cada paso.
—¡Maldito sea el rey Fehri, sus órdenes y el perro que lo engendró! —escupió un sargento, reajustando las riendas de su montura mientras el agua le corría por el yelmo—. ¡Atravesar este lodazal para traer a un muerto de hambre a la fortaleza!
—¡Cállate la boca si no quieres que el capitán te corte la lengua! —le gritó un compañero, aunque él mismo tiritaba bajo su capote de cuero miserable.
Desde las penumbras de las casas, los rostros pálidos de los aldeanos los observaban con recelo contenido.
—Míralos... los perros del rey —susurró Marta, pegando el rostro al cristal empañado—. ¿A quién traen ahí en medio?
En el centro de la columna marchaba un jinete que desentonaba por completo. No llevaba los grilletes pesados ni las cadenas de un prisionero de guerra, pero tampoco la púrpura o el brocado de la realeza. Vestía una túnica desgastada por los caminos y una capa de un gris apagado cuyos bordes desflecados arrastraban la mugre del sendero; ropajes que claramente habían conocido tiempos mejores en algún pasado remoto.
De pronto, un vendaval furioso atravesó la calle, batiendo la tela mojada. La capucha del viajero cedió y cayó violentamente hacia su espalda.
El tiempo pareció detenerse en la aldea.
Bajo la tela raída emergió una melena extraordinaria: una cascada de cabello donde el plateado de la luna y el oro más puro se entrelazaban en hebras brillantes, completamente impermeables al agua que ahogaba al resto de los hombres. Tenía un rostro de facciones talladas en cristal, una belleza tan serena y sobrecogedora que nadie en todo Elohre —ni en las historias de los viejos ni en los tapices de la fortaleza— había visto jamás nada semejante.
—¿Pero qué... qué es eso? —farfulló el viejo, poniéndose en pie a duras penas para mirar por la ventana.
—No es un hombre... —ahogó un jadeo la mujer—. Mírale el pelo. Parece hecho de luz.
—¿Será un príncipe cautivo? —musitó el joven del rincón, maravillado, olvidando por un instante la rabia y el hambre.
El muchacho de la capa gris no prestó atención a los murmullos de la guardia ni a los ojos curiosos que lo atisbaban desde la sombra. Lenta, pausadamente, alzó la mirada hacia el valle castigado. Sus ojos recorrieron las laderas oscuras, los campos azotados y la mole gris de la fortaleza que dominaba el horizonte.
En el preciso instante en que sus ojos encontraron el valle, los truenos enmudecieron. El viento feroz se transformó en una brisa tibia y, como si una mano invisible hubiera cerrado el grifo del cielo, la lluvia cesó de golpe. Las nubes se abrieron en el acto, dejando caer un rayo de sol cálido directamente sobre la figura del joven jinete.
Cuando el carruaje de la guardia se detuvo y el joven descendió del caballo de escolta, una ráfaga traicionera le arrancó la capucha gris de lana burda. Al instante, su larga cabellera de un blanco inmaculado cayó sobre sus espaldas en suaves y sedosas ondas. Aquel brillo níveo no hacía más que acrecentar la palidez casi translúcida de su piel y realzar la fiera extrañeza de sus ojos violetas, un matiz magnético y profano que delataba un linaje ajeno a las familias del reino. Su atuendo consistía en una túnica desgastada, raída por las millas y notablemente holgada para su complexión; parecía la prenda prestada de un hombre cansado, indigna de ser llevada por un habitante de la corte.
—¿No proclamaban los heraldos que el rey aguardaba a un príncipe? —cuchicheaban los guardias en la explanada. —Esa criatura no viste más que harapos de leñador —mullían los cortesanos a su paso, apartándose para no rozar su capa mojada.
Eryndrael avanzó con la cabeza gacha, ignorando los murmullos ponzoñosos y las miradas encendidas de desprecio. Sin embargo, al cruzar las inmensas puertas de bronce de la gran sala de audiencias y hallarse frente al trono de mármol del rey Fehri, la abrumadora magnificencia del recinto pareció envolver el aire en una atmósfera casi irreal.
El salón principal no era una simple estancia; era un monumento a la ostentación erigido sobre las espaldas del pueblo hambriento. Altos y solemnes ventanales de contorno ojival se alzaban hasta alcanzar los techos abovedados. Sus vidrieras, finamente engastadas en plomo, no proyectaban mera luz, sino un mosaico resplandeciente de tonos rubí, cobalto y ámbar que bañaban el suelo. A través del cristal soplado, las escenas contaban victorias bélicas glorificadas, filtrando el sol de la tarde en haces de polvo dorado y resplandores bermellones.
Bajo sus pasos desgastados, la frialdad del mármol pulido quedaba sofocada por inmensas alfombras de telar traídas de los lejanos reinos del Sur. Los gruesos tapices, de un carmesí tan denso que recordaba a la sangre seca, estaban bordados con hilos de oro y plata fina que trazaban intrincados motivos florales y criaturas mitológicas. Cada pisada de la guardia se hundía en la lana espesa, apagando el eco de las botas con un lujo mullido e insultante.
Suspendidas de la madera del techo, inmensas lámparas de araña en hierro forjado y cristal tallado semejaban constelaciones cautivas. Decenas de velas de cera de abeja pura —un bien inalcanzable fuera de la muralla— ardían sin chisporrotear, dejando caer gotas de cera dorada como lágrimas sobre platos de latón reluciente. En las paredes de piedra tallada, apliques de bronce con forma de garras de dragón sostenían antorchas y candelabros dobles, encendidos para desafiar cualquier atisbo de sombra y bañar el recinto en un resplandor cálido y opulento.
A lo largo de los muros, la riqueza artística rayaba en el exceso. Esculturas de mármol blanco de vetas grisáceas, que representaban a los antiguos monarcas y heroínas de Elohre, se erigían sobre pedestales de pórfido. Las estatuas lucían rasgos idealizados, con ropajes de piedra que parecían fluir como tela verdadera y ojos vacíos que observaban al recién llegado con fría soberbia. Entre las columnas, marcos de madera de nogal tallada a mano y con pan de oro encuadraban lienzos al óleo de proporciones gigantescas: retratos de batallas donde la sangre parecía fresca y bodegones pantagruélicos rebosantes de caza, frutas exóticas y copas rebosantes de vino, una burla silente frente a la escasez que reinaba al otro lado de los muros.
El muchacho desobedeció la orden implícita del capitán de la guardia. En lugar de prosternarse de rodillas sobre la fría piedra, alzó el rostro. Fue un movimiento sobrio, medido e imponente; una compostura desprovista de altanería, pero imbuida de una dignidad innata. Había un fuego arcano en su mirada, la chispa indomable de quien ha aprendido a sobrevivir en los márgenes de la tierra. Sostuvo la firmeza ante los ojos del soberano que lo había mandado arrancar de la humilde cabaña del bosque donde había crecido al amparo de su abuela.
Los recuerdos de aquella mañana aún ardían en su memoria, impregnados del aroma a pino húmedo y resina fresca. El Bosque Susurrante, aquel santuario ancestral donde Eryndrael había crecido, despuntaba al alba sumergido en un mar de brumas esmeralda. En la profundidad de la espesura, donde los troncos de los robles milenarios eran tan anchos que tres hombres no podrían abrazarlos, la luz del sol no caía de golpe, sino que se filtraba en haces dorados, como lanzas de cristal que atravesaban el dosel de hojas centenarias. Un coro jubiloso de petirrojos, mirlos de pico anaranjado y arrendajos de plumas azuladas impregnaba el aire con trinos limpios y cristalinos, ajenos por completo a las miserias del mundo de los hombres.
En el corazón de aquel claro se alzaba la cabaña: una humilde morada de piedra musgosa y vigas de roble negro que parecía haber brotado de la misma tierra. A su alrededor, un jardín asilvestrado estallaba en campanillas moradas, lavanda silvestre y helechos plateados cuyos frondes goteaban el rocío de la mañana. Frente al porche, el pozo de piedra y el montón de leña apilada olían a hogar, a calidez y a una paz inviolable que estaba a punto de romperse para siempre.
Los caballeros de la corona, irrumpiendo con el estruendo de sus armaduras y el resoplido de sus caballos, ni siquiera le habían permitido despedirse adecuadamente. Apenas dispuso de unos latidos de corazón para deslizar el brazalete de su madre en la faja de cuero que ceñía su cintura y ocultar la pequeña daga que usaba para tallar la madera.
Fue entonces cuando cruzó la mirada con la anciana. A pesar de los años que arañaban su piel en un entramado de arrugas profundas, ella conservaba una postura erguida, la espalda recta como el tronco de un cedro y los hombros firmes. Emanaba un porte soberano, digno de una reina sin corona, templado por una ternura infinita que brillaba en sus ojos de un azul tan profundo como el mar en calma.
La mujer no rompió el silencio con lamentos deseperados; tan solo le dedicó una mirada cargada de una sobria revelación. Mientras el pánico atenazaba la garganta de Eryndrael con un nudo helado, ella caminó con serenidad hacia el cristal empañado y, con dedos temblorosos por la edad pero certeros en su intención, trazó antiguos signos de protección en la escarcha de la ventana.
—No dejes que apaguen tu luz, mi niño —susurró la anciana con una voz que temblaba de emoción, pero que resonó firme como una plegaria—. El mundo de piedra y bronce intentará romper lo que no comprende. Pero tú naciste de la brisa de este bosque y del destello del cielo.
Un dolor sordo y lacerante desgarró el pecho de Eryndrael. Una lágrima solitaria le escanció el rostro, quemándole la piel mientras la angustia de dejar atrás lo único puro que conocía lo ahogaba por completo.
—No quiero irme, madre... —alcanzó a articular él, con la voz quebrada por el peso de una despedida injusta, intentando dar un paso hacia ella.
—Debes irte, Eryndrael —respondió ella, tomando su rostro entre sus manos ásperas y cálidas, estampando un beso en su frente que se sintió como una bendición eterna—. Tu destino jamás cabría entre estos árboles. Recuerda quién eres cuando la oscuridad intente cambiarte. Ve con la cabeza alta.
Aquella imagen —la anciana erguida junto a la ventana trazando runas de luz, rodeada por el aroma del bosque y el dolor ahogado de un amor que trasciende la distancia— había quedado grabada a fuego en la mente de Eryndrael, acompañándolo en cada paso hacia la sombra de la fortaleza.
El trayecto desde el bosque sagrado hasta la fortaleza era un borrón de galopes encarnizados. El pánico y la urgencia parecían acicatear tanto a las bestias como a los hombres de armas.
Desde la plataforma del trono, Fehri examinó con curiosidad analítica al muchacho. Ante él tenía al bastardo, pero no a uno de su propia sangre. Era el fruto de su difunto hermano Hehni, el aclamado príncipe guerrero que había perecido durante la encarnizada Guerra de los Bosques Sagrados, la contienda por el dominio de las fronteras del norte que devoró el honor y a los mejores hombres del ejército de Elohre. Al menos, esa era la versión oficial que se repetía en las crónicas del reino, pues el cadáver de Hehni jamás fue hallado en el campo de batalla.
Los iridiscentes ojos violetas del joven eran, sin duda, la herencia impura de su madre. Poseían una profundidad temeraria y, a su vez, una serenidad abisal que desconcertó al rey y a su consejo de sabios.
—A partir de este ciclo, habitarás este palacio bajo mi custodia —sentenció el rey Fehri. Su voz resonó en las bóvedas del salón, abrumadoramente fría, carente de cualquier matiz de calidez o parentesco—. Se te otorgará el trato formal de la casa real, pero tus pasos pertenecen a la corona.
Eryndrael no aguardaba afecto de un hombre desconocido que vestía coronas de oro sobre manos manchadas de intrigas. Tampoco sentía la menor necesidad de reclamar una figura paterna o una estirpe noble; su vida en el bosque con la anciana había sido plena y segura. Que lo hubiesen arrancado de su hogar no representaba un acto que estuviera dispuesto a agradecer, ya fuera a un rey o a un campesino. No obstante, recordó la silenciosa advertencia de su abuela y comprendió que el silencio era su mejor escudo. Entornó los ojos y asintió levemente.
—Mi consejero te conducirá a las estancias del ala este —agregó el monarca, haciendo un ademán de desdén con la mano—. Mañana al alba discutiremos el peso de tus obligaciones.
Eryndrael ejecutó una reverencia austera y dio media vuelta para seguir al caballero que lo aguardaba. Un nudo ardoroso se apretó en su garganta, amenazando con transformarse en lágrimas, pero contuvo el aliento y apretó los puños. Sabía que la debilidad podía condenarlo en aquel nido de víboras.
La existencia de Eryndrael había sido mantenida bajo un velo de secretos durante años, y el rey Fehri hubiese deseado que permaneciera sepultada para siempre. Sin embargo, Elohre languidecía. Sus arcas reales se hallaban exhaustas y sus murallas amenazadas tras los estragos de la guerra. Requería desesperadamente alianzas que garantizaran el oro y la fuerza militar para su supervivencia. Y Eryndrael sería la moneda de cambio; el tributo de sangre ofrecido para calmar la voracidad de un poder superior.
En los corredores superiores, el príncipe heredero Christopher observaba la escena oculto tras el claroscuro de las columnas.
A sus veintitantos años, el único hijo del rey Fehri imponía una presencia que no necesitaba de una belleza perfecta para resultar magnética. Era un hombre alto, de hombros anchos y una postura erguida que respiraba una arrogancia natural, labrada desde la cuna. Su cuerpo, duro y fibroso como el acero, era el resultado de implacables jornadas de entrenamiento diario con la espada y la lanza bajo el sol y el frío del patio de armas.
Sus facciones, angulosas y decididas, marcaban una pómulos prominentes y una mandíbula firme que le daban un atractivo peligroso e interesante, lejano a la delicadeza. El contraste de su apariencia era casi hipnótico: una melena corta de un negro azabache, denso como la noche, caía bordeando un rostro de una palidez casi sepulcral, sobre la que destacaba una mirada desconfiada y filosa. Sus ojos, oscuros como el carbón encendido, escudriñaban cada movimiento allá abajo con un cálculo helado, midiendo riesgos, debilidades y beneficios en un solo parpadeo.
Vestía con la distinción y la opulencia que exigía su estirpe, pero sin ostentación vana: un jubón de terciopelo negro entallado con precisión militar, bordado en los hombros con hilos de plata que dibujaban el blasón de la casa real, y una capa corta de piel de zorro oscuro que caía sobre un hombro, sujeta por un broche de azabache. Cada línea de su atuendo resaltaba la dureza de su figura.
Apoyando una mano de nudillos marcados sobre la balaustrada de piedra, inclinó levemente la cabeza. La llegada de aquel muchacho de cabellos imposibles no le provocaba devoción ni asombro, sino una cautela calculadora; sus ojos oscuros se clavaron en Eryndrael con la frialdad de un cazador que acaba de detectar una pieza cuya existencia altera por completo el juego del reino.
No lograba descifrar qué emoción le provocaba la presencia de aquel recién llegado, pero comprendía el plano político de su padre. Estaba dispuesto a respaldar la estrategia, aunque eso significara tolerar la presencia del bastardo durante el tiempo necesario.
Esa misma noche, en la penumbra de las estancias privadas, el rey Fehri fue contundente con su heredero: —Solo estará aquí el tiempo preciso para ser entregado a Kaelion. Hasta entonces, Christopher, actuarás ante la corte como un hermano afable. Nada debe ocurrirle al bastardo si deseamos que el imperio consuma el tratado.
Christopher no era un monstruo por naturaleza, pero había sido instruido para no compartir jamás el poder, y mucho menos el trono que por derecho de nacimiento le correspondía.
El oficial asignado como guardia personal de Eryndrael no era un desconocido para su estirpe. Renhar, un veterano cubierto de cicatrices, había combatido codo a codo con el príncipe Hehni en las guerras del norte. Fue él quien vio caer al príncipe bajo una lluvia de flechas enemigas antes de quedar inconsciente entre la marea de caídos. Cuando despertó en la morgue del campo de batalla, buscó el cuerpo de su señor sin éxito. Renhar albergaba la certeza secreta de que los habitantes nativos del Bosque Sagrado habían reclamado el cadáver de Hehni para sepultarlo junto al amor de su vida, la madre de Eryndrael.
Renhar observaba de reojo al joven mientras avanzaban por los pasillos abovedados. La delicadeza de sus facciones, el matiz etéreo de su piel y la gracia de su andar eran los mismos rasgos que años atrás había contemplado en la misteriosa mujer del bosque. Sin embargo, en Eryndrael residía un enigma superior, algo que trascendía el simple nacimiento ilegítimo. Hehni jamás llegó a revelarle la auténtica naturaleza de su amante, prometiendo confesárselo al término de la campaña militar. La muerte se cobró la promesa antes de tiempo.
EN LAS TIERRAS DEL NORTE: INDURH
En la imponente fortaleza de piedra negra de Indurh, el soberano Kaelion ya tenía conocimiento de la llegada del joven al palacio de Elohre. Conocía con precisión las maquinaciones de la corte vecina. De hecho, Kaelion había sabido de la existencia de Eryndrael mucho antes de que el propio rey Fehri ordenara su búsqueda.
Años atrás, en las profundidades del Bosque Sagrado, Kaelion había contemplado oculto al muchacho y sintió nacer en su interior un deseo irracional y abrasador. Era una fijación tan destructiva que el propio monarca intentó arrancarla de su pecho rogando a los dioses antiguos. Él no había sido engendrado para entregarse a la debilidad de la carne ni a los afectos de la mente; su existencia estaba trazada para la conquista. Era el brazo ejecutante del destino, la hoja de acero destinada a desmantelar el reino de Elohre y reducirlo a cenizas. Era el heredero directo de un odio legendario, alimentado desde la cuna.
—No hay espacio en mi pecho para la clemencia —se repetía a sí mismo frente a los grandes ventanales que contemplaban sus dominios—. El odio es el único molde que no se quiebra.
Kaelion poseía una belleza oscura y letal, diametralmente opuesta a la gracia luminosa de Eryndrael. Su presencia transmitía una autoridad gravitacional que dominaba cualquier recinto sin necesidad de alzar la voz. Su largo cabello azabache recogido en una alta coleta de guerrero, sus facciones esculpidas en trazos firmes y sus ojos de un negro profundo e inescrutable infundían una mezcla de temor y fascinación en sus súbditos.
Desde temprana edad, Kaelion aprendió a instrumentar su magnetismo para manipular a los hombres y doblegar las voluntades de la corte.
Su infancia había estado marcada por la pérdida. Tras la muerte prematura de su madre, fue instruido bajo la severa mirada de su tía, la princesa Cyrhim, quien intentó suavizar el carácter indómito del joven príncipe bajo la dura tutela del anciano rey Ciril.
Sin embargo, Cyrhim sabía que sus esfuerzos por inculcar empatía en el heredero habían fracasado. Cuando Kaelion asumió el trono, convirtió a Indurh en un imperio militar y económico formidable. Bajo su mando, la riqueza del reino se multiplicó, la flota dominó las rutas comerciales del mar septentrional y las tácticas agrícolas implementadas por sus sabios erradicaron las hambrunas.
A pesar de sus responsabilidades reales, Kaelion no abandonaba la disciplina de las armas. Cada amanecer se ejercitaba en el patio central junto a su guardia de élite, compuesta por los más feroces combatientes del reino, sin distinción de género.
Sin embargo, ni el poder ni la gloria militar lograban acallar el pensamiento que lo perturbaba. Eryndrael, la criatura de ojos violetas, sería suya. No para amarlo —se repetía con amargura—, sino para someterlo. Quería poseer la esencia de ese ser que parecía tallado en la propia luz del bosque, utilizarlo como la pieza final en la venganza contra la dinastía de Elohre.
Había sido el propio Kaelion quien, a través de espías y agentes infiltrados, filtró sutilmente la información sobre la paradero del bastardo para que Fehri lo reclamara y se viera forzado a ofrecerlo como tributo.
Lo que el temible monarca no previó fue la sombra que la ausencia del joven proyectaría sobre su propia mente. En el silencio de la noche, los ojos violetas de Eryndrael asaltaban sus sueños, y la memoria de su figura danzando en la penumbra de las hojas del bosque se transformaba en una tormenta silenciosa que amenazaba su fría cordura.
EL SECRETO DE LA SANGRE
Entretanto, en Elohre, los días transcurrían bajo una aparente calma. Eryndrael ignoraba la trama maquiavélica que se tejía a su alrededor, pero mantenía viva la memoria de su linaje. Cuando se encontraba a solas en sus aposentos, lejos de la mirada severa del rey o de su primo Christopher, el joven solía trenzar en su cabello blanco pequeñas flores recolectadas en los jardines interiores, rindiendo homenaje a la madre que jamás conoció.
Al posar sus manos sobre la tierra húmeda o acariciar las criaturas del palacio, Eryndrael percibía un flujo de energía arcana recorriendo sus venas. No se trataba de un destello violento, sino de un pulso vivo y vibrante, una corriente de fuego helado que teñía su percepción con matices invisibles para el resto de los hombres. Cuando sus yemas rozaban el musgo apretado de los patios o la corteza áspera de los robles, la tierra no era simple materia inerte: bajo la superficie sentía la savia latir en tonos verde esmeralda y oro líquido, un laberinto de raíces que conversaban entre sí en un murmullo de calor y vida.
Si acariciaba el plumaje de una paloma mensajera o la cabeza de un sabueso de la guardia, las emociones del animal —el miedo, la devoción, el cansancio— fluían hacia él como un chispazo azul cobalto. Podía sanar una ala rota con una leve presión de sus dedos o calmar a la bestia más feroz con solo exhalar despacio, haciendo que el latido del animal se acompasara al suyo.
Para Eryndrael, estas manifestaciones eran tan naturales como respirar o pestañear. Las poseía desde sus días más tempranos en el claro, cuando pensaba que todos los seres sentían el mundo de la misma forma intrincada y luminosa. Sin embargo, el instinto de supervivencia que el bosque le había inculcado lo mantenía en constante alerta. Sabía que en la fortaleza de Elohre esa don era una condena. Cuando los pasos pesados de los guardias resonaban en los corredores de piedra o las miradas de los vigías se posaban sobre él desde los almenajes, apagaba la luz interna de golpe. Reprimía el flujo vital, guardando el secreto tras una máscara de absoluta serenidad, asegurándose de que nadie viera las chispas de luz dorada que amenazaban con brotar de sus yemas cuando la naturaleza le respondía.
En la soledad de sus aposentos, esta contención le desgarraba el alma. Sentía una introspección profunda y dolorosa: ¿por qué el mundo le exigía ocultar lo único que lo conectaba con la belleza? Se percibía como un barco a la deriva, poseedor de una fuerza inmensa que no terminaba de comprender del todo.
Su abuela, en su afán de resguardarlo de la voracidad de los reyes y la superstición de los hombres, había preferido guardar silencio, llevándose consigo los nombres y la historia de sus orígenes. Eryndrael ignoraba que ese torrente de luz y vida que ardía bajo su piel no era una rareza del bosque, sino la herencia de la sangre más pura de la historia. Era, sin saberlo, el último descendiente directo de los Antiguos: una estirpe mística y soberana que una vez gobernó los elementos, borrada casi por completo de la memoria del mundo durante las despiadadas guerras de la era anterior.
—Si supieras la verdad de lo que habita en ti —susurraba la brisa entre las almenas—, ¿huirías de las cadenas que el destino prepara para tu cuello?
El muchacho conservaba la pureza de espíritu en medio del ambiente corrompido de la fortaleza. Aunque su instinto le gritaba que debía huir hacia el refugio de los árboles sagrados, su mente comprendía que su camino estaba irrevocablemente ligado a la gran encrucijada del reino.
ACASO SABES QUIÉN SOY
¿ACASO SABES QUIÉN SOY?
Catorce años atrás
El príncipe Hehni se había separado del contingente de caza de la corte mientras perseguía a un ciervo blanco a través de la vegetación tupida del bosque fronterizo. La cacería real había quedado atrás, reducida a un eco lejano de trompetas y ladridos de sabuesos que se ahogaban en la densidad de los robles. El sol se hundía en el horizonte en matices anaranjados y púrpuras, mientras el coro nocturno de la fauna silvestre envolvió la atmósfera en una quietud atemporal. La brisa traía un aroma acre a tierra húmeda, liquen y resina antigua que parecía espesar el aire a cada paso.
Ignorando las viejas advertencias de los cartógrafos reales que prohibían expresamente cruzar la línea de cedros milenarios —troncos colosales con corteza petrificada que delimitaban los dominios sagrados de la espesura ancestral—, Hehni desensilló su montura. Exhausto, se despojó de la pesada cota de malla dorada, dejándola caer sobre la hojarasca junto a su espada. Caminó impulsado por un susurro invisible que parecía llamar su nombre desde el fondo del follaje, un murmullo sin palabras que vibraba directamente en su pecho.
Al atravesar un intrincado túnel de raíces y helechos gigantescos, descubrió un remanso protegido donde una cascada de cristal vertía sus aguas sobre un arroyo sereno. El dosel de los árboles se abría en un círculo perfecto sobre el estanque, permitiendo que las primeras estrellas se reflejaran en el agua transparente. Sediento y sofocado por el viaje, Hehni se aproximó a la orilla, hincó las rodillas en la hierba suave y bebió con las manos juntas del líquido dulce y fresco.
Al alzar la vista, la vio.
Al otro lado del cauce, sentada sobre las rocas cubiertas de musgo esmeralda, una joven de singular belleza lo observaba con calma. Tenía el cabello de un blanco deslumbrante, largo hasta la cintura y salpicado de pequeñas flores celestes que no se marchitaban; sus ojos, de un violeta profundo y magnético, reflejaban la luz lunar con un destello iridiscente.
—No puede ser real... —murmuró Hehni, fascinado y sin aliento, creyendo haber caído en un febril delirio de cazador.
La mujer se puso suavemente en pie. No había rigidez en sus movimientos; fluía con la gracia natural de la brisa. Extendió la mano hacia él con una sonrisa tenue que iluminó la penumbra.
—El agua de este manantial no miente a los extranjeros, príncipe —dijo ella con una voz que sonaba como el susurro de la lluvia sobre las hojas.
—Eres sumamente hermosa —consiguió articular Hehni, dando un paso titubeante sobre el agua helada del arroyo, sin quitarle la mirada de encima—. No hay dama en la corte ni lienzo en las fortalezas que pueda compararse a lo que mis ojos ven ahora.
—En este lugar las bellezas no se poseen, se contemplan —respondió Vehlir, sin apartar su mano extendida.
Aquella noche nacieron promesas que desafiaban las leyes de los hombres. Mientras las horas se consumían en conversaciones susurradas bajo el dosel nocturno, Hehni descubrió que los modales rígidos de la nobleza carecían de sentido frente a la autenticidad sin velos de Vehlir. La joven lo guio al amanecer hasta los límites del bosque, donde la bruma matutina empezaba a disiparse. Antes de que él cruzara de vuelta hacia el territorio de la corona, ella lo detuvo posando una mano cálida sobre su pecho.
—No reveles mi existencia a las murallas de tu palacio, Hehni —le advirtió con firmeza y ternura—. El mundo de donde vienes destruye todo lo que no comprende. Si me buscas, ven solo.
Durante meses, el príncipe abandonaba la corte en solitario ante la perplejidad de los guardias. Ningún rastreador de la corona logró seguir jamás sus pasos, pues una densa e impenetrable niebla cubría siempre sus huellas tan pronto como ponía un pie en el dominio de los cedros.
La relación entre ambos floreció en la quietud de la espesura. Vehlir no era simplemente una habitante del bosque; formaba parte de su latido mismo. Hehni observaba fascinado cómo los ciervos más esquivos se acercaban a rozar su palma sin temor, cómo los pájaros carpinteros y las lechuzas posaban sus garras en sus hombros para trinarle al oído, y cómo las flores de los arbustos abrían sus pétalos al simple contacto de sus dedos. El bosque entero parecía respirar y acomodarse a su paso, protegiéndola a ella y a quien la acompañara.
En aquel entorno apartado, lejos de la codicia y la política de palacio, el amor entre Hehni y Vehlir se profundizó de forma serena y devota. Aprendieron a conocerse en las jornadas tranquilas, compartiendo alimentos silvestres y escuchando el ritmo de las estaciones.
—A veces olvido que eres un príncipe llamado a gobernar hombres —le dijo una tarde Vehlir, recostada junto a él mientras el sol se filtraba entre la copa de los robles.
—Y yo prefiero olvidar que existe un reino fuera de este claro —respondió Hehni, entrelazando sus dedos con los de ella—. Aquí soy simplemente un hombre que te ama.
Sin embargo, el deseo de protegerla y darle un lugar definitivo llevó al noble a cometer un error de juicio. Una noche, mientras contemplaban el fuego en el claro, Hehni le propuso llevarla al castillo como su consorte legítima, imaginando un futuro donde su amor no tuviera que ocultarse. Vehlir le contempló con una profunda y dolorosa tristeza, negando lentamente con la cabeza.
—¿Acaso sabes quién soy? —le preguntó suavemente—. ¿Acaso sabes qué soy realmente, Hehni? Mi vida está unida a la raíz, al agua pura y al aire libre de estas montañas. En una jaula de piedra, rodeada de hierro, sospechas y vanidad, mi aliento se apagaría en pocos soles. Llevo en mi vientre el fruto de nuestra unión; este bosque es el único refugio que puede mantener con vida a nuestro hijo.
Aceptando la verdad de sus palabras, Hehni renunció a sus ambiciones palaciegas en el corazón. Construyeron una modesta cabaña en un claro protegido, utilizando troncos caídos, arcilla fresca del arroyo y paja seca para el tejado. Aquella vivienda de piedra y madera se convirtió en un santuario de paz.
Los meses de espera del primogénito estuvieron colmados de una felicidad radiante. Los amaneceres comenzaban con el espectáculo del sol tiñendo de oro las paredes de la cabaña, mientras Vehlir entonaba antiguas melodías que hacían germinar enredaderas floridas alrededor de la entrada. Las tardes transcurrían en paseos pausados junto al cauce del arroyo, envueltos en risas, caricias y la dulce expectativa del nacimiento. Por primera vez en su vida, el príncipe Hehni conoció la plenitud absoluta, libre del peso de la corona.
El parto trajo al mundo a un niño sano, portador de la belleza insólita de su estirpe: los mismos ojos violetas y el cabello níveo de su madre. La cabaña se llenó de un calor nuevo mientras ambos contemplaban al pequeño dormido en su cuna de mimbre.
Pero la felicidad duró poco.
La codicia del rey Fehri, siempre receloso de las ausencias prolongadas de su pariente, había puesto a sus mejores exploradores tras la pista del príncipe. Un espía particularmente tenaz, tras semanas de intentos fallidos, logró encontrar un brecha en la barrera mística aprovechando el debilitamiento temporal de los encantamientos tras el parto de Vehlir.
El hombre irrumpió en el claro una mañana gris. Al ver a Vehlir amamantando al niño cerca de la ventana, la naturaleza mágica de la joven y el brillo de sus ojos violetas lo llenaron de un terror ciego. Presa del pánico ante lo que consideraba una criatura de brujería, el explorador cargó su ballesta y disparó una flecha traicionera desde la sombra de los arbustos.
El chasquido de la cuerda retumbó en el claro. Vehlir, intuyendo el peligro antes de que la saeta fuera visible, se interpuso instintivamente con su propio cuerpo entre el proyectil y la cuna para proteger al recién nacido.
La flecha la alcanzó en el costado.
Hehni, que regresaba de recoger leña a pocos metros de allí, presenció la escena con horror. Un grito de furia ciega brotó de su garganta. Desenvainando la daga de su cinturón, se abalanzó sobre el invasor antes de que este pudiera recargar; la ejecución fue instantánea y despiadada, dejando el cuerpo del espía inerte sobre el barro.
Sin embargo, la tragedia ya había consumido el claro. La punta de la saeta estaba impregnada de un veneno mortal diseñado para cazar fieras. Hehni corrió hacia la cabaña y tomó a Vehlir entre sus brazos, apoyando la cabeza de ella sobre su regazo mientras la sangre tiñe la tela de su túnica.
—Hehni... —susurró ella, con la voz debilitada y la tez volviéndose tan pálida como el lienzo, mientras el calor de su piel comenzaba a extinguirse rapído.
—No, no... quédate conmigo. Puedo curarte, buscaré ayuda —suplicó el príncipe, ahogado en lágrimas, intentando en vano detener la hemorragia con sus manos temblorosas.
Vehlir alzó una mano débil y rozó la mejilla de Hehni por última vez, dirigiendo luego su mirada agónica hacia la cuna donde el pequeño comenzaba a llorar.
—El veneno ya ha entrado en mi sangre... no hay marcha atrás —murmuró, respirando con dificultad—. Prométeme una sola cosa, Hehni... Protege a nuestro hijo. No dejes que el mundo de la fortaleza lo consuma ni rompa su espíritu. Que crezca aquí... donde pertenece.
—Te lo prometo, mi amor, te lo prometo por mi vida —sollozó él, besando su frente fría mientras los ojos violetas de Vehlir se apagaban lentamente, fijados en el techo de la cabaña que habían construido juntos.
Desolado y roto por la culpa, Hehni apretó el cuerpo inerte de su amada contra su pecho antes de reaccionar al llanto desconsolado del bebé. Sabiendo que los soldados del rey no tardarían en seguir el rastro del espía caído, el príncipe tomó al recién nacido en brazos y se adentró en la parte más profunda y oculta del bosque.
Allí entregó al pequeño Eryndrael al cuidado de la anciana servidora del bosque, la única mujer sabia que conocía los secretos de la estirpe de Vehlir.
—Cuídalo, madre —le pidió Hehni con la voz devastada, mirando por última vez los ojos violetas de su hijo—. En tus manos dejo lo único puro que me queda en este mundo.
Con el corazón destrozado, Hehni regresó a la corte para desviar cualquier sospecha hacia el claro y cumplir con su deber militar en la guerra que se avecinaba. Pocos meses después, buscando una muerte honorable que calmara el tormento de su memoria, marcharía al frente de batalla, donde finalmente hallaría su propio fin.
YA SABES CUÁL ES TU LUGAR
La primera mañana de Eryndrael en la fortaleza comenzó antes de los primeros destellos del alba. Apostado junto al ventanal de sus aposentos, contemplaba el punto de encuentro entre la luna poniente y el sol naciente.
Los aposentos que le habían asignado eran una fría muestra de opulencia restrictiva. A diferencia de la calidez orgánica de su cabaña en el bosque, la estancia estaba dominada por la piedra desnuda, alta y severa, cuyas junturas apenas escondían las corrientes de aire helado que serpenteaban desde el exterior. El mobiliario, pesado y de roble oscuro tallado con motivos geométricos rígidos, parecía diseñado más para intimidar que para acoger. Una cama de dosel con gruesas cortinas de terciopelo azul marino ocupaba un rincón, flanqueada por un armario de bordes dorados que olía a cera rancia y humedad contenida. Sobre una mesa de pino pulido reposaba una palangana de latón y un espejo de cristal azogado que devolvía un reflejo pálido y ajeno. La única alfombra, desgastada pero sobria, penas alcanzaba a mitigar la rigidez del suelo de losas grises.
En su pecho, la distancia con el Bosque Susurrante no era un simple anhelo, sino una herida física que no dejaba de sangrar. Acostumbrado al murmullo constante de la brisa en las copas de los robles, al trinar matutino de los mirlos y al aroma vivo de la tierra húmeda, el silencio de la fortaleza se le clavaba como un peso sofocante. Sentía las paredes de piedra como una jaula que ahogaba su respiración y aislaba su espíritu de la red invisible que lo unía a la naturaleza. La soledad, agravada por las miradas de recelo y la frialdad de los guardias, lo consumía en una mezcla de opresión, miedo y un profundo desamparo.
Esa misma noche, su descanso había sido perturbado por una visión febril y extraña. En el sueño, Eryndrael se encontraba en un vasto santuario olvidado, un templo de pilares infinitos labrados en una piedra translúcida que parecía emitir una luz dorada y tenue. El lugar no pertenecía al presente ni a Elohre; correspondía a una era remota, donde los cielos eran de un azul profundo y los confines del mundo se unían en un horizonte sin fin. Un viento antiguo soplaba entre las columnas, trayendo consigo multitud de voces en un idioma olvidado, un murmullo suave y penetrante que le declaraba guardián de los secretos de los confines, encomendándole la custodia de verdades antiguas que el tiempo había borrado.
En medio de ese recinto etéreo, una figura alta y envuelta en túnicas del color del crepúsculo se aproximó a él. El rostro del desconocido permanecía velado por una penumbra serena, pero su presencia emanaba una paz absoluta y reconfortante. Sin pronunciar palabra, el extraño extendió sus brazos y tomó las manos de Eryndrael entre las suyas con una amabilidad infinita. La calidez de ese contacto recorrió sus venas, disipando el frío de la piedra y dejando una huella de certeza en su alma antes de despertar.
La puerta de la cámara se abrió con un leve crujido. Selene, una de las sirvientas principales del palacio, ingresó portando un conjunto de finas vestiduras de corte.
Se detuvo en seco al ver al joven despierto y dispuesto, acostumbrada al temperamento indolente del príncipe heredero Christopher. Al aproximarse, percibió una fragancia fresca que envolvía al muchacho, una esencia de madreselva salvaje que le evocó los campos de su infancia.
—Debes vestirte con estas prendas, mi señor —dijo la mujer respetuosamente—. El rey es inflexible en los modales de la mesa.
—¿Cuál es tu nombre? —interrumpió Eryndrael con voz serena.
La sirvienta parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Ningún miembro de la realeza requiere el nombre de la servidumbre, señor.
—No puedo entablar diálogo con alguien cuyo nombre desconozco —repuso el joven con una leve sonrisa—. El silencio solo alimenta las sombras entre nosotros.
—Me llamo Selene, mi señor.
—Gracias por tu asistencia, Selene.
Eryndrael bajó las escaleras sintiendo las miradas curiosas de los guardias y los sirvientes a su alrededor.
Algunos compadecían íntimamente y en silencio al joven mientras que las miradas de la mayoría eran de desprecio.
Pero ninguno de ellos se atrevían a dejar que sus emociones se notaran ya que eran conscientes de que aún en Elohre podría haber espías del rey de Indurh.
El propio rey Fehri sabía esto, y sólo por eso había dado una habitación medianamente pasable al bastardo y lo recibiría esa mañana en el salón.
Sólo por eso.
Más tarde, en la sala de audiencias, el rey Fehri no tardó en marcar los límites del estatus del joven.
—Aprenderás la conducta de la corte —dictaminó el soberano desde su estrado—. Muestras la apariencia de un salvaje criado entre malezas. Tendrás tutores que intentarán instruirte en las artes y en las ciencias de la nobleza, aunque dudo de tu capacidad. Tus comidas se servirán en estos aposentos y tus paseos estarán restringidos. No dirijas la palabra a mi persona ni a mi hijo Christopher a menos que seas convocado.
Eryndrael escuchó el monólogo sin bajar la mirada, sosteniendo la serenidad frente a las afrentas.
—Y ten presente tu destino —concluyó Fehri con frialdad—. Estás aquí únicamente para ser preparado. Cuando alcances la edad estipulada, serás entregado al rey Kaelion de Indurh como tributo de paz. Para él serás un objeto de valor diplomático; para nosotros, jamás dejarás de ser el bastardo.
Eryndrael inclinó la cabeza con sobriedad y abandonó el recinto. Ya en la soledad de su alcoba, apretó contra su pecho el brazalete de su madre y permitió que las lágrimas fluyeran en silencio, recordando las palabras finales que su abuela le legó antes de ser separados: "Te sentirás quebrado y solo en la penumbra, Eryndrael. Sufrirás por el misterio de tu sangre y te odiarán por lo que representas. Pero el dolor no será eterno. Tu existencia guarda un propósito que doblegará a las coronas del mundo."
YA NADA SERÁ COMO ANTES
Los años transcurrieron aceleradamente tras los muros de Elohre.
Ningún mensaje del Bosque de los Susurros había llegado hasta Eryndrael en esos años.
Tal vez porque la abuela nunca lo envió.
Tal vez porque si lo envió fue interceptado por los guardias.
Sin embargo la memoria de ese lugar permanecía inalterable dentro de Eryndrael y la calidez de los abrazos de su abuela lo habian protegido en sus peores noches y ante las infinitas pesadillas que amenazaban cuando el odio de Fehri atravesaba su silenciosa habitación.
Apenas había visto al rey o a Christopher en esos años, y las pocas veces en que lo hizo sintió sus odios y desprecios atravesando su alma.
Pese a la soledad, su espíritu no había perdido la frescura de su infancia, ni la capacidad de reir.
Podía dar largos paseos por los parques sin que los guardias lo notaran gracias a la complicidad de Selene y de Renhar.
También podía ir hasta el arroyo detrás de la fortaleza sin ser visto, tenía como cierta capacidad de adormecer con un gesto a los guardias, si es que se encontraba a alguno. Pero Renhar se encargaba casi siempre de que esto no sucediera.
El arroyo era un lugar que le recordaba a su niñez
Cada mañana en que iba hasta allá sentía lo mismo.
El arroyo no era simplemente un curso de agua que cruzaba el terreno; para Eryndrael, era el único lazo vivo y palpitante con sus recuerdos más tempranos. Mientras la brisa helada de la mañana le acariciaba el rostro, la vista del cauce lo transportó de inmediato a los días descalzos de su infancia, cuando el rumor de la corriente era la única canción de cuna que necesitaba para dormirse.
Allí, donde el agua descendía con un murmullo juguetón y constante, el lecho del arroyo revelaba un mosaico de guijarros pulidos de tonos grises, rosados y vetados de cuarzo blanco que resplandecían bajo la superficie como pequeñas gemas sumergidas. La corriente, tan pura y cristalina que permitía contar cada hebra de musgo adherida a las rocas del fondo, zigzagueaba con soltura entre los oros y verdes de los juncos de la orilla. Pequeños peces de escamas plateadas relucían al girar contra la luz, desafiando la fuerza del agua con destellos veloces, exactamente igual a los que solía intentar atrapar con las manos desnudas cuando la anciana lo observaba desde la ribera con una sonrisa paciente.
Levantando la vista más allá del contorno del arroyo, el paisaje se abría en una perspectiva sobrecogedora que le encogió el pecho. Frente a él se desplegaba la inmensidad del valle, una extensión colosal de praderas y bosques bajos que parecía no tener fin, extendiéndose como un manto verde y pardo bajo un cielo inmenso. Y en el horizonte más lejano, erigiéndose como guardianes eternos y silenciosos del mundo, se alzaban las majestuosas montañas azules. Sus cumbres acentuadas y majestuosas, teñidas de un zafiro profundo y envueltas en velos de bruma perpetua, recortaban el cielo con una serenidad soberbia. Aquellos picos distantes no solo marcaban el límite del reino, sino que custodiaban el camino hacia las profundidades de su hogar perdido, recordándole que, aunque la fortaleza pretendiera encerrarlo entre muros de piedra, la inmensidad de la tierra libre aún aguardaba intacta al otro lado del arroyo.
Eryndrael floreció en un joven de una belleza singular y enigmática. Su silueta esbelta, su largo cabello níveo y la profundidad de sus ojos iridiscentes despertaban un asombro silencioso entre los habitantes del palacio. Pero más allá de su apariencia casi irreal, lo que verdaderamente perturbaba y fascinaba a la corte era el aura de una superioridad inalterable que emanaba de su mera presencia. No se trataba de la altanería hueca de los nobles ni de la soberbia nacida del privilegio, sino de la distinción serena y natural de quien se sabe conectado con verdades más antiguas que los muros de la fortaleza.
En sus ojos violetas e iridiscentes habitaba una inteligencia viva y penetrante, una mirada profunda que parecía descifrar las intenciones ajenas antes de que las palabras fueran pronunciadas, desnudando engaños y vanidades con solo fijarse en ellos. Rara vez se le veía inmutarse o apresurarse; cada uno de sus movimientos poseía la gracia pausada y la suavidad del agua corriendo por el arroyo, pero bajo esa aparente delicadeza subyacía una firmeza inquebrantable. Cuando sostenía la vista o alzaba la barbilla, lo hacía con la aplastante compostura de un rey sin trono, una templanza soberana ante la cual incluso las voces más venenosas del palacio terminaban por apagarse, incapaces de quebrantar su espíritu.
A pesar del desprecio constante de la familia real, el joven sorprendió a sus tutores con una inteligencia privilegiada. En poco tiempo dominó la alta lengua diplomática, la estrategia geopolítica y la historia de los reinos antiguos.
En secreto, durante las noches, el viejo soldado Renhar instruía a Eryndrael en el arte del combate. Para evitar las miradas inquisidoras de los guardias del rey y la vigilancia de la fortaleza, el veterano había elegido un rincón olvidado en la parte más profunda de las explanadas traseras: un antiguo foso seco, flanqueado por ruinas de murallas cubiertas de hiedra y parcialmente colapsadas. El foso estaba resguardado del viento y de las torres de guardia por colosales bloques de piedra derruidos y una tupida barrera de zarzas silvestres, ofreciendo un refugio circular de tierra batida donde el choque del acero quedaba amortiguado por las sombras de la noche.
Allí, bajo la tenue luz de una linterna sorda de latón y la claridad de la luna, el joven demostró una destreza prodigiosa con la espada larga. Renhar, con las manos curtidas por décadas de batallas, no le daba tregua; sus mandobles eran pesados y metódicos, pero Eryndrael no intentaba frenar la fuerza bruta con el filo, sino que fluía con una velocidad pasmosa. Utilizaba la espada de doble filo como una extensión de sus brazos, desplazando el peso en giros precisos, desviando los golpes del veterano con paradas en ángulo antes de devolver estocadas quirúrgicas que se detenían a milímetros del cuello del anciano soldado.
Las lecciones no se limitaban a la hoja pesada. En la penumbra del foso, Renhar le enseñó el manejo de la lanza corta y de azagaya, instruyéndolo sobre cómo utilizar el alcance, el equilibrio de la asta y el centro de gravedad para mantener a distancia a múltiples oponentes. Eryndrael no tardó en dominar las transiciones rápidas entre fintas, bloqueos con la madera reforzada y empujes certeros con la punta de hierro.
Cuando el sol comenzaba a insinuarse apenas tras la línea del horizonte, el entrenamiento pasaba al tiro con arco y a las armas cortas. Utilizando un arco curvo de madera de tejo sin adornos, Eryndrael hacía gala de una precisión letal. Desde el extremo opuesto del foso, bajo una luz casi nula, sus flechas silbaban en la oscuridad para clavarse invariablemente en el centro exacto de sacos de paja alineados contra la pared de piedra, como si sus ojos iridiscentes pudieran atravesar la propia penumbra.
Por último, el antiguo capitán de Hehni lo instruyó en el arte del combate cuerpo a cuerpo y la distancia corta mediante el uso de dagas y cuchillos de caza. Le enseñó a desenvainar en un parpadeo, a ocultar el brillo del metal en el reverso del antebrazo y a utilizar los filos para bloquear, desarmar y cortar en puntos vitales en cuestión de segundos. La soltura y la elegancia letal con la que el joven ejecutaba cada movimiento dejaban al viejo Renhar en un asombro silencioso, consciente de que no solo estaba entrenando a un muchacho, sino forjando una fuerza de la naturaleza.
—Posees los reflejos de Hehni —expresó Renhar una velada mientras descansaban tras un intenso duelo de práctica.
—Háblame de él —pidió Eryndrael, ajustándose el guardabrazo de cuero.
—Era un guerrero honorable, justo y compasivo. Su único error fue despertar la envidia de su hermano Fehri.
—¿Fue el rey el responsable de la muerte de mi madre? —inquirió el joven con seriedad.
—Fehri ordenó el espionaje que desencadenó la tragedia, aunque dudo que previera el desenlace. Lo único incuestionable es que no debes confiar en la corona. Ni en Fehri, ni en su heredero, ni en el soberano de Indurh. —¿Conoces al rey Kaelion? —preguntó Eryndrael. —Es un estratega implacable —respondió el veterano—. Un hombre frío cuya mera presencia infunde sumisión. Entrega tu figura a su dominio para asegurar sus fronteras y librarse de tu derecho al trono.
—¿Es agraciado? —inquirió el joven, sintiendo un repentino rubor en sus mejillas.
—Es letalmente atractivo, pequeño —sonrió el anciano soldado—. Pero recuerda que una espada pulida sigue siendo un arma mortífera.
Días más tarde, el rey Fehri convocó una audiencia urgente. Al ingresar al gran salón, Eryndrael notó la presencia del príncipe Christopher y de los altos consejeros del reino.
Al ver entrar a su primo, Christopher se puso de pie de forma involuntaria, impactado por la presencia del joven.
Su cabello níveo caía arreglado en trenzas decoradas con cintas azules y el perfume a flor de bosque precedía sus pasos. El heredero disimuló su agitación aduciendo una falsa distracción ante la reprimenda de su padre.
Christopher había permanecido fuera de la corte durante años y jamás había contemplado la transformación del bastardo; la gracia que emanaba de Eryndrael despertó en él una perturbadora fascinación.
—En un ciclo de siete soles —anunció el rey Fehri con severidad—, arribará la comitiva de Indurh enviada por el rey Kaelion para evaluar tu instrucción antes de la transferencia formal. —¿Tan pronto habrá de marchar? —intervino Christopher, con una prisa aparente en su tono de voz.
—¡No lo suficiente para librar a esta fortaleza de su presencia! —respondió el monarca con desdén.
Eryndrael mantuvo la compostura frente a las ofensas de su tío. De pronto, a través de los altos ventanales del salón, creyó distinguir un destello luminoso entre la arboleda exterior, el mismo reflejo arcano que lo había escoltado en sus recorridos infantiles. Simultáneamente, una intensa punzada de calor quemó la piel de su antebrazo izquierdo.
—Te limitarás a obedecer y a mantener la sumisión frente a los enviados —sentenció el rey Fehri desestimando el repentino murmullo de los guardias—. Puedes retirarte.
Eryndrael ejecutó una sobria inclinación y abandonó la sala de audiencias con paso firme. A sus espaldas, la mirada encendida del príncipe Christopher lo acompañó hasta que las pesadas puertas de roble se cerraron tras él.
Algo había empezado a gestarse en el alma del hijo de Fehri, algo oscuro, casi salvaje y primitivo. Un sentimiento que no sería bien visto ni por su padre ni por la corte y que por eso debía permanecer oculto.
También debía lidiar con la urgencia de un compromiso que garantizara descendencia, junto a una alianza que permitiera a Elohre sobrevivir.
Fehri había resultado ser pésimo administrador y aún peor monarca. El pueblo lo despreciaba y los nobles estaban divididos entre seguir apoyándolo o esperar la llegada de Kaelion.








