01.
—Ven y agárrame, antes de que mate a esa perra. — Park Jimin salió furioso de la tienda de ropa, mientras lágrimas enojadas se reunían en sus ojos.
—¿A quién vas a matar? — Preguntó Baek. No parecía sorprendido por sus palabras.
—Solo ven a buscarme. —Caminó una manzana para poner distancia entre él y su jefa. Lo habría hecho. Si no hubiese salido, podría haber envuelto sus dedos alrededor de su garganta, estrangulándola y quitándole el aire de sus pulmones.
—Estoy en camino, pero dime que pasó. —Dijo su mejor amigo.
—Sabes que he estado teniendo problemas con Sarah. —Sacó su paquete de cigarrillos de su bolsillo delantero y encendió uno. Inhaló profundamente, esperando que la nicotina lo relajara lo suficiente como para no volver a Clothes Posh y cometer un asesinato.
—¿Qué hizo tu jefa esta vez?
—Ni siquiera fumé antes de entrar al trabajo, y tan pronto como entré, ella agitó su mano delante de su nariz y dijo que no podía tenerme trabajando allí con ese olor flotando alrededor de los clientes. —Se volvió y observo la tienda. —Dijo que no podía trabajar hoy, y que tendría que escribirme una nota, y escucha esto. ¡Ella quería dejar constancia de la reprimenda por escrito!
Eso era la gota que derramo el vaso. Desde que había empezado a trabajar allí, uno de sus compañeros de trabajo, Jane, había ido a por él. Era una mujer mayor con una opinión negativa sobre todo.
Una vez le había dicho, que se encontraba en un trabajo sin futuro y que necesitaba hacer algo más con su vida. Pero Jane también trabajaba allí. Entonces, ¿eso no significa que ella también trabajaba en un trabajo sin futuro? Pero seguía corriendo hacia Sarah, quejándose de todo. Dado que Jane había estado en Clothes Posh durante seis años y él había empezado allí hace dos meses, al parecer su palabra era de oro.
Todavía no entendía lo que le había hecho. Se aseguraba de siempre estar de buen humor cuando entraba en el trabajo, incluso cuando tenía ganas de enseñarle el dedo a todos en su lugar sonreía.
—¿Te hizo salir porque olías a cigarrillos? —Baek finalmente sonó sorprendido. —Nunca he oído hablar de nadie haciendo eso. Sin embargo, te lo he estado diciendo desde que empezaste con ese desagradable hábito, que necesitas dejar de fumar.
—¿En serio? ¿Vas a darme un sermón cuando estoy teniendo una crisis? — Se dirigió hacia la taberna local, la necesidad de ahogar sus penas le provocaba sed. —Ese viejo murciélago no debería estar trabajando allí. No puede armar un atuendo aun si su vida dependiera de ello. Quiero decir, vamos, estamos hablando de una tienda de segunda mano. Puedo entender que Sarah y Jane sean exigente sobre que no fume, en alguna tienda de ropa de gama alta. ¿Pero en una de segunda mano?
Llegó al bar, justo cuando Baek se detuvo en la acera junto a él. El neumático delantero del lado del pasajero golpeó el bordillo, rodó sobre el, y luego aterrizó en el suelo, mientras Baek tocaba la bocina y señalaba el asiento del pasajero. —Trae tu culo aquí. No te vas a emborrachar. Son las diez de la mañana. —Dijo Baek al teléfono.
Después de colgar, se metió en el Honda Fit rojo de su mejor amigo. El idiota tenía valor para comprar las cubiertas de los asiento de un rosado difuso al coche, pero tenía que admitir, en tiempos fríos, eran cálidos y cómodos.
—Solo renuncia. —Baek se apartó de la acera.
—Tú puedes decir eso. —Discutió. —Tienes dinero en el banco. No puedo darme el lujo de estar desempleado.
—Te dije que te prestaría, si alguna vez necesitabas dinero. —Baek tomó la esquina demasiado rápido, sus neumáticos chirriando. Se agarró del cinturón de seguridad, estrangulándolo, mientras apretaba los dientes.
Baek era un conductor terrible. Quería conocer a la persona que le había dado la licencia. El necesitaba examinarse la cabeza. Se detuvo ante las luces rojas, como si estuviera esperando una carrera, acelerando el motor mientras golpeaba con los dedos el volante. Hizo una pausa en los letreros de parada y se detuvo tan cerca detrás del auto frente a ellos, que sus parachoques debían haberse tocado.
Pero como él no era dueño de un auto, lidiaba con las horribles habilidades de conducir de Baek.
—Deberías mudarte conmigo. —Sugirió Baek por centésima vez, desde que se había hecho su amigo desde hacía un año.
—Y yo te dije que no iba a estar viviendo de otra persona. Tengo que hacer mi propio camino en el mundo.
—¿Por qué, debido a que tu papá te llamó vago y dijo que estabas desperdiciando tú vida? —Baek resoplaba, mientras apenas presionaba el pedal del freno en la señal de stop y luego continúo. —Eso viene de un alcohólico, que trabaja como asistente, en una gasolinera.
—No todos nos ganamos la lotería. —Discutió. Los padres de Baek lo habían hecho, pero habían explotado sus ganancias tan rápido que se habían escondido de los prestamistas. Lo único bien que había salido de su experiencia, era que su mamá le compró un coche y le dio diez de los grandes.
Diez grandes. Habían obtenido dos millones. Antes de eso, habían vivido en el parque de casas rodantes en el lado oeste de Grizzly Ridge. Baek nunca se había llevado bien con su gente. Su viejo había tratado de arrancarle la vida a golpes, cuando descubrió que su único hijo era gay. Entonces el tipo se había ido y regresado borracho, diciéndoles a sus amigos que tenía una hija en lugar de un hijo.
La madre de Baek había sido la que le había dejado el dinero y le había comprado el coche, jurándole que lo guardara en secreto. Probablemente eso era lo único bueno que había hecho por él.
Su propio padre no era mucho mejor. Todavía vivía en ese mismo parque de casas rodantes, pero al menos tenía un trabajo. Su madre se había ido, cuando tenía seis meses de edad, y su padre había culpado a su hijo por su partida. Bebía como un pez, jugaba la mayor parte de sus ingresos y se acostaba con cualquier zorra que le abriera las piernas.
Y siempre estaba tratando de pedirle prestado el poco dinero que él ganaba.
—No me recuerdes a mis padres perdedores. —Gruñó Baek. Se metió en el estacionamiento de la tienda de videojuegos.
—¿Mi vida se va a la mierda y quieres un nuevo juego? —Suspiró cuando salió y cerró la puerta del coche. —Juro que odio mi vida.
—¿Qué mejor manera de quitarte de la cabeza el matar a alguien, que pasar horas matando zombis? —Baek le revolvió el pelo. —Podemos obtener un poco de tabaco, algunos tentempiés, y drogarnos mientras jugamos. Los zombis se verán mucho más fríos si estamos elevados.
—Sabes que no fumo esa mierda. —Abrió la puerta y entró. Un tipo que parecía como si hubiera retrocedido a a los días hippies estaba detrás del mostrador, tecleando en su tableta. Alguna extraña canción de los años sesenta se reproducía a través de los altavoces detrás de él, y la tienda olía a naftalina.
El trabajador levantó la vista y sonrió. —Bienvenidos, amigos.
Su cinta de pelo tie-dye1 mantuvo su pelo largo y seco en su lugar. Esas gafas al estilo John Lennon, no le hacían ningún favor, y tenía un tatuaje de un signo de la paz en cada muñeca. —Déjenme saber si necesitan ayuda.
—Creo que estamos bien. —Dijo Baek, sonriéndole.
—Fabuloso. —El hippie asintió y volvió a su tableta. Medio esperaba que el tipo comenzara a lanzarle flores.
Baek se dirigió a la sección de PS4 y escaneó las selecciones, pero él no estaba sintiendo esto. No después de la mañana que había tenido. No después de la vida que he tenido.
—Estaré afuera.
Su mejor amigo asintió con la cabeza, pero podía decir que Baek no le estaba prestando atención. Estaba perdido en su propio cielo personal. Lanzo un signo de paz al hippie detrás del mostrador y se dirigió afuera. Los últimos días de otoño estaban frescos, lo que le hizo cerrar su chaqueta mientras se inclinaba contra el coche de Baek y escaneaba sus cuentas de redes sociales en su teléfono.Cuando una puerta de coche se cerró de golpe, levantó los ojos y tuvo que mirar dos veces. ¡Santa mierda! El tipo que había entrado en la gasolinera de al lado, era un sueño húmedo andante. Él se paró en la bomba, sacando su billetera, y envidio a la cartera por estar tan cerca de su culo.
Sus ojos se dirigieron a la tienda adjunta a la bomba y decidió que necesitaba algo, cualquier cosa que lo acercara al dios del sexo. No le importaba si toda la estación tuviera a la venta petróleo. Compraría una maldita caja, si tuviera que hacerlo.
Colocando su teléfono en el bolsillo trasero, entró en el estacionamiento, pasando al extraño sexy que ahora estaba cargando su tanque de gasolina. El hombre no le prestó atención, lo cual fue un poco decepcionante.
Podría haberse detenido y entablar una conversación, pero perdió los nervios y se apresuró a entrar en la estación. El lugar olía a aceite viejo y parecía como si las estanterías no hubiesen sido desempolvadas en una década. No había manera de que el comprara una bolsa de papas fritas o una barra de chocolate.Se decidió por una botella de agua ya que la nevera parecía limpia.
Mientras pagaba por el agua, echó un vistazo por la puerta de cristal. El tipo estaba apoyado en su camioneta marrón, con los brazos cruzados, mirando la bomba. Si no salía y decía algo, perdería la oportunidad de lo que era positivamente un buen sexo.
—Aquí tienes. —El cajero le entregó su cambio. ¿En serio? Le había dado cinco y le había dado dos billetes de uno y cincuenta centavos. La vida solo era demasiado cara.Después de meter el cambio en su bolsillo, abrió la puerta y destapo su agua. Si iba a hablar con el tipo, no necesitaba ahogarse con su garganta seca
Se detuvo a pocos pies del dios del sexo, en el lado opuesto de la bomba, y su mente se quedó completamente en blanco. Abrió la boca y exclamó.
—¿Tienes hora?
El desconocido finalmente lo miró. Tenía más de seis pies de altura, con los ojos grises más bonitos que había visto jamás, en realidad, nunca había visto a nadie con ojos grises antes, y llevaba barba pero no bigote. Eso pudo verse estúpido en la mayoría de los hombres, pero a este tipo le quedaba bien.
El desconocido metió la mano en el bolsillo y saco su teléfono. —Once en punto.
—Gracias. —Se quedó allí, como un completo idiota, buscando algo más que decir que prolongara su conversación, pero no tenía nada. Irritado consigo mismo, se dirigió al coche de Baek y encendió un cigarrillo, tratando de sacar al dios del sexo de su mente.
Cuando se apoyó de nuevo en el coche, miró al extraño y descubrió que este lo miraba directamente. Sus gruesas cejas negras se fruncían y no pudo entender por qué estaba tan confundido. No había hecho nada que lo hiciera mirar tan atentamente.
Aunque disfrutaba de la atención. Se volvió de lado, apoyando la cadera en la puerta del conductor, sobresaliendo ligeramente el culo para darle algo que mirar al chico. Se pasó la mano por su cabello corto, posando como loco y esperando atraer al tipo.Su corazón corrió cuando el desconocido colgó la manguera, volvió a colocar la tapa en el tanque de gasolina y se dirigió hacia él. Quería bombear el brazo y gritar en victoria, pero se obligó a parecer desinteresado, mientras miraba su teléfono.
Cuando el desconocido llegó a él, el tipo se detuvo y ladeó la cabeza hacia un lado. Aguardó expectante a que dijera algo. —Si tienes un teléfono, ¿por qué necesitabas que te dijera la hora?
Atrapado. Sin embargo, nunca había tenido a alguien tan malditamente maravilloso hablando antes con él, y se volvió loco.
—Yo solo... no estaba seguro... —Dejó de sonar como un completo idiota y se encogió de hombros. —No lo sé. —Se confundió completamente, cuando el desconocido se inclinó y lo olfateó. Se echó hacia atrás, preguntándose qué clase de bicho raro era el tipo. —¿Quieres fumar?
El hombre arrugó la nariz. —El hábito te matará.
Puso los ojos en blanco. Como si no hubiera oído eso un millón de veces.
—Entonces, ¿por qué diablos me estás olisqueando? —Se había duchado aquella mañana y el día no estaba lo suficientemente caliente como para hacerle sudar.
Apretó el teléfono con más fuerza, cuando se dio cuenta de lo oscuro que el gris de los ojos del hombre se había vuelto, y que tenía dos puntos gruesos metidos debajo del labio superior, como si sus dientes se hubiesen alargado de algún modo.
¿Qué mierda?
Avanzó hacia él. En pánico, corrió alrededor del coche para poner cierta distancia entre ellos. — ¡Quédate lejos de mí!
Su débil grito, no hizo nada para detenerlo. El tipo se movió alrededor del capó, viniendo directo a por él. Lo esquivó desplazándose hacia atrás, arrojando su cigarrillo a un lado dijo. —Se karate. —Mintió.
—Mío. —El monstruo gruñó.
No valía la pena volverse loco por sexo. Corrió una amplia distancia, dirigiéndose directamente a la puerta de la tienda de juegos, con la esperanza de poder escapar y llamar a la policía, antes de que este loco le pusiera las manos encima.
Por desgracia, Baek estaba saliendo cuando alcanzó la manija. La puerta lo golpeó en la cara. Agarró su cabeza y aulló, cuando dio un saltó hacia atrás.
—Amigo, ¿qué demonios estás haciendo? —Baek se quedó allí, con una mirada perpleja, agarrando su bolsa en su mano. —¿Te has emborrachado mientras estuve allí?
—No—Palpo su frente buscando un chichón, agradecido cuando no encontró uno. —¿Quién abre una maldita puerta, como si estuvieran huyendo de la policía?
Con una sonrisa, Baek levantó su bolsa. —Conseguí un juego impresionante.
Gritó y los ojos de Baek se agrandaron, cuando fue tomado por la cintura, y un dolor explosivo se disparó por encima del hombro y alrededor de su cuello. Luchó por liberarse, cuando Baek golpeo la bolsa contra el tipo que lo tenía atrapado.
—¡Suéltalo, bastardo loco! —Gritó Baek.
Fue liberado un segundo después. Se tambaleó a un lado, giró, y lanzó el puño al alto idiota, sólo para fallar en la mandíbula del tipo. —¿Qué diablos, hombre?—Gritó, mientras se pasaba la mano por la herida. —¿Quién va mordiendo a la gente?
—Llamaré a la policía. —Baek sacó el teléfono, pero el desconocido se lo quitó de la mano. El tipo lo agarró por el brazo y lo arrastró hacia su camioneta.
Mientras luchaba por liberarse, Baek le dio una patada y un puñetazo al desconocido. —¡Dejalo ir!
De repente, estaba libre. No esperaba ser puesto en libertad. Había estado retrocediendo, tratando de soltar su brazo. El impulso hacia atrás lo hizo caer sobre su trasero. Baek trató de luchar contra el extraño, mientras él se ponía de pie.
—¿Eres una especie de enfermo mental? —Exclamó. —Será mejor que no tengas rabia.
Otro coche se detuvo en la estación. Un tipo salió y hecho un vistazo.
—¿Todo está bien?
—No. —Gritó. —Este idiota está intentando secuestrarme.
El desconocido que lo había atacado, se dirigió hacia las bombas. Miró en su dirección, con los ojos aún oscuros, los dientes aún largos, antes de subir a su camioneta y despegar, sus neumáticos chirriaban, mientras golpeaba la carretera principal y se largaba.
—Amigo, ¿qué demonios estabas haciendo aquí, mientras estaba dentro? — Preguntó Baek, recogiendo su bolsa del suelo. —¿No te he advertido acerca de tomar dulces de extraños?
Estaba allí temblando como loco, mirando el camino por el que el hombre había desaparecido, y se preguntó qué demonios había sucedido.