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Me asfixio.
Los pulmones se contraen en un nudo que no admite más sensaciones que el lento y fulminante apagón de la existencia.
Estiro las manos hacia arriba, hacia un cielo invisible, oculto tras capas y capas de oscuridad acrecentadas en espiral descendente, buscando... no una salvación, porque ¿quién puede salvarme de la asfixia existencial?
Busco la respuesta de una interrogante sin formular, el farol en la tormenta. Mi razón, mi motivo, mi esencia. La respuesta que mi desgraciado ser exige a los confines de la nada donde he venido a nacer, a vivir y a morir para así volver a su seno etéreo.
Mis músculos se endurecen, acrecentando el peso de un cuerpo que pronto no será diferente de los sólidos atemporales que decoran el suelo del abismo azul.
Bolas de aire, espasmos de una vida ya opacada, suben hacia el espiral de tinieblas descendente, que cada vez más cerca, me da la respuesta que busco con tanto anhelo.
Diana.
Dulce Diana. Terrible Diana.
¿Por qué? ¿Por qué ella?
De todos los recovecos en los que podía caer mi agonizante conciencia… ¿Por qué en sus ojos? ¿Por qué en su sonrisa? ¿Por qué en esos labios que se mueven articulando promesas que no se harán realidad?
“¿Es eso?”, le pregunto al vacío. “¿Diana, sos vos? ¿La última ilusión? ¿La última desilusión? ¿Sos el espejismo de mis esperanzas perdidas?”
Y ella sonríe, como siempre.
El motor de mi existencia es el último en contraerse. Las tinieblas me han alcanzado.
Diana.
Dulce Diana. Terrible Diana.
Mi espiral de tinieblas envolventes. Mi asfixia existencial. Mi espejismo de esperanzas perdidas.
Sos vos. Siempre fuiste vos.








