Ragnar

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Summary

Ragnar se despierta en un desierto y obviamente no sabe dónde está. ¿Quieres saber qué ha pasado? ¡Pues sigue leyendo!

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n/a
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13+

Ragnar

Ragnar abrió los ojos. Lo primero que vio fue un cielo azul, de esos que son imposibles de ver en las ciudades. Notó que estaba tumbado sobre arena, y vio que estaba en medio de un desierto. Un desierto tan vasto que no se distinguía nada al horizonte.

Intentó recordar cómo había ido a parar allí, pero le dolía demasiado la cabeza. Así que decidió incorporarse para explorar la zona.

Fue entonces cuando vio el cadáver.

Estaba tumbado boca abajo a unos veinte metros de él. Ragnar estaba un poco sorprendido y la idea de un cadáver era para él algo repulsivo, pero la curiosidad venció al asco y se acercó a inspeccionar el cadáver.

No tenía cortes ni había sangre esparcida por el suelo, por lo que supuso que habría muerto por la sed, el calor y el hambre. Llevaba una cazadora negra y vaqueros, lo que hacía suponer que era un turista, alguien que no estaba acostumbrado a vivir en el desierto. Por alguna razón, decidió darle la vuelta. Pero cuando vio su rostro, se le heló la sangre.

Era su padre.

Ragnar estaba en estado de shock, y no pudo moverse ni reaccionar durante un largo tiempo. Entonces lo recordó todo.

Él y su padre estaban de vacaciones en el desierto, a lomos de un camello guiado por un tuareg. De repente, un coche enorme había aparecido de entre las dunas. Cuando vieron el camello y sus pasajeros, cambiaron su dirección y fueron a por ellos. Eran cuatro hombres, armados con mazas, que les obligaron a bajar del camello. Primero cogieron al tuareg, le hicieron morder el borde del piso del coche y luego le dieron una patada en la nuca destrozándole la mandíbula. Mientras el tuareg se retorcía del dolor en el suelo, los hombres lo mataron a palos. Fue una masacre.

A Ragnar y su padre, en cambio, los cogieron y los pusieron en el coche. Condujeron unos 15 minutos que a Ragnar le parecieron horas, y luego les hicieron bajar. Ötzi, que así se llamaba el padre, se resistió, pero los hombres se cansaron. De un golpe en la nuca con una de sus mazas lo dejaron muerto. Ragnar profirió un grito y empezó a llorar fuertemente, hasta que los hombres le dieron un golpe en la cabeza y lo dejaron inconsciente.

No podía creer que todo hubiese acabado así: solo, en medio del desierto y con su padre muerto. Hasta entonces había tenido una vida normal: vivían en Oslo y su padre tenía una tienda de repostería, según Ragnar una de las mejores de la ciudad. Él iba al colegio y tenía muchos amigos. En resumen, era feliz. Pero ahora eso no importaba: iba a morir en medio del desierto, sin agua, sin comida, sin un triste reparo del sol. Sin nada. Moriría como un miserable.

Decidió enterrar a su padre bajo la arena, ya que llevarlo con él solo sería un peso más. Cuando acabó, se puso en marcha en busca de algo. Lo que fuese.

Aquella noche, después de caminar durante horas y sin encontrar nada, se sentó a contemplar las estrellas. Era un espectáculo precioso. Recordó entonces un fragmento de un libro que le había leído su padre, de Atsushi Nakajima: “No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Solo me arrepiento de lo que nunca he llegado a hacer”. En aquel instante le vino a la mente una frase que su padre repetía continuamente: “Nunca te rindas. Nunca, por ninguna razón, te rindas ante algo. Sigue siempre adelante. Porque es así, hijo mío, como se consigue todo. Sin rendirse”.

Con lágrimas en los ojos, Ragnar se dijo a sí mismo:

-No te defraudaré, papá.

Y se juró a sí mismo que no dejaría de caminar hasta encontrar algo, lo más mínimo, incluso en sus momentos finales.

El siguiente día fue agotador: estuvo caminando durante horas y horas bajo un sol extremadamente caluroso, sufriendo alucinaciones y mareos a causa de la sed y el hambre.

Justo pasaba por la cima de una duna cuando oyó el ruido de un motor, un motor de coche. Ragnar supuso que serían los mismos matones que mataron a su padre, por lo que se escondió tras la duna y observó.

Efectivamente, eran los mismos matones, que otra vez cruzaban el desierto. Ragnar tuvo suerte de esconderse detrás de la duna: esta vez no habrían tenido compasión por él.

Cuando dejó de oír el zumbido del motor, se irguió y siguió caminando.

Después de pocas horas ya no podía caminar erguido y se arrastraba sobre la arena. Estaba siendo un infierno, y pensó que moriría ahí. En medio del desierto.

Entonces vio un avión.

Estaba yendo hacia el sur, y no parecía ser de pasajeros, puesto que era muy pequeño. Ragnar pensó: “Esta es mi oportunidad. Debo llamar la atención de ese avión o moriré aquí.”

Con las pocas fuerzas que le quedaban, se irguió y agitó las manos sobre su cabeza mientras gritaba, intentando atraer al avión. Le dolía todo el cuerpo y casi no podía soportar el calor, pero siguió. Tenía que hacerlo.

Parecía que el avión pasaba de largo, y Ragnar se estaba desesperanzando, pero no se rindió. Siguió agitando los brazos y gritando.

Entonces notó que el avión daba media vuelta e iba perdiendo cuota. Una mano lo saludaba desde el avión.

Lo habían visto.

No se lo podía creer. Iba a vivir. No moriría en aquel desierto, en medio de la nada. Empezó a llorar de la alegría.

Volvería a Oslo, a su ciudad, y volvería a ser feliz. Le haría una tumba a su padre en su memoria. Vería a sus amigos.

Volvería.

Fue cuando el avión lo sobrevolaba, fue en ese momento cuando vio un artefacto explosivo que se dirigía hacia el avión.

Un segundo después, el avión saltaba en mil pedazos.

Del impacto, Ragnar cayó hacia atrás sobre la arena, y se quedó inmovilizado observando el catastrófico espectáculo que se disponía delante de él.

No se lo podía creer. Su única salvación había sido destrozada. Después de todo, no había servido para nada.

Cuando las llamas se apaciguaron, la rabia no lo pudo contener más y se dirigió, corriendo malamente, hacia los restos del avión.

Al llegar, quedó perturbado al descubrir el logotipo de la panadería de su padre sobre el uniforme de uno de los cadáveres. Los hombres de su padre estaban ahí.

Pero ¿Por qué? ¿Qué iban a hacer sus hombres en medio del desierto?

Se dirigió a la parte de atrás del avión. Allí encontró cajas de productos de su padre. Abrió una de las cajas y cogió uno de los bollos, pero entonces aparecieron los matones que habían matado a su padre.

“Tengo que huír” Pensó. “Si me atrapan, estoy muerto.”

Rápidamente, se escondió el bollo en la camiseta y empezó a correr lo más rápido que pudo, a pesar de que sus músculos, cansados y doloridos, lo atormentaban continuamente.

Oyó cómo los matones lo maldecían a él y a su padre, diciendo algo sobre “esos malditos contrabandistas”. Ragnar decidió no pensar en ello y siguió corriendo.

No paró de correr hasta el anochecer, cuando sin más fuerzas para ni siquiera respirar, se echó sobre la arena.

“Maldita sea” Pensó. “Mi única vía de salvación, destrozada por esos malditos matones que nos destrozaron la vida. Ojalá nunca hubiésemos entrado en el desierto.”

Cayó entonces en que tenía un bollo escondido en la camiseta. En menos de un segundo ya lo había partido en dos y estaba a punto de morderlo, cuando notó una substancia blancuzca, parecida a azúcar glas, que había dentro del bollo.

Recordó entonces que en su escuela los habían entrenado para detectar distintas drogas, ya que había habido muchos tráficos de drogas últimamente en la ciudad.

El polvo del bollo no podía ser otra cosa que cocaína.

Ragnar no se lo podía creer. ¿Su padre hacía pastelería con droga?

Entonces entendió.

“Papá, ¿cómo es que tus dulces saben tan bien?” Le había preguntado una vez a su padre.

“Ah, hijo mío, es esa es la cuestión: tiene un ingrediente secreto” Le había respondido su padre.

“¿Y me dirás cuál es?”

“Te lo diré cuando tengas 18 años.”

“¿Me lo prometes?”

“Te lo prometo.”

Ragnar tenía ahora diecisiete años. Y sabía perfectamente cuál era el ingrediente secreto de su padre.

Su padre metía droga en los bollos para venderlos por medio del contrabandismo sin que nadie se diese cuenta. Por eso habían matado a su padre. Porque era un traficante de droga.

Horrorizado, tiró el bollo lo más lejos que pudo.

Ya no podía más. Le parecía que nunca hubiese conocido a su padre.

Justo un momento antes de que su mente cayera en la locura, entendió que su vida había sido una mentira.