CUESTIÓN DE ESTADO - CHANBAEK

Summary

✓ Extensión : 15 capítulos ✓ Sinopsis : El hijo de la presidenta de los USA, BaekHyun, es un tesoro para el marketing de la Casa Blanca: atractivo, carismático e inteligente. Lo que nadie sabe es que no soporta al príncipe ChanYeol, el hijo de la reina de Inglaterra, un chico bien portado con la imagen del príncipe perfecto pero que guarda algunos secretos. Polos opuestos, al menos por fuera, aunque no del todo en realidad. Puede que tengan más en común de lo que parece. Como dicen, del "odio" al amor hay un solo paso, y cuando ellos lo cruzan no hay cómo pararlo. ¿Podrán mantenerlo en secreto o se convertirá en un asunto de estado?

Status
Complete
Chapters
15
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

UNO

CAPÍTULO 1


En el tejado de la Casa Blanca, escondido en un rincón del paseo, hay un trozo de revestimiento suelto, justo en el borde del solárium. Si se manipula con delicadeza, se puede despegar lo suficiente para dejar al descubierto un mensaje que alguien grabó debajo con la punta de una llave o tal vez con un abrecartas robado del Ala Oeste.

En la historia secreta de las primeras familias —un aislado vivero de chismosos que han jurado guardar discreción total respecto de muchas cosas so pena de muerte— no se sabe con seguridad quién lo escribió. Lo único que, por lo visto, la gente sabe a ciencia cierta es que tan solo el hijo o la hija de un presidente puede haber tenido el atrevimiento de pintarrajear la Casa Blanca. Hay quien jura que fue Jack Ford, con sus discos de Jimi Hendrix y la habitación de dos alturas que tenía asignada, contigua al tejado para poder salir a fumar por la noche. Otros afirman que fue Luci Johnson de jovencita, con su ancha cinta en el pelo. Pero da lo mismo. La pintada continúa allí, a modo de mantra privado para quienes sean lo bastante ingeniosos para dar con ella.

BaekHyun la descubrió a la semana de estar viviendo en la Casa Blanca, y nunca le ha revelado a nadie cómo.

Dice lo siguiente:

REGLA N.º 1: QUE NO TE PILLEN

Los dormitorios del Este y el Oeste de la segunda planta por lo general se reservan a la Primera Familia. Inicialmente fueron diseñados como un único dormitorio gigantesco para las visitas del marqués de Lafayette durante la administración Monroe, pero al final se dividieron. BaekHyun tiene el del Este, ubicado enfrente de la Sala de Tratados, y Jennie utiliza el del Oeste, situado junto al ascensor.

Cuando eran pequeños y vivían en Texas, tenían los dormitorios organizados de igual forma, a uno y otro lado del pasillo. En aquella época se sabía cuál era la ambición de Jennie aquel mes en concreto observando qué era lo que cubría las paredes. A los doce años, eran pinturas a la acuarela. A los quince, calendarios lunares y fotografías de cristales de roca. A los dieciséis, recortes de periódico de The Atlantic, un banderín de la Universidad de UT Austin, Gloria Steinem, Zora Neale Hurston, y extractos de los papeles de la sindicalista Dolores Huerta.

La habitación de BaekHyun estaba siempre igual, simplemente iba abarrotándose cada vez más de trofeos de lacrosse y deberes del instituto. Todo ello está acumulando polvo en la casa que aún conservan allí. Colgada de una cadena, alrededor del cuello, siempre oculta a la vista, BaekHyun lleva la llave de esa casa desde el día que se marchó a Washington.

Ahora, la habitación de Jennie, situada en el otro lado del pasillo, es un luminoso espacio pintado de blanco, rosa suave y verde menta, fotografiado por Vogue y, según se dice, inspirado en las revistas de interiorismo de los años sesenta que encontró en uno de los salones de la Casa Blanca. La habitación de BaekHyun fue en otra época el cuarto de los niños de Caroline Kennedy, y más tarde, sirviendo de justificante para que Jennie quemase un manojo de salvia a fin de limpiarlo de malas influencias, el despacho de Nancy Reagan. BaekHyun ha conservado las ilustraciones de paisajes que colgaban encima del sofá formando una cuadrícula simétrica, pero en las paredes ha cambiado el tono rosa de Sasha Obama por un azul oscuro.

Lo típico, al menos durante estas últimas décadas, es que los hijos del presidente dejen de vivir en la Residencia cuando cumplen dieciocho años, pero BaekHyun empezó a estudiar en Georgetown el mes de enero en que su madre juró el cargo, y, logísticamente, tenía sentido no dividir el personal de seguridad ni los gastos comunes para proteger también el apartamento de un solo dormitorio en el que iba a vivir él. Aquel otoño llegó Jennie, recién salida de la Universidad de Texas. Ella nunca lo ha dicho, pero BaekHyun sabe que se mudó a la Casa Blanca para poder vigilarlo a él. Jennie sabe mejor que nadie lo mucho que le gusta a su hermano estar donde está la acción, y en más de una ocasión ha tenido que sacarlo a rastras del Ala Oeste.

Tras la puerta de su dormitorio puede sentarse a escuchar a Hall & Oates en el tocadiscos que tiene en el rincón, y nadie lo oye tararear Rich Girl como su padre. Puede ponerse las gafas de leer que siempre insiste en que no necesita. Puede fabricar meticulosamente todas las guías de estudio con pegatinas de diferentes colores que se le antojen. No va a ser el congresista electo más joven de la historia moderna sin habérselo ganado, pero no es necesario que la gente sepa el gran esfuerzo que le está costando. Su prestigio de sex symbol se vendría abajo.

—Eh —dice una voz desde la puerta, y al levantar la vista del portátil ve a Jennie que asoma la cabeza al interior de su habitación, con dos iPhones y un fajo de revistas bajo un brazo y un plato en la mano. Entra y cierra la puerta con el pie.

—¿Qué has robado hoy? —le pregunta BaekHyun a la vez que aparta a un lado el montón de papeles que hay encima de la colcha.

—Un surtido de donuts —responde Jennie sentándose en la cama.

Va vestida con una falda tubo con tablas de color rosa y terminadas en punta. BaekHyun ya se imagina las columnas de moda de la próxima semana: una foto de su hermana con el atuendo que lleva hoy, una pista para algún anuncio patrocinado que hable de las faldas con tablas para la mujer moderna y profesional.

A saber qué ha estado haciendo su hermana todo el día. Mencionó una columna para el Washington Post, ¿o era una sesión de fotos para su blog? ¿O las dos cosas? Nunca consigue seguirle el ritmo.

Jennie ha colocado sobre la colcha las revistas que traía y ya ha empezado a hojearlas.

—¿Qué, poniendo tu granito de arena para mantener viva la industria del cotilleo?

—Para eso he hecho la carrera de periodismo —replica Jennie.

—¿Hay algo interesante esta semana? —pregunta BaekHyun al tiempo que coge un donut.

—Veamos —responde Jennie—. In Touch dice que... estoy saliendo con un modelo francés.

—¿Y es verdad?

—Ojalá. —Pasa unas cuantas páginas—. Ooh, y aquí dice que tú te has blanqueado el culo.

—Eso sí que es cierto —responde BaekHyun masticando un donut de chocolate con cositas por encima.

—Justo lo que pensaba yo —dice Jennie sin levantar la mirada. Después de hojear la mayor parte de la revista, busca en el fondo del fajo y saca People. Empieza a pasar hojas con ademán distraído, porque People solo escribe lo que sus publicistas le dicen que escriba. Contenido aburrido—. Esta semana no hay gran cosa sobre nosotros... Ah, mira, me han puesto como pista en un crucigrama.

Llevar un seguimiento de las apariciones suyas y de su hermano en la prensa sensacionalista constituye una especie de afición ociosa para ella, una afición que unas veces divierte y otras molesta a su madre, y BaekHyun es lo bastante narcisista para permitir que Jennie le lea lo que es más digno de resaltar. Por lo general, son cosas completamente inventadas o textos proporcionados por el equipo de prensa, pero a veces resultan muy útiles para alejar los ocasionales rumores desagradables. Puestos a elegir, BaekHyun prefiere leer una de los centenares de historias ficticias que cuentan de él en internet, la enésima versión de sí mismo en la que sus admiradores lo pintan dotado de un encanto arrollador y de una increíble resistencia física, pero Jennie se niega en redondo a leerle esas cosas en voz alta, por más que él intente sobornarla.

—A ver qué dice Us Weekly —pide BaekHyun.

—Hum... —Jennie la extrae del montón—. Ah, mira, esta semana salimos en la portada.

Le enseña la brillante portada de la revista, en la que aparece una foto de ellos dos en una esquina, dentro de un recuadro, Jennie con el pelo recogido en lo alto de la cabeza y él ligeramente achispado, pero todavía atractivo, mandíbula afilada y pelo brillante y oscuro. Debajo de la foto, en negrita, hay escrito lo siguiente:

PRIMERA NOCHE LOCA DE LOS HERMANOS EN NUEVA YORK.

—Desde luego, fue una noche loca —confirma BaekHyun recostándose contra el cabecero alto y forrado de cuero y subiéndose las gafas sobre la nariz—. Dos primeros oradores, nada menos. No hay nada más sexi que un cóctel de gambas y una hora y media de discursos sobre las emisiones de carbono.

—Aquí dice que tuviste una aventurita con una «misteriosa morena» —lee Jennie

—. «Aunque poco después de la gala la Primera Hija desapareció en una limusina camino de una fiesta repleta de estrellas, su hermano BaekHyun, de veintiún años y todo un rompecorazones, fue fotografiado entrando en el hotel W para reunirse con una misteriosa joven morena en la suite presidencial, de la cual salió alrededor de las cuatro de la madrugada. Ciertas fuentes del interior del hotel afirmaron haber oído durante toda la noche ruiditos amorosos procedentes de dicha habitación, y corre el rumor de que dicha joven morena no era otra que... Jessica Holleran, de veintidós años, nieta del vicepresidente Mike Holleran y tercer miembro del Trío de la Casa Blanca. ¿Podría ser que hayan reanudado su romance?».

—¡Bien! —grazna BaekHyun, y Jennie lanza un gruñido—. ¡Ha pasado menos de un mes! Me debes cincuenta dólares, pequeña.

—Espera un momento. ¿En serio era Jessica?

BaekHyun rememora lo sucedido la semana anterior, cuando se presentó en la habitación de Jessica con una botella de champán. El romance que vivieron durante la campaña hace un millón de años fue breve, principalmente con el fin de acabar de una vez con lo inevitable. Tenían diecisiete y dieciocho años y desde el principio estaban condenados a fracasar, pues cada uno estaba convencido de ser la persona más inteligente en cualquier ambiente. Desde entonces, BaekHyun ha reconocido que Jessica es un cien por cien más inteligente que él, y decididamente demasiado lista para haber salido con él alguna vez.

Pero no es culpa de BaekHyun que la prensa no quiera dejar el tema, que les encante la idea de que estén juntos como si fueran unos Kennedy mestizos y modernos. De manera que, si Jessica y él alguna vez se emborrachan juntos en la habitación de un hotel viendo en televisión la serie El Ala Oeste y haciendo ruidos que imitan gemidos para dar pábulo a la entrometida prensa amarilla, no deberían reprochárselo. Simplemente estaban transformando una situación indeseable en una diversión personal.

Y sacarle dinero a su hermana supone otro aliciente más.

—Quizás —responde arrastrando las vocales.

Jennie le da un coscorrón con la revista, como si fuera una cucaracha especialmente molesta.

—¡Eso es hacer trampas, granuja!

—Una apuesta es una apuesta —le dice BaekHyun—. Dijimos que si surgía un rumor en el plazo de un mes, me pagarías cincuenta pavos. Acepto tarjetas.

—No pienso pagarte —refunfuña Jennie—. Cuando vea a Jessica mañana, voy a matarla. A propósito, ¿qué vas a ponerte?

—¿Para qué?

—Para la boda.

—¿Qué boda?

—La boda real —replica Jennie—. La de Inglaterra. Sale literalmente en todas las revistas que acabo de enseñarte.

Levanta de nuevo en alto Us Weekly, y esta vez BaekHyun se fija en el artículo de portada, que lleva un titular en letras enormes que dice: EL PRÍNCIPE Suho DA EL SÍ, junto con una fotografía de un heredero al trono británico de físico sumamente anodino al lado de su prometida rubia, igual de anodina, que luce una sonrisa insípida.

Suelta el donut con un gesto de profunda consternación.

—¿Es este fin de semana?

—BaekHyun, nos vamos mañana por la mañana —le dice Jennie—. Y antes de acudir a la ceremonia tenemos dos actos. No me puedo creer que Zahra todavía no te haya dado la lata con el tema.

—Mierda —gime—. Sé que lo tenía anotado. Me he distraído.

—¿Conspirando con mi mejor amiga contra mí en la prensa sensacionalista por cincuenta dólares?

—No, con mi trabajo de investigación, listilla —replica BaekHyun señalando con gesto teatral el montón de apuntes—. Llevo toda la semana trabajando en él para la clase de Pensamiento Político Romano. Y creía que habíamos acordado que Jessica era la mejor amiga de los dos.

—No es posible que estés estudiando de verdad esa asignatura —dice Jennie—.¿No será que te has olvidado a propósito del evento internacional más importante del año porque no quieres ver a tu archienemigo?

—Jennie, soy el hijo del presidente de Estados Unidos. El príncipe ChanYeol es una figura insigne del Imperio británico. No puedes decir que es mi «archienemigo» — replica BaekHyun. Vuelve a su donut, mastica durante unos momentos con gesto pensativo y después agrega—: El término archienemigo implica que es un rival para mí en todos los niveles, y no un engreído producto endogámico que probablemente se hace pajas viéndose a sí mismo en las fotos.

—Guau.

—Era un decir.

—Mira, no es obligatorio que te caiga bien, solo tienes que poner cara de estar contento y no ocasionar un incidente internacional en la boda de su hermano.

—Bichito, ¿cuándo no pongo yo cara de estar contento? —protesta BaekHyun.

Hace una mueca de fingirse dolido, y se queda satisfecho con la cara de repugnancia que le devuelve Jennie.

—Aj. En fin, ¿ya sabes lo que vas a ponerte?

—Sí, lo elegí el mes pasado y Zahra me dio el visto bueno. No soy un animal.

—Pues yo todavía no estoy segura de qué vestido llevar —dice Jennie. Se inclina hacia delante y le quita el portátil a su hermano haciendo caso omiso de sus protestas—. ¿Cuál te parece mejor: el granate o el de encaje?

—El de encaje, obviamente. Es para Inglaterra. ¿Y por qué te empeñas en que suspenda esta asignatura? —dice al tiempo que intenta recuperar el portátil, pero se lleva un cachete en la mano—. Vete a ocuparte de tu Instagram o de lo que sea. Eres de lo peor.

—Calla la boca. Estoy intentando encontrar algo que ver. ¡Anda, pero si tienes la película Algo en común guardada en tu lista de favoritos! Vaya, ¿y qué tal va la escuela de cine en 2005?

—Te odio.

—Hum, ya lo sé.

Al otro lado de la ventana el viento barre el césped de los jardines y levanta murmullos entre los tilos. El disco puesto en el tocadiscos del rincón ha llegado al final y ha enmudecido. BaekHyun se baja de la cama, le da la vuelta, vuelve a colocar la aguja, y a continuación empieza a sonar el tema de la otra cara: London, Luck & Love.

A decir verdad, la aviación privada nunca envejece, ni siquiera después de que su madre lleve ya tres años de mandato.

No es que viaje mucho de esta forma, pero cuando lo hace le cuesta trabajo no impedir que se le suba a la cabeza. Él nació en la parte montañosa de Texas, su madre era hija de una madre soltera y de un hijo de inmigrantes mexicanos, todos ellos más pobres que una rata, de modo que los viajes lujosos siguen siendo un lujo.

Hace quince años, cuando su madre se presentó por primera vez como candidata a la Casa Blanca, el periódico de Austin le puso el sobrenombre de Lometa la Improbable. Había escapado de su diminuto pueblo natal, situado a la sombra de Fort Hood, trabajó en cafeterías en el turno de noche para pagarse los estudios de Derecho, y para cuando cumplió los treinta ya estaba defendiendo casos de discriminación ante el Tribunal Supremo. Ella era lo último que cabía esperar que saliera del estado de Texas en mitad de la guerra de Irak: una demócrata de cabello rubio rosado e intelecto rápido que calzaba tacones altos, hablaba con un acento que no intentaba disimular y provenía de una familia con cierta mezcla de razas.

De forma que sigue siendo surrealista que BaekHyun se encuentre ahora atravesando el Atlántico comiendo pistachos y sentado en una butaca de cuero con los pies en alto. Jessica está enfrente de él, concentrada en el crucigrama del New York Times, con su melena castaña y rizada cayéndole sobre la frente. A su lado va el corpulento agente del servicio secreto Cassius, Matthew para los amigos, sosteniendo otro ejemplar en su enorme mano y echándole una carrera para ver quién lo termina antes. En la pantalla del portátil de BaekHyun aparece desplegado el trabajo para la clase de Pensamiento Político Romano, y el cursor está parpadeando expectante, pero BaekHyun no consigue concentrarse en los estudios mientras sobrevuela el océano.

Amy, la agente secreta preferida de su madre y antigua SEAL de la Marina, que según se rumorea por Washington ha matado a varios hombres, está sentada al otro lado del pasillo. En el sofá, a su lado, descansa un maletín de titanio a prueba de balas repleto de materiales de trabajos manuales, y está bordando flores calmosamente en una servilleta. BaekHyun la ha visto apuñalar a una persona en la rodilla con una aguja de bordar muy parecida a esa.

Y por último está Jennie, a su lado, apoyada en un codo y con la cara enterrada en el ejemplar de People que, de forma inexplicable, se ha traído consigo. Siempre elige el material de lectura más pintoresco cuando tiene que volar. La última vez fue un viejo y manoseado glosario de chino cantonés, y la penúltima fue un libro titulado La muerte le llega al arzobispo.

—¿Qué estás leyendo ahora? —le pregunta BaekHyun.

Ella da la vuelta a la revista para que su hermano pueda ver el artículo a doble página que lleva por título: ¡LOCURA DE BODA REAL! BaekHyun deja escapar un gemido; decididamente, esto es peor que la novelista Willa Cather.

—¿Qué pasa? —protesta Jennie—. Quiero estar preparada para la primera boda real de mi vida.

—Fuiste al baile del instituto, ¿no? —le dice BaekHyun—. Pues imagínate algo igual, solo que en el infierno, y además teniendo que ser amable con todo el mundo.

—¿Te puedes creer que se han gastado 75.000 dólares solo en la tarta?

—Es deprimente.

—Y, además, por lo visto el príncipe ChanYeol va a acudir a la boda sin llevar pareja, y tiene a todos asustados. Aquí dice que —adopta un cómico acento inglés—«se rumorea que el mes pasado estuvo saliendo con una heredera al trono de Bélgica, pero ahora los seguidores de la vida amorosa del príncipe no saben qué pensar».

BaekHyun suelta un bufido. Le parece una necedad que haya legiones de personas que sigan la vida amorosa de los miembros de la realeza, que es intensamente aburrida. Entiende que a la gente le interese dónde mete él la lengua; por lo menos él posee personalidad.

—A lo mejor la población femenina de Europa ha comprendido por fin que ChanYeol tiene el mismo atractivo que un gato mojado —sugiere BaekHyun.

Jessica baja el periódico: ha terminado el crucigrama la primera. Cassius le dirige una mirada y lanza una palabrota.

—¿Entonces vas a sacarlo a bailar?

BaekHyun pone los ojos en blanco. Se imagina de pronto dando vueltas por un salón de baile mientras ChanYeol le murmura al oído bobadas acerca del croquet y de la caza del zorro, y ese pensamiento le da ganas de vomitar.

—Qué más quisiera él.

—Ah —dice Jessica—, estás sonrojándote.

—Mira —le dice BaekHyun—, las bodas reales son basura, los príncipes que tienen bodas reales son otra basura, y el imperialismo que permite que existan los príncipes es más basura todavía. Todos son basuras de principio a fin.

—¿Ese es tu discurso de TED Talk? —le pregunta Jennie—. Supongo que te das cuenta de que Estados Unidos también es un imperio genocida, ¿no?

—Sí, Jennie, pero por lo menos nosotros tenemos la decencia de no mantener una monarquía —contesta BaekHyun lanzándole un pistacho.

Hay una serie de cosas relativas a BaekHyun y Jennie de las que se informa a los recién contratados en la Casa Blanca antes de que empiecen a trabajar: Jennie tiene alergia a los cacahuetes; BaekHyun suele pedir café en mitad de la noche; el novio que tenía Jennie en el instituto, que rompió con ella para mudarse a California, sigue siendo la única persona cuyas cartas le son entregadas directamente a ella; BaekHyun está resentido desde hace mucho tiempo con el príncipe más joven.

Aunque en realidad no es resentimiento. Ni siquiera es rivalidad. Es más bien un sentimiento de fastidio, de irritación, que hace que le suden las manos.

La prensa sensacionalista —el mundo— decidió nombrar a BaekHyun el equivalente norteamericano del príncipe ChanYeol desde el primer día, dado que el Trío de la Casa Blanca es lo más parecido a la realeza que existe en Estados Unidos. Y nunca le ha parecido justo: su imagen es toda carisma, genialidad e inteligencia con sonrisa de satisfacción, entrevistas con contenido y portada de GQ a los dieciocho años, mientras que ChanYeol es todo sonrisas plácidas, caballerosa afabilidad y apariciones genéricas en actos de beneficencia, un príncipe azul que es un perfecto lienzo en blanco. El papel de ChanYeol, en opinión de BaekHyun, es mucho más fácil de representar.

A lo mejor, técnicamente, eso es rivalidad. Da igual.

—Muy bien, lumbrera —dice—, ¿cuáles son las cifras al respecto? Jessica sonríe de oreja a oreja.

—Hum... —Finge reflexionar profundamente—: Evaluación de riesgos: el hijo de la presidenta no logra refrenarse y se deja llevar, lo cual da lugar a más de quinientas bajas civiles. Noventa y ocho por ciento de probabilidades de que el príncipe ChanYeol esté como un queso. Setenta y ocho por ciento de probabilidades de que BaekHyun consiga que le prohíban para siempre la entrada en el Reino Unido.

—Pues son cifras mejores de lo que yo esperaba —observa Jennie. BaekHyun lanza una carcajada y el avión continúa volando.

Londres es un verdadero espectáculo, con los cientos de personas que abarrotan las calles aledañas al palacio de Buckingham y se desparraman por toda la ciudad envueltas en la bandera británica y agitando banderines por encima de la cabeza. Por todas partes hay souvenirs conmemorativos de la boda real: los rostros del príncipe Suho y de su prometida aparecen plasmados en toda clase de objetos, desde chocolatinas hasta ropa interior. BaekHyun casi no puede creerse que haya tantas personas que se interesen con tanta pasión por algo que resulta tan profundamente anodino. Está seguro de que cuando Jennie o él se casen no habrá semejante aglomeración frente a la Casa Blanca, y tampoco desearía que la hubiera.

La ceremonia en sí parece durar una eternidad, pero por lo menos es bastante bonita, en cierta manera. No es que a BaekHyun no le guste el amor o no sepa apreciar el matrimonio, es que Irene es una hija de la nobleza perfectamente respetable y Suho es un príncipe. Resulta tan sexi como una transacción comercial. No hay pasión, ni drama. Las historias de amor que le gustan a BaekHyun se parecen mucho más a las de Shakespeare.

Da la impresión de que han transcurrido varios años cuando por fin BaekHyun se sienta a una mesa flanqueado por Jessica y Jennie en un salón de baile del palacio de Buckingham, y se siente lo bastante irritado como para actuar de forma un tanto imprudente. Jessica le pasa una copa de champán y él la acepta con gusto.

—¿Alguno de vosotros sabe lo que es un vizconde? —está diciendo Jennie mientras se come un emparedado de pepino—. He conocido ya como cinco, y sigo sonriendo con educación como si supiera lo que significa ese título. BaekHyun, tú que has estudiado relaciones internacionales comparativas entre los gobiernos, o como se llame eso, ¿qué es?

—Creo que es cuando un vampiro forma un ejército de esclavas sexuales enloquecidas y establece un gobierno propio —responde él.

—Suena bien —dice Jessica.

Está doblando la servilleta en una forma complicada, apoyada en la mesa, y su manicura negra y brillante lanza destellos bajo la luz de la lámpara de araña.

—Ojalá yo fuera vizconde —suspira Jennie—. Así les ordenaría a mis esclavos sexuales que atendieran mi correo electrónico.

—¿A los esclavos sexuales se les da bien llevar la correspondencia profesional?

—pregunta BaekHyun.

La servilleta de Jessica ha empezado a parecerse a un pájaro.

—Podría ser un enfoque interesante. Sus correos serían trágicos y lascivos. —

Intenta poner una voz grave y ahogada—: Oh, por favor, os lo suplico, tomadme...,¡llevadme a comer para hablar de muestrarios de tela, animal mío!

—Podría ser extraño, de tan eficaz —comenta BaekHyun.

—A vosotros dos os pasa algo —dice Jennie con voz suave.

BaekHyun abre la boca para protestar cuando de pronto se materializa a su lado un sirviente real como si fuera un fantasma denso y de gesto adusto, con una peluca horrible.

—Señorita Claremont-Byun —dice el fantasma, que tiene pinta de llamarse Reginald o Bartholomew o algo así. Ejecuta una reverencia, y milagrosamente la peluca no se le cae encima del plato de Jennie. BaekHyun intercambia con ella una mirada de incredulidad por detrás del sirviente—. Su Alteza Real el príncipe ChanYeol se pregunta si le haría usted el honor de acompañarlo a bailar.

Jennie se queda paralizada con la boca medio abierta, congelada en un sonido vocálico, y Jessica dibuja una sonrisa de satisfacción.

—Oh, estaría encantada —se adelanta Jessica—. Lleva toda la velada esperando precisamente eso.

—Yo... —empieza Jennie, pero se interrumpe y sonríe pese a que está perforando a Jessica con la mirada—. Por supuesto. Tendré mucho gusto.

—Excelente —contesta Reginald-Bartholomew, y acto seguido se vuelve y hace una seña a su espalda.

Y ahí está ChanYeol, en carne y hueso, con su belleza clásica y su traje de tres piezas confeccionado a medida, el cabello color azabache repeinado, pómulos marcados y una expresión blanda y amable en la boca. Se sostiene en una postura impecable e innata en él, como si un día hubiera surgido ya completamente formado y erguido de algún jardín de flores del palacio de Buckingham.

Clava la mirada en BaekHyun, y este siente que se le difunde por el pecho una sensación parecida al fastidio o a la adrenalina. Lleva aproximadamente un año sin tener una conversación con ChanYeol. Su rostro, para exasperación suya, sigue siendo igual de simétrico.

ChanYeol se digna saludarlo con una breve inclinación de cabeza, como si fuera cualquier otro invitado y no la persona a la que se adelantó en debutar en un editorial de Vogue en sus años de adolescencia. BaekHyun parpadea, se reprime y observa cómo acerca ChanYeol su estúpido mentón, tan bien perfilado, hacia su hermana.

—Hola, Jennie —dice ChanYeol, y a continuación le tiende caballerosamente la mano a Jennie, que se ruboriza. Jessica finge desmayarse—. ¿Sabes bailar el vals?

—Esto... Estoy segura de que podré seguirlo —responde ella, y toma la mano de ChanYeol con cautela, como si temiera que él pudiera estar gastándole una broma, lo cual, en opinión de BaekHyun, resulta demasiado generoso para el sentido del humor que posee ChanYeol. El príncipe la conduce hacia el grupo de nobles que hacen evoluciones en la pista.

—Bueno, ¿y qué pasa ahora? —exclama BaekHyun bajando la mirada hacia la servilleta de Jessica—. ¿Ha decidido cerrarme por fin la boca cortejando a mi hermana?

—Ah, coleguita —dice Jessica. Alarga el brazo y le da una palmadita en la mano

—. Resulta encantador que creas que toda gira en torno a tu persona.

—Pues así es como debería ser, la verdad.

—Así se habla.

Vuelve a levantar la vista hacia el grupo de bailarines, en el que se encuentra Jennie dando vueltas en brazos del príncipe. Ella luce en la cara una sonrisa neutra, cortés, y él mantiene la mirada fija al frente, lo cual resulta todavía más irritante. Jennie está increíble; lo menos que podría hacer ChanYeol es prestarle atención.

—Pero ¿tú crees que Jennie le gusta en realidad? Jessica se encoge de hombros.

—¿Quién sabe? Los miembros de la realeza son gente extraña. Podría ser una cortesía o... Ah, mira.

Acaba de acercarse un fotógrafo de la familia real para tomar una foto de los dos bailarines, una foto que BaekHyun sabe que se venderá a People la semana que viene. ¿De modo que se trata de eso, de utilizar a la Primera Hija para lanzar el absurdo rumor de que ambos salen juntos, solo por atraer la atención? Dios no quiera que Suho destaque en el ciclo de las noticias durante una semana.

—Se le da bastante bien —señala Jessica.

BaekHyun hace una seña a un camarero y decide pasar el resto del banquete emborrachándose sistemáticamente.

Nunca se lo ha dicho a nadie y nunca se lo dirá, pero la primera vez que vio a ChanYeol tenía doce años. Solo reflexiona sobre ello cuando se emborracha. Está seguro de haber visto su rostro en las noticias mucho antes, pero esa fue la primera vez que se fijó en él. Jennie acababa de cumplir quince años y se había gastado una parte del dinero que le regalaron en comprarse una revista juvenil de colorido deslumbrante. Su amor por la prensa basura comenzó temprano. En el centro de la revista había unas fotos en miniatura que se podían arrancar y pegar después en la taquilla. Si uno tenía cuidado y desprendía las grapas con las uñas, podía retirar las fotos sin romperlas. Una de ellas, justo la del medio, mostraba el rostro de un chico.

Tenía el pelo tupido y de un color oscuro, los ojos grandes y marrones, una sonrisa cálida, y llevaba un palo de cricket echado sobre el hombro. Debía de ser una foto sin preparar, porque aquel chico lucía una expresión de felicidad y seguridad en sí mismo que no podía ser una pose. En el ángulo inferior de la página, en letras azules y rosas, decía: Príncipe CHANYEOL.

BaekHyun continúa sin saber qué era lo que le atraía de aquella foto, simplemente se colaba en la habitación de Jennie, buscaba la revista y tocaba el cabello de aquel chico con las yemas de los dedos, como si haciendo un esfuerzo de imaginación pudiera percibir la textura que tenía. Cuanto más iban ascendiendo sus padres en las filas de la política, más se hacía cargo de que el mundo no iba a tardar mucho en saber quién era él. Luego, a veces, se acordaba de aquella foto e intentaba contagiarse de la cómoda confianza en sí mismo que exudaba ChanYeol.

(También se le pasó por la cabeza arrancar las grapas con los dedos, llevarse la foto y guardarla en su habitación, pero nunca llegó a hacerlo; tenía las uñas demasiado cortas, no estaban hechas para aquellos trabajos como las de Jennie, como las de las chicas.)

Pero luego llegó la vez que conoció a ChanYeol en persona, las primeras palabras frías y despegadas que le dirigió ChanYeol, y pensó que se había equivocado totalmente, que el chico guapo y de expresión abierta de la foto no era real. El verdadero ChanYeol era atractivo, distante, aburrido y cerrado. Aquella persona con la que la prensa amarilla lo comparaba constantemente, con la que él mismo se comparaba, se consideraba mejor que él y que todas las personas que eran como él. Le costó trabajo creer que alguna vez hubiera querido parecérsele.

BaekHyun sigue bebiendo, alternando entre acordarse de todo ello y obligarse a no acordarse, se pierde entre los presentes y baila con las bellas herederas europeas.

Está dibujando piruetas con una de ellas cuando de pronto vislumbra una figura solitaria situada cerca de la tarta y de la fuente de champán. Es otra vez el príncipe ChanYeol, que, copa en mano, observa al príncipe Suho y a su novia recorriendo el salón de baile. Su expresión es educada, pero muestra un escaso interés, con ese estilo suyo tan odioso, como si tuviera un sitio mejor en el que estar. Y BaekHyun no puede resistir el impulso de ponerlo en evidencia.

Se abre paso entre la multitud, agarra una copa de vino de una bandeja que pasa por su lado y de un solo trago se bebe la mitad.

—Cuando se tiene una de estas fuentes de champán —le dice a ChanYeol situándose a su lado—, hay que poner dos en vez de una. Resulta muy violento estar en una boda en la que solo hay una fuente de champán.

—BaekHyun —dice ChanYeol con ese acento suyo, tan pijo. Visto de cerca, el chaleco que lleva debajo de la chaqueta del traje es de un suntuoso color dorado y tiene como un millón de botones. Horrible—. Me preguntaba si había tenido el placer.

—Por lo que parece, hoy es tu día de suerte —responde BaekHyun con una sonrisa.

—Una ocasión trascendental, ciertamente —confirma ChanYeol.

Su sonrisa es inmaculada y de un blanco luminoso, hecha para aparecer impresa en un billete.

Lo más irritante de todo es que BaekHyun sabe que ChanYeol también lo odia a él (como debe ser, ya que son antagonistas naturales el uno del otro), pero se niega a dejarlo ver de forma notoria. Es muy consciente de que la política implica mostrar amabilidad con personas a las que uno aborrece, pero desearía que, por una vez, solo una vez, ChanYeol se comportase como un ser humano y no como un lindo muñeco de cuerda que se vende en la tienda de regalos de un palacio.

Resulta demasiado perfecto. Siente el deseo de aguijonearlo un poco.

—¿Nunca te cansas —le pregunta— de fingir estar por encima de todo esto? ChanYeol se vuelve hacia él y lo mira fijamente.

—De verdad que no sé a qué te refieres.

—Me refiero —replica BaekHyun— a que estás aquí, haciendo que los fotógrafos tengan que perseguirte, apartándote como si odiaras ser el centro de atención, cosa que evidentemente no es cierta ya que has estado bailando con mi hermana, nada menos. Actúas como si fueras una persona demasiado importante para estar en cualquier parte. ¿No resulta agotador?

—Soy... un poco más complicado que eso —explica ChanYeol.

—Ja.

—Oh —dice ChanYeol entornando los ojos—, estás bebido.

—Lo único que digo —replica BaekHyun a la vez que apoya un codo en el hombro de ChanYeol con clara actitud amistosa, un gesto que no le resulta tan cómodo como quisiera porque el príncipe, para exasperación suya, le saca veinte centímetros— es que podrías probar a comportarte como si estuvieras divirtiéndote. De vez en cuando.

ChanYeol contesta con una risa triste.

—Opino que deberías contemplar la posibilidad de empezar a beber agua, BaekHyun.

—¿Tú crees? —replica. Aparta a un lado la idea de que quizás haya sido el vino

lo que le ha dado valor para abordar a ChanYeol y compone una expresión tímida y angelical—. ¿Te estoy ofendiendo? Perdona que no esté tan obsesionado contigo como todo el mundo. Sé que debe de resultarte desconcertante.

—¿Sabes una cosa? —le dice ChanYeol—. Creo que sí estás obsesionado conmigo.

A BaekHyun se le descuelga la mandíbula, mientras que ChanYeol esboza una sonrisita de íntima satisfacción, casi malévola.

—Era solo una idea —dice el príncipe en tono cortés—. ¿Alguna vez te has dado cuenta de que yo nunca te he abordado a ti, y de que he sido profundamente educado todas las veces que nos hemos visto? Y en cambio aquí estás tú ahora, buscándome de nuevo. —Bebe un sorbo de su champán—. Es simplemente una observación.

—¿Qué? Yo no estoy... —balbucea BaekHyun—. Eres tú el que...

—Que tengas una velada encantadora, BaekHyun —dice ChanYeol en tono tajante, y acto seguido da media vuelta para marcharse.

Lo enfurece que ChanYeol crea que siempre ha de tener la última palabra, de modo que, sin pensar, alarga el brazo y lo aferra por el hombro.

ChanYeol se vuelve de improviso y esta vez casi lo empuja para apartarlo de sí, y durante una fracción de segundo BaekHyun se queda impresionado al ver el relampagueo de sus ojos, el brusco estallido de un ser con personalidad.

Azorado, tropieza consigo mismo, retrocede tambaleándose en dirección a la mesa que tiene más cerca. Demasiado tarde repara en que esa mesa, para horror suyo, es la que sostiene la gigantesca tarta nupcial de ocho pisos. Se agarra del brazo de ChanYeol para no caer, pero lo único que consigue es que ambos pierdan el equilibrio y se estrellen juntos contra el soporte de la tarta.

Contempla, como si ocurriera a cámara lenta, cómo la tarta se inclina, tiembla, se zarandea y finalmente se vuelca. No hay absolutamente nada que él pueda hacer para impedirlo. Se estampa contra el suelo en una avalancha de nata blanca, una dulce pesadilla por valor de unos 75.000 dólares.

El salón entero enmudece de pronto mientras él, arrastrado por el impulso, se precipita al suelo junto con el príncipe y ambos aterrizan en medio del estropicio de la tarta, encima de la hermosa moqueta, él todavía asiendo fuertemente la manga de la chaqueta de ChanYeol. la copa de champán que tenía el príncipe se ha derramado sobre los dos y se ha hecho añicos, y con el rabillo del ojo BaekHyun alcanza a ver una brecha que se ha hecho ChanYeol en el pómulo y por la que está empezando a sangrar.

Durante un segundo, lo único en que acierta a pensar con la mirada fija en el techo y cubierto de champán y de nata es que, por lo menos, el baile de ChanYeol con Jennie no va a ser la anécdota más importante que salga de la boda real.

Lo siguiente en lo que piensa es que su madre va a asesinarlo a sangre fría. A su lado oye la voz de ChanYeol, que murmura en voz baja:

—Me cago en la puta.

Vagamente se percata de que es la primera vez que oye al príncipe decir una palabrota, y un segundo después se dispara el flash de una cámara.