Capítulo 1 (I)
El porche de la casa, las campanillas de viento comenzaron a sonar. Jimin acababa de cerrar un libro y había apagado la luz del velador. Mientras escuchaba atentamente el sonido metálico, tuvo una perturbadora intuición. Se había acostumbrado a que cualquier alteración de la normalidad podría ser una señal de peligro, aunque no fuera demasiado evidente.
A las once de la noche, cuando llevo al perro a dar el último paseo del día, no había ni una pizca de viento. El aire estaba fresco y calmado y olía a primavera. Prendió el televisor para que la luz de la pantalla iluminara un poco la habitación. Entonces, se levantó y caminó hacia el pasillo, atento a los ruidos y listo para entrar en acción. Afuera, los tubos metálicos de las campanillas se golpeaban con más fuerza.
“Tontos”, pensó, mientras su corazón latía a toda velocidad. Había identificado la causa del viento.
Shadow comenzó a gruñir. El tiempo parecía detenerse por momentos. Habían venido a buscarlos, a él y a su hijo y aunque lo había estado esperando, no dejaba de producirle miedo. Cuatro horas antes, había acompañado a JungHwa a la cama y le había leído uno de los libros de Harry Potter hasta que se durmió. Ahora tendría que despertarlo porque debían salir rápidamente de allí.
La vez anterior habían escapado de milagro con la ayuda de los agentes del programa de protección de testigos del FBI que estaban vigilando la casa. Pero Yoongi había vuelto a encontrarlos y esta vez estaban librados a su suerte.
Si no fuera por que estaba asustado, el asunto de las campanillas le hubiera parecido gracioso. Le sorprendió que un tipo astuto y mañoso como su ex marido, habituado a manejar los más complejos armamentos militares, no hubiera encontrado a alguien lo suficientemente cuidadoso para pensar en un detalle tan insignificante. ¡Gracias a Dios!. Y al viento, por la advertencia. Al parecer, Yoongi había olvidado lo bien que lo había entrenado para tomar precauciones que podrían considerarse casi paranoicas. Esa habilidad ganada con tanto esfuerzo se había vuelto en contra de él, porque ahora él sabía reconocer las señales de peligro.
Sin embargo, estar prevenido no le servía de mucho si no actuaba de manera inmediata. Ya era tarde para llegar a la camioneta y aun cuando lo lograran, serían un blanco fácil para el helicóptero, que seguramente estaba equipado con armas. Tampoco había tiempo para llegar al refugio del sótano. Los hombres de Yoongi ya debían estar en tierra.
Lo único que podía hacer era activar los mecanismos de seguridad que él mismo había preparado, aunque no fueran muy sofisticados. Shadow, su aliado incondicional, seguía gruñendo porque había percibido el peligro y esperaba que su dueño le diera alguna orden.
-¡Arriba, vagos! Nos Vamos. - El grito resonó por las paredes del antiguo depósito de los matones de Min Yoongi utilizaban como cuartel general.
Parece que esta será la noche, pensó. En un instante, sintió la adrenalina corriendo por sus venas. Después de meses entrenando, había llegado la hora de ir tras Park Jimin y su hijo.
Por fin tendrían la evidencia que necesitaban para poner a Min Yoongi tras las rejas. Por Fin.
Jeon Jungkook oyó a los hombres discutiendo del otro lado de la puerta. La tensión casi podía palparse en el aire. Con un movimiento imperceptible, apoyó las manos sobre el teclado del notebook e hizo clic en “Enviar”. Cuando Leo -el supuesto líder del grupo- entró en la habitación, la pantalla había vuelto a la página principal de un sitio porno. Jungkook despreciaba tanto a Leo que ignoro la irrupción.
- ¡ Eh HyunShik! Tú siempre masturbándote frente al portátil - gruño Leo, echando una mirada al notebook.
Jungkook se recostó un poco y observó detenidamente al hombre que lo había llamado HyunShik . El correo que acababa de enviar a su colega del FBI podría terminar con la carrera delincuencial de este individuo. Y, hasta con su vida, si no se rendía cuando cayera en la trampa. Ese conforme pensamiento lo ayudó a mantener la calma.
-Tú también deberías probar, Leo - replicó Jungkook - Quien sabe podría suavizar tu mal carácter.
- ¡Cierra el pico, niño bonito! Podrás impresionar al jefe con tu cháchara de sabelotodo, pero a mi no me engañas. Saca el trasero del catre que nos vamos. - Jungkook guardo la computadora y se levantó. En menos de dos minutos quedaría inutilizada porque había borrado el disco duro. Vestido con un pantalón negro, camisa negra y botas, comenzó a hacer estiramientos para aflojar la columna y los músculos acalambrados de los hombros. Leo lo miraba en silencio pero visiblemente incómodo, por lo que no pudo evitar una sonrisa burlona.
Aprovechando su gran contextura física, JungKook se dejó caer hacia adelante para intimidar al otro hombre, que era más bajo. Leo dio un respingo y se echó hacia atrás, apenas un paso, pero suficiente para delatarlo. La sonrisa burlona se torno un gesto mordaz. Aunque la disparidad de fuerza era evidente , necesitaba restregársela en la cara.
- Ya que tu las prefieres flaquitas y con poco busto, supongo que esa.... - dijo Jungkook señalando a la mujer robusta, de voluptuosos pechos, que aparecía en la pantalla - es demasiado para ti. - Una de las tantas razones porque odiaba a Leo era su predilección por las niñas pequeñas. Estaba ansioso de ver la cara de horror que pondría cuando descubriera para quien trabajaba su Némesis...... ¡Que placer!
-¡Por qué no te mueres, HyunShik!- gruñó Leo. La reacción ha sido algo débil, en realidad. Jungkook sonrió con disimulo.
- Lo mismo digo Leo. En el infierno hay un lugar esperándote. - JungKook había aprendido que no era correcto desearle la muerte a nadie pero, Dios, como lo deseaba. La imagen en su mente era tan gratificante que le arrancó una sonrisa de oreja a oreja.
-Deja de perder el tiempo y muévete de una vez. Nos esperan en el muelle en menos de quince minutos - fanfarroneo, tratando de disimular la intempestiva salida. Mirando su reloj, agregó - ¡Comenzando ya!
-De acuerdo - contestó Jungkook, sin moverse. Leo salió pisando fuerte, pero nunca le dio realmente la espalda. Jungkook sacudió la cabeza. Esa muestra de cobardía, unida al portazo que vino después, le provocó una confusa sensación de alegría y disgusto.
En lo que a operaciones encubiertas se refería, no había mejor agente que él, porque la muerte lo tenía sin cuidado. El psiquiatra del FBI lo llamaba “El deseo de morir”, pero Jungkook no quería morir tenía una cantidad de deudas kármicas que pagar. Si acaso muriese en el cumplimiento del deber, muchas de ellas quedarían saldadas. Así que, si ese fuera finalmente su destino, estaba dispuesto a aceptarlo.
Lo único que lamentaba es que ese juego de provocar a matones repugnantes y lastimeros como Leo fuera tan sencillo. Cada año que pasaba resultaba más fácil, así que como forma de entretenimiento, dejaba mucho que desear. En algún momento, recordaba, le había preocupado lo mucho que disfrutaba de ello, aunque también era cierto que uno de estos días podría resultar mortal.
Dejó de lado esos pensamientos y se puso a trabajar. De varios estantes saco unos cuchillos, un alambre delgado y varias cajas pequeñas que contenían herramientas diminutas. De debajo del catre, un cuchillo Bowie de hoja larga y afilada. Cinco minutos después estaban en el área de carga con otros tres hombres, que iban armados y vestían de negro igual que el. Los cuatro llevaban anteojos de visión nocturna. JungKook hubiera apostado su vida a que ninguno de sus compañeros imaginaba lo bien equipado que estaba. Enseguida subieron a una hummer todo terreno, lustroso y oscuro como la noche, que llegó a buscarlos.
- ¿Esta vez va en serio, Leo? - preguntó uno de los hombres. Habían estado practicando todo tipo de maniobras militares para cuando llegara este día. El ” Gran Jefe” quería recuperar a su hijo y no había margen para errores.
- Sí. Si HyunShik hace bien su trabajo y recupera al niño. Ahora cierra el pico que estoy manejando.
Jungkook se cruzó de brazos y se acomodo en el asiento mientras su mente trabajaba a todo vapor. Como parte del grupo de asesinos mercenarios de Min Yoongi, le habían asignado la tarea de recuperar a Min JungHwa. Para Jungkook, esa misión representaba la culminación de tres años de trabajo para el FBI como agente encubierto. Sin embargo no dejaba de pensar en todas las cosas que podrían salir mal. Que Hoseok, su contacto en el FBI, no recibiera el mensaje a tiempo para sacar a Jimin y JungHwa de la casa. O que alguno de sus compañeros de grupo cometerían un error grave y mataran a los señuelos o incluso a Park Jimin y al niño antes de que el pudiera entrar en la casa. Esos hombres lo matarían si sospecharan que era un impostor. Si alguna otra cosa saliera mal, Jimin -si sobreviviera- o incluso la policía podría dispararle por equivocación.
En realidad, su verdadera misión consiste en evitar que Min Yoongi -asesino, zar de la droga y jefe de la mafia- recuperara las dos cosas que más deseaba en su vida: su esposo, al que prefería muerto y a su único hijo. Con gran estruendo, el vehículo avanzó sobre el muelle donde estaba anclado un carguero. Jungkook alcanzo a ver que la tenue vibración del casco se transmitía a las sogas de amarre, señal de que el motor estaba en marcha. Sin duda, el barco se largaría de allí no bien ellos hubieran partido. Sin el barco, no habría preguntas ni tampoco evidencias, una estrategia que llevaba el sello de Min Yoongi.
- ¡Diablos! - exclamó el hombre que estaba a su lado, inclinándose un poco para ver mejor. JungKook miro en esa dirección y se llevó la primera sorpresa desagradable de la noche. El estómago le dio un vuelco al ver un flamante helicóptero militar posado sobre el muelle. La silueta amenazadoramente hermosa del aparato se dibujaba bajo la luz. Nadie -ni él ni su organización- había previsto esa posibilidad. La misión estaba condenada al fracaso.
- Cuando dijo que nos tenía una sorpresa, jamás pensé que sería un helicóptero - dijo el matón que tenía enfrente - Es típico de Yoongi.
- Muévete, HyunShik - dijo su compañero de asiento, dándole un codazo. Jungkook se maldijo por pescar in fraganti como un novato. Idiota.
- Cálmate - le dijo, devolviéndole el codazo mientras miraba atento a su alrededor - Si bajas a los apurones, puedes ligarte un disparo antes de llegar al helicóptero.
-Tu que sabes -dijo alguien desde atrás, con una risita que sonó casi infantil. Su compañero hizo una mueca.
-Basta ya - exclamó. Sus palabras interrumpieron la precipitada intervención del otro. Jungkook noto que su compañero se había puesto tenso, pero no hizo más comentarios.
El hombre del asiento de atrás, al que todos llamaban El “cargoso”, comenzó a cantar “Las reglas de Min... Las reglas de Min....”, como si fuera la letra de una inexistente melodía. Mientras tanto Jungkook exploraba atentamente los alrededores.
Cuando Leo abrió la puerta del vehículo y saltó al piso, el monótono sonido cesó abruptamente. Jungkook lanzó un suspiro y se aflojo. El tipo de atrás era un genio para desactivar alarmas. Aunque estaba literalmente loco, no había perdido ni la rapidez mental ni la capacidad de memorizar los circuitos de cualquier alarma, por complicados que fueran. De hecho, no había sistema que no pudiera descifrar.
El extraño canto comenzó otra vez. El “cargoso” era un ferviente admirador de Yoongi y por eso se había tatuado el nombre del rey de la droga en el antebrazo. En los momentos más inesperados, Jungkook lo había pescado acariciando el tatuaje y murmurando que haría cualquier cosa por él, una y otra vez. Cada vez se acordaba, le daban escalofríos.
-¡Maldita rata! - dijo su compañero de asiento, poniendo en palabras sus pensamientos. Si no hubiera sido por su habilidad con las alarmas, no seguiría vivo.
Su incesante parloteo podía sacar de quicio a cualquiera, especialmente cuando pasaban los días encerrados entre cuatro paredes. Estos últimos meses, la tensión había llegado a tal punto que todos querían verlo muerto. Leo regresó y abrió la puerta del todo terreno.
- Muévanse -ordenó- No hay tiempo que perder.
Jungkook saltó del asiento al piso y enseguida sintió la vibración de los motores debajo de la suela de sus botas. Impulsadas por el viento, las olas golpeaban contra los pilotes del muelle, haciendo más penetrante el aroma salobre del mar. La fuerte brisa le alborotaba el pelo y entonces recordó ponerse el pasamontañas que guardaba en el bolsillo. Vio que los otros hacían lo mismo mientras se dirigían hacia la escalerilla del aparato.
-Llegó la hora - dijo Leo al capitán, mientras guiaba al grupo a través del muelle. En pocos minutos, habían subido a bordo. El piloto encendió los motores y despego.
El objetivo estaba a unos trescientos kilómetros tierra adentro. Primero, bordearían las costas más oriental de Carolina del Norte y luego se desplazarían un poco más al oeste y volarían sobre los pueblos menos habitado para evitar el radar de la estación aérea de Cherry Hill. Finalmente, tomarían hacia el norte hasta cruzar la frontera de Virginia e internarse en el corazón del estado, fuera del alcance de los dispositivos electrónicos de rastreo de la base naval de Virginia Beach.
Mientras el helicóptero devoraba kilómetros tras kilómetro en dirección a las afueras de Richmond, Jungkook no sacaba los ojos de la ruta y lamentaba no haber sabido antes del helicóptero. Ahora, no había modo de que sus colegas del FBI llegaran a tiempo para evacuar a Jimin y a su hijo y plantar señuelos como lo habían convenido. Aunque estaba convencido de que faltaban al menos dos semanas, había ideado un plan alternativo por si acaso.
Pero, dada la situación actual, el plan alternativo también estaba destinado al fracaso. Los hombres de Yoongi le llevaban al menos cuatro horas de ventaja.
Jimin y JungHwa -el ex esposo y el hijo de Min Yoongi- estaban librados a su suerte. Mientras las luces de la ciudad iban perdiéndose de vista, Jungkook rogó a dios que los ayudara.
Sin vacilar, Jimin camino hacia la habitación de su hijo, con el perro caminando silencioso a su lado. Habían ensayado la huida nocturna muchas veces así que, no bien lo despertara, el niño sabría lo que debía hacer. Le tapo la boca con la mano y lo sacudió apenas. A l ver que iba a ponerse a gritar, le susurro su nombre al oído.
- JungHwa, están aquí
-Afuera?
- Habla en voz baja - le pidió. En su interior, agradeció que su pequeño de diez años fuera tan astuto pero también rogaba por su seguridad - Hay un helicóptero allí afuera, pero el motor apenas se oye. Es probable que tenga visión nocturna e imagen térmica y hasta detectores de sonido. Simulemos alguna conversación, tal como lo planeamos. Háblame en tono normal y dime que tuviste una pesadilla.
- Perdón si te desperté....Es que soñé algo horrible
- Estas bien? - Esa simulación lo destrozaba por dentro.
- Si, mami...
Se agacho y le dijo:
- Ve al baño del pasillo y usa el inodoro. Cuando yo te diga, te echas al piso, lo mas cerca que puedas de la bañera.
-Que.....?
-Solo haz lo que te digo. - No quería explicarle que las balas no podrían atravesar el hierro forjado de la bañera. Además, Yoongi no quería lastimar a JungHwa sino a él, por haberlo enviado a la cárcel. Con el muerto, tendría por fin un heredero.
Se levantaron al mismo tiempo. Él le rodeo la cintura con los brazos y lo atrajo hacia él. Por un breve instante, maldijo la hora en que se casó con ese hombre. Sin embargo, nada en el mundo lo haría arrepentirse de haber tenido a JungHwa, aunque lamentaba haberle contado acerca del niño y, mucho mas aún, el haber creído la historia de que “vivirían felices por siempre”.
-Tengo que ir al baño - dijo JungHwa, tal como lo habían planeado.
-Bueno, ve. Yo espero para arroparte.
-Mami.... - el niño se había detenido junto a la puerta del baño y él percibió su miedo en su voz.
-Ya se que eres grande. No hace falta que lo digas. Pero yo soy tu papa y me preocupo por ti. - Dios mío, permíteme seguir haciéndolo por mucho tiempo. Sonriendo, le sopló un beso y le digo que lo quiero. Haciendo un esfuerzo para no pensar en la angustia del niño, me inclino sobre el perro y le susurro una orden en alemán.
Shadow estaba entrenado como perro guardián. Antes de que Jimin terminara de hablar, se había deslizado junto al niño y lo había rodeado con el cuerpo para protegerlo. Bajo la luz de la luna, alcanzó a ver al niño, tenso y pálido, acariciando las orejas del animal.
Se dio vuelta, apoyó la espalda con la pared y respiró hondo para recobrar fuerzas. Su estrategia era muy elemental, pero no tenía tiempo para mejorarla. El temor lo había puesto tenso.
Sabiendo que cada minuto resultaba vital, corrió a la habitación de huéspedes, abrió el ropero y sacó dos pequeños controles.
No tenia idea de cuantos hombres había enviado Yoongi, pero no pasaría mucho tiempo antes de que hicieran algún movimiento. El helicóptero no podía acercarse demasiado a las casas debido a los árboles. Si el aparato tenía capacidad para cuatro personas, entonces tendría que lidiar solo con tres por que uno se quedaría a bordo. Si era de seis asientos, entonces serían cinco.
Puesto que su ex marido nunca desperdiciaba recursos, él apostaba por el de cuatro, lo que implicaba tres hombres en tierra. Seguramente pensarían que no hacia falta mas. Después de todo, solo eran un hombre delgado y un niño.
Lo primero que debía hacer era ir a su dormitorio para despistarlos y mantenerlos ocupados. Si traían dispositivos de detección térmica, esperarían hasta que él se dirigiera a la parte trasera de la casa. Era el mejor lugar para matarlo sin lastimar al niño.
Todo lo que había aprendido sobre armas sofisticadas y técnicas de supervivencia se mezclaban en su mente. Era como estar haciendo un curso de actualización pero a mil por hora. Los escenarios cambiaban constantemente como si fueran imágenes de diapositivas.
Un escalofrió le recorrió la espalda. Para atrapar a tres intrusos, las trampas que había plantado debían funcionar a la perfección. Si tuviera suerte, el piloto del helicóptero se marcharía al oír la primera explosión.
Dios dame suerte.
En las largas e infinitas noches pasadas en vela desde que JungHwa y él comenzaran a huir, no había hecho otra cosa que preocuparse y prepararse para ese momento. Infructuosamente, el FBI había tratado de convencerlo de que Yoongi había muerto, asesinado por sus “socios”. Pero él lo conocía mejor que nadie. En sus buenos tiempos, él solía hablarle acerca de cómo fingir su propia muerte. Y, puesto que no habían encontrado su cadáver, estaba seguro de que estaba oculto en algún lugar, esperando y planeando la siguiente estrategia. A el no le importaba esperar lo que fuera.
Cuando bajara la guardia, vendría por JungHwa.
Cuando oyó correr el agua del inodoro, paso junto a la puerta del baño sin mirar a su hijo. No quería pensar demasiado en lo que estaba pasando porque temía sufrir una crisis nerviosa. Al llegar a la puerta de la habitación, se detuvo un instante y entró apenas unos pasos. Con un control remoto en cada mano, espero a que ellos hicieran el primer movimiento. No habría disparado de advertencia porque no quería que supiera que los había descubierto. Tampoco les tendría clemencia. No cuando la seguridad de su hijo estaba en juego. Sus recursos eran limitados que se quedaría quieto esperando.
Si estaba en lo correcto, el grupo de tierra intentaría desactivar el sistema de alarmas. El ataque comenzaría solo después o cuando lograran tenerlo en la mira.
“Tres, dos, uno...”, contó en silencio. Apenas terminó de decir “uno” cuando escuchó los disparos de una ametralladora. Se arrojó al piso del corredor y apretó dos botones de unos de los controles.
El rugido de las ametralladoras no fue suficiente para tapar el griterío. La primera trampa había funcionado. Sin duda, el hombre que había desactivado las alarmas se había electrocutado con sus propias herramientas al intentar cortar los cables. Al mismo tiempo, hizo estallar una hilera de cargas explosivas que había enterrado en los extensos canteros del patio de atrás. A esas alturas. la metralla de la explosión que había enterrado debería estar volando por los aires junto con las balas.
Acto seguido, una seguidilla de disparos hizo añicos todas las ventanas de la casa. Jimin oyó que el televisor se estrellaba contra el piso. Al menos uno de los hombres continuaba con vida por que las balas seguían haciendo estragos en su dormitorio. Tratando de conservar la calma, se concentró en identificar los ruidos que provenían del exterior. Por entre el tumultuoso sonido de la alarma activada llegó a percibir el tenue repicar de las campanillas de viento. Su rostro esbozó una sonrisa.
El helicóptero levantaba vuelo. Presionando otra secuencia del control remoto hizo estallar un barril de clavos, balas y trozos de rocas que había plantado en el fondo de la propiedad. El contenido voló por los aires y , por los ruidos metálicos, supuso que alguno debían de haber impactado en el helicóptero. Aun así, el piloto se las ingenio para mantener el aparato en vuelo y escapar.
-JungHwa - grito- no te muevas que va haber otra explosión.
Enseguida hizo estallar otra carga. La adrenalina que corría aceleradamente por sus venas no le permite detenerse. Tenía que proteger a su hijo como fuera. Desde donde estaba podía percibir el miedo y los sollozos.
-¡Mami, Mami...!
-Quédate en el piso - gritó.
Toda la casa vibró con la detonación. Jimin clavo las uñas en la alfombra para mantener el equilibrio, satisfecho a pesar del miedo. ¡Idiotas! esos les enseñara a no meterse con mi hijo. Sin embargo, el peligro no había pasado todavía. El helicóptero se había marchado y la ametralladora había dejado de disparar, pero afuera podía quedar alguien con vida. Y podía hacerles mucho daño antes de que llegara la caballería.
-JungHwa, si me quieres, quédate donde estás. - Usando la pared como apoyo, se puso de pie con mucho esfuerzo. Tenía que calmarse un poco para lo que vendría a continuación.
-¡Mami, no! - grito el niño, con su voz temblorosa
-¡Haz lo que te digo! La policía llegara pronto, pero no salgas hasta que me veas a mi. Podría ser una trampa.
-¿La policía? Mami...
-No discutas, JungHwa -le ordenó, mientras sacaba una metralleta y un cargador extra que había escondido entre la ropa de cama. Corrió escaleras abajo, pensando que debía acabar con ellos antes de que ellos llegaran donde estaba JungHwa.
Al entrar en la sala, lo primero que vio fue el ventanal hecho trizas y los arbustos en llamas del lado de afuera. El sofá ardía lentamente y el cielo raso estaba negro por el hollín. Jimin maldijo en silencio. Tenía que encontrar al hombre o los hombres, acabar con ellos y sacar a su hijo de la casa antes de que el fuego se expandiera por toda la habitación.
Con el corazón en la boca, caminó de puntillas por encima de los escombros con todo el sigilo que le permite la situación. No podía echar las cosas a perder. No ahora. A l llegar a la puerta, aplastó la espalda contra la pared, se inclinó para espiar hacia afuera y volvió hacia atrás.
El resplandor de las llamas iluminaba la atroz escena. En el patio trasero, los muebles de teca ardía vivamente, al igual que las enredaderas y los pilares de madera que rodeaban las paredes exteriores de la casa. Por suerte, la humedad de los ladrillos y del revestimiento amortiguaba el fuego, preservando la estructura de la casa, por el momento al menos. Los dos enormes maceteros habían volado por el aire y los restos estaban dispersos por el piso.
Más allá, bajo la luz que proyectaban los muebles ardiendo, divisó una figura humana retorcida y calcinada junto a la caja de la alarma. La visión le causó alivio y náuseas al mismo tiempo. En el jardín, vio otra forma humana que tampoco se movía. Frente a los restos de una puerta, protegido por los otros dos maceteros, estaba el tercer hombre. Desde donde estaba, Jimin podía ver que su cuerpo temblaba, señal de que seguía con vida.
Camino entre los restos de vidrio y madera hasta llegar junto a él, con el arma apuntándole hacia la cabeza. Se preguntó si tenía derecho a matarlo. Después de todo, él había venido a matarlo. El enojo borró cualquier vestigio de remordimientos que pudiera quedarle. Por supuesto que tenía derecho. Mientras deslizaba el dedo por el gatillo, vio que el hombre se movía. En medio de la ofuscación y la rabia, una luz roja de advertencia se encendió en su mente. Una voz interior le repetía insistentemente: ¡No lo hagas, no lo hagas!. En ese instante, el hombre giró sobre su espalda y se quedó helado al ver el arma apuntándole a la cabeza.
Esa era la segunda sorpresa desagradable de la noche, y la tercera fue mas desagradable aun. El chico no solo lo apuntaba con un arma sino que parecía decidido a usarla. Para el chico, el no era mas que otro de los matones que su ex marido había enviado a matarlo.
Con mucho cuidado, levantó las manos con las palmas hacia arriba para indicarle que se rendía. No era la primera vez que lo amenazaban con un arma, pero esa vez la muerte estaba mas cerca que nunca. Sintió que un hilo de sangre caliente corría por la frente. Le dolía la cabeza y comenzaba a desvanecerse. No quería morir.
Debía seguir con vida. Tenia que decirle..... Tenía que decirle que....
Apretó fuerte los dientes para mantenerse consciente. Trataba de recordar la contraseña, así el sabría quien era y para quien trabajaba en verdad. ¿Cómo diablos era?