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La nieve caía incesante cubriendo los árboles desnudos con un manto blanco y helador.
Park Jimin se estiró bien el gorro de lana para que le tapara las orejas e intentó no dejarse acobardar por la gélida ventisca que le golpeaba el rostro, que era lo único que quedaba al aire por encima de la bufanda. Salió del coche a la vez que hacía un tremendo esfuerzo por apartar de su cabeza una incómoda sensación de preocupación, y se dirigió a la carretera, totalmente desierta. Estaba a dos horas de Minneapolis... y a solo treinta y cinco kilómetros de la pequeña ciudad a la que tanto deseaba volver.
Pero parecía que no era eso lo que le deparaba el destino.
Apenas acababa de empezar el mes de noviembre y sin embargo el viento de aquella fría mañana le golpeaba en la cara como una multitud de alfileres.
«Las bengalas. Utiliza las bengalas».
A duras penas consiguió avanzar por la nieve hasta poder abrir el maletero del coche. No podía dejar de maldecir al hombre del tiempo por haber errado tanto en sus previsiones, y a su teléfono móvil por haberse quedado sin batería. Y, mientras encendía las bengalas sobre la nieve, maldijo el coche que, según le había asegurado su marido, se encontraba en perfectas condiciones.
Claro que eso había ocurrido hacía siete meses, antes de que Rick lo abandonara para recuperar la libertad que le había proporcionado el divorcio. Antes de haberse emborrachado aquella noche y haberse estrellado contra un poste de teléfonos en el accidente que lo mató.
El escalofrío que recorrió el cuerpo de Jimin no tenía nada que ver esa vez con el frío invernal. Su marido ya no estaba. Sabía que le había querido, pero también sabía que no deseaba al hijo que crecía dentro de el, y cuanto antes dejara de torturarse con aquel pensamiento, mejor. Había decidido volver a Fielding, al hogar donde comenzaría una nueva vida con el nuevo año. Y desde luego no iba a permitir que se lo impidiera una tormenta de hielo.
Justo entonces notó unos pinchazos en el vientre que ya le resultaban familiares; decidió volver a refugiarse en el coche, que estaba solo a unos grados por encima de la temperatura exterior pero que al menos lo protegía del viento. Jimin agradeció que funcionara la batería porque así podría poner la calefacción y entrar en calor. Eso sí, tenía que ser consciente de que solo se podría permitir disfrutar del lujo del calor durante unos segundos, ya que no sabía cuánto tiempo iba a tener que estar allí. De cualquier manera, lo que tenía muy claro era que iba a seguir luchando para que no le pasara nada a su pequeño.
«No te preocupes, cariño. No voy a dejar que te ocurra nada», susurró acariciándose el vientre mientras veía cómo se encendían las bengalas, levantando un montón de nieve y cubriendo parte del coche.
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Jeon Jungkook echó un vistazo a través de los cristales tintados del coche que lo llevaba a casa desde el aeropuerto. Era como trasladarse en un refugio móvil que se deslizaba a través del viento que rugía con fuerza a su paso.
Solo unas horas antes había estado disfrutando del sol de Los Angeles... del sol y de la jugosa oferta de compra que le había hecho una empresa californiana para adquirir su prototipo de software dirigido con la voz. Seguía resultándole curioso que los altos directivos de las empresas no supieran cómo tratarlo; habían oído rumores que decían que era una especie de ermitaño o de genio misterioso. Esa vez había dejado la cálida California con un estupendo trato bajo el brazo y había regresado a aquel desagradable clima. Sentía gran aprecio por Minnesota, pero a veces le resultaba muy difícil acostumbrarse a las pocas horas de sol y al frío, por mucho que le gustara la tranquilidad de los inviernos. El problema era que, en días como aquel, cuando antes de las cinco de la tarde ya era casi de noche, tenía que hacer un tremendo esfuerzo por recordar las cosas buenas.
Y fue en mitad de la tenue luz natural que vio un débil resplandor naranja sobre la nieve. A pocos metros, en el arcén de la carretera y en medio del silencio sepulcral, había algo parecido a un iglú con ventanas de coche y matrícula de Illinois.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Jungkook alarmado.
—Parece un coche abandonado —respondió el conductor sin concederle demasiada importancia.
Pero no podía pasar de largo sin asegurarse de que efectivamente estaba abandonado.
—Para.
El coche se detuvo a pocos metros del enorme bulto de nieve, y Jungkook salió inmediatamente sin pensar siquiera en la pierna que lo obligaba a cojear y que normalmente le ocasionaba tanto dolor; un dolor que ahora no podía notar porque estaba demasiado concentrado en ver si había alguien atrapado allá abajo.
Se le cortó la respiración al ver a través del cristal que en el asiento delantero había un omega tapado de pies a cabeza. Parecía dormido, y Jungkook deseó con todas sus fuerzas que estuviera dormido y no.
—¡Hola! ¿Me oye? —le gritó golpeando la ventana, pero el no contestó.
Abrió la puerta y le puso la mano en el cuello, bajo la bufanda. Sí, tenía pulso. Por fin se movió ligeramente y abrió los ojos, unos ojos azules que lo miraron fijamente provocándole un fuerte escalofrío. Jungkook tuvo la sensación de haber visto aquellos ojos antes.
—Me has encontrado —dijo el en un susurro.
Esa voz. Sonaba ronca pero estaba seguro de que conocía aquella voz.
Un golpe de viento en la espalda le recordó que no era el momento de hacer preguntas, tenía que sacarlo de allí inmediatamente y llevarlo a un lugar seguro.
Pero, ¿dónde? El hospital estaba a más de cincuenta kilómetros. Demasiado lejos.
—La calefacción dejó de funcionar hace... más de media hora —explicó el muy despacio y en voz baja—. He debido de quedarme dormido.
—Ha tenido muchísima suerte —le dijo Jungkook mientras lo ayudaba a salir del coche—. Media hora más y... —«este coche se habría convertido en una gélida tumba», prefirió no terminar la frase en alto.
El viento lo golpeó aún con más fuerza cuando se quitó el abrigó para abrigarlo a el.
—No se preocupe, enseguida se encontrará mejor —lo tranquilizó con dulzura.
—Lo sé —susurró el.
Jungkook lo levantó en brazos y lo llevó hasta su coche, donde el conductor los esperaba con la puerta abierta.
—Sube la calefacción al máximo y vamos a casa lo más rápido posible.
—Sí, señor.
Una vez estuvieron en marcha, Jungkook le quitó las botas y le frotó los pies casi congelados.
—Qué maravilla —dijo el—. Aunque me hace un poco de cosquillas, es una maravilla.
Cuando sus pies hubieron entrado en calor, también le quitó los guantes y le masajeó las diminutas manos. Después le estrechó entre sus brazos y le abrazó con fuerza para intentar que le subiera la temperatura hasta la normalidad.
—¿Cuánto tiempo llevaba allí?
El omega dejó caer la cabeza sobre su hombro y respondió con un débil susurro.— Desde las diez de la mañana: Cinco horas.
—Relájese, ahora está a salvo— le aseguró Jungkook mientras pensaba con preocupación la suerte que había tenido de sobrevivir tantas horas. Sabía que se iba a poner bien, pero el evidente bulto que se le notaba debajo del abrigo complicaba las cosas un poco más. —¿Cuándo tiene que dar a luz?
El levantó la cara para mirarlo a los ojos. —Dentro de un mes.
Jungkook apretó los dientes. ¿Qué idiota dejaría solo a su omega embarazado y en mitad de aquella terrible tormenta? Bueno, seguro que no tardaría en enterarse.
Le retiró la bufanda con suavidad; con las prisas no se había detenido a observar su
cara, solo aquellos ojos que le resultaban tan familiares. Lo que vio al descubrirle el rostro le provocó un escalofrío: rizos de pelo rubio enmarcando unas facciones suaves. Volvió a tener el pálpito de que conocía a aquel omega, pero no lo comprendía porque apenas conocía a nadie por los alrededores y casi no iba a la ciudad.
—Gracias —murmuró el al tiempo que volvía a reposar la cabeza en su hombro—. Gracias por rescatarme, Jungkook.
La última palabra lo dejó helado e hizo que su mente se pusiera a trabajar a toda prisa buscando la respuesta a aquel misterio. Y no tardó en encontrarla.
Allí a su lado, descansaba el chico... no, el omega, el único omega con el que tenía una deuda. Una deuda que debería haber satisfecho hacía ya mucho tiempo.
Sacó su teléfono móvil y lo acercó a su boca.
—Doctor Pinta.
El teléfono marcó automáticamente el número del médico que había tratado a tres generaciones de Fielding y al que Jungkook consideraba un verdadero amigo.
—Thomas, te necesito.
En la cabeza de Jimin aparecían confusas imágenes de tazas de chocolate caliente, mantas eléctricas y de su amor de juventud, como un caballero andante, rescatándolo de una especie de dragón blanco que escupía hielo en lugar de fuego. Era una sensación agradable solo interrumpido por los desagradables pinchazos que sentía en las manos y en los pies.
—¿Jimin? Jimin, tienes que despertarte.
Aquella voz tan paternal lo obligó a abrir los ojos y comprobar que estaba completamente vestido y cubierto por varias mantas, en una habitación que no reconocía.
Echó un vistazo a su alrededor. A su lado había un alfa de pelo gris y ojos amables que reconoció al instante. El doctor Pinta lo miró con dulzura.
—Bueno, nos alegramos mucho de verte despierto. ¿Qué tal te encuentras?
De pronto se le llenó la mente de preguntas y no tardó en hacer la más importante: —¿El bebé?
—Está bien, tranquilo, y tú también estás bien —le respondió sonriendo—. Tuviste muy buena idea al encender esas bengalas.
Jimin se llevó las manos al vientre y suspiró aliviado.
—Ha faltado poco, gracias a Dios que alguien te encontró —añadió el médico mirando a su espalda.
Jimin siguió su mirada y así descubrió a un alfa sentado en una enorme silla con tapicería de terciopelo verde. Algo se estremeció dentro de el al darse cuenta de que el caballero andante de su sueño no había sido una visión sino una realidad.
Entonces empezó a recordar vagamente cómo alguien lo había sacado del coche y lo
había llevado a otro donde se había quedado dormido apoyado en un pecho fuerte y cálido. El caballero lo miró con aquellos ojos grises que destacaban en contraste con el pelo negro.
—Hola, Mimi.
Solo dos hombres le habían llamado así. Su padre Bogum, que había fallecido hacía casi quince años, y el muchacho de dieciséis años que había llegado a su casa después de huir de un hogar infantil.
A pesar de haber tenido solo trece años, Jimin había sabido desde el primer momento que amaba a aquel chico de naturaleza salvaje y mente despierta. Lo amaba todo de él, incluyendo la cojera que había provocado no pocas burlas de los otros muchachos de la ciudad. Pero lo había perdido después de la muerte de su padre, cuando se marchó de Fielding porque Jimin se había ido a vivir con su tía y no lo había podido acoger también a él.
Jeon Jungkook.
El rebelde marginado que se había convertido en un genio incomprendido. No le había perdido la pista; incluso había llegado a considerar la posibilidad de ponerse en contacto con él cuando leyó tres años atrás que había regresado a Fielding. Pero entonces el estaba casado y vivía en Chicago intentando salvar su matrimonio, intentando averiguar el motivo por el que su marido había perdido todo el interés por el desde el momento que habían dado el «Si, quiero».
—Muchas gracias, Jungkook —le dijo con una sincera sonrisa.
—No ha sido nada.
—Nos has salvado la vida a mí y a mi bebé, a mí no me parece que no sea nada.
—Me alegro de haber estado allí.
Era obvio que seguía sin aceptar los cumplidos.
—Yo también me alegro. Pensaba que estaba soñando cuando abrí los ojos y te vi. Hace tantos años...
La mirada sombría de Jungkook se detuvo unos segundos en su vientre antes de contestar.
—Sí, muchos.
Tenía la voz profunda pero amable, aquello le recordó el muchacho brusco que jamás había demostrado la más mínima brusquedad con el. Jimin sonrió al pensar que aquel era el chico al que le habría gustado dar su primer beso... y entregarle su corazón. Se había convertido en un alfa aún más guapo, pero los ojos que antes
habían reflejado enfado y confusión ahora brillaban con tremenda frialdad.
El sabía algunas de las cosas que lo habían hecho sufrir en el pasado, pero estaba claro que lo que le había ocurrido desde que se marchó de Fielding lo había dejado aún más herido. Jimin no pudo evitar preguntarse qué le habría pasado.
—¿Hay alguien a quien podamos llamar? —le preguntó el médico poniendo su mano sobre la de el.
—No.
—¿Y tu marido? —sugirió Jungkook con dureza.
Jimin retiró la mirada con una repentina sensación de agotamiento. —Murió hace siete meses.
—Lo siento muchísimo— susurró el doctor Pinta—. ¿Y no hay nadie esperándote en
Fielding?
Cuando se casó con Rick cuatro años antes, él insistió en que cortara la relación con la gente de Fielding. Aquello le había roto el corazón, pero le había hecho caso con la esperanza de que aquello ayudara a salvar su matrimonio. Desde que había decidido regresar, se preguntaba qué lo esperaría al llegar allí, cómo lo recibirían sus viejos amigos.
—No. Me voy a quedar en el hotel una semana más o menos, hasta que consiga volver a poner en marcha la tienda de mi padre —les explicó sin mirarlos a ninguno de los dos—. Tengo la intención de convertirla en una pastelería —por fin miró al doctor Pinta y se dio cuenta de que iba a tener que dar alguna explicación más—. Viviré en el apartamento que hay encima de la tienda. Es el sitio perfecto para el niño y para mí, o lo será cuando lo haya limpiado bien.
—Será un placer tenerte de vuelta, querido. Y será estupendo tener una pastelería en la ciudad. ¿Vas a vender esos pastelitos de canela que solías hacer? —le preguntó el doctor con una risita casi infantil al que el respondió asintiendo con una sonrisa.
—¿Cuándo cree que podré...?
—Creo que por el momento deberías quedarte donde estás —le interrumpió Jungkook antes de que pudiera terminar la pregunta.
—Estoy de acuerdo —asintió el médico justo en el momento en el que le sonó el busca—. Vaya, parece que es el día de las urgencias —dijo poniéndose en pie a toda prisa mientras terminaba de leer el mensaje—. La señora Dalton ha tenido un pequeño accidente.
—Espero que esté bien —dijo Jimin, algo confundido por todo lo ocurrido.
—Lo siento mucho, pero tengo que irme y no creo que pueda volver hoy; la casa de los Dalton está demasiado lejos.
—No te preocupes, Thomas, yo me encargo de el —intervino Jungkook, y esa simple promesa hizo que a Jimin le diera un vuelco el corazón.
—No quiero causar ninguna molestia —dijo el inmediatamente—. Yo puedo irme ahora mismo. El hotel está justo...
—No, no —interrumpió el médico—. Ahora nieva menos, pero sigue haciendo muchísimo frío. No debes moverte en tu estado.
—Te quedarás aquí —afirmó Jungkook amablemente—. Yo puedo dormir en la habitación de invitados.
Fue entonces cuando Jimin volvió a mirar a su alrededor y reconoció multitud de objetos: el reloj de plata que su padre le había regalado a Jungkook en su decimosexto cumpleaños, pinturas aborígenes decorando las paredes, un libro sobre energía solar.
Estaba en su habitación, en su cama.
Se le aceleró el pulso y notó un sudor frío recorriéndole el cuerpo. Estaba claro que le habían afectado las horas que había pasado en mitad de la tormenta, porque no era normal que tuviera la sensación de volver a experimentar todo lo que Jeon Jungkook solía provocar en el cuando no era mas que un adolescente enamorado. Se recordó que estaba en Fielding para empezar una nueva vida, no para volver a los sueños del pasado.
—De verdad, no puedo quedarme aquí —insistió de nuevo con voz temblorosa. No podía dormir en su cama, arropado con sus sábanas, que estaban impregnadas de su olor—. Tengo que ir al hotel, estoy esperando a los de la empresa de limpieza que van a ayudarme con la tienda...
—No te preocupes por eso, con este tiempo no van a poder llegar —le aseguró el doctor Pinta—. Lo que tienes que hacer es relajarte. Esta noche no estás en condiciones de enfrentarte a nada. Al bebé no le vendría bien — añadió al tiempo que se volvía hacia Jungkook—. Si necesitas algo, llámame.
—No lo dudes —respondió él.
—Ahora descansa, Jimin —dijo antes de salir de la habitación.
Se sintió inquieto al quedarse a solas en la habitación con el objeto de sus sueños de adolescencia. Iba vestido todo de negro, sencillo pero muy elegante; se acercó a la cama con una cojera más pronunciada de lo que el recordaba. Lo cierto era que esa pequeña limitación no le restaba ninguna fuerza a su imponente aspecto.
De cerca era aún más guapo que en sus recuerdos. Ojos gris oscuro, piel aceitunada... casi le cortaba la respiración. Era obvio que su impedimento físico no había sido obstáculo para mantenerse en forma porque tenía cuerpo increíble.
—Te agradezco enormemente que me ofrezcas tu casa de este modo —le dijo con cierta timidez—. Te prometo que no seré ninguna molestia.
Jungkook apretó la mandíbula con fuerza.
—Mimi, hace quince años tu padre y tú me ofrecisteis vuestra casa y me trataron como si fuera de la familia. Es una deuda que nunca he olvidado y que tengo intención de saldar —añadió con una tenue sonrisa que no parecía muy habitual en él—. Me alegro de que estés aquí y puedes quedarte todo el tiempo que sea necesario.
El corazón de Jimin empezó a derretirse como el hielo bajo el sol, pero se negó a dejarse llevar por la cálida sensación. Había dejado muy claro que lo ayudaba sólo porque creía que se lo debía por lo que su padre había hecho por él.
—Gracias —le dijo con una tranquilidad que no sentía—. Es muy generoso por tu parte, pero no me debes nada. Solo me quedaré esta noche...
—Eso ya se verá —lo interrumpió enseguida—. Todo depende de lo que diga mañana el médico.
En ese momento sintió una dolorosa punzada en el bajo vientre que se había hecho
demasiado habitual en los últimos días. Estaba claro que su pequeño ya tenía ganas de ver el mundo. «Y papi también se muere de ganas de verte, pero dame un poco más de tiempo».
—Está bien, Jungkook —respondió, demasiado cansado para rebatirle—. Pero no quiero echarte de tu dormitorio, así que déjame que me vaya yo a la habitación de invitados, eso no me costará ningún trabajo.
—No hay ninguna necesidad —le dijo mirándolo detenidamente—. Pareces estar muy a gusto en mi cama.
Jimin abrió los ojos de par en par al tiempo que notaba cómo reaccionaban sus pezones. «Una noche. Solo una noche».
—Relájate mientras yo bajo por algo de cena. ¿Qué te parece un poco de sopa?
—Perfecto —respondió, agradecido porque fuera a dejarlo solo unos minutos durante los que podría recuperar el aliento.
—El ama de llaves solo viene durante la semana, así que me temo que hasta mañana tendremos que conformarnos con lo que yo cocine. ¿Necesitas algo más?
—Un poco de sol no me vendría nada mal —bromeó el.
Antes de salir, Jungkook pronunció en voz alta la palabra «cortinas», y entonces Jimin observó boquiabierto cómo aparecía un ventanal que abarcaba toda la pared de enfrente de la cama. Al otro lado de esa enorme ventana se extendía el paisaje nevado, salpicado de árboles desnudos iluminados por el atardecer invernal, que era una verdadera delicia para cualquiera que apreciara el clima del medio oeste estadounidense.
Con una sola palabra, Jimin había presenciado con sus propios ojos de dónde venía toda la fama de Jeon Jungkook.
—Impresionante —le dijo antes de que saliera de la habitación.
—En realidad es bastante sencillo —respondió él quitándose importancia.
—No para alguien que ni siquiera sabe programar un vídeo.
—Bueno, yo no sé hacer pastelitos de canela. Eso sí que es impresionante para mí — añadió mirándolo fijamente.
—Me alegro mucho de volver a verte —admitió Jimin cuando él ya estaba dándole la espalda.
—Yo también, Mimi —respondió él sin volverse a mirarlo.
Se quedó solo y, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea, se preguntó por qué se sentía tan a salvo en aquel lugar. En lo que la prensa denominaba como el refugio del genio. Una casa de cristal en mitad de un terreno de quince hectáreas de bosque a varios kilómetros del pueblo más cercano. También había leído que Jungkook era un verdadero misterio para el público; nadie sabía casi nada del alfa que a los
treinta y un años había cosechado un tremendo éxito con su avanzada tecnología.
Construía casas inteligentes que respondían a órdenes habladas y, a diferencia de las otras celebridades de su campo, no parecía tener el menor interés por la fama. Se decía que no tenía familia, solo unos pocos amigos y seguramente una herida terrible del pasado que se reflejaba en su cojera, sobre la que se había especulado enormemente.
Pero Jimin conocía la verdad que todos esos periodistas ignoraban. el sabía que sus padres lo habían abandonado a causa de un defecto que no podía controlar, y lo habían dejado en un hogar infantil. También sabía cómo le habían tratado sus compañeros solo por el hecho de ser diferente.
A pesar de su aparente éxito, el creía que huir y esconderse de todo no era manera de vivir.
Quizá fuera el instinto paternal que tenía tan a flor de piel en aquellos momentos, pero sentía un enorme impulso de ayudarlo, quería sacarlo del refugio que lo mantenía alejado del mundo. El problema era que si se acercaba demasiado a él, corría el riesgo de volver a quedar atrapado en los sentimientos que tanto le habían hecho sufrir en la adolescencia.
Claro que tampoco importaba mucho lo que el sintiera, porque Jungkook lo veía simplemente como una deuda que tenía que pagar. «Por no mencionar que estoy embarazado de ocho meses y que parezco una verdadera pelota».
Así pues, lo único que podía hacer era concentrarse en la vida que crecía dentro de el, en la pastelería que iba a abrir y en crear un hogar donde criar a su hijo. Todo lo demás tendría que descansar para siempre en el pasado.
Sin embargo, descansar era lo último que iba a poder hacer mientras estuviera bajo el mismo techo que el guapo e inquietante Jeon Jungkook.
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Empezamos de nuevo porque no había guardado una copia de esta adaptación :)