Extranjero 1 - Saga Outlander

Summary

Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, una joven pareja se reúne por fin para pasar sus vacaciones en Corea. Una tarde, cuando pasea solo por el campo, Jimin se acerca a un círculo de piedras antiquísimas y cae de pronto en un extraño trance. Al volver en sí se encuentra con un panorama desconcertante: el mundo moderno ha desaparecido, ahora lo rodea la Corea de 1743, con sus clanes luchadores y supersticiosos, hombres y mujeres rudos, a veces violentos, pero con una capacidad de vivir y de amar como Jimin jamás había experimentado en su anterior vida. Acosado por los recuerdos, Jimin tendrá que elegir entre la seguridad del futuro que ha dejado atrás y la apasionante incertidumbre del pasado que ahora habita. ****************************************************************** • KookMin / temática m-preg • Jungkook Activo / Jimin Pasivo • Menciones de otras parejas NamJin VHope • Esta es una adaptación solo para entretenimiento y sin fines de lucro • La temática y los personajes no me pertenecen, los créditos son para su autor original • La historia tiene variaciones en su trama original

Genre
Romance
Author
Juliana
Status
Complete
Chapters
43
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
16+

Capítulo 1 - Un nuevo comienzo

Primera parte

Suwon, 1945

No era un lugar dado a las desapariciones, al menos a primera vista. El establecimiento de la señora Han era igual a miles de pensiones en Corea en 1945: limpio y tranquilo, con empapelado de flores desteñidas, suelos relucientes y un calentador de agua a monedas en el baño. La señora Han era regordeta y amable y no le molestaba que Yoon Gi le llenara la salita, decorada con rosas, de decenas de libros y papeles con los que siempre viajaba.

Me encontré con la señora Han en el vestíbulo. Me detuvo sujetándome del brazo con su regordeta mano y me atusó el pelo.

—¡Pero, señor Park! No puede salir así. A ver, déjeme peinarle ese mechón. ¡Así está mejor! ¿Sabe? Mi prima tiene un salón de belleza por si quieres cortarte el pelo. Tal vez debas ir la próxima vez.

No me animé a decirle que me gustaba mi pelo como estaba. El raro peinado de la señora Han no demostraban tal perversidad.

—Sí, lo haré, señora Han —mentí—. Voy al pueblo a reunirme con Yoon Gi. Regresaremos a la hora de la comida. —Salí y emprendí el camino antes de que ella pudiera detectar más defectos en mi desordenada apariencia. Después de cuatro años como enfermero del ejército, disfrutaba de la ausencia de los uniformes y del racionamiento permitiéndome el placer de usar ropas de colores vivos, totalmente inadecuados para caminar por los pastizales.

En realidad, tampoco había planeado hacer muchas caminatas. Mis ideas se acercaban más a dormir hasta tarde por las mañanas y pasar largas y tranquilas tardes en la cama con Yoon Gi, sin dormir. No obstante, era difícil mantener un espíritu romántico y lánguido con la aspiradora de la señora Han zumbando al otro lado de la puerta.

—Debe de ser la alfombra más sucia de toda Corea —había señalado Yoon Gi esa mañana mientras yacíamos en la cama escuchando el rugido feroz de la máquina en el pasillo.

—Casi tan sucia como la mente de su dueña —convine—. Tal vez deberíamos haber ido a Okinawa. —Habíamos elegido las tierras altas de Corea para disfrutar de unas vacaciones antes de que Yoon Gi ocupara su puesto de profesor de historia en la universidad de Tokio; que se había conservado apartada de los horrores físicos de la guerra y era menos susceptible a la frenética alegría de posguerra que infectaba otros sitios de veraneo más populares.

Y sin hablarlo, creo que ambos pensamos que era un lugar simbólico para recomenzar nuestro matrimonio. Nos habíamos casado y habíamos pasado una luna de miel de dos días en Corea, poco antes del estallido de la guerra siete años atrás. Un plácido refugio para redescubrirnos mutuamente, supusimos, sin darnos cuenta de que, si bien el golf y la pesca son los deportes al aire libre preferidos de los coreanos, el deporte bajo techo predilecto es el chismorreo. Y en un país tan lluvioso como Corea, la gente pasa mucho tiempo dentro de casa.

—¿Adónde vas? —pregunté cuando Yoon Gi bajó los pies de la cama.

—No me gustaría desilusionar a la pobre señora —respondió. Se sentó en el borde de la vieja cama y comenzó a rebotar suavemente para producir un agudo y rítmico chirrido. La aspiradora del pasillo se detuvo de pronto. Después de saltar durante uno o dos minutos, Yoon Gi emitió un fuerte gemido y se dejó caer hacia atrás con un estruendo de resortes. Sin poder contenerme, me eché a reír bajo la almohada para no quebrar el azorado silencio del corredor.

Yoon Gi enarcó las cejas.

—Se supone que debes suspirar extasiado, no reírte —me reprendió a media voz—. Va a pensar que no soy un buen amante.

—Si quieres suspiros de éxtasis, tendrás que tardar más —respondí—. Dos minutos no merecen más que una carcajada.

—Qué hombre tan desconsiderado. He venido aquí a descansar, ¿recuerdas?

—¡Vago! Jamás llegarás a la próxima rama en el árbol de tu familia a menos que demuestres un poco más de entusiasmo.

La pasión de Yoon Gi por la genealogía fue otra de las razones por las que elegimos las montañas de Corea. Según uno de los ajados papeles que siempre llevaba de un lado a otro, un aburrido ancestro suyo había tenido que ver en algo que había pasado en esta región allá por el siglo dieciocho… ¿o diecisiete?

—Si termino siendo un estéril sin hijos en el árbol familiar, será, sin duda, por culpa de nuestra incansable señora Han. Después de todo, hace casi ocho años que nos casamos. El pequeño Yoon Gi será legítimo sin necesidad de ser concebido en presencia de un testigo.

—Si es que lo concebimos —apunté con pesimismo. Ya habíamos sufrido otra desilusión la semana anterior al viaje.

—¿Con todo este aire puro y comida sana? Aquí deberíamos lograrlo.

—La noche anterior habíamos cenado pescado frito, al mediodía, pescado en salsas y el fuerte aroma que subía por la escalera sugería que el desayuno consistiría en pescado ahumado.

—A menos que quieras dar otro show para la virtuosa señora Han —aventuré—, sería mejor que te vistieras. ¿No tienes que encontrarte con ese párroco a las diez? —El padre Kim Ja Hong, párroco de la parroquia local, le iba a enseñar unos fascinantes registros de bautismo para que Yoon Gi los inspeccionara, sin mencionar la apasionante posibilidad de que hubiera encontrado unos antiguos registros del ejército o algo por el estilo que mencionaban al notable antepasado.

—¿Cómo se llamaba ese tataratatarabuelo tuyo? —pregunté—. El que anduvo por aquí durante uno de los Levantamientos… No recuerdo si era Dang o Suk.

—De hecho, se llamaba Dong Sik. —Yoon Gi aceptaba con tranquilidad mi completa indiferencia a su historia familiar, pero se mantenía siempre alerta, presto a aprovechar la más leve expresión de curiosidad como excusa para contarme todos los datos conocidos hasta el momento sobre los primeros Min y sus conexiones. Los ojos se le iluminaron con el ferviente brillo del fanático profesor mientras se abotonaba la camisa—. Min Dong Sik, Dong en honor al tío de su madre, un guerrero menor. Sin embargo, se le conocía con el llamativo apodo de Dong el Negro, que adquirió en el ejército, probablemente durante su estancia aquí.

Me tiré boca abajo en la cama y fingí roncar. Yoon Gi me ignoró y prosiguió con su interpretación académica.

—Compró su grado a mediados de la década de los treinta, del siglo dieciocho, claro. Fue capitán de dragones. Según esas antiguas cartas que me envió la prima Yu Yeon, le fue bastante bien en el ejército. Una buena elección para un segundo hijo, ya sabes; su hermano menor también siguió la tradición y se ordenó párroco, pero todavía no he averiguado mucho sobre él. De todos modos, el señor del clan Kang alabó las actividades de Min Dong Sik antes y durante el Levantamiento goguryeo del cuarenta y cinco…, es decir, el segundo —especificó para su ignorante público, o sea, yo—. Ya sabes, el príncipe Taeyong y sus amigos.

—No estoy muy seguro de que los coreanos sepan que perdieron entonces —le interrumpí al tiempo que me sentaba para arreglarme el pelo—. Oí que el cantinero de la taberna de anoche nos llamaba sangres sucias.

—¿Y por qué no? —dijo Yoon Gi—. Sólo significa «japonese» o, en el peor de los casos, «extranjeros». Es precisamente lo que somos.

—Sé lo que significa. Lo que me molestó fue el tono. Yoon Gi buscó un cinturón en el cajón de la cómoda.

—Estaba fastidiado porque le dije que la cerveza era suave. Le expliqué que para obtener la verdadera cerveza coreana hay que agregar una bota vieja a tanque y colar el producto final con un calzoncillo viejo.

—Eso explica el monto de la cuenta.

—Bueno, se lo dije con un poco más de tacto, pero sólo porque el idioma satoori no tiene una palabra específica para calzoncillos.

Intrigado, busqué mi propia ropa interior.

—¿Por qué no? ¿Acaso los antiguos coreanos no usaban ropa interior? Yoon Gi me miró de reojo.

—¿Nunca has oído esa vieja canción que habla de lo que un coreano se pone debajo del hanbok?

—Seguramente no calzoncillos —dije en tono cortante—. Tal vez vaya a buscar a algún coreano y le pregunte mientras tú te diviertes con tus párrocos.

—Bueno, trata de que no te arresten, Jimin. A tu jefe no le gustaría nada.

No había ningún coreano lo mediantemente lindo paseando por la plaza del pueblo en Hanbok ni en las tiendas que lo rodeaban. En cambio, había unas cuantas personas, en su mayoría amas de casa del estilo de la señora Han, haciendo sus compras diarias. Eran locuaces y chismosas y sus cuerpos sólidos cubiertos con vestidos estampados llenaban las tiendas de calor hogareño; un refugio en la niebla fría de la mañana.

Dado que no tenía casa propia, no necesitaba comprar mucho. De todos modos, disfruté mirando las estanterías, nada más que por la alegría de ver muchas cosas en venta otra vez. El racionamiento había sido largo y habíamos pasado mucho tiempo sin las cosas más simples, como el jabón y los huevos, y mucho más sin los lujos menores de la vida, como la carne.

Posé la mirada en un escaparate lleno de artículos para el hogar: cubiertas bordadas para teteras, jarras y vasos, un montón de moldes para pasteles y un juego de tres jarrones.

Jamás había tenido un jarrón. Durante los años de guerra, había vivido en los alojamientos para enfermeros, primero en el Hospital de Hokuto y luego en un hospital de campaña. Pero incluso antes de eso, jamás habíamos estado en un sitio el tiempo suficiente como para justificar una compra así. Si hubiera tenido un jarrón, pensé, el tío Seung lo hubiera llenado con restos de cerámica antes de que yo hubiera tenido tiempo de poner un ramo de flores.

Park Seung Min. Sus alumnos de arqueología y sus amigos lo llamaban «P». En los círculos académicos en los que se movía y daba conferencias, lo conocían como el «doctor Park». Pero, para mí, siempre había sido el tío Seung.

Único hermano de mi padre y mi único pariente con vida en aquel entonces, había tenido que hacerse cargo de mí, con cinco años de edad, cuando mis padres murieron en un accidente de coche. En aquel momento preparaba un viaje a Oriente Medio. Hizo una pausa en sus preparativos para organizar el funeral, disponer de los bienes de mis padres e inscribirme en un buen internado, al que me negué a ir de plano.

Ante la perspectiva de tener que soltarme los dedos regordetes de la portezuela del coche y arrastrarme por la escalera de entrada del colegio, el tío Seung, que odiaba todo tipo de conflicto personal, había suspirado con exasperación y arrojado su sentido común por la ventanilla junto con mi nuevo sombrero de paja del uniforme del colegio.

—Maldita cosa —masculló al verlo rodar alegremente por el espejo retrovisor mientras nos alejábamos por el sendero—. Jamás me gustaron los niños con sombrero. —Me miró con fiereza—. Una cosa —agregó en tono amenazante—. No puedes jugar a los soldados con mis estatuillas persas. Cualquier cosa menos eso. ¿Está claro?

Yo había asentido, satisfecho. Y lo había acompañado a Oriente Medio, a Sudamérica y a docenas de lugares de estudio en el mundo entero. Había aprendido a leer y escribir con los borradores de sus artículos, a cavar letrinas y a hervir agua y a realizar una cantidad de cosas nada apropiadas para un jovencito de buena cuna… hasta que conocí al apuesto historiador de cabello oscuro que vino a consultar al tío Seung sobre la relación de la filosofía francesa con las prácticas religiosas egipcias.

Incluso después de nuestra boda, Yoon Gi y yo llevamos la vida nómada de los académicos jóvenes, entre conferencias y pisos provisionales, hasta que el estallido de la guerra envió a Yoon Gi a Adiestramiento de Oficiales y a la Unidad de Inteligencia del MI6 y a mí a la escuela de enfermería. Si bien habíamos estado casados durante casi ocho años, la nueva casa en La universidad de Tokio sería nuestro primer hogar de verdad.

Con la cartera bajo el brazo, entré en la tienda y compré los jarrones.

Me encontré con Yoon Gi en la esquina de la tienda y juntos nos encaminamos hacia la posada. Yoon Gi enarcó las cejas al ver mis compras.

—¿Jarrones? —Sonrió—. Fantástico. Tal vez así dejes de colocar flores en mis libros.

—No son flores; son muestras. Y fuiste tú quien sugirió que me dedicara a la botánica. Para ocupar mi mente, ahora que ya no tengo que trabajar de enfermero —le recordé.

—Es cierto —asintió de buen humor—. Pero no imaginaba que cada vez que abriera un libro de consulta se me fuera a caer alguna planta en el regazo. ¿Qué era esa horrible cosa marrón que pusiste en Tuscum y Banks?

—Hojas de avena. Son buenas para las hemorroides.

—Te estás preparando para mi inminente vejez, ¿verdad? ¡Qué considerado, Jimin!

Entre risas, abrimos el portón y Yoon Gi se hizo a un lado para dejarme subir la angosta escalera de la entrada. De pronto, me agarró del brazo.

—¡Cuidado! No pises ahí.

Levanté el pie y esquivé una gran mancha rojiza en el escalón superior.

—¡Qué raro! —dije—. La señora Han limpia la escalera todas las mañanas. La he visto hacerlo. ¿Qué crees que es?

Yoon Gi se acercó al escalón y olió con cuidado la mancha.

—Diría que es sangre.

—¡Sangre! —Di un paso atrás hacia la entrada—. ¿De quién? —Eché una mirada nerviosa hacia la casa—. ¿Crees que la señora Han ha tenido algún accidente? —No podía imaginar que nuestra inmaculada anfitriona dejara que unas manchas de sangre se secaran en la entrada de su casa a menos que hubiera ocurrido una catástrofe mayor. Por un instante me pregunté si el vestíbulo no albergaría a un enloquecido asesino con un hacha, listo para abalanzarse sobre nosotros con un grito escalofriante.

Yoon Gi meneó la cabeza y se puso de puntillas para espiar el jardín vecino por encima de la valla.

—No lo creo. Hay una mancha igual en la entrada de los Lee.

—¿En serio? —Me acerqué a Yoon Gi, tanto para ver por encima de la valla como para buscar apoyo moral. Corea no me parecía un sitio apropiado para un asesinato múltiple, pero tampoco creía que los asesinos utilizaran el sentido común para elegir sus lugares—. Es bastante… desagradable —comenté. No había señales de vida en la casa vecina—. ¿Qué piensas que ha ocurrido?

Yoon Gi frunció el entrecejo, pensativo. En un rapto de inspiración, se golpeó la pierna con la palma de la mano.

—¡Me parece que ya lo sé! Espera un momento. —Salió disparado por el portón y trotó por el camino dejándome solo en la entrada de la casa. Volvió enseguida, radiante ante la confirmación—. Sí, es eso. Debe de serlo: todas las casas lo tienen.

—¿Qué tienen? ¿Un asesino loco? —Hablé con dureza, todavía un poco nervioso por haber sido dejado en la sola compañía de una mancha de sangre.

Yoon Gi rio.

—No, un sacrificio ritual. ¡Fascinante! —Se arrodilló en el césped para escudriñar la mancha sumamente interesado.

Esta alternativa no era mucho mejor que un maníaco homicida. Me acuclillé junto a él y arrugué la nariz por el olor. Era temprano para que hubiera moscas, pero un par de grandes moscardones coreanos revoloteaban alrededor de la mancha.

—¿Qué quieres decir con «sacrificio ritual»? La señora Han es muy religiosa, al igual que todos los vecinos. No estamos en un lugar pagano ni nada por el estilo, ¿sabes?

Se irguió y se sacudió los pantalones.

—Te equivocas, cariño. No hay un lugar en el mundo con más supersticiones y magia incorporadas a la vida cotidiana que las tierras altas de Corea. Religiosa o no, la señora Han cree en las viejas leyendas, igual que el resto del vecindario. —Señaló la mancha con la punta del zapato bien lustrado—. La sangre de un gallo negro —explicó con expresión de triunfo—. Las casas son nuevas, ¿ves? Prefabricadas.

Lo miré con frialdad.

—Si crees que eso explica todo, te equivocas. ¿Qué importa si las casas son viejas o no? ¿Y dónde está todo el mundo?

—En la taberna, supongo. Vayamos a ver, ¿quieres? —Me cogió de la mano y me condujo a través del portón hacia la calle principal—. En los viejos tiempos —relató mientras caminábamos—, y hasta no hace mucho, se acostumbraba a matar algo y enterrarlo bajo los cimientos para apaciguar a los espíritus locales de la tierra. Ya sabes: «Echará los cimientos sobre su primogénito y sobre su hijo menor levantará la entrada».

La cita me produjo escalofríos.

—En ese caso, supongo que son muy modernos y civilizados al usar gallinas. ¿Acaso quieres decir que, como las casas son bastante nuevas, no hay nada enterrado debajo y los habitantes están remediando ahora esa omisión?

—Sí, exactamente. —Yoon Gi parecía feliz con mi progreso. Me dio una palmada en la espalda—. Según el párroco, mucha gente de por aquí pensaba que la guerra se debió en parte a que las personas se alejaron de sus raíces y dejaron de tomar las precauciones necesarias, tales como sacrificar a alguien para enterrarlo debajo de los cimientos o quemar escamas de pescado, menos bacalao, por supuesto —añadió, alegre por la ocurrencia—. Nunca hay que quemar las escamas del bacalao, ¿lo sabías? De lo contrario, jamás pescarás otro. Las escamas del bacalao se entierran.

—Lo tendré presente —repuse—. Dime qué hay que hacer para no volver a ver un pescado y lo haré de inmediato.

Negó con la cabeza, sumido en uno de sus arrebatos de placer académico en los que perdía contacto con el mundo exterior, absorto en la tarea de buscar conocimientos en todas las fuentes posibles.

—No sé en el caso de los pescados —replicó con aire ausente—. Para los ratones hay que colgar ramos de álamo temblón en la casa. Con respecto a los cuerpos enterrados bajo los cimientos… de ahí provienen muchos de los fantasmas locales. ¿Conoces Kyung house, la casa grande al final de la calle Mayor? Ahí hay un fantasma, uno de los albañiles que fue sacrificado para los cimientos. Fue durante el siglo dieciocho; hace relativamente poco —agregó, pensativo.

—Cuentan que, por orden del dueño de la casa, primero se edificó una pared. Luego arrojaron una piedra enorme sobre uno de los albañiles. Se supone que eligieron a un tipo desagradable para el sacrificio, lo enterraron en el sótano y construyeron el resto de la casa encima de él. Ronda el sótano donde lo mataron, excepto en el aniversario de su muerte y en los tres Viejos Días.

—¿Viejos Días?

—Las fiestas antiguas —precisó, perdido aún en sus apuntes mentales—. Seol-nal, que es Año Nuevo, Seokka Tanshin-il que es el día del nacimiento de Buda. Por lo que sabemos, los pueblos prehistóricos, los primitivos, todos observaban las fiestas del sol y del fuego. De todos modos, los fantasmas se liberan en las fechas sagradas y pueden andar con libertad para hacer el bien o el mal, como les plazca. —Se frotó la barbilla con aire concentrado—. Falta poco para Chuesok… Conviene estar alerta, en especial la próxima vez que pases por el cementerio. —Le brillaron los ojos y me di cuenta de que el trance había terminado.

Me reí.

—Entonces, ¿quieres decir que hay algunos fantasmas locales famosos? Se encogió de hombros.

—No lo sé. Le preguntaremos al párroco la próxima vez que lo veamos. Pronto lo vimos. Al igual que la mayoría de los habitantes del pueblo, estaba en la taberna, celebrando la santificación de las casas.

Pareció algo avergonzado de que lo encontráramos en pleno acto de aprobación de ritos paganos, pero descartó el hecho como una simple observancia local de las tradiciones históricas.

—A decir verdad, es fascinante —confesó, y reconocí, con un suspiro interno, el canto del académico, un sonido tan identificable como el sonido de un ave. En respuesta a la llamada de un espíritu hermano, Yoon Gi se instaló de inmediato y se dejó llevar por la seducción académica. Pronto estaban inmersos en paralelismos entre las antiguas supersticiones y las religiones modernas. Me encogí de hombros y me abrí paso hasta la barra para volver con dos copas de coñac.

Como sabía por experiencia lo difícil que era distraer la atención de Yoon Gi de ese tipo de conversación, me limité a cogerle la mano y a colocarle los dedos alrededor de la copa y le dejé que se las arreglara solo.

Encontré a la señora Han sentada en un banco junto a la ventana y compartiendo un jarro de cerveza con un hombre mayor que me presentó como el señor Yeon Sang.

—Es el hombre de quien le hablé, señor Park —explicó con los ojos brillantes por el alcohol y la compañía—. El que sabe de todo tipo de plantas. El señor Park tiene mucho interés en las plantas —comentó a su acompañante, que acercó la cabeza en una combinación de cortesía y sordera—. Las mete dentro de los libros y esas cosas.

—¿De veras? —preguntó el señor Yeon Sang al tiempo que enarcaba una ceja blanca en señal de interés—. Tengo algunas prensas, de las verdaderas, para plantas y demás. Me las dio mi sobrino cuando vino durante las vacaciones de la universidad. Las trajo para mí y no me atreví a decirle que nunca uso ese tipo de cosas. Las hierbas hay que colgarlas, sabe, o tal vez secarlas en un marco y ponerlas en una bolsa de gasa o en un frasco. Jamás he comprendido para qué quieren aplastarlas de esa manera.

—Bueno, para mirarlas, quizás —intercedió con amabilidad la señora Han—. El señor Park ha preparado unas hermosas malvas y violetas secas que hasta se podrían enmarcar en un cuadro.

—Ajá. —El rostro arrugado del señor Yeon Sang denotaba que trataba de admitir la posibilidad de tal sugerencia—. Bueno, sí a usted le sirven para algo, señor, puede quedarse con las prensas. No quería tirarlas, pero debo decir que no las uso para nada.

Aseguré al señor Yeon Sang que me complacería utilizar las prensas para plantas y que además me encantaría que me indicara dónde encontrar algunas de las especies más raras de la zona. El hombre me clavó la mirada un momento con la cabeza ladeada como un pájaro viejo. Por fin, pareció decidir que mi interés era sincero y convinimos en encontrarnos por la mañana para recorrer la zona. Sabía que Yoon Gi tenía intención de ir a la biblioteca de Suwon para consultar los archivos de la ciudad y me alegraba tener una excusa para no acompañarlo. Para mí, todos los archivos eran iguales.

Al poco rato, Yoon Gi se separó del párroco y nos encaminamos a casa con la señora Han. Yo era reacio a mencionar la sangre de gallo de la entrada, pero Yoon Gi la interrogó entusiasmado con respecto al origen de la costumbre.

—Supongo que es muy antigua, ¿no? —preguntó mientras sacudía una vara por los arbustos que bordeaban el camino. Las cinco enrama empezaban a florecer y podía ver los brotes de retama llenos de capullos. Una semana más, y estarían llenos de flores.

—Sí. —La señora Han avanzaba con paso vivo—. Más antigua de lo que nadie sabe, señor Min. Incluso de antes de los tiempos de los gigantes.

—¿Gigantes? —repetí.

—Sí. Mireuk y el Seokga.

—Leyendas —señaló Yoon Gi con interés—. Héroes, probablemente de raíces divinas. Hay mucha influencia china por aquí y por la costa hacia el oeste.

Levanté la mirada hacia el cielo temiendo otro rapto, pero la señora Han sonrió, afable, y lo animó a continuar diciéndole que era cierto, que ella había ido al norte y había visto la piedra de Dos Hermanos y que era china, ¿verdad?

—Los chinos desembarcaron en esa costa cientos de veces entre el año 500 y el 1300 —precisó Yoon Gi con los ojos perdidos en el horizonte, como si pudiera ver los barcos con forma de dragones en las nubes arrastradas por el viento—. Los chinos trajeron muchos de sus mitos. Es un buen país para mitos. Aquí las cosas parecen echar raíces.

Ya lo creía. Se acercaba el atardecer y con él una tormenta. En la luz espectral bajo las nubes, hasta las casas modernas del camino se veían tan añejas y siniestras como la roca que, unos treinta metros adelante, custodiaba la encrucijada que había marcado durante mil años. Parecía una noche propicia para estar dentro de casa con los vidrios cerrados.

Sin embargo, en lugar de quedarse en la sala de la señora Han, abrigado y entretenido con las diapositivas de Perth Harbor, Yoon Gi decidió acudir a la cita para beber una copa de soju con el señor Gok, un abogado interesado en los archivos históricos locales. Al recordar mi anterior encuentro con el señor Gok, elegí quedarme en casa con Perth Harbor.

—Trata de regresar antes de que empiece la tormenta —dije y lo despedí con un beso—. Y saluda de mi parte al señor Gok.

—Ah, sí, por supuesto. —Con cuidado de no mirarme a los ojos, Yoon Gi se puso el impermeable, cogió un paraguas y salió.

Cerré la puerta tras él sin echar el cerrojo para que pudiera entrar cuando volviera. Regresé a la sala, pensando que, sin duda, Yoon Gi fingiría no tener esposo… un ardid en el que el señor Gok participaría de muy buen agrado. En realidad, no podía culparlo.

Al principio, nuestra visita de la tarde anterior a la casa del señor Gok había ido bastante bien. Yo me había comportado con recato, gracia e inteligencia. Estaba bien peinado y vestido con discreción. Era la viva imagen del esposo Perfecto del Profesor. Hasta que sirvieron el té.

Me observé la palma de la mano derecha y examiné con pesar la enorme ampolla que cruzaba la base de los dedos. Después de todo, yo no tenía la culpa de que el señor Gok, viudo, utilizara una tetera de lata barata en lugar de una buena de loza. Tampoco era culpa mía que el abogado, en su afán por ser cortés, me hubiera pedido que sirviera el té. Ni siquiera era culpable de que la manopla que me dio estuviera gastada justo en el lugar en el que el asa al rojo vivo tocó mi mano cuando la levanté.

No, decidí. Soltar la tetera había sido una reacción perfectamente normal. Soltarla en el regazo del señor Gok había sido un accidente; tenía que dejarla caer en algún lado. Fue al exclamar «¡Joder!» en un tono que superó el alarido del señor Gok cuando Yoon Gi me clavó una mirada airada por encima de los panecillos.

Una vez recuperado del susto, el señor Gok fue en extremo galante y se encargó de mi mano sin prestar atención a los intentos de Yoon Gi de justificar mi improperio con el argumento de que había pasado casi dos años en un hospital de campaña.

—Me temo que mi esposo aprendió algunas… expresiones pintorescas—adujo Yoon Gi con una sonrisa nerviosa.

—Es cierto —añadí con los dientes apretados mientras me envolvía la mano con una toalla mojada—. Los soldados suelen ser muy «pintorescos» cuando les estás sacando esquirlas del cuerpo.

Con gran tacto, el señor Gok trató de desviar la conversación hacia un terreno histórico neutral señalando que siempre le habían interesado las variaciones a través de los tiempos de lo que se consideraba lenguaje profano. Por ejemplo, apuntó el uso de «Botadiós» como corrupción del juramento «Voto a Dios».

—Sí, claro —interpuso Yoon Gi, agradecido por el cambio de tema—. Sin azúcar, gracias, Jimin. ¿Y qué me dice de «pardiez»?

—Bueno —respondió el abogado—, en ese caso la deformación es bastante clara, ¿verdad?

Yoon Gi asintió y un mechón nada académico le cayó sobre la frente. Lo echó hacia atrás con un gesto automático.

—La evolución general del lenguaje profano es muy interesante — sentenció.

—Sí, y todavía continúa —intervine al tiempo que cogía cuidadosamente un terrón de azúcar.

—¿De veras? —inquirió el señor Gok con delicadeza—. ¿Acaso descubrió usted alguna variación interesante en su… experiencia durante la guerra?

—Sí —dije—. Mi favorita es una que me enseñó un norteamericano. Un hombre que se llamaba Williamson, de Nueva York, creo. La decía cada vez que le cambiaba la venda.

—¿Cómo era?

—¡Por los huevos de Roosevelt! —pronuncié y dejé caer limpiamente el terrón de azúcar en el café de Yoon Gi.

Después de una tranquila y agradable velada con la señora Han, me dirigí a mi habitación para prepararme antes de que Yoon Gi regresara. Sabía que su límite eran dos copas de soju, así que lo esperaba pronto.

Se estaba levantando viento y el aire de la habitación estaba cargado de electricidad. Considerando el clima, me conformaría con lavarme los dientes. Algunos mechones se me adherían a las mejillas y se pegaban con insistencia cuando intentaba acomodarlos hacia atrás.

No había agua en la jarra. Yoon Gi la había utilizado para arreglarse antes de ir a su reunión con el señor Gok y yo no me había molestado en rellenarla con agua del baño. Cogí la botella de L’Heure Bleu y volqué una generosa cantidad en la palma de la mano. Me froté las manos con rapidez antes de que se evaporara la fragancia y me las pasé por el pelo.

Bueno. Así estaba mejor, pensé, mientras movía la cabeza de un lado a otro para examinar el resultado en el espejo. La humedad había disipado la electricidad estática del pelo, de modo que me caía en ondas pesadas y brillantes. Además, al evaporarse el alcohol, había dejado un perfume agradable. A Yoon Gi le gustaría, seguro. L’Heure Bleu era su colonia favorita.

De pronto, hubo un relámpago, seguido casi de inmediato por un poderoso trueno. Las luces se apagaron. Mientras protestaba entre dientes, busqué a tientas en los cajones.

En algún lugar había visto velas y fósforos. Los cortes de luz eran tan frecuentes en las montañas de Corea que las velas eran parte necesaria del mobiliario de todo cuarto de hotel o posada. Las había visto en los hoteles más elegantes, perfumadas con madreselva y presentadas en candelabros de cristal opaco.

Las velas de la señora Han eran mucho más prácticas: blancas y rústicas, pero había muchas en la habitación, acompañadas por tres cajitas de fósforos. En aquellas circunstancias, no estaba de humor para ser exigente.

Con el destello del siguiente relámpago, coloqué una vela en el candelabro de cerámica azul que había sobre la cómoda. Caminé por la habitación prendiendo otras velas hasta que todo el cuarto quedó iluminado por un tenue y vacilante resplandor. Muy romántico, pensé. Con cierta presencia de ánimo, cerré el interruptor de la luz para que un repentino regreso de la electricidad no arruinara el ambiente en un momento inoportuno.

Las velas se habían derretido un centímetro cuando se abrió la puerta y Yoon Gi entró en la habitación como una ráfaga de viento. Literalmente, porque la corriente que lo siguió apagó tres de las velas.

La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe que apagó otras dos. Yoon Gi escudriñó la súbita penumbra y se pasó la mano por el cabello desordenado. Me levanté y volví a encender las velas mientras comentaba sus bruscos métodos de entrada en los cuartos. Sólo cuando hube terminado y me di la vuelta para ofrecerle una copa observé que estaba pálido y agitado.

—¿Qué te ocurre? —pregunté—. ¿Acaso has visto un fantasma?

—En realidad —dijo despacio—, no estoy seguro. —Con aire distraído, cogió mi cepillo y lo alzó para peinarse. Un soplo fugaz de L’Heure Bleu llegó a sus orificios nasales y arrugó la nariz. Dejó el cepillo y optó por su peine de bolsillo.

Miré por la ventana y vi que los olmos se sacudían como látigos. Un postigo suelto golpeaba con fuerza al otro lado de la casa y se me ocurrió que tal vez debiéramos cerrar los nuestros, aunque la tormenta que se estaba desarrollando tenía un aspecto muy excitante.

—Es una noche un poco violenta para fantasmas —comenté—. ¿No les gustan más las veladas tranquilas y brumosas en los cementerios?

Yoon Gi rio con un poco de vergüenza.

—Bueno, supongo que es culpa de las historias de Gok y de un exceso de soju. Nada, seguramente.

Ahora sentía curiosidad.

—¿Qué has visto exactamente? —inquirí mientras me sentaba en la silla de la cómoda. Le señalé la botella de whisky con una ceja enarcada y Yoon Gi fue enseguida a servir dos copas.

—En realidad, era un hombre —comenzó al tiempo que servía una medida para él y dos para mí—. Estaba parado fuera, en el camino.

—¿Fuera de casa? —Me reí—. Entonces, debía de ser un fantasma. No creo que haya ningún mortal fuera en una noche como ésta.

Yoon Gi inclinó la jarra de agua sobre su copa y me miró con ojos acusadores al ver que no caía nada.

—No me culpes —atajé—. Has gastado toda el agua. No me importa tomarlo así. —Bebí un sorbo para demostrárselo.

Yoon Gi pareció tentado con la idea de ir al baño a buscar más agua, pero descartó la posibilidad y prosiguió con su historia. Bebió con cuidado, como si la copa contuviera ácido quemante en lugar del mejor whisky.

—Sí, estaba en el borde del jardín, a este lado, junto a la valla. Creí — vaciló y miró su copa—, creí que miraba hacia tu ventana.

—¿Mi ventana? ¡Qué extraño! —No pude evitar un escalofrío. Crucé la habitación para cerrar los vidrios, aunque ya era algo tarde para eso. Yoon Gi me siguió sin dejar de hablar.

—Sí, yo podía verte también desde abajo. Te estabas cepillando el cabello y protestando porque se te enmarañaba.

—En ese caso, el hombre debía de estar riéndose —aventuré con descaro. Yoon Gi meneó la cabeza, pero sonrió y me acarició el pelo.

—No, no se reía. Parecía muy triste por algún motivo. No podía verle el rostro, pero podía notarlo en su postura. Me acerqué por detrás y al ver que no se movía, le pregunté cortésmente si podía ayudarle en algo. Al principio, actuó como si no me hubiera oído y pensé que quizá no me había oído por el ruido del viento. Volví a preguntarle y estiré el brazo para tocarle el hombro. Ya sabes, para atraer su atención. Pero antes de que pudiera tocarlo, se volvió y pasó junto a mí en dirección al camino.

—Más parece un maleducado que un fantasma —señalé, y vacié mi copa—. ¿Qué aspecto tenía?

—Era un tipo grande —respondió Yoon Gi con el entrecejo fruncido—. Un coreano, con el típico hanbok completo con morral y un hermoso broche en la capa. Quería preguntarle dónde lo había comprado, pero se marchó antes de que pudiera hacerlo.

Fui hasta la cómoda y me serví otra copa.

—Bueno, no es una vestimenta muy rara en estos lugares, ¿no? He visto hombres así en el pueblo algunas veces.

—Nooo… —Yoon Gi parecía confundido—. No, no fue la ropa lo que me llamó la atención. Cuando pasó junto a mí, podría jurar que estuvo tan cerca que tenía que haber sentido su roce. Pero no fue así. Me intrigó tanto que me volví para mirarlo mientras se alejaba. Caminó por la calle y cuando llegó a la esquina… desapareció. Fue entonces cuando sentí un escalofrío en la columna.

—Tal vez te distrajiste un segundo y él se perdió entre las sombras — insinué—. Hay muchos árboles cerca de la esquina.

—Podría jurar que no le quité la vista de encima —masculló Yoon Gi. De pronto, levantó la mirada—. ¡Ya sé! Ahora recuerdo por qué me pareció tan extraño, aunque no me di cuenta en aquel momento.

—¿Por qué? —El fantasma estaba empezando a cansarme. Quería pasar a un tema más interesante, como la cama, por ejemplo.

—El viento soplaba muy fuerte, pero ni su pelo ni su capa se agitaban, excepto con el movimiento de sus piernas al caminar.

Nos miramos.

—Bueno —dije por fin—, suena un poco fantasmagórico.

Yoon Gi se encogió de hombros y sonrió de repente, como quitándole importancia.

—Al menos tendré algo que contarle al párroco la próxima vez que lo vea. Tal vez se trate de un conocido fantasma local y así podrá contarme su tenebrosa historia. —Consultó el reloj—. Bueno, creo que es hora de ir a la cama.

—Lo es —murmuré.

Lo miré en el espejo mientras se quitaba la camisa y buscaba una percha. De pronto, se detuvo.

—¿Has asistido a muchos coreanos, Jimin? —preguntó con brusquedad—. ¿En el hospital de campaña o en Hokuto?

—Por supuesto —repliqué, algo intrigado—. Había unos cuantos en el hospital de campaña y, después una batalla, recibimos a muchos más. Buenos soldados, en su mayoría. Muy valientes, en general, pero unos cobardes terribles cuando se trataba de inyecciones. —Sonreí al recordar a uno en particular—. Tuvimos uno, un viejo. Era gaitero en el tercer batallón. No podía soportar las inyecciones, en especial en la cadera. Se pasaba horas con un dolor espantoso antes de dejar que alguien se le acercara con una aguja. Y aun entonces, trataba de convencernos de que le pusiéramos la inyección en el brazo, a pesar de que era intramuscular. —El recuerdo del cabo Lee me hizo reír—. Me dijo: «¡Si voy a acostarme boca abajo con el trasero al aire, quiero a la persona debajo de mí, no detrás con una aguja en la mano!».

Yoon Gi sonrió, pero parecía algo incómodo, como solía estarlo cuando le contaba algunas de las historias menos delicadas de la guerra.

—No temas —dije al ver su expresión—. No contaré esa historia cuando esté tomando el té en el Salón de Profesores.

Volvió a sonreír, ahora menos tenso, y se acercó para quedarse detrás de mí. Me dio un beso en la cabeza.

—No te preocupes —dijo—. Van a adorarte en el Salón de Profesores, no importa qué cuentos les relates. Mmmm. Te huele muy bien el pelo.

—¿Te gusta? —En respuesta, deslizó las manos por mis hombros y me acaricio los pezones bajo la fina camisa. En el espejo del tocador, vi su cabeza sobre la mía, con la barbilla apoyada en mi pelo.

—Me gusta todo en ti —manifestó con voz ronca—. Estas precioso a la luz de las velas, ¿sabes? Tus ojos son como el verde de los campos y tu piel resplandece como el marfil. Pareces un hechicero a la luz de las velas. Tal vez deba desconectar la luz para siempre.

—Sería difícil leer en la cama —respondí y sentí que se me aceleraba el pulso.

—Hay cosas mejores que hacer en la cama —murmuró.

—¿Sí? —dije y me levanté para rodearle el cuello con los brazos—. ¿Como qué?

Poco más tarde, acurrucados detrás de las contrapuertas cerradas, levanté la cabeza del hombro de Yoon Gi y dije:

—¿Por qué me has preguntado eso? Me refiero a si había asistido a algún coreano. Ya tienes que saber que sí, que todo tipo de hombres pasan por esos hospitales.

Se movió y deslizó una mano por mi espalda.

—Mmm. Por nada, en realidad. Sólo que cuando vi a ese tipo fuera, se me ocurrió que podría ser… —Vaciló y me estrechó con un poco más de fuerza—. Ya sabes, alguien a quien atendiste, tal vez… Quizá se enteró de que estabas aquí y vino a ver… Algo así.

—En ese caso —expresé con pragmatismo—, ¿por qué no entró y preguntó por mí?

—Bueno… —Yoon Gi trataba de aparentar indiferencia—. Puede que no quisiera encontrarse conmigo.

Me incorporé sobre un codo y me lo quedé mirando. Habíamos dejado una vela encendida; podía verlo bien. Había vuelto la cabeza y contemplaba con aire por demás indiferente la litografía del príncipe Taeyong con la que la señora Han había decidido decorar la pared.

Le cogí la barbilla y lo obligué a mirarme. Abrió los ojos con simulada sorpresa.

—¿Estás insinuando —exigí saber— que ese hombre que has visto fuera fue algo así como, como…? —Dudé un instante en busca de la palabra apropiada.

—¿Una aventura? —sugirió para ayudarme.

—¿Un amante? —concluí.

—No, no, en absoluto —afirmó de manera no muy convincente. Me apartó las manos de su rostro y trató de besarme, pero esta vez me tocó a mí volver la cara. Se conformó con bajarme para que me acostara otra vez a su lado.

—Sucede que… —comenzó—. Jimin, fueron seis años. Y nos vimos apenas tres veces. La última, sólo por el día. No sería extraño que… Quiero decir, todo el mundo sabe que el personal médico se encuentra bajo una enorme presión en las emergencias y… Bueno, yo… Es sólo que… Bueno, lo entendería, sabes, si algo… espontáneo…

Interrumpí el titubeante discurso soltándome y bajándome de la cama como una tromba.

—¿Crees que te he sido infiel? —inquirí—. ¿Lo crees? Porque si es así, puedes irte de este cuarto ahora mismo. ¡Fuera de esta casa! ¿Cómo te atreves a sugerir una cosa así? —Estaba indignado y Yoon Gi se sentó para intentar calmarme—. ¡No me toques! —estallé—. Dime, ¿de veras supones que he tenido un romance apasionado con uno de mis pacientes sólo porque has visto a un hombre extraño mirando hacia mi ventana?

Yoon Gi abandonó la cama y me envolvió con sus brazos. Me quedé tieso como una tabla, pero él insistió, acariciándome el cabello y los hombros como sabía que me gustaba.

—No, no lo creo —aseveró. Me apretó contra sí y me calmé un poco, aunque no lo suficiente como para abrazarlo.

Después de un buen rato, murmuró:

—No, sé que no harías algo así. Sólo quería decir que si lo hubieras hecho… No me importaría, Jimin. Te quiero tanto. Nada que hicieras podría cambiar este amor. —Me cogió el rostro entre las manos. Como era sólo unos centímetros más alto que yo, podía mirarme a los ojos. Añadió con suavidad—: ¿Me perdonas? —Su aliento, apenas perfumado con el aroma del whisky, me entibió la cara. Sus labios, insinuantes, estaban muy cerca.

Afuera, otro relámpago anunció la llegada de la tormenta y una copiosa lluvia comenzó a golpear las tejas del techo.

Lentamente, le rodeé la cintura con los brazos.

—«La misericordia nunca se agota —cité—. Cae como el suave rocío del cielo…».

Yoon Gi río y levantó la vista. Las manchas superpuestas en el techo atentaban contra la posibilidad de dormir secos toda la noche.

—Si ésa es una muestra de tu misericordia —comentó—, no quisiera conocer tu venganza. —La tormenta se desató como un cañonazo en respuesta a sus palabras. Ambos reímos relajados.

Fue después, mientras escuchaba su respiración profunda a mi lado, cuando empecé a hacerme preguntas. Como yo había dicho, no había habido infidelidad por mi parte. Por mi parte. Pero seis años, como había dicho Yoon Gi, era mucho tiempo.

Pd: Esta saga se basa en viajes de tiempo entre el año 1945 y el año 1743 deben estar pendiente a las fechas ya que son importantes para que pueden entender mas el contexto de la historia. Cualquier duda no duden en preguntar que encantada se las resolveré. No siendo más Bienvenidas