Las Crónicas de Xanide

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Summary

»Despertar con la mente hecha pedazos, con recuerdos fragmentados, un cuerpo herido, ropas extrañas y en un acantilado desconocido y lúgubre no es un inicio muy prometedor. Sin embargo, él hará lo que sea para esclarecer su pasado. Pero sobre todo, para obtener venganza«

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

En el Barranco del Olvido

La niebla se alzaba como un velo etéreo sobre los alrededores. Como si se tratara de una nata espesa, hecha de plasma, capaz de helar y acobijar con su estela gélida a toda pobre alma que se encontrara vagando, o siquiera existiendo por esos lares.

Ese era el caso de un frágil, famélico y extraño muchacho, que estaba tendido en el suelo escarchado, como un lastre de piel con un aspecto enfermizo y fantasmal, casi tan pálido como los pequeños montículos de nieve que restaban de lo que alguna vez había sido una gran nevada. Signos de que el crudo invierno ya estaba empezando a desaparecer.

Sin embargo, ni siquiera con el despertar de la primavera la vida podría florecer en aquél sombrío lugar. No importaban las condiciones del clima o de cualquier otro acontecimiento, aquél lugar parecía estar perpetuamente moribundo, puesto que la única vida que se encontraba el lugar eran los arbustos quebradizos y secos, los oscuros cuervos y las cochinillas gigantes que rodeaban el saco de huesos y piel que se encontraba en el suelo.

Un lamentable lastre cuya respiración apenas podía notarse debido a la leve elevación de su pecho, así como los susurros de sus exhalaciones que se percibían gracias a la asfixiante e inquietante calma del lugar, acompañada del umbroso silencio.

Era sorprendente que esa... Cosa estuviese viva. Aunque apenas respirando, ya que cualquiera podría decir que estaba a punto de morir, que era una cuestión de unas pocas horas para que pasara al más allá, a pesar de que no tenía ninguna herida aparente en su cuerpo.

No obstante, contra toda afirmación y pronóstico, el muchacho en lugar de expirar en ese mismo instante, o quedarse inerte hasta que su vida se desvaneciera poco a poco, comenzó a abrir paulatinamente sus ojos carmesí, que parecían estar hechos de algún mineral, como dos rubíes.

Parpadeó un par de veces hasta que su visión se volvió nítida y clara, para luego intentar reconocer el lugar en donde se encontraba. Sin embargo, súbitamente un dolor agudo atravesó su abdomen, un dolor electrizante, pero al mismo tiempo frío y certero.

Esto provocó que el muchacho temblara bruscamente, al mismo tiempo que se levantaba, como si fuera un acto reflejo ante algo que le había sucedido. Después, se quedó un par de segundos con el corazón paralizado al igual que el resto de su cuerpo y su rostro, que parecía estar congelado en una expresión de horror inimaginable, como si se hubiera topado cara a cara con la muerte.

Después de todo, quizá al final de cuentas sí iba a morirse.

Pero afortunadamente pudo volver en sí; lo hizo al mismo tiempo que se hizo consciente de su entorno, en el cual no se encontraba en peligro, no había ni la más mínima posibilidad de riesgo.

Lo más riesgoso, quizá, eran las criaturas que habitaban el lugar, que por cierto habían optado por alejarse varios metros atrás, incluso las cochinillas que estaban merodeando por su cuerpo hasta que se levantó con tanta brusquedad. Ahora se encontraban debajo de las rocas, y los cuervos se limitaban a observar desde lo lejos, posándose en los arbustos.

El muchacho cruzó su mirada con uno de los cuervos, que lo observaba con un destello de curiosidad en sus ojos negros, como dos perlas negras, tan obscuras como la brea, igual de obscuros que el resto de su cuerpo. Contrastaban bastante con la piel blanquecina del joven, aunque podían mimetizarse muy bien con su cabello. Eran casi del mismo tono, incluso resplandecían casi de la misma manera.

Pero claro, parecía que ninguno de los dos era ni remotamente similar al otro. Ni por la especie y menos por la clase de vida que llevaba cada uno de ellos.

Una vida de la que ambos no eran conscientes. El cuervo no lo era por el simple hecho de ser un animal, que, aunque brillante, no tenía ningún interés por tener recuento de su vida. No obstante, en cuanto al muchacho, parecía que no existía una razón clara; quizá había sido por un accidente, o por elección propia, por ser una criatura consciente de sí misma.

El pobre muchacho no podía recordar con claridad lo que había vivido antes de llegar a ese decrépito sitio. Y los súbitos recuerdos que llegaban a su mente parecían ser solamente voces que lo martirizaban. Gritos, susurros, lamentos y risas, todo al mismo tiempo.

Un caos casi inquebrantable y sonoro dentro de su cabeza, que fue detenido hasta que la imagen de una persona atravesó por su mente, como un salvador, un santo que le puso un orden a la súbita tormenta que se había desatado en su interior.

Dicha imagen era la de un hombre de mediana edad, con un rostro de facciones afables pero toscas, ojos turquesas y cristalinos como un río, labios tersos, una gran barba y cabellera castaña rojiza, que contrastaba con su piel blanca, ligeramente arrugada por la edad, salpicada por unas modestas pecas, así como de algunas pequeñas, casi invisibles cicatrices. Parecía un héroe, un aventurero que había vivido cuantiosas aventuras y experiencias a lo largo de su vida; que, a pesar de los años, había sido fiel a su virtud, por lo que seguía siendo un hombre con honor, un ejemplo digno de seguir.

—Mi maestro...— murmuró con la mirada perdida, sintiendo como cada letra se deslizaba por su boca.

Una imagen de virtud inquebrantable, que para el infortunio del joven, fue despedazado por otro recuerdo del mismo sujeto. Un flash cruel de una fatídica noche.

El cruel recuerdo de su maestro con una expresión demoníaca y macabra en el rostro, en una noche tormentosa, llena de desconcierto, desastres y caos. Un auténtico pandemonium del que él había sido víctima.

O que tal vez había provocado. No estaba muy claro, puesto que los recuerdos del muchacho eran poco claros, pero algo dentro de él le decía que su maestro era causante del pandemonio de esa noche. Que al menos era participe de eso.

Y que al ver que su pupilo se oponía a tal catástrofe, arremetió contra él con locura; con sus ojos turquesa a punto de estallar por la histeria, su cabello castaño escurriendo de agua, su expresión totalmente deformada, aterradoramente enfermiza.

Los brazos que antes lo habían abrazado, acobijado y protegido como un padre, en ese momento estaban alzándolo del cuello como una vil criatura, estrujándolo sin piedad, pero con un retorcido gozo. Mientras le gritaba con locura, a la vez que soltaba inquietantes carcajadas al ver el sufrimiento de su pupilo, con una enorme sonrisa de dientes amarillentos, a la que las gotas de lluvia golpeaban con fuerza, al igual que todo lo que estaba en el lugar.

Al igual que la hoja

Parecía disfrutar de mantener a su pupilo en tal estado de sufrimiento, suplicando y pidiendo piedad con un hilo de voz, luego de luchar tanto por su libertad, hasta que ya no le quedaban fuerzas para seguir.

Entonces su maestro lo soltó, más no fue por piedad o misericordia hacia su víctima. Sino porque ya estaba harto de sus patéticos quejidos, y prefería acabar con ellos de una vez por todas, soltándolo a la orilla de un risco, directo hacia el vacío, aunque no sin antes asegurarse que de verdad moriría.

Un escalofrío recorrió hacia todo su cuerpo, desde el abdomen, extendiéndose a sus extremidades, como una corriente eléctrica, atravesando todas sus terminales nerviosas. Una horrible sensación que fue provocada por el hórrido recuerdo de aquella fatídica noche, en la que su propio maestro, la persona en la que más confiaba, lo había apuñalado con la cruel gruesa hoja de su espada platinada y resplandeciente, que pasó por su abdomen sin ninguna dificultad; como si tan sólo fuera un pedazo de carne cualquiera. Como si se tratara de un inútil deshecho, escoria, cualquier cosa menos su pupilo, al que había tratado casi como un hijo.

El muchacho entonces levantó su delgada camiseta para poder observar los rastros del horrible acto que su maestro llevó a cabo. Más cuál fue su sorpresa al no encontrar nada más que un abdomen terso y pálido, sin ninguna marca más allá de uno que otro lunar.

Aunque estaba totalmente seguro de lo que había sucedido, el único remanente que había de aquél incidente era el vuelco en el pecho que sentía al intentar recordarlo todo. Era un dolor distinto a aquél que sintió hacía apenas unos segundos. No era punzante y frío, ni electrizante. Era más bien lento, horriblemente lento y abrasador.

Pero al mismo tiempo, existía una mezcla de toda clase de sensaciones; culpa, furia, agonía y confusión, aunque de todas ellas reinaba, por su puesto, el dolor.

Aún sin tener las respuestas a toda la lluvia de preguntas que surgían en su mente, al mismo tiempo, sin tener muy claro que había sucedido en su vida que orillara a ese momento, el muchacho no podía callar sus pensamientos, ni mucho menos hacer que su cuerpo dejara de temblar, como un niño asustado.

Entonces una lágrima rodó por su mejilla, con timidez, desde uno de sus ojos, tan rojo como la sangre, que recorrió su rostro hasta caer de su mentón y llegar hasta su pálido pecho, que se encontraba expuesto al suave y melancólico viento helado.

¿Por qué? ¿Por qué había hecho tal cosa?

Haberlo intentado asesinarlo a sangre fría, la persona en la que más confiaba en el mundo... ¿Qué cosa tan horrible pudo haber hecho para merecerlo? ¿O qué detestable razón pudo tener su maestro para desafiar su virtud y hacerlo?

El muchacho deseaba respuestas, y, de ser necesario, venganza.

Iría tras ambas con todas sus fuerzas, sin importar el costo, aún si acababa de recobrar la consciencia, no podía quedarse tendido en el suelo más tiempo.

Encontraría a su maestro y lo haría pagar. Se vengaría del daño que le hizo, y la manera en la que había traicionado su confianza, aprovechándose por ser tan sólo un muchacho. No sin antes, claro, demandar respuestas.

Aún sin saber dónde se encontraba, o a donde dirigirse, el muchacho se levantó del suelo con firmeza, erguido hacia la nada y hacia todo al mismo tiempo, para comenzar a andar, fuera de ese barranco olvidado.

Porque era mejor ir hacia alguna parte que hacia ninguna, ¿No es así? Quedarse en la indecisión no era opción para el joven de cabellos azabaches y apariencia extraña.

Había pasado demasiado tiempo sin hacer nada, olvidado como las criaturas de ese lugar. Y si la vida le daba la oportunidad de seguir viviendo, aunque con otro comienzo, haría que cada segundo valiera la pena.

Saldría de las tinieblas del olvido, le seguiría las pistas a aquél hombre que lo había traicionado y le haría recordar su nombre, hasta el fin de sus días.