Inauguración
En una galería habitualmente intrascendente de la ciudad de Salamanca, un pintor que llevaba casi 10 años sin presentar obra ha sorprendido a la comunidad artística con 13 cuadros que se anunciaron hace un par de días. La expectativa ha sido tal, que una hora antes de la inauguración el lugar estaba lleno. Los protocolos de protección civil son ignorados, las salidas de emergencia, obstruidas intencionalmente por aquellos que se niegan a esperar unas horas y acudir al día siguiente.
A diferencia de lo que suele verse en estos espacios, el vino para la ceremonia de brindis es de calidad y los bocadillos son costosos, como si se tratara de una exposición colectiva con algunos artistas ya consagrados o cuando menos el aniversario del lugar. Es justo ese tipo de detalles los que hacen que el arte tenga una carga de adrenalina que a muchos fascina, pues siempre da lugar para revanchas. Así se carezca incluso de una derrota o de la humillación previa que sirviera como referencia.Es como Michel Jordan que se inventa enemigos a falta de rivales que le vean a los ojos. Claro, si Jordan fuera un artista que expusiera su obra en Salamanca.
Llegada el momento, el enigmático y bohemio pintor (quien ha envejecido notoriamente), toma el micrófono y dice: "La siguiente es una colección personal de las múltiples maneras de cocinar sopa instantánea".
Se escuchan aplausos y media docena de estudiantes del curso de pintura que se imparte en la galería financiada con el dinero recaudado por señoras chismosas sin juicio estético, pero con una necesidad de justificar ante sus esposos tener que estrenar vestido cada mes, corren los telones dejando a la vista lo que el director y curador de la exposición anunció en los medios como: "un espejo de la civilización occidental, una mirada íntima a nosotros mismos que debe ser apreciada primero con calma y luego con furia".
Seis horas después el lugar es un asco (en otro sentido). En el fervor ocasional al personal de limpieza le ofrecieron un bono como compensación por el doble turno, pero, más de un año después de aquella noche, ya solo uno de los diez empleados tiene la esperanza de cobrar algún día.