Capítulo 1: Al Oeste de las Montañas
Todos nacemos dos veces: el día que llegamos al mundo, y el día que encontramos nuestro lugar en él.
El Bulto era un nombre bastante despectivo para el amplio territorio donde vivían Dorte y su familia, rodeados por el mar y las montañas, sin comunicación alguna con el resto del reino del norte salvo las noticias que llegaban de la ciudad central del condado, Córelas, o de uno que otro chisme que los mercaderes contaban a cambio de una pinta en las tabernas más populares. Todo un evento, la verdad. Congregaban más gente que los mismos heraldos del conde, y no era porque el noble no fuese una autoridad respetada: esa nariz pronunciada, la amplia frente, y la popular estatura de un niño de doce años, eran rasgos dignos de admiración.
Dorte había cumplido hacía pocas semanas la mayoría de edad, por lo que ya estaba en condiciones legales de adentrarse al mar por sí solo a desarrollar la labor tradicional de su familia: la pesca. Era un logro importante, a pesar de que Dorte llevaba al menos dos años ya conociendo todos los gajes del oficio de su padre, y de su abuelo, y otros más antes que él, y era perfectamente capaz de llevar a casa las truchas más grandes. Pero ahora era legal, y eso lo cambiaba todo. Y su hermanita lo sabía.
Pero sus padres también, y aún no se atrevían a dejarlo partir por su cuenta. Dorte era paciente, como buen pescador, y entendía que no era fácil para sus padres dejarle ir solo simplemente porque, de un día para otro, la ley le decía que era capaz. Era su hijo mayor, y sin más actividades en la zona que la pesca y el comercio de los productos con las otras dos ciudades del Bulto, sus padres no podían darse el lujo de perder a su mejor apuesta al futuro. Las conversaciones ya eran habituales en cada cena, desde hacía tres semanas.
- Mamá, ¿cuándo podrá Dorte llevarme a pescar?
- Pronto, hija, pronto. No te darás cuenta cuando---
- …un día en la mañana tu hermano te esté esperando en el bote -terminó la frase la niña. Su madre miraba sorprendida.
- Siempre dices lo mismo, madre. No te extrañes si ya conocemos el discurso.
- Exageran, no soy tan repetitiva. ¿Cierto cariño? -dijo mirando con ojos cómplices a su esposo, un hombre pelirrojo de hombros anchos, y con un ombligo terco que insistía en asomarse por debajo de la camisa.
- Sabes que tienen razón -replicó el hombre, con voz profunda y una mueca traviesa dibujada en el rostro.
- Ay, está bien.
- ¡Al fin! -grito Iriel desde su silla, feliz por el logro.
- Les concedo que sea repetitiva, pero aún no he autorizado a que ambos salgan solos a pescar.
- ¡Pero mamá! Acabas de decir que---
- Ya Iri, tranquila. Si no eres paciente, cuando te lleve a pescar todos los peces huirán y no servirá de nada haber ido.
- Está bien -dijo ella, bajando la cabeza y asintiendo cuando la mano de su hermano se posó con ternura sobre su brazo.
El clima en El Bulto era bastante regular, con lluvias en la temporada fría y sin mucho viento, y con hermosos cielos celestes en la temporada cálida. En general, la mejor temporada de pesca era la fría, y eso no hacía más que dificultar la labor de quienes se dedicaban al rubro. Lo curioso era que, a pesar de que el clima en todo el Bulto era similar, la pesca simplemente no era posible más al sur del faro. Los peces eran mucho más pequeños, más escurridizos, y el mar era mucho más bravo. Por eso, a pesar de ser El Bulto una aislada masa de tierra asomándose fuera del continente hacia el oeste, su comercio interno era bastante bueno entre las tres ciudades: la pesca desde Mobedar al norte, el cultivo de todo tipo de frutas y verduras de Liem al sur, y la producción y elaboración de ambas en la capital Córelas al este, parecían ser la clave del exitoso funcionamiento del Bulto durante tantas generaciones de un aislamiento práctico que, a pesar que no era del todo cierto, era un resguardo más que un temor para sus habitantes.
La época fría del año estaba cerca de terminar, y los pescadores más veteranos ya descansaban. Era el momento ideal para los más jóvenes que iniciaban el rubro, porque el mar se calmaba y los peces más peligrosos se alejaban de la costa. Una de las primeras tardes cálidas en lo que iba del año, los padres de Dorte e Iriel tenían una conversación con sus vecinos, mientras sacaban las últimas redes de la temporada del bote que compartían.
- ¿Cómo se ha desempeñado Dorte manto adentro?
- Aún no le hemos permitido ir -respondió su madre, sin levantar los ojos del nudo que intentaba desatar.
- ¿Ah no? Pero si ya es mayor de edad.
- Sí, pero me asusta que algo le pase.
- Ay, Crina, te preocupas demasiado. El chico conoce estas aguas de memoria.
- Quizá, pero aún es muy joven para adentrarse por su cuenta.
- El manto está tranquilo, el tiempo acompaña; no habrá mejor momento, querida.
- Rojo, ya conversamos esto. Sabes que me asusta -replicó ella, dejando caer la red de vuelta al bote, y se irguió sobándose la espalda.
- Lo sé, pero en algún momento tendrá que hacerlo, y sabes muy bien que, si no lo autorizamos pronto, lo hará a nuestras espaldas con Gal y Neris -dijo el padre de Dorte, sonriendo.
- ¡Ey! No es justo que metas a nuestro copo de nieve en esto, Yoel.
- No me digas eso. Todo el pueblo sabe que tu hijo es el que mete a mi Dorte en problemas cada vez que se juntan -replicó Yoel, riendo.
Justo en ese momento, una bandada de gaviotas emprendió vuelo desde los techos de las casas cercanas, graznando bulliciosamente mientras se alejaban hacia el sur. Los cuatro adultos se detuvieron para seguir a las aves y contemplar el cielo, que se veía bañado de nubes largas y estiradas, de colores rosados; un poco más allá, los últimos rayos del sol bañaban las tranquilas aguas en un revoloteo de luces danzantes entre las olas.
- Es hermoso -dijo el padre de Gal-. El manto.
- Lo es -replicó Yoel.
Tras un silencio contemplativo, todos volvieron a sus labores excepto la madre de Dorte, que aún observaba pensativa el juego de luces en el mar.
- Mañana.
- ¿Cómo dices, Crina?
- Mañana dejaremos que Dorte e Iriel salgan a pescar -su esposo esbozó una sonrisa ante la decisión de su mujer-. No tenemos el derecho a negarles aventurarse en algo tan bello y tan nuestro como el manto azul.
- Apoyo tu decisión, querida -y la tomó entre sus brazos, por la espalda-. Son niños vigorosos y valientes. Estarán bien.
- Nosotros le pediremos a Gal que los acompañe, si gustan. Así al menos uno de los tres sabrá qué hacer después de subir al bote.
- ¡Oye, cómo te atreves! -dijo Crina, riendo, zafándose de los brazos de su esposo y tomando uno de los remos del bote. La persecución con remo en mano por entre los botes cercanos causó risas en más de un espectador, y algunos niños aprovecharon la oportunidad para correr tras los adultos, riendo.
- Al otro lado de la pequeña ciudad de Mobedar, mientras sus padres terminaban la temporada de pesca, Dorte, Gal y Neris estaban escondidos tras unos barriles cerca de la puerta que daba al camino principal. Les encantaba perseguir zorros que merodeaban curiosos por la puerta sur, sobre todo cuando amainaban las lluvias y subía la temperatura. Neris había jurado ver uno hacía un rato, y los tres esperaban pacientemente en su escondite por el escurridizo animal.
- ¿Estás segura que lo viste? -preguntó Gal, en un murmullo impaciente.
- ¡Claro! Soy niña, no soy tan despistada como ustedes.
- ¿De qué color era? -respondió él, desafiante.
- Rojo, rojo como…
- ¿Cómo el cabello de mi padre?
- ¡Eso, Dorte! Justamente como—
- ¡Ahí va!
Cuando Gal y Neris se dieron cuenta que Dorte había visto al animal, ya era tarde: él ya había saltado los barriles e iba derecho hacia la puerta. Lo siguieron con prisa, y cuando vieron que se dirigían hacia las afueras de la ciudad, intentaron detener a su amigo.
- ¡Dorte! ¡Espera! ¡No podemos salir a esta hora!
- ¡Sí! ¡Recuerda que nos lo prohibieron! Tu madre dijo-- -pero Dorte iba muy adelante y con mucho entusiasmo como para detenerse.
Los amigos le siguieron, y ya viendo que no había vuelta atrás, cambiaron sus caras de preocupación por una de atrevida alegría. Saldrían solos del pueblo y sin ayuda de los aburridos adultos. La adrenalina de la situación les daba más energía para correr.
Cruzaron la gran puerta siguiendo a Dorte, y pronto se encontraron yendo por el camino colina arriba, hacia el interior de El Bulto, lejos de la costa. Sus rostros emocionados parecían no conocer el cansancio, hasta que llegaron arriba y Dorte se detuvo de golpe. Sus amigos llegaron tras él, y se detuvieron a su lado.
- ¿Dónde está? ¿Dónde se fue?
- ¿Lo viste, Dorte?
- No lo sé, lo perdí al cruzar la puerta.
- ¿Al cruzar—al cruzar la puerta? -preguntó incrédula Neris.
- ¿Y por qué seguiste corriendo, entonces?
- No sé, Gal. Quería correr. Quería salir de la ciudad por un momento.
- Estás loco, ¿lo sabías? -dijo su amigo, pegándole en el brazo.
- Eso lo dice el loco que cree que puede correr más rápido que la mejor cazadora de Mobedar.
- Pero si yo corro más rápido-- ¡ah!
Neris ya corría el último tramo ascendente del camino, con Gal y Dorte tras ella. Los tres amigos corrían y reían felices, y cuando llegaron frente al monumento del antiguo héroe Veraos, se detuvieron. Era un monumento imponente, de al menos tres personas adultas de altura, y los niños la contemplaron asombrados.
- Es enorme.
- ¿Habrá sido de ese tamaño?
- No seas tonto, Gal. No hay personas de ese porte.
- ¿Cómo lo sabes, Neris?
- Mi mamá me lo dijo. Dijo que solo es una forma de mostrar respeto.
- Cuando yo sea grande, seré un héroe famoso y me harán mi propia estatua.
- Gal -dijo Dorte, acercándose a su amigo y usando su mano para mostrar que era más bajo que él-, lamentablemente tu monumento será bastante pequeño.
Entre risas, los amigos siguieron observando la estatua, que se erguía alta y orgullosa con su armadura de combate, con la punta de la espada apoyada en el suelo frente a él.
- ¿Por qué el héroe mira a Córelas? -preguntó Dorte, rodeando la estatua y parándose al sureste de sus amigos.
- Porque es la ciudad más importante de la región.
- Porque ahí vive el conde.
- ¡Porque no quiere mirar tu fea casa!
- ¡Oye! -y Neris comenzó a seguir a Gal alrededor de la estatua, riendo.
- ¿Vamos a las ruinas? -interrumpió Dorte.
- ¿Las ruinas?
- Claro. Estamos cerca, y nuestros padres nunca se enterarán.
- ¡Vamos!
Y los tres corrieron juntos, una vez más, hacia el risco que nacía a un costado del monumento y que terminaba en punta con unos arcos de piedra en ruinas. Desde ellos se podía ver perfectamente Mobedar, y el faro un poco más alejado de la ciudad. Los niños contemplaron fascinados la vista que pocas veces les dejaban disfrutar: los botes grandes anclados cerca de los muelles, la ciudad burbujeante de movimiento, y el atardecer tiñendo el cielo y el mar por doquier. Era en realidad un paisaje envidiable, al menos para ellos.
- ¿Por qué le dirán así al mar? -preguntó Dorte, curioso.
- ¿Así cómo? -Neris estaba algo distraída.
- Manto.
- Ah, no sé.
- ¿Será porque parece un manto? -inquirió Gal.
- ¿Parece uno? -se preguntaba Dorte en voz alta, contemplando ese amplio e infinito paisaje azul con destellos dorados.
- No sé, no se parece a ninguno que haya visto.
- Quizá en otras ciudades al otro lado de las montañas hay mantos como ése.
- Quién sabe. Mi papá dice que nuestra familia nunca ha salido de El Bulto, y no sabe qué hay del otro lado.
- Bueno, debe haber más monumentos, más ruinas, más botes, más tierras, y más condes.
- ¿Y más Dorte, Gal y Neris?
- No lo creo. Nosotros somos únicos.
Carcajadas. El rápido atardecer urgió a los niños a volver rápido a la ciudad, antes que sus padres se preocuparan y les regañaran. El alcalde pedía cerrar las puertas al anochecer, así es que debían correr. Se prometieron no hablar con nadie sobre dónde habían estado, y se inventaron una excusa sobre llevar un zorro bebé perdido a las afueras de la ciudad, a los riscos antes de que el camino ascendiese. Llegaron a la plaza central y se separaron, despidiéndose sonrientes.
La cena esa noche estaba deliciosa. Los padres de Iriel y Dorte se había esforzado bastante en hacer algo especial, como cada año debido al cierre de la temporada. Además, algo se traían entre manos.
- Mamá, el guiso de cedalio te quedó exquisito -destacó la pequeña.
- ¡Sí! Está mejor que otras veces. ¿Qué hiciste distinto? -apoyó su hermano, con la boca llena.
- Gracias. Simplemente lo puse al horno más tiempo con las verduras, no como lo hacía antes.
- Te luciste esta vez, querida. Mi pastel de arroz no está tan bueno como tu guiso.
- A mí me gustó también, pa -dijo tiernamente Iriel.
- Y a mí. No estaba tan duro como el año pasado.
- Gracias, hijos -respondió Yoel, algo avergonzado.
Terminaron de cenar y limpiaron la mesa entre los cuatro. Una vez quedó todo limpio, Crina llamó a sus hijos a la mesa nuevamente, y a los pocos minutos llegó Yoel con un paquete entre manos. Tomó asiento, lo depositó frente a él en la mesa, y explicó.
Se dice que hace más de trescientos años, nuestros antepasados llegaron al Bulto escapando de una gran guerra, una terrible catástrofe que afectó a todo el planeta, sobre todo al continente principal. Lamentablemente, no muchos pudieron escapar, y se dice que los pocos que llegaron acá iban guiados por el héroe de antaño Veraos, que ayudó a organizar las tres ciudades que hoy conocemos: Mobedar, Córelas, y Lien. Con el tiempo, los mobedianos aprendimos del arte de la pesca, los lienses aprendieron del cultivo, y los corelianos del comercio y el gobierno. Y así hemos funcionado por muchas generaciones hasta el día de hoy, aislados del resto del gran continente.
Los niños ponían atención con asombro. Era una historia que nunca habían escuchado, no completa al menos, y les parecía impresionante. La pequeña Iriel no podía despegar sus ojos de su padre; mientras, su hermano dedicaba su imaginación a visualizar lo que su padre relataba, e intentar adivinar qué era el paquete que su padre había traído antes de empezar el relato. Continuó.
El padre de mi padre plasmó sus conocimientos y aprendizajes de la pesca en este libro, y mi padre siguió sus pasos. Me enseñó a leer y escribir desde niño para poder continuar la tradición familiar, y ahora que has cumplido la mayoría de edad, Dorte, ha llegado tu turno.
Yoel, con ritmo solemne, desató las cuerdas del paquete, quitó el envoltorio café, tomó un libro de tapas oscuras y se lo entregó a su hijo. El joven pescador apenas podía contenerse. Se puso de pie mirando a su padre, y sus ojos resplandecían a la luz oscilante de las velas que iluminaban la mesa. Unas pocas lágrimas rodaron por sus mejillas, pero a él parecía no importarle: nunca se había sentido tan orgulloso en su vida, y entendía perfectamente hacia dónde iba todo esto.
- ¡Voy a convertirme en pescador! -exclamó, eufórico, recibiendo el libro de su padre.
- Tienes que ser responsable, hijo. El camino que te depara la vida ahora es duro y de muchos peligros, pero de mucha alegría también.
- ¡Sí! ¡Seré responsable!
- Papi… -la voz de Iriel apenas se oía en el escándalo de su hermano.
- Eso espero, hijo.
- ¡No lo puedo creer! ¡Esto es increíble!
- Papi…
- ¡Los amo, papá y mamá! ¡Esto es el mejor regalo que me han hecho!
- Bueno hijo, ahora tienes que ponerte a estudiar el libro y entender tu nueva labor en la familia y la ciudad. Debes---
- ¡Papi!
- ¡Rojo! Tu hija también existe.
- Perdón Iri, lo siento. Dime.
- Papi, ahora que Dorte ya es grande, y que tiene el libro para convertirse en pescador, ¿podrá llevarme a pasear en bote?
El hombre de cabellos rojos sonrió amablemente, puso su mano sobre la cabellera de su hija, mientras que su madre se acercaba a darle un beso en la mejilla. Los adultos se miraron felices, sonriendo, y Yoel se dirigió a su hija una vez más.
- Sí pequeña. Ya mañana tu hermano podrá llevarte a pasear en bote.
- ¡Sí! Hermano, ¿oíste?
- ¡Iremos los dos, Iri! ¡Al fin!
Dorte no cabía de alegría. Dejó cuidadosamente el libro en la mesa, y corrió al otro lado a abrazar a su hermana. Era el sueño de años, y al fin se había cumplido. Dorte al fin había encontrado su lugar en la familia, y su hermana Iri al fin podría encontrar el suyo en el bote.